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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-04-12
Words:
3,837
Chapters:
1/1
Kudos:
5
Hits:
63

Bienvenido de vuelta, gorrión

Summary:

Han pasado varios años desde que la explosión en la base de Overwatch situada en Suiza ocurrió. Desde antes, los caminos de Genji y la doctora Ziegler se separaron. Pero quizá esa noche está todo por cambiar. Al fin y al cabo, se hicieron una promesa.

Notes:

Este fic está escrito en base a un rol sobre ambos personajes. Esa es la razón por la que igual notáis alguna diferencia en la narración a la hora de leerlo, en comparación con mis otras obras. Es difícil montar como historia algo escrito desde dos puntos de vista, pero he intentado organizarlo lo mejor posible. ¡Aun así espero que os guste!

Disclaimer: Overwatch y todos sus personajes pertenecen a Blizzard.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Bienvenido de vuelta, gorrión

 

Habían pasado años. ¿Seis quizá? Desde la última vez que la doctora Ziegler había visto a Genji cara a cara. Sus caminos se habían separado hace tiempo, e incluso la doctora, a pesar de haberle dicho que le esperaría en Overwatch, había terminado abandonado la base tras la explosión. Todos habían resultado dañados por algo más que heridas físicas en aquel fatídico día, pero lejos de eso, lo que más le había dolido a Angela había sido ver como toda su tecnología era robada y utilizada con unos fines muy diferentes a los que ella habría querido. Genji, por el contrario, mucho antes de aquel suceso ya había abandonado la base en busca de un camino que le llevaría hasta Nepal. Y así, por fin pudo obtener la paz interior que tanto había estado buscando.

A pesar de todo lo ocurrido, Angela estaba allí de nuevo tras haber llegado a un acuerdo con Jack y Ana. El grupo se había reunido de nuevo, pero eso no significaba que la rubia no echase de menos al Shimada en el que tanto esfuerzo y horas había empleado. La última carta que había recibido por su parte fechaba de semanas antes. Y le había respondido, como siempre hacía, pero desconocía si le había llegado la respuesta.

Era entrada la noche, y para no romper sus costumbres paseaba con una taza de café humeante en las manos. Llevaba muchas horas de trabajo encima y había decidido tomarse un descanso. ¿Debería haber decidido irse a la cama? Efectivamente, pero en ella era habitual ese tipo de horas extra. Salió al exterior y se sentó en la pequeña plazoleta que tenían en el interior de la base. El cielo aquella noche estaba despejado, por lo que sus ojos azulados se quedaron perdidos en la infinidad del firmamento. Las estrellas brillaban con intensidad, aun a pesar de que algunas de ellas llevasen extintas millones de años atrás. Era en aquellos momentos cuando de verdad se sentía en calma consigo misma. Incluso la temperatura no podía ser más idónea.

Ajena a todo eso, y creyendo ser la única despierta en la base en aquellos momentos, no podía estar más equivocada. Pues si había un día indicado para el reencuentro con aquella persona que había estado horas antes en sus pensamientos, era ese.

Tras tantos años fuera, el menor de los Shimada no creía estar por fin de regreso. Ni siquiera sabía si estaba preparado para reencontrarse con la mujer que le había salvado la vida. En muchos aspectos. Durante el tiempo que había estado en Nepal, había podido reflexionar en profundidad y sentirse realmente arrepentido por todo el sufrimiento que le había causado a la de cabellos rubios. Estaba avergonzado de sí mismo y con un pesar muy grande en su corazón.

En completo sigilo, había entrado en la nueva base y aunque había buscado a la doctora en su consulta se encontró con que no estaba en ella. Aun así siguió buscando e intentando averiguar dónde podría estar. Pasados unos pocos minutos, un característico olor a café captó su atención; aquel olor que tantos recuerdos le causaba. Siguió el aroma hasta llegar al lugar en el que se encontraba. Dubitativo, permaneció unos segundos quieto. Finalmente, tras sopesarlo, decidió que alargar el momento era innecesario. Quería hablar con ella y por eso,  poco a poco y aun sin anunciar que estaba allí, decidió acercarse por su espalda al tiempo que se quitaba la parte de la máscara que cubría sus ojos.

Mientras tanto, Angela permanecía con la cabeza ligeramente alzada mirando aún al cielo. Estaba tan absorta en sus pensamientos que ni siquiera era capaz de imaginar que la noche estaba a punto de cambiar por completo. Había imaginado en su mente una y mil veces el reencuentro que podría tener con el paciente que más alegrías y tristezas le había dado en todos los años que había ejercicio su profesión. Pero, aun así, por mucho que pensase en ello, sabía que no estaba preparada para ello. ¿Cómo volvería? ¿Habría cambiado? ¿Vería el mundo con esa paz encontrada que tanto había anhelado? Las cartas le decían que volvería y, sin embargo, su temor no desaparecía. ¿Y si no... lo hacía?

La taza entre sus manos seguía humeando, y el olor a café inundaba el ambiente. No se escuchaba nada a su alrededor, ni siquiera el sonido de alguna ave nocturna que rondase por los alrededores. Su mirada seguía perdida en las constelaciones, tratando de averiguar de cuales se trataban. Era algo que muy pocos sabían, pero a Angela siempre le habían fascinado ese tipo de cosas.

— Veo que no has perdido las viejas costumbres, Angela.

Escuchar una voz a su espalda la sobresaltó por completo. No había escuchado llegar a nadie, y antes de poder hacer nada sintió como la taza se escapaba de sus manos para chocar estrepitosamente contra el suelo.

— ¡ !

Quiso soltar una exclamación, pero no salió sonido alguno de sus labios. Se había puesto de pie y girado al momento, sin prestar atención a la bebida que hacía unos minutos estaba disfrutando y ahora permanecía derramada en el suelo. En ese instante, la figura que tenía frente a ella pasó a ser el centro de todo. Una de la que llevaba tiempo esperando un mensaje que le avisase de su regreso. Por su tono de voz, supo al instante de quién se trataba y al parecer había logrado su meta. Ni siquiera prestó atención a su aspecto. Con los ojos anegados en lágrimas, se lanzó a los brazos de Genji en un abrumante abrazo.

— A-Angela. Estoy aquí... 

La primera reacción de Genji al escuchar la taza romperse había sido querer moverse con rapidez para ver si ella estaba bien o se había hecho algún corte. Pero los pasos de ella le habían cortado de raíz cualquier movimiento. Inmóvil, sorprendido y sin saber muy bien cómo reaccionar, atinó a mover los brazos para corresponder el abrazo en el que finalmente se fundieron.

Por otro lado, y aunque sabía que no iba a lograrlo por mucho que se mentalizase, la doctora se había prometido no llorar llegado el momento del reencuentro. Además de por su edad y su profesión, cuando se trataba de tener la mente fría no había como mujer como ella. Sabía mantener la sangre fría y la mente impasible cuando era necesario. Pero en ese momento, que tanto había esperado y que por fin tenía al alcance, no pudo evitar que sus sentimientos la desbordasen cuando una mezcla de alivio y alegría surgió al ver que uno de sus mayores miedos no se había hecho realidad.

— Genji. Genji... Me alegro tanto de verte...

Le tenía, tenía al Shimada que una vez había salvado, ante ella. Había reaccionado sin pensar y se había lanzado a sus brazos antes de siquiera darle a él opción para hacer o decir algo. En el pasado, Genji no había sido muy dado a aceptar ese tipo de gestos, aunque un tiempo antes de que se marchase pareciese más receptivo. Y en aquel momento, además de hablar con una calma irreconocible para lo que ella habría creído, también le había correspondido el gesto. Sintió como sus manos se cerraban en torno a su cintura y eso le provocó que ella le abrazase aún con más fuerza.

Tuvieron que pasar unos segundos hasta que finalmente ella se separase. Su mirada se paseó de arriba abajo en la curiosa vestimenta contraria. Un pañuelo y diversas telas cubrían su cuerpo, y cabía decir, que le daban un aspecto de lo más exótico. Nada que ver con cómo se marchó marchado. Y su rostro. Su expresión. Su gesto de sorpresa fue un mundo para ella.

— Puedo decir lo mismo, Angela. He vuelto. Como te prometí. —Murmuró cuando pudo volver a hablar. O más bien, cuando encontró la fuerza de voluntad para hacerlo. El nudo en su garganta era fuerte, y no había podido decir nada en los últimos minutos

Un gran cúmulo de sensaciones se expandía por todo el ser de Genji. La sorpresa del recibimiento, la alegría de volver a verla, la confusión de no saber cómo reaccionar, la preocupación por el posible daño que pudiera haber sufrido debido a la taza rota, el miedo a ser rechazado una vez la situación se calmase… Nada le garantizaba que le hubiese perdonado, y eso, junto con el resto, provocaba un sinfín de sentimientos que le abrumaban. Su maestro no lo había preparado para eso, estaba totalmente paralizado. Por otro lado, pequeños detalles no pasaban por alto para él. El fresco aire que los envolvía, ahogado por la calidez que ahora desprendían sus cuerpos en el abrazo; el dulce y agradable aroma del perfume ajeno, ese que había imaginado en sueños y tanto había extrañado. Ni siquiera lo había cambiado; la esbelta complexión ajena que hacía posible el poder abarcarla al completo con sus brazos… Y dicho abrazo decía todo por sí solo. Las palabras hubieran sobrado. Cuando la miró a los ojos, se perdió en ese océano azul. ¿Siempre habían sido tan bellos? Sí, pero el odio que lo poseía era tal, que nunca había podido apreciarlos como era debido. Nunca había podido de verdad ser consciente de lo que en realidad sentía por ella.

Mientras tanto, las manos de la doctora se habían movido antes de poder hacer algo por controlarlas, llevándolas al rostro enmarcado por cicatrices. Las deslizó con increíble dulzura por encima de las heridas en su día sangrantes, sin nada más lejos que una intención de observar su curación. El cabello de este, azabache y desordenado, caía ahora por la frente del japonés. Y sus ojos habían perdido ese brillo rojizo característico que había tenido durante largo tiempo debido a los tratamientos invasivos a los que se había tenido que someter sin remedio hasta que Angela logró eliminar toda toxicidad de su cuerpo.

El silencio tras sus palabras se hizo más que palpable ya que cada uno permanecía perdido en la mirada del otro. Por fin las lágrimas habían dejado de escaparse de los ojos de ella, pero eso solo dio lugar a que la vergüenza y el bochorno entraran en juego. Fue consciente primero de su abrazo. Luego de su propio llanto. Y por último, del hecho de que su taza se había caído al suelo por el susto que se había llevado al escuchar la voz del japonés tras su espalda.

— ¡A-ah, lo siento! —Se separó al instante, disculpándose del abrazo que segundos antes no le había parecido importar a ninguno. Su cara ardía y había girado su cuello para mirar los restos que minutos previos formaban una de sus tantas tazas. Hasta ahí había llegado su momento. Gimoteó levemente, terminando con un suspiro—. Qué desastre, menudo susto me has dado… 

— N-no, tranquila. Siento yo el haberte asustado. —Eso es lo que pudo pronunciar después de estar completamente paralizado mientras la contraria decidía recorrer con sus suaves dedos su rostro. Sólo podía mirarla a la vez que notaba como sus mejillas se calentaban y enrojecían cada vez más. ¿Cómo podía tratarlo con tanto cuidado después de todo? Estaba claro que no había nadie tan bondadoso como ella; ni tan gentil.

Segundos después, él también volvió a la realidad y fue golpeado por la vergüenza al igual que la contraria. Al menos no era el único sonrojado y de los nervios; era un pequeño consuelo. Se acercó con cuidado a ella y se agachó a su lado para ayudarla a recoger los trozos que minutos antes, habían compuesto una bonita taza.

— Te compensaré por esto, te regalaré otra. ¿Te has hecho daño? ¿Estás bien…? —Le preguntó un tanto preocupado y echándole una mirada de arriba a abajo que podía tildarse de descarada. De hecho, en cuanto se dio cuenta de ello, apartó la mirada aún más avergonzado si cabía. Definitivamente era un idiota. 

Era preciosa y siempre lo había sido. ¿Por qué? ¿Por qué aquella sensación que vio al despertar había sido superada por el odio? Recordaba perfectamente la oscuridad previa a la muerte y tras eso una luz, pero no la que siempre le habían dicho que vería cuando estuviera realmente muerto, sino el halo de luz que rodeaba la figura de un ángel. Un ángel rubio de ojos azules que lo miraba con infinita preocupación. Su ángel de la guarda, el que le había salvado la vida cuando nadie más podría haberlo hecho; menos con tan poca probabilidad de supervivencia. Pero ella, lo había conseguido. ¿Y qué le había dado a cambio? Un desprecio infinito. ¿Cómo lo había aguantado? ¿Por qué lo había tratado? No se mereció nada de ella y aun así, ella se volcó por completo… Había sido tan, tan estúpido. No sabía si sería tarde para redimirse, pero lo intentaría con todas sus fuerzas. No quería verla llorar de nuevo; no quería verla afligida, sino devolverle la alegría que en aquellos días le arrebató. Por eso estaba allí. 

La doctora suspiró. Nada podía hacer con el café derramado. Permaneció agachada, colocando cada fragmento en la palma de su mano. Aunque antes lo había observado con todo lujo de detalles, ahora era incapaz de mirarle a pesar de que deseaba con todsas su fuerzas volver a hacerlo. Eso sí, no pasó por alto cómo el ninja había decidido también observarla durante unos segundos con toda la atención del mundo. Negó con la cabeza ante sus disculpas, riendo levemente. Siempre había sido uno de sus pasatiempos favoritos el asustarla, y eso, unido a su papel como ninja, había hecho que Genji de forma consciente o inconsciente fuese total y absolutamente silencioso. Quizá esos sustos de muerte fuesen una de las pocas cosas que la doctora no echaba de menos.

— No te preocupes por la taza, tengo una buena colección —dejó escapar una risa divertida, quitándole importancia—. Estoy bien, mejor que bien. ¿Cómo ha… Ido? ¿Has logrado encontrar aquello que buscabas?

Y ahí estaba, la sonrisa radiante que tantos conocían y relacionaban con la doctora suiza. Ambos se colocaron en pie y la rubia caminó unos pocos pasos para tirar las piezas de porcelana en una papelera cercana.

— Sí… Tardé bastante tiempo en encontrarlo, pero sí. Ahora sé quién soy realmente y… No te causaré más problemas… Lamento mucho todo lo que te hice, Angela —contestó a la vez que seguía sus pasos para también deshacerse de los cachos que había recogido. Tras eso, se volvieron a quedar uno frente al otro.

En ese instante, sus pensamientos conectaron con los ajenos en lo referente a cómo se había producido el encuentro: un susto. Efectivamente el asustarla estuvo un día dentro de los pasatiempos de Genji. Ya que no quería hacerla daño, por mucho que de palabra insistiese en ello, se dedicaba a darle “pequeños” sustos aprovechando su sigilo y la iluminación que formaba parte de su nuevo cuerpo. Incluso aprovechaba aquellos ojos rojizos que ahora tenían por fin su color natural: el marrón. Eso no quitaba que en ocasiones no fueran intencionados. Ahora se arrepentía mucho de ello y pensarlo le hacía sentir una vergüenza infinita. Actuaba como un crío enrabietado. De lo único que se alegraba había sido de poder despedirse de ella de una manera más decente y calmada. Los últimos meses en Overwatch no fueron tan horribles y esos mismos fueron los que le indicaron que debía cambiar, encontrar una manera de aceptarse a sí mismo y saber quién era. Y así hizo. 

Después de unos segundos que para él parecieron eternos, y en los que seguramente la contraria pudo ver cómo se quedaba perplejo/embelesado con su sonrisa, la conversación prosiguió. Obviamente, Genji seguía sonrojado y agradeciendo que el pañuelo que llevaba en la cabeza, lo cubriese, aunque fuese de forma mínima. Ni siquiera podía mirarla a la cara durante más de tres segundos

— Me alegro tanto de escuchar eso… Y no tienes que disculparte por algo que queda tan lejano, ya está olvidado. Aunque es un alivio saber que quizá en vez de malas caras recibiré sonrisas. Estás más guapo cuando lo haces, desde luego.

— E-Em… Sí, gracias. Ha sido una larga travesía, pero ha valido la pena. O al menos… Eso creo.  Y no puedo evitarlo, Angela. Te di muchos, infinitos problemas y me siento realmente arrepentido por ello. Prometo que no te haré pasar por algo así de nuevo. He cambiado y espero que me perdones.

En la medida de lo posible y como buenamente pudo dentro del bochorno que sentía, le dedicó por primera vez en años, una reverencia cargada de sinceridad y arrepentimiento. Junto a ella iba la promesa de que podrían empezar de cero y ser realmente amigos.

Esta vez, Angela decidió no rechazar tales disculpas a pesar de creer que no eran para nada necesarias. Aquella reverencia era sincera, y por lo poco que sabía acerca de la cultura japonesa era un acto que realizaban dichos asiáticos cuando realmente estaban arrepentidos. Y que en función de la inclinación era un nivel u otro de disculpa. Y él estaba formando un ángulo casi perfecto de noventa grados. Genji no supo por cuánto rato estuvo manteniendo aquella postura. Seguramente unos pocos segundos, pero la ausencia de respuesta por el momento supuso para él un momento eterno.

Pero Angela finalmente estiró una mano con suavidad y acarició uno de los pocos mechones que asomaban por el pañuelo que llevaba el ninja. Luego deslizó esta por la mejilla, tomándola para que así pudiese alzar la cabeza y le mirase. En silencio, asintió con levedad, pues parecía que hasta que no dijese nada Genji no se daría por satisfecho.

El ninja casi había ido a suspirar derrotado cuando notó una vez más el tacto de ella. Conocía bien esas manos, que pese a haber sufrido tantos cortes y daños por su profesión, seguían siendo suaves y delicadas. Abrió despacio los ojos y simplemente se dejó llevar por las acciones contrarias hasta que sus ojos estuvieron una vez más fijos en los azueles con los que tantas veces había soñado.

— De acuerdo, de acuerdo, te perdono. Además, me alegro de que hayas vuelto y me llames Angela y no “doctora Ziegler”. Echaba de menos que alguien se dirigiese a mí por mi nombre. Pero solo aceptaré tus disculpas del todo si no me privas de tu compañía en alguna noche en la cual estés, al igual que yo, despierto. Lo he echado mucho en falta.

— Gracias… De verdad, gracias… —Poco a poco recuperó su postura hasta estar recto y suspiró aliviado—. Y recuerdo haber leído en tus cartas que de nuevo te llamaban de doctora, así que pensé que quizá te gustar---

Pero no pudo acabar la frase. Igual que antes había detenido sus pasos, ahora Angela detenía sus palabras con un gesto que una vez más le había pillado con la guardia baja: Un abrazo. Ella había esperado a que se incorporase para iniciarlo. Pero esta vez, el gesto transmitía una calma absoluta. Estaba cargado de cariño y podía sentir como buscaba de alguna manera tranquilizarle. Indicarle que todo estaba bien. Bien de verdad. No era desesperado como el primero que habían tenido, si no que parecía ser un acuerdo de paz. De que todo estaba olvidado. La rubia había cerrado sus ojos, resguardándose en la calidez que sentía, en el agradable aroma que desprendía el contrario y que a duras penas había logrado recordar. Y para Genji, le estaba confirmando la segunda oportunidad que tanto había anhelado. Esta vez no la desperdiciaría por nada del mundo. Por supuesto que no. Hacer feliz a su ángel era lo que más ansiaba.

Correspondió el abrazo con suavidad, rodeando el menudo cuerpo de Ziegler, y simplemente disfrutó del contacto y de la calidez que ahora compartían de manera más calmada.

— Estaré contigo tantas noches como quieras, Angela. Será un placer volver a decirte que debes dormir y no trabajar tanto. Trato hecho. Gracias por recibirme.

Angela escuchó como Genji, por lo bajo, le contestaba y pronto se vio riendo de nuevo ante la respuesta obtenida. Terminaron por separarse, pero cuando lo hicieron, la expresión de la doctora lejos de ser la sonrisa que debía estar en sus labios mostraba un ceño fruncido. Gesto que solo provocó que él también riese junto a ella.

— Si vas a echarme la bronca por trabajar y no dormir creo que me voy a pensar lo de tu compañía. Solo la quiero si vas a tratarme bien y a limpiarme las lágrimas por el estrés que puedo llegar a llevar.

— Me lo tendré que pensar —respondió él, siguiendo aquel tono bromista que ella había utilizado—. Tendrán que ser lágrimas de verdad para que no te meta mucha caña.

— Que malo eres.

Angela jamás se había dado el lujo de llorar delante de ninguno de sus compañeros por un exceso de trabajo o por un mal trago en este. Desde el comienzo y como profesional sus sentimientos cara a los demás quedaban ocultos bajo un muro impenetrable. Si bien, era en los momentos de soledad cuando este se podía ver derrumbado. En cambio su voz, dulce aún, había ocultado una advertencia que Genji seguramente había podido percibir. Angela tenía una personalidad fuerte por lo que poco tardaría en despachar al ninja si este se proponía echarle la bronca por no dormir sus horas pertinentes.

Sin duda la noche había dado un giro de trescientos sesenta grados, y aunque en un principio la doctora había esperado continuar con su trabajo después del descanso, sabía que este había dejado de ser su prioridad. Genji no le iba a permitir acabarlo. Se recogió un mechón tras la oreja y decidió marcharse a dormir. Era muy tarde y mañana quería pasar más tiempo con él para que este le contase sus aventuras vividas todo el tiempo que había estado fuera.

— Me parece que es hora de descansar. Mañana podríamos vernos un rato y me cuentas sobre tu viaje —de nuevo la dulzura se podía sentir en su tono de voz—. Me encantaría escuchar dónde has estado y qué has hecho. Seguro que es muy interesante.

— Es tarde sí. Mañana recogeré mis cosas, creo que me he ganado un buen descanso —Genji asintió con la cabeza. De pensar en tener que guardar lo que había traído se le caía el mundo encima. Lo dejaría para el día siguiente—. Claro. Avísame cuándo tienes un rato en la consulta y me acercaré.

Ambos estuvieron de acuerdo en marcharse y pronto se vieron caminando por los pasillos de la base en dirección a sus dormitorios. Irónicamente no habían estado lejos el uno del otro, por lo que compartieron alguna que otra pequeña conversación hasta que tuvieron que separarse. En esos minutos en los que Angela tardó en ponerse el pijama y tumbarse en la cama sintió que algo que le había faltado por fin había regresado a ella. De igual manera, Genji se tumbaba con sus pensamientos totalmente centrados en la doctora. Ambos deseaban en esos momentos con todas sus fuerzas que sus caminos no volviesen a separarse. Nunca más.

 

Notes:

Si la lectura os ha resultado agradable, os ha gustado o tenéis cualquier opinión, esta es más que bien recibido. También acepto cualquier tipo de opinión o consejo. ¡Siempre constructiva, por favor, no destructiva!

¡Un saludo!