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Yūji suspiró al ver la figura de Sukuna esperarlo en esa parte de aquella cafetería.
Estaban al aire libre, en total soledad y con la oscuridad de la noche cubriendo sus cuerpos, inmersos en la opaca luz de la luna llena.
Vio a la maldición señalarle una de las sillas, indicándole con palabras mudas que se sentara y le acompañara en sus pensamientos, sin desearlo en realidad hizo lo pedido, suspirando de nuevo cuando Sukuna le entregó un trozo de pastel de limón.
---Come.
Itadori sabía que, de alguna manera, era parte de su plan para dejarlo a su merced y arrinconarlo en la incertidumbre del silencio, tomó el tenedor con manos temblorosas rememorando los momentos antes de llegar ahí.
---Me sorprende que me trates así--- desvió la mirada, ocultando sus emociones, ignorando la presión en su nuca por el interés de la maldición en sus palabras.
---Ha pasado un tiempo desde Shibuya, es normal que estés a la defensivas mocoso--- con un ligero movimiento cruzó una de sus piernas sobre la otra, inclinándose para observar mejor el ceño fruncido del humano.
---¿Qué piensas ganar con esto?
---Nada, sólo darte un momento de tranquilidad.
Itadori negó con una sonrisa incrédula, por más que él dijera lo contrario Yūji podía ver a través del resplandor de sus ojos, dejó el pastel de lado.
---Dime... ¿Te divertiste lo suficiente en Shibuya? --- no dijo nada sobre la prontitud de su presencia, deseando que dejará de verle como un gato asustado y comenzara a afrontar las consecuencias de sus actos--- ¿Te divertiste con todo el desastre que causaste?
Sukuna no mencionó que su tono se había elevado con molestia, sólo deseaba que olvidara el pasado y se concentrara en el presente.
---Shibuya fue un lugar en el que muchas cosas cambiaron, mocoso--- le extendió el pastel de nuevo y con ligeros toques en la mesa le recordó su lugar ahí.
Yūji volvió a suspirar.
---Lo sé.
Odiaba que tuviera razón y que su corazón doliera por la mención de lo que perdió en Shibuya.
Yūji cerró los ojos, aminorando el dolor en su pecho con el sonido de la respiración de Sukuna, tranquila y sin culpas.
Odiaba tantas cosas de él.
---Relájate, mocoso. Lo necesitas.
Itadori asintió, sabiendo que sus intenciones no eran más que pasos mal infundados hacía un bienestar ilusorio. Sukuna no podría tener más deseos que demostrarle que el cansancio sólo era parte del pasado.
Odiaba todo lo que le hacía sentir.
---Sukuna... --- dijo al ver que la mañana se estaba acercando, él le miró y sonrió notando la incomodidad en su rostro---. Sigues siendo un bastardo.
Y ante sus ojos Sukuna desapareció y la luz terminó por cegarle.
Abrió los ojos y dejó que su cabello fuera acariciado por Choso.
---Veo que ya despertaste.
Itadori asintió sin ganas, con el calor de su cena imaginaria rondando su mente.
Chasqueó la lengua.
Odiaba que ese bastardo ocupara sus pensamientos aunque fuera el causante de sus desgracias.
Lo odiaba, sí, lo odiaba.
