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Necesitaba silencio. Necesitaba poder pensar con tranquilidad y estar solo para no deshacerse en briznas pegajosas de la más absoluta locura.
Si había algo que Xue Yang no tenía desde hacía mucho tiempo era precisamente el privilegio del silencio y de la bendita soledad. Si bien, a fin de cuentas, él mismo se había enfrascado en semejante tesitura, jamás lo admitiría delante de nadie (y, mucho menos, delante de A-Qing).
—Eres un cínico.
La jovenzuela estaba sentada frente a Xue Yang; alzaba una ceja fina y una mueca de algo parecido al asco le deformaba los labios finos. Tenía las piernas cruzadas encima de la mesita de café, como si le diese igual apoyar los pies sobre una superficie en la que otros comían.
Xue Yang clavó la mirada en ella con tal intensidad que bien parecía que quisiera deshacerla en una voluta de humo y cenizas.
—Baja los pies de la mesa —amenazó, para luego añadir—: Bájate tú de la mesa.
A-Qing levantó la otra ceja lentamente.
—¿O qué? ¿Qué vas a hacer si no me bajo? —preguntó mientras cruzaba unos brazos demasiado delgados sobre el pecho— . ¿Matarme?
Xue Yang resopló airado.
—Muy graciosa.
Para echar más sal a la herida de desesperación de Xue Yang, A-Qing tuvo entonces la indecencia de parecer satisfecha cuando él se levantó del sofá y se alejó con los dedos enredados en el pelo. Con pies pesados, se dirigió a la ventana que ocupaba casi toda la pared del salón y observó con ahínco las titilantes luces de la ciudad como si, de algún modo, todos esos brillitos fueran a darle una respuesta a su situación. El reflejo del rostro pálido de A-Qing no tardó en aparecer a su lado en la oscuridad de la habitación. Xue Yang quiso tirarse del pelo de verdad.
—Deja de seguirme.
—Eres un cínico —repitió ella, aunque su expresión había pasado a ser más cansada que otra cosa.
—Si hubiera querido tu opinión, te habría invocado —le replicó él con creciente exasperación.
—Por desgracia para los dos, el asunto no funciona así.
Xue Yang miró a A-Qing en el reflejo del cristal mientras se le envenenaba el aire en los pulmones, golpeado de forma inesperada por la verdad que albergaban esas palabras. Este hecho no hacía desaparecer la irritación que le producía estar en compañía de un fantasma cada hora de cada día; más bien agriaba su humor exponencialmente.
—Este embrollo te lo buscaste tú solito —puntualizó ella para serle de ayuda a exactamente nadie—. A mí no me hagas muecas ni me gruñas.
En ningún universo le daría la razón, pero sabía que estaba en lo cierto. Si no hubiera matado a A-Qing, Xue Yang no tendría ningún fantasma incapaz de cruzar al otro lado reposándole en el hombro como si de un agorero loro se tratara. Sin embargo, aunque no sentía ningún arrepentimiento por lo que había hecho (el trabajo es trabajo, después de todo, y de algo hay que comer), no podía dejar de cuestionarse sus acciones, preguntarse si no había habido ninguna otra opción antes de degollar a A-Qing para que unos señores de la droga pudieran darle una lección a su padre, o lo que fuera que hubiera desencadenado que lo contrataran.
Xue Yang suspiró, derrotado.
—Necesito librarme de ti antes de acabar perdiendo la cabeza. —Su voz sonó a quejido lastimero.
A-Qing lo siguió con pasos imperceptibles de vuelta al sofá y, solo porque esa era de las pocas satisfacciones de su nueva forma de existencia, volvió a sentarse sobre la mesilla de café con los pies descalzos cruzados.
—Ya has intentado todas las técnicas espirituales y no espirituales que se te han ocurrido —enumeró con una paciencia que nadie debería tener hacia su interlocutor, y menos si este había sido el motivo de su muerte—. Creo que te toca ayudarme a resolver mis asuntos pendientes para que pueda irme en paz al otro lado si quieres volver a tener un segundo de intimidad en tu miserable vida.
Aunque Xue Yang había llegado a la misma conclusión mucho antes de que su fantasmagórica compañera lo anunciara, se había negado a aceptarlo (y mucho menos a manifestarlo en voz alta). Se negaba a aceptarlo porque, a fin de cuentas, ser matón y asesino por encargo nunca le había corroído la conciencia ni le había supuesto ningún obstáculo durante años; por algo siempre había defendido que, dadas (o no) ciertas circunstancias, el asesinato no dejaba de ser una buena opción a considerar. También suponía que ese mismo lema lo había llevado a embarcarse en la situación en la que ahora se tambaleaba, así que maldijo silenciosamente a su yo del pasado.
Con un suspiro lento y gutural, se pasó una vez más las manos por el rostro de forma brusca antes de clavar ojos negros en los translúcidos de A-Qing.
—¿Por dónde empezamos?
