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Asalto a las 2:00 am

Summary:

—Dame todo el dinero. Y unos malditos Takis. Ahora.

Xingchen se congela con la mirada fija en la pistola. Jamás ha estado en una situación como ésta y un entendible pavor le invade y lo conduce al extremo.

Notes:

Disclaimer: The Untamed (MDZS) y sus personajes no me pertenecen.

Este fic se lo debo al grupo XueXiao en Facebook, donde compartieron un video en el que un tipo entra a asaltar una tienda y el cajero lo besa aldksld.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

¿A los cuántos días de empezar a trabajar como cajero empiezas a odiar a la gente? A Xiao Xingchen ni siquiera se le cruza por la cabeza la respuesta, incluso llevando ya cuatro meses laborando en el turno nocturno.

Porque a pesar de un horario que lo obliga a irse a la cama cuando el sol recién sale y el resto de la ciudad despierta, él conserva esa amabilidad Xingchen Marca Registrada y siempre recibe a los clientes sonriente, y los despide con un “que tenga una linda noche” en la mayoría de los casos unilateral.

Uno se acostumbra, en serio, al trato frío de los clientes. Xingchen le echa la culpa a la madrugada, aunque supone que sus colegas del turno matutino y vespertino tampoco la tienen fácil (¿quién la tiene fácil en un mundo como éste, de cualquier modo?). A veces no alcanza el tiempo para decir las gracias. Hay excepciones, por supuesto. Insomnes que le confunden por un mejor amigo, o un psicólogo quizá, y se ponen a hablar de sus vidas con un cajero cualquiera de Yueyang Corporation.

—Es que no puedo dormir. Desde hace meses que debo dinero y los intereses sólo se están acumulando…

Xiao Xingchen escucha con atención, y ofrece un pequeño consejo cuando se le es solicitado, que es casi nunca, ya que la gente más que una fórmula mágica para desaparecer todos sus problemas, sólo desea ser escuchada. Y él puede darles eso, encantado, junto con sus compras.

A propósito, el 65% de las adquisiciones de madrugada son alcohol, en especial los fines de semana donde debe lidiar con señores ebrios llevándose un six-pack de cerveza de una empresa que está bastante seguro salió en el periódico local el año pasado por tener una planta en la periferia que contaminaba el agua.

Un 19% de los ingresos son antojos nocturnos, el 8% compras para el hogar (el sujeto que se quedó sin papel de baño o sin pasta dental…) y el resto son cigarros.

—Aquí está su cambio. Bonita noche. —Nie Mingjue, un consumidor habitual, sólo asiente con la cabeza, toma su dinero, sus dos cajetillas de Marlboro con imágenes crudas poco efectivas para que la gente deje de fumar y sale del local.

Hoy es martes, así que Xiao Xingchen tiene asegurada una velada tranquila. Ya ha realizado el inventario, acomodado los productos y limpiado la máquina de café que de igual manera terminará hecha un desastre cuando su turno finalice. Es la 1:33 y no hay nadie más en aquellos 400 metros cuadrados.

Es en esos escasos momentos de quietud en los que ni el ruido de los automóviles o los ocasionales aullidos de perros se escuchan, cuando él se permite hundirse en sus pensamientos. Repasa sus tareas pendientes, se acuerda de una conversación que tuvo con un viejo amigo y le hizo reír, o, en el peor de los casos, sale a la luz lo poco de filósofo que todos tenemos y se pregunta qué demonios hace trabajando en una tienda de conveniencia. “La vida está allá afuera”, le había comentado alguien cuyo rostro ya olvidó hace tiempo. Xingchen no sabe dónde es “afuera”, pero definitivamente no es en un establecimiento que cobra el doble por una bolsa de papas.

En ocasiones quiere salir. Allá, al mundo del que cierta gente parece estar tan enamorada. Ir a las montañas, lejos del bullicio citadino y perderse entre la fascinante vegetación que susurra historias cuando el viento sopla. Conocer personas con las que pueda compartir una buena comida e ideales. Inclusive se conformaría con algo simple, como encontrar a su manada, personas para querer y que le quieran, y ya está.

Claro que allá afuera nada es gratis. Xingchen acaba de iniciar la universidad y necesita el dinero. Así que vio un enorme cartel con una persona feliz que rezaba “¡Únete a nuestro equipo!” y terminó firmando un contrato con muchas cláusulas y letras pequeñas que poca gente se molesta en leer. Casi que le vendió su alma al diablo a cambio de poder pagar educación y una vivienda. Nada nuevo.

Pero está bien. Algún día valdrá la pena. Y no es como que sea un mal trabajo, en comparación con aquellos de sus amigos que laboran en ventas. Menor cantidad de clientes es igual a menor caos, se repite mientras trapea los azulejos blanco con negro (que a veces parecen negro con blanco) por segunda vez en la noche. Llámalo una ventaja o una pena, pero a estas horas no hay mucho que hacer y uno puede aburrirse fácilmente. Además, al Señor Chang, su patrón, no le gusta verlo perder el tiempo. Y el Señor Chang siempre está observándolo todo (algo así como El Gran Hermano de la tienda de autoservicios) gracias a las múltiples cámaras de seguridad que tienen la función de cuidar que los empleados no vayan a meterse en los bolsillos mercancía o efectivo.

Taylor Swift deja de sonar por los altavoces del local y el modo aleatorio de su lista de reproducción hace de las suyas y le da paso a una canción más oscura y estruendosa. Hay noches en las que prefiere escuchar la radio para enterarse del resumen de noticias/tragedias cotidiano. Hoy no es una de esas noches.  Xiao Xingchen guarda los instrumentos de limpieza y regresa a la familiaridad de detrás del mostrador, frente a la caja registradora, esperando al próximo cliente.

Quiere leer algo, lo que sea. Se conformaría con una de esas revistas de chismes que no se han vendido en semanas. Sin embargo, rememora la última vez que el Señor Chang se dio cuenta de lo que hacía y le dijo, con un tono medio bromista para no sonar tan grosero:

—Esto no es una biblioteca, chico.

Así que espera, tarareando una canción del 2008. Y ve por la ventana un panorama nocturno melancólico. Enfrente, solía existir una tienda de abarrotes con un arcade en el que Xiao Xingchen mataba el tiempo después de la escuela. Hace dos años que cerró y ahora opera una de esas cafeterías de moda. Desde su lugar alcanza a observar un semáforo que cambia a amarillo y un gato libre que se pasea por el vecindario.

Pasan 11 minutos hasta que alguien vuelve a entrar. Es un joven más o menos de su edad, vestido todo de negro con un gorro del mismo color y lentes oscuros a pesar de ser las 2 am (Xingchen no piensa juzgarlo). Lo único que registra es que no está en su lista de clientes frecuentes.

Se acerca con paso apresurado al mostrador y antes de que Xiao Xingchen alcance a darle las buenas noches, saca un arma de fuego:

—Dame todo el dinero. Y unos malditos Takis. Ahora.

Xingchen se congela con la mirada fija en la pistola. Jamás ha estado en una situación como ésta y un entendible pavor le invade y lo conduce al extremo. Ve la vida pasar frente a sus ojos: Al chico que le gustó en primer grado y con el que se dio cuenta de su orientación sexual, una fiesta de cumpleaños que le organizó su tía y a la que sólo asistieron dos personas, la madrugada en la que su mejor amigo y él prometieron nunca se darían la espalda… todos sus buenos (y no tan buenos) recuerdos y todas las experiencias que jamás va a experimentar si lo asesinan en esta noche de martes. Morir con (Don't Fear) The Reaper de Blue Öyster Cult (cortesía de su lista de reproducción) de fondo se siente como una pésima broma del destino.

—No estoy jugando. —Escucha cómo le quita el seguro a la pistola y el cerebro de Xingchen empieza a funcionar poco a poco.

Busca en su memoria qué hacer en caso de asaltos. No resistirse, no huir… Llamar a la policía. ¡Obvio que tiene que llamar a la policía! Pero no puede decirle al delincuente que lo espere durante un minuto mientras realiza una llamada urgente.

Las manos le sudan, el cuello también. Su corazón está latiendo como nunca. Está al borde del llanto y no sabe qué hacer.

El asaltante tiene la impaciencia dibujada en el rostro. Las gafas cubren sus iris, mas dejan visibles una porción de sus cejas, las cuales se fruncen en una expresión molesta y peligrosa.

—¡Abre la caja registradora, ahora! —Lo que alguna vez fue una voz si bien amenazante, al mismo tiempo tranquila, ahora son gritos desesperados. Incluso toma a Xiao Xingchen de la camisa y lo sacude con fuerza, esperando que éste reaccione.

Sus rostros están demasiado cerca. Xingchen jamás ha sido bueno en situaciones de estrés, así que se bloquea y posa su mano en la nuca del asaltante. Del asaltante que sigue apuntándolo con una pistola que luce demasiado real.

Xiao Xingchen, presa de la adrenalina y su inherente insensatez, en un impulso por ganar tiempo extra (tiempo extra para que mágicamente llegue la policía o sea salvado por fuerzas divinas), acaba con el espacio entre ellos y sus labios se tocan durante un par de surreales y eternos segundos. Ambos permanecen parados, tiesos, las bocas unidas cual estatua de unos incómodos amantes.

—¡¿Qué mierda fue eso?! —El recién llegado es quien se aleja y parece tan confundido como el propio Xingchen.

—¡No lo sé! No me mates, por favor —pide y su dicción es atropellada. Ahora lo único que espera es no haberle dado una razón extra a su agresor para asesinarlo.

Sin embargo, él no exhibe violencia. Al contrario, suelta una risita medio histérica, como burlándose. Baja el arma por un segundo y toma a Xingchen de la cintura, atrayéndolo hacia él.

Vuelven a besarse, más profundo, y Xiao Xingchen cierra los ojos por instinto. Su corazón sigue acelerado y él está igual de perdido que asustado. Su mente es un ¿qué está pasando? ¿qué está pasando? ¿qué está pasando? interminable, pero no quiere finalizar el gesto porque no está seguro de lo que va a suceder después. Bien podría ser el último beso de su vida y por un instante le cruza la idea de que, por más insólito que suene, al menos debería de disfrutarlo, ¿no?

Su asaltante le da una pequeña mordida antes de separarse. A Xiao Xingchen siempre le han gustado las muestras bruscas, pero definitivamente no es momento de pensar en eso ahora.

—Okey, no te ofendas. Eres lindo y todo, pero igual voy a necesitar el dinero, así que… —Apunta con su pistola hacia él y luego hacia la caja registradora, chiflando.

Y ese es el momento de obedecer… excepto que Xingchen recuerda a su jefe, el contrato, la cara de enojo mezclada con decepción del Señor Chang, y las cuentas de la universidad que requiere liquidar, y todavía queda en él un poco de (estupidez) valentía para suplicarle al otro muchacho.

—No, por favor, ¡te lo ruego! Mi patrón me lo descontará de mi sueldo. —Y ahí el atracador pudo haberle disparado, tomado el dinero y concluir esta noche sin sentido de una vez por todas… pero sólo menciona:

—¿En serio?

—Sí…

Xingchen ya no está seguro de nada. ¿Es acaso esto uno de esos sueños estrafalarios que lo atrapan cuando se encuentra demasiado cansado? Reza a las deidades de las que nunca ha sido tan devoto que algún cliente esté a punto de entrar y alcance a examinar la situación para que lo reporte con las autoridades y lo rescaten de este enredo vergonzoso y desconcertante.

—Bastardos. Los empresarios nunca pierden, ¿verdad? Aunque tengan todo el jodido dinero del mundo.

Xingchen asiente y su pie empieza a golpear el piso con nerviosismo. Su estómago se revuelve y duele peor que cuando le dio una terrible infección a los once años. ¿Le está haciendo plática antes de matarlo? ¿Es esto un juego perverso previo a un asesinato?

—¿Cuánto hay en la caja registradora? —pregunta y Xingchen piensa que su tono, ahora que no lo está amenazando, es hasta agradable. Su voz es suave con un toque travieso y casi comienza a creer que esto es una broma planeada y que en cualquier momento saldrán cámaras ocultas.

—Lo que gano en una quincena, tal vez más. 

El otro sujeto exhala y su postura se relaja aunque la pistola le sigue apuntando a Xingchen.

—Bien, esto es lo que haremos: me vas a dar el dinero, y voy a llevarme estos celulares, cigarros y todos los dulces que tengas. Llama a la policía, diles que me besaste porque soy así de sexy pero que no podrías describir mi rostro ni reconocerme. Entonces cuando el dueño venga y te descuente el dinero, lo mandas a la mierda y renuncias. Podemos vernos en el puesto de la Señora Wen que está a dos cuadras mañana a las nueve pm. Te daré tu parte.

Xiao Xingchen parpadea, incrédulo. Esto definitivamente es un chiste, una realidad alterna, o una prueba por parte de Yueyang Corporation para medir su “fidelidad como empleado” (los empresarios cometen toda clase de locuras).

—¿Qué?

—Es tu única opción. Hazlo.

No piensa tentar más su suerte, así que saca el efectivo de la caja registradora y le entrega de inmediato todo lo que pidió bajo la mirada cautelosa de un arma de fuego.

—Nos vemos. —Se despide juguetonamente, tocando su propia sien con la pistola para alejarla un segundo después, parecido a un saludo militar pero con más estilo.

Xiao Xingchen no tiene tiempo de descifrar todo lo que acaba de ocurrir. Lo que hace es marcar el número de la policía y posteriormente el del Señor Chang. Se prepara para dos regaños: el primero por despertarlo a estas horas; el segundo por haber entregado el dinero.


Pasan veinte minutos y la patrulla recién está estacionándose en la entrada, con todo y las características luces rojas y azules encendidas.

Es tiempo suficiente para calmarse, un poco. Recuerda los ejercicios de respiración que su tía le enseñó, y agradece que no le hayan disparado. El beso se repite en su cabeza una y otra vez. ¿De dónde sacó él, el tímido Xiao Xingchen que ni siquiera se besa con desconocidos en fiestas, la idea de juntar sus labios con alguien que le estaba apuntando con su pistola? La anécdota carece de lógica, aunque pronto dará risa. O al menos eso espera. Las experiencias cercanas a la muerte realmente te llevan a lugares inimaginables y terminan por convertirse en historias curiosas para contarles a tus amigos borrachos en un bar.  

Se bajan dos oficiales de aspecto rudo y la serie de preguntas inicia. A Xingchen siempre le han incomodado los policías y ellos no son la excepción. Su forma de hablar es arrogante y no parecen tener la menor preocupación por la integridad de Xingchen, a quien literalmente acaban de amenazar con un arma.

—¿Conocía usted al asaltante? —Oficial 1 hace el interrogatorio y oficial 2 anota las respuestas en una libreta.

—No.

El Señor Chang entra a su tienda y tiene la decencia de preguntarle a Xiao Xingchen si se encuentra bien. Los policías le piden que ponga la grabación de las cámaras de seguridad y es hasta ese momento cuando Xingchen piensa: mierda.

Oficial 1 y 2, y el Señor Chang se miran entre sí. No dicen nada pero él sabe que lo están juzgando.

—Dijiste que no conocías al criminal —menciona uno de los policías.

—¡No lo conozco! —responde al instante, a pesar de que la veracidad ha abandonado la sala.

—Esos besos prueban lo contrario. Sin mencionar que se pusieron a hablar después. Podrían denunciar a ambos. Esto es grave.

—¿Me están incriminando a ? —Luego de todo lo ocurrido aquella madrugada, eso no sería lo más absurdo.

De acuerdo, admite que su situación no luce bien. Ahora podría decir la verdad, sin embargo ni siquiera él termina por creérsela y por supuesto el resto no se la va a tragar. Y sí, quizá el delincuente sí le pidió que confabularan, no obstante, nada de eso fue premeditado.

—No sé quién es ese sujeto, lo juro. —Es un intento patético por defenderse. No quiere mentir y al mismo tiempo no quiere contar lo que sucedió.

—Ahí está la evidencia. ¿Espera que creamos que este individuo no es su amigo, pareja o algo? —Oficial 1 suena molesto, como si Xiao Xingchen acabara de asaltar su tienda.

El Señor Chang tiene un semblante frío (aunque ahora que lo considera, constantemente se muestra así) y no ha dejado de observarlo.

—Xiao Xingchen, jamás lo pensé de ti. Tendré que quitarte tu última quincena y aun así me debes dinero. Tienes suerte de que no vaya a demandarte. Ah, y por si no quedó claro: estás despedido.

Es la primera vez que Xiao Xingchen finge una sonrisa. Se quita con lentitud su delantal con el logo bordado de la empresa, se lo entrega a su exjefe y sale del establecimiento homogéneo (todas las tiendas son iguales: los mismos colores, el mismo tamaño, los mismos precios, la misma paga mediocre, el mismo tipo de patrón…), no sin antes decir:

—Que tengan una linda noche.


Son las 8:30 del día siguiente. Xingchen se debate entre si ir o no. Tal vez no es una buena idea que vaya a reunirse con un delincuente. Y tal vez debería estar molesto con él: al final perdió su trabajo… sin embargo, no es capaz de culparlo del todo. ¿Acaso no fue él quien lo besó primero y arruinó su defensa?

Cede faltando diez minutos para las nueve. Ese sentimiento de curiosidad y nerviosismo que le hace cosquillas en el estómago le dice que se arrepentirá más si no asiste. Y a pesar de que el otro sujeto es un ladrón, Xingchen no cree que sea peligroso. Si fuera un asesino le habría disparado la noche anterior, ¿no? ¿Además, qué puede perder? Estarán en un lugar público, él no va a atacarlo frente a los ojos de la pobre Señora Wen. Por último, no es como que tenga mejores planes, como acudir a laborar…

Así que camina al puesto de comida callejera. Es tarde y un forastero probablemente se la pensaría dos veces antes de salir a dar una vuelta por el Barrio Yi, pero Xingchen lleva años aquí y sabe que en la mayoría de los casos esos sólo son rumores y mala fama (aun así, toma sus precauciones).

Pasa por el nuevo bloque de departamentos, aquellos que tienen acabados de lujo. Una estrategia más de gentrificación, junto con las empresas multinacionales que se están instalando y provocan que las rentas empiecen a elevarse más alto que los prominentes rascacielos que desean construir. Xingchen se pregunta si el vecindario algún día volverá a ser el mismo que lo acogió cuando era demasiado pequeño para entender las desigualdades.

Allá, al norte, creando un triste contraste, se encuentran las habitaciones pequeñas, descuidadas, de color ladrillo; los grafitis que son un grito de auxilio abstracto de lo que sucede en las calles; la gente que fue desplazada y a la que el sector mejor acomodado evita con asco mal disimulado; y los comercios locales que se resisten a desaparecer, como el de la Señora Wen.

Se detiene a unos pocos metros, refugiándose en la oscuridad de la noche. Su “cita” está sentado en un banco. Lo identifica por sus finos labios y la memoria del beso lo hace sonrojar. Se ve distinto sin los lentes y sin el disfraz de ladrón: más joven, más alegre en un sentido despreocupado. Su postura relajada es la de alguien que no le debe nada a la vida.

Xingchen saluda a la Señora Wen y entonces se dirige al otro muchacho.

—No creí que de verdad te encontraría aquí.

Él también luce sorprendido por un segundo. Luego hace una sonrisa burlona y tiene el atrevimiento de parecer ofendido.

—¡Oye, soy un criminal honesto! —Le contesta a la defensiva y Xingchen no sabe si reír —. Toma asiento. —Le da palmadas al banco de al lado y Xiao Xingchen obedece.

La cercanía y las luces del puesto permiten que inspeccione mejor sus facciones. Su mirada es aguda, igual de oscura que su cabello despeinado. Posee una belleza peculiar, de esas personas que logran presentarse inocentes y perversas a la vez (y que no sabes a cuál parte hacerle caso). Ahora que lleva una camisa sin mangas, Xingchen es capaz de apreciar un tatuaje de caricaturas en el antebrazo, junto con uno pequeño indescifrable de tinta negra en su cuello que no había captado la noche anterior. Su oreja derecha está completamente perforada y le falta el meñique izquierdo. Es el tipo de muchacho que su tía (con la cabeza llena de ideas conservadoras) le advirtió mantuviera muy, muy lejos.

—Lo estuve pensando, y te regresaré el efectivo. Yo me quedaré con lo que quede de la venta de celulares y con los dulces, ¿te parece bien? —El asaltante cuyo nombre todavía desconoce rompe el breve silencio y le recuerda el motivo de su reunión. Su tono es como el de todo un hombre de negocios haciendo una transacción importante.

—No estoy aquí por el dinero. —Y eso es real. A pesar de encontrarse desempleado, con una escuela y servicios que pagar, no espera conseguir ninguna ganancia monetaria de él. Como extra: no es dinero honesto; no se sentiría cómodo obteniéndolo.

Sus cejas hacen un movimiento gracioso y lo mira como si Xingchen hubiese perdido la cabeza.

—Ah, ¿así que sólo querías volver a verme? Porque literalmente te asalté. Tal vez deberías de reconsiderar tus decisiones de vida —Le da un sorbo a su soda de naranja artificial y Xiao Xingchen le pide algo de comer a la Señora Wen, lo que le sirve para pensar su respuesta.

— No es eso… —Xingchen desvía la mirada. No sabe exactamente qué es, así que opta por responder algo que no es del todo incierto—.  Sólo quería avisarte que no te buscará la policía.

—Entonces has decidido no delatarme.

Xiao Xingchen suspira. Él cree que algunas personas roban por necesidad, no por maldad. Y que acabar en la cárcel o con una multa exorbitante por una acción donde no se dañó ningún ser vivo, es un extremo superfluo. Además, le sobran razones para no confiar en la policía. En el fondo siempre supo que aunque no hubiera mentido “un poco” cuando le pidieron la descripción física, no hubiesen atrapado al ladrón de cualquier manera. Así que no, denunciarlo nunca fue una opción.

—Correcto.

La comida friéndose en aceite vegetal inunda sus fosas nasales y le hace darse cuenta del hambre que tiene y el tiempo que ha pasado desde la última vez que degustó gastronomía autónoma. Las calles se abarrotan de jóvenes que pasean con sus amigos, niños que tienen permitido salir hasta tarde, y gente que vuelve a casa después de una jornada laboral perpetua mal pagada.

—Supongo que ¿gracias, Xiao Xingchen? —Es un agradecimiento extraño, como si no terminara por entender a Xingchen… Y espera un momento, ¿¡acaba de llamarlo por su nombre!? No quiere juzgar, en serio, pero lo primero que se le ocurre es que es un acosador. O peor, un asesino que lo ha estado investigando y le ha concedido un plato de la Señora Wen como última cena.

—¿Cómo sabes mi nombre? —Trata de no sonar acusatorio y disimular su estado de “pánico total”. Su acompañante se ríe levemente.

—Lo tenías escrito en ese adorable uniforme tuyo —explica, señalando con sus manos un lugar en el pecho para indicar donde solía descansar su gafete.

Ah, eso lo aclara todo. Xingchen se repite que debe de calmarse y dejar de suponer lo peor de las cosas.

—Entonces lo justo es que yo sepa el tuyo —dice, en un intento por desenmascarar al asaltante anónimo.

Le entregan su comida y Xingchen antes de comenzar recuerda sus modales y le ofrece al otro muchacho. Él niega con la cabeza, sigue con su propio platillo y retoma la conversación:

—¿En serio prometes que no le dirás a la policía? —Lo mira con los ojos entrecerrados y se le acerca poco a poco. Xingchen se distrae con su plato para no pensar en el limitado espacio que queda entre ellos.

—Promesa de scout —Realiza el tradicional saludo con los tres dedos en alto, para que vea que no bromea. Y agrega—: He perdido la fe en este sistema.

—Bienvenido al club —responde, una media sonrisa adornando su rostro. Y luego, en un susurro, como si se tratara de una identidad secreta que ni la Señora Wen ni el resto de los clientes debe saber—: Xue Yang.

Ese es un buen nombre, piensa, pero no va a decirlo en voz alta porque quién diablos le menciona eso a la persona que robó tu lugar de trabajo la noche anterior. Así que sólo lo mira a los ojos (buscando tal vez un rastro de mentira, de engaño, de malicia. Mas no encuentra nada) y asiente, para dejarle claro que no ha sido ignorado.

Ambos continúan con su cena y a Xiao Xingchen toda esta situación le sigue sabiendo ficticia, aunque no de una manera por completo desagradable.

—¿Vives por aquí? Es que jamás te había visto en la tienda… —Xue Yang se mofa y Xingchen se da cuenta, tarde, de que su intento por extinguir el silencio ente ellos parece un interrogatorio.

—Sí, bueno, usualmente no visito esas estúpidas cadenas. Al menos no para comprar —menciona riéndose, como si el hecho de que estuviera cenando con la persona que asaltó ayer en una de esas tiendas que garantiza odiar fuera divertido. Y bueno, tal vez lo es un poco —. Esta colonia es mi hogar. Pero cuéntame, ¿de dónde salió un sujeto con una belleza como la tuya?

Xingchen hace caso omiso al último comentario. Nunca ha sido bueno tomando cumplidos y ni siquiera tiene la certeza de que sea uno genuino. Lo que le sorprende es el hecho de que nunca se lo haya encontrado. En definitiva necesita salir más, dejar la computadora y los libros por un rato e interactuar con la comunidad.  

—Vivo a tres cuadras —responde ambiguamente. Xingchen no es tonto, pese a que ha cometido con anterioridad el error de confiar demasiado pronto en todos.  Pero por supuesto no piensa darle su dirección exacta a un desconocido.

—Ah, así que eres un niño rico —dice con sarcasmo, apuntándolo acusatoriamente con la botella de su bebida. Aunque es cierto que se vive un poco mejor en su calle, Xingchen reconoce el privilegio, finalmente el barrio está lejos de pertenecerle a la gente burguesa. Al menos la mayor parte, y antes de que llegaran las compañías inmobiliarias a “mejorar” los hogares de miles de personas en nombre de un mal llamado progreso.

—Si tuviera dinero no estaría trabajando en el turno nocturno —contesta encogiéndose de hombros.

—¿¡Entonces no te despidieron!? —Xingchen no puede descifrar si está feliz o enojado con él.

—En realidad, sí lo hicieron.

Xue Yang se queda un par de segundos en silencio y después le da unas palmaditas en la espalda.

—Oye, no te preocupes. La próxima vez asaltaremos un banco. —Podría ser una broma. Definitivamente sería una broma si viniera de cualquier otra persona.

—¿La próxima vez? —pregunta, para seguirle la corriente.

—Sí, y quizá podamos besarnos de nuevo en la escena del crimen.

Ahí está. “El asunto”. Supuso que era cuestión de tiempo para que saliera a flote. Xingchen no está listo para esta conversación.

—Sobre eso… Lo lamento mucho. No debí besarte sin tu consentimiento. Simplemente actué porque no sabía qué hacer —Y no es ninguna excusa y es probable que aquella bochornosa situación lo mantenga despierto en la madrugada, atormentándolo, hasta el final de sus días.

—¿En serio? —Xue Yang hace un sonido de dolor—. Yo creí que te había gustado.

Xingchen detesta cómo su cara se pone de un tenue color rojo y siente algo que le hace cosquillas en el vientre. La Señora Wen sonríe disimuladamente mientras prepara más comida.

—Bueno… No. Quiero decir, sí.

Xue Yang se empieza a reír por el nerviosismo de Xiao Xingchen, disfrutándolo, mientras el último trata de comprender por qué lo besó y si lo haría de nuevo (no es que fuese a ocurrir, de todos modos).

—A mí me gustó. —Le guiña el ojo y Xingchen casi se ahoga con su comida.

Esto es tortura. Esto es estúpido también. ¡Él no debería de estar coqueteando con un sujeto que posee una pistola!

Seguir hablando con Xue Yang es arriesgado, es consciente de ello… y al mismo tiempo no alcanza a convencerse de que sea un chico malo. Sí, tiene la pinta y un arma, pero no se comporta como un criminal nocivo, no le ha faltado al respeto, por supuesto no le ha disparado, y su presencia es hasta placentera. Y de acuerdo, es atractivo, lo reconoce a regañadientes, y su mente le regala una imagen de su mejor amiga rodando los ojos por su “pésimo gusto”.

La comida de los dos se acaba y ya no hay otra cosa con la cual distraerse.

—Permíteme invitarte la cena. Te la debo. Tú sabes por qué. —Su expresión no ha dejado de ser orgullosa, en un sentido medio infantil, como un niño que acaba de salirse con la suya. Le entrega el dinero a la Señora Wen y le deja una buena propina.

—Gracias —dice. Normalmente se opondría, u ofrecería que pagaran 50/50… pero estando desempleado, no le viene mal ahorrar un poco.

—¿Quizá podemos vernos otra vez? Te llevaré a lugares bonitos. Será mi forma de agradecerte por dejarte asaltar —realiza una breve pausa—. Perdón por eso, por cierto.

Xingchen se ríe y se cuestiona si así es su sentido del humor, o si simplemente es su naturaleza con una pincelada mordaz, sin filtros. Y entonces, luego de eso, aparecen un millón de preguntas: cómo es él, cuáles son sus pasatiempos además de robar tiendas, cómo se inició en esta vida, cuál es su dulce favorito, y qué estaría haciendo por placer si no existieran en un mundo en el que necesitan dinero para sobrevivir.

—¿Qué te parece este viernes? —formula Xingchen antes de que se arrepienta. El deseo de conocerlo y descubrir su historia, intercambiar sus cicatrices, armar listas de reproducción juntos, a la vez que fabrican nuevas memorias (ve tú a saber si robando multinacionales o buscando trabajo), es mucho mayor que los prejuicios y el miedo.

—Es una cita.

Eso le arrebata una sonrisa. ¿Quién hubiera imaginado que terminaría saliendo con su asaltante? Y si bien es un resultado interesante y su reunión está saliendo mejor de lo esperado (y Xue Yang es tan molestamente apuesto con su sonrisa a medias y su brazo entintado), Xingchen tiene que recordarse que aterrice en la Tierra, que vaya despacio, que gocen de cada segundo que poseen para irse entendiendo mutuamente. (A pesar de que ya se le ocurrió lo ridículo-genial que sonaría: “Esta es la anécdota de cómo conocí a mi esposo. Todo empezó con un asalto…”).   

—¿Adónde me llevarás? ¿a saquear un supermercado? —Poco a poco va perdiendo su inquietud, dándole paso a la autoconfianza. Xiao Xingchen sólo espera que su plan de ser gracioso no sea confundido con una ofensa.

—¿¡Cómo lo supiste!? No arruines la sorpresa, Xingchen —replica con un puchero, enterrando su imagen de criminal y desbloqueando el logro de “peligro: rostro demasiado adorable”, mientras le da un golpecito en el hombro. Esta familiaridad es extraña, no obstante, Xingchen descubre que no le molesta. Al contrario, todo su interior se satura de calor como si acabaran de encender una antorcha gigante para iluminar la noche entera. 

La Señora Wen los mira, más divertida que otra cosa. Xiao Xingchen toma a Xue Yang de la mano y empiezan a caminar por el Barrio Yi sin saber su destino, bajo la esplendorosa protección que ofrece gratis la luna. Por la avenida se escucha el sonido de una patrulla que nunca alcanza a llegar a tiempo.

Notes:

Gracias por leer mi (propaganda) one-shot XueXiao 🥺.