Work Text:
–Ellos me están mirando –dice por primera vez una noche, cuando tiene unos dos años, mientras sus padres lo arropan.
–Por supuesto, amor. Los angelitos siempre te cuidan.
Con el paso del tiempo, cuantas más veces repite la frase, en ocasiones después de ver sobre su hombro, menos convicción hay en las múltiples variaciones de la respuesta.
A sus cuatro años escucha las palabras esquizofrenia y paranoia, aunque se supone está concentrado armando un edificio con sus tacos de madera. A pesar de su corta edad, sabe que hablan de él, por eso presta atención. No tiene idea del significado de esas palabras, mas la expresión en el rostro de los adultos las marca como algo malo.
Empiezan a llevarlo a oficinas de señores serios. Usan largas batas blancas y le recuerdan a los científicos locos de sus dibujos animados favoritos. Le hacen muchas preguntas, le muestran fotos con manchas, le colocan cosas pegajosas con cables en la cabeza y lo conectan a máquinas. Le recetan medicamentos que lo dejan atontado todo el tiempo, pero ni eliminan ni disminuyen la sensación. Toma pastillas de colores chillones y horrible sabor hasta el día en que se duerme con la cara en un plato de sopa caliente y su madre se niega a seguir dándoselos.
Sus padres lo llevan con otros señores de rostros menos serios y sin largas batas blancas. No hay máquinas, ni fotos con manchas, ni remedios. No obstante, hacen las mismas preguntas. Cuando no lo ponen a dibujar, juega con marionetas.
En su primer día en la escuela, cuando la maestra le pide presentarse, comete el error de decir que va tres veces por semana al psicólogo –otra palabra aprendida de oídas. En el instante en que la maestra no está mirando, los niños empiezan a señalarlo y llamarlo lunático; su explicación es simple y lógica: si lo llevan al loquero, entonces es uno de ellos. Una vez en casa, no se atreve a preguntarle a sus padres si es verdad por miedo a la respuesta. No quiere terminar encerrado en una casa de locos.
Después de ese desagradable episodio, aprende con mucho esfuerzo a controlar el impulso de sobarse la nuca, o voltear para ver por encima del hombro. Sus padres no caben en sí de felicidad pues al fin su hijo es normal, ya no tiene ningún problema. Detienen las sesiones de terapia, aun cuando el psicólogo trata de convencerlos de lo contrario.
Y tiene razón.
La sensación persiste.
Incluso en sus sueños.
Los años pasan.
La vida continúa.
La sensación persiste.
Hasta que…
El alivio recorre su cuerpo como un bálsamo el instante en el cual la perenne sensación de ser vigilado cesa. Abre los ojos, su visión es borrosa. De forma instintiva, su mano va hacia su nuca. El movimiento es algo incómodo pues está en el suelo, aun cuando hacía un momento estaba en pie.
La sensación no está.
No sabe que pensar.
Una mezcla a partes iguales de miedo y alegría se apodera de él.
–Te tomaste tu tiempo –dice de pronto una voz un poco craqueante, burlona. No la reconoce, lo cual es extraño. Allí solo se entra con autorización, todos se conocen.
Parpadea un par de veces y al enfocar ve una mano enguantada extendida en su dirección, palma arriba, presentando el universal gesto de ofrecer ayuda.
La acepta.
El poseedor de la mano es fuerte, y lo levanta de un tirón como si fuese tan liviano como una hoja de papel. Si alguien le pidiese su descripción solo podría decir que es alto pues, por alguna razón, su figura es difusa. Es una gran mancha borrosa, flotando a unos centímetros del suelo. Sin embargo, su mano, –aun sostiene la suya con firmeza–, está definida.
–Has sido mi asignación más aburrida. En más de una ocasión creí podías verme –continúa–. No recordaba lo lento que son los aneurismas. Bombas de tiempo, ¡ja! Vaya broma. El jefe tiene un perverso sentido del humor. Es muy creativo con los castigos. Una pequeña indiscreción y te manda a esperar un aneurisma.
Su forma de decir la última palabra le da desconfianza. Quiere preguntar a qué se refiere, pero el desconocido sigue su monólogo:
–Nunca dicen cuándo va a reventar, pero lo saben –distingue amargura en la última frase–. No puedo creer que extrañe las colectas instantáneas, incluso de quemados.
Lo interrumpe un grito:
–¡Alguien llame a emergencias!
Es entonces cuando es consciente del movimiento a su alrededor.
No puede ser. Es imposible.
Su cuerpo yace en el suelo, desmadejado cual muñeca de trapo. Su jefe le revisa el cuello, buscando el pulso.
–No tienes idea de cuanto es posible. Tampoco lo vas a aprender. Vamos. Tu tiempo se acabó.
La mano enguantada que lo sostiene aprieta y todo se desvanece.
