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El lamento de Valden

Summary:

Para Valden, el señor Balsa era diferente. Entre todos esos rostros hipócritas, aquél joven era el único a quién pudo considerar como un igual, entregándole su confianza, y de paso, su corazón.

Pero.. ¿Por qué a él no lo recuerda?

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: El Prefacio

Chapter Text

Para Valden, la cosa era sencilla; Estaba rodeado de hipócritas.

Sí, esos adultos, que desde la más tierna infancia le halagaban, le regalaban postres y los más deliciosos manjares que la lengua humana podría tener la dicha de saborear, no obstante, todo era por algo a cambio.

Su arte, una maravilla, aunque respetaba la técnica de la época, sus obras tenían un algo que volvía a la gente perder el juicio, en otras palabras, se volvían locos por tener un poco de las creaciones del menor de los Valden.

Como cualquier niño que nace inocente, al principio se sentía feliz, ¡Y cómo no! ¡Si constantemente estaba recibiendo regalos! A temprana edad lo tornaron un jovencillo orgulloso, sabía que sus obras eran algo divino, fuera de este mundo, y que la gente se diera cuenta de ello era algo que le llenaba de orgullo.

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Un orgullo falso.

Es lo que repetía en reiteradas ocasiones, a la corta edad de quince años, pensando y volviéndolo a hacer mientras observaba sus obras. Estas eran excelentes, como siempre, un buen acabado, los colores intensos, fijos con la mayor confianza en el lienzo, detalles que solo Edgar podía notar..¿Por qué presentía que nadie se daba cuenta de esos detalles? ¿Veían realmente arte o se estaban conformando con la cáscara? Porque no era más que eso, elogios vacíos, Edgar comenzó a comprender que toda su vida hasta ese momento fue un ciclo vicioso, escuchando esas mismas palabras vacías una y otra vez.

Si iba a vivir así, prefería romper sus manos contra la ventana y no volver a tocar un lienzo.

Pero era demasiado orgulloso como para hacer algo así, además, muy en el fondo, realmente apreciaba pintar. No porque fuese un prodigio entre artistas de toda época, pero porque podía plasmar su visión del mundo, a veces positiva, otras, negativa, depositando todo su odio hacia la sociedad en un par de trazos delicados, como si una cachetada fuese una mera caricia.

No le veía caso a recibir el mismo elogio de una obra hecha con todo su amor a la ciudad, como a otra donde deseaba verla arder en llamas. Ya estaba harto de todo eso.

Aún así, el joven Valden tenía sus dudas. ¿Huir? De momento no estaba en sus planes, no podía comenzar de 0, no teniéndolo todo, por más vacío que fuese, le daba estabilidad, le daba seguridad.

Solo tendría que fingir una sonrisa para los posibles compradores y seguir adelante, después de todo, así eran todos los pertenecientes a la burocracia, unos necios que no tenían idea del arte, unos hipócritas que solo sabían ver el valor comercial de las cosas, sin detenerse a entender el mensaje.

"No quiero venderle mis hazañas a gente ignorante."

Pensaba a regañadientes, poniendo su rostro más serio y profesional al momento de recibir esas sonrisas cargadas de hipocresía, de clientes que solo veían dinero en él.

Dinero, dinero, dinero.

Valden no era un maldito banco en el cual depositar para luego arrebatarle de sus manos esas majestuosas obras, incapaces de encontrar paz lejos de su creador.

O eso pensaba Edgar, volviéndose quizás tan loco como esas personas, pero, ¿Quién no se volvería un poco loco por proteger su creación?

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Como ya estaba acostumbrado, desde la más temprana edad, las fiestas de la burocracia eran algo tan frecuente como ir a misa. Otra realidad de lo falsas que eran estas personas, pecando, siendo soberbios, Dios les ampare, pensó.

Tomó un poco de vino, a los jóvenes de la clase más privilegiada se les educaba desde jóvenes a tener un buen soporte al alcohol, y aunque a Edgar no le terminaba de gustar del todo, prefería estar un poco menos sobrio que tener que soportar a toda esa gentuza desfilando por los enormes salones.

La familia de Valden se mantenía a cada segundo sonriente, eso era lo que más le enfermaba. Respetaba mucho a su difunta madre, después de todo, ella fue quién le enseñó todo lo que sabía, desde su primer dibujo en pastel hasta su enorme pintura de 3 metros, colgada como exposición en la gran mansión como si se tratara de un circo. Como comenzaba a tenerle rencor a su familia por permitir esas cosas.

Recibió un ligero golpe de su padre en uno de sus hombros.

- Sonríe. - Le escucho murmurar, con la misma sonrisa boba que le ha visto llevar desde que nació, aunque sus ojos lucían molestos.

A Edgar no podía importarle menos.

Su familia sabía de su disgusto con toda la situación, Edgar creía que al contarle su situación ellos serían algo más lógicos que el resto, pero no, "Las apariencias, Edgar, el estatus es lo más importante y es lo que te vamos a otorgar" y un bledo. De recordar esas palabras le daban ganas de vomitar.

Se excusó, con la explicación de ir a los baños para salir al balcón, por un poco de aire.

Inhaló profundamente al llegar, cerrando sus ojos de paso, dejándose llevar por la brisa nocturna. No más música orquestal, no más tintineos de las copas, no más gente molesta.

Solo silencio.

Se preguntaba por qué la gente era tan estúpida y no se dedicaba a mirar al cielo, todos estaban ocupados con ese estúpido estatus, que no se permitían ver el extenso lienzo azul que se expandía por el firmamento.

Para Edgar, ese era el verdadero arte.

- Linda vista, ¿No? -

Aquella voz le hizo reaccionar, inmediatamente y con cara de pocos amigos (En efecto) se giró, para poder observar con, ahora, un gesto más calmado, a un muchacho que parecía ser de una edad similar a la suya.

El chico observaba el cielo.

Se fijó bastante en sus detalles, aunque llevaba ropas finas, su cabello venía recogido en una coleta, a diferencia de la suya, peinada con el más mínimo detalle, esta era un desastre, como si un grupo de tórtolas hubiese hecho de ese espacio su hogar.

Pudo notar algo raro en aquél chico, posiblemente también era como él, un prodigio, solo que sin pertenecer realmente a la burocracia.

Claro, eso le daba igual. Para él las clases sociales le eran algo indiferente, solo le importaba el arte y que la gente pudiese valorarlo.

Su familia siempre le enseño que esos plebeyos de clases más bajas jamás podrían entender ni valorar el arte, ¿Pero y si estaban equivocados? Eso le dio curiosidad.

- Eres ese pintor del que todos hablan, ¿No? Valdés, Valven...-

- Es Valden. -

Contestó de forma fría, mas había respeto en sus palabras. Aquél chico había podido apreciar la luna y las estrellas de la misma forma que él, ignorando a la gentuza y esas charlas triviales que no tenían ningún sentido. Merecía su respeto.

No tenía realmente intenciones de conversar con él, solo quería pasar la velada tranquilo y solo, sin ningún ignorante a su lado, pero el chico era bastante invasivo; No se calló hasta que Edgar se rindió, comenzando a responderle de vuelta.

- ¡Wow! Finalmente estás contestándome. Mi nombre es Luca, Luca Balsa, un placer. -

El joven le ofreció la mano, la cual aceptó con un poco de recelo. No quería ser irrespetuoso, pero realmente no quería sujetar su mano con la de otra persona.

Sus manos valían oro.

- Y bien, Señor Balsa, me temo que no he oído mucho de usted. -

Nada, honestamente, pero no es como si tomase atención a las cosas que la gente solía ir a hablarle. Trataba de recordar el nombre en su cabeza pero lo único que le hizo ruido fue "Un joven entre tu misma edad"

- ¡Por dónde comenzar!~ Solo soy un simple inventor, señor. Novato entre leyendas pero con un gran futuro por delante. -

Le sorprendió lo convencido que estaba aquél chico con la idea de su futuro, ¿No estaba siendo muy pretencioso? Eso era un poco mal visto.

Pero le hizo reír internamente, fue hasta similar a algo "tierno".

Creía que sería uno más del montón, después de todo, muchos novatos trataban desesperadamente de entrar a la élite por vías desesperadas, era patético verlos caer, y es que con figuras como Valden, Antonio, entre otros grandes, cualquiera podría rendirse antes de tiempo.

Pero le escuchó hablar.

El corazón de Edgar dio un vuelco al mirarlo a los ojos. Jamás había visto unos ojos tan brillantes al expresarse, y como no, si estaba acostumbrado a mantener conversaciones con gente vacía, gente falsa, gente conveniente y sin sueños en la vida.

Supo, que eso era el amor. El amor a lo que uno crea, y llegó a creer que Balsa quizás podría ser, tan solo un poco, similar a él en ese aspecto.

Nunca había visto la pasión desbordar desde unos ojos vivos, llenos de vitalidad y de fe. Oh dios, la fe.

Edgar había perdidos la fe, en todo, en aquella ciudad, incluso le aterraba la idea de perder la fe en su propio arte. ¿Pero Balsa...?

Balsa le devolvió la fe.