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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-04-14
Words:
4,564
Chapters:
1/1
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11
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142

Save me.

Summary:

John necesita ser salvado.

Sherlock hará todo lo que esté a su alcance para mantenerlo a salvo.

Notes:

No duden en señalarme cualquier error que encuentren y comentarme que les parece:).

Work Text:

John miró las sábanas blancas que cubrían sus piernas, el silencio en la habitación lo estaba matando y a pesar de que se sentía cansado, no había podía conciliar el sueño desde hace varias horas.

Levantó la mirada cuando escuchó la puerta ser abierta y la figura alta de Sherlock apareció.

—Hablé con el médico, dice que firmará tu alta y entonces podemos irnos.

Asintió. Sherlock no dijo nada más, se acercó a él una vez que sacó una muda de ropa de una maleta y lo ayudó a vestirse, soltando comentarios al azar, John no podía descifrar si a su esposo le molestaban las respuestas silenciosas que le daba ya que no decía nada y tampoco le daba indicios de que así fuera, probablemente quería llenar ese horrible silencio que tanto le molestaba.

Una enfermera les avisó que podían irse, dándoles una suave sonrisa pero John pudo notar como ella le sonreía un poco más a Sherlock para luego verlo a él y darle una mirada de lástima. Se acurrucó en el costado del detective en cuanto éste lo abrazó para ayudarlo a caminar, manteniendo la mirada fija en el suelo. Apenas y escuchó las indicaciones que el médico le dictó a Sherlock y no miró el papel que le entregó, probablemente siendo los medicamentos que debería tomar.

El viaje de vuelta a casa fue silencioso, manteniéndose acurrucado en los brazos del mayor, viendo el paisaje a su alrededor, había extrañado el ruido de la ciudad. Ver a los conductores pelearse o a las personas caminar apresuradas por la acera, el olor que emanaba de los diversos locales de comida y definitivamente había extrañado abrazarse al detective mientras regresaban después de un largo día. Ésta vez el más alto fue el encargado de pagar el taxi, tomándose su tiempo para ayudarlo a bajar, rodeando su cintura con un brazo mientras que en el otro cargaba la pequeña maleta, pudo darse cuenta que había un coche muy familiar aparcado, Sherlock también pareció notarlo si se dejaba guiar por el suspiro que soltó.

—Mycroft dijo que vendría pero no creí que fuera tan pronto, podemos echarlo si quieres.

Negó. Era probable que su cuñado viniera con Lestrade, últimamente estaban mucho tiempo juntos, se preguntaba si seguían tomándose de la mano cuando creían que nadie los veía.

—Mi hermano sabe que siempre existirá alguien que se dé cuenta de todo— había dicho su esposo una vez, luego de que le comentara lo que había visto.

Subieron las escaleras lentamente y en silencio, John recargándose un poco más de lo normal en el costado de Sherlock, el efecto de los analgésicos estaba terminando y las costillas le comenzaban a doler nuevamente junto con todos los moretones que traía en el cuerpo. El más alto abrió la puerta y John fue rodeado por unos brazos delgados al instante, sin poder evitarlo se tensó de pies a cabeza.

No.

Sherlock vio su rostro lleno de pánico y con cuidado alejó a la persona que lo abrazaba, el rostro lleno de lágrimas de la señora Hudson fue lo primero que vio.

—No creo que sea una buena idea, señora Hudson— murmuró el detective. John miró alrededor, Mycroft estaba de pie en la parte más alejada de la habitación, Molly y Lestrade estaban un poco más adelante, ella con la angustia plasmada en todos sus rasgos y el oficial con una mirada preocupada. Los sollozos de su casera lo hicieron regresar sus ojos a ella, sintiéndose culpable al instante al ver su rostro contorsionado por el dolor.

—No te preocupes, querido, lo entiendo— dijo ella limpiándose los ojos y tratando de darle una sonrisa. —Hice tu comida favorita, John. ¿Quieres comer?

El doctor llevó sus ojos a su esposo, suplicándole con la mirada.

Sácame de aquí.

El de ojos claros se colocó detrás de él acomodando sus manos en su cintura. John se lo agradeció en silencio, pues sentía que las fuerzas comenzaban a terminarse y no quería terminar en el suelo.

—John debe descansar, señora Hudson. Han sido horas muy complicadas y no ha logrado dormir muy bien.

Antes de que ella pudiera contestar Lestrade se acercó con cautela, mirando entre ellos por unos minutos antes de posar sus ojos en el más bajo.

—Sé que no es momento, John, pero la oficina necesita tu declaración lo más pronto posible.

John se sintió palidecer.

—Definitivamente no es momento— espetó el más alto, apretando sus manos en su cintura en un gesto reconfortante. —Eso puede esperar unos días.

—Lo sé, Sherlock pero no quiero que los oficiales vengan y los tomen por sorpresa.

—No es como si los fuera a dejar entrar— masculló Sherlock. Lestrade contuvo un suspiro, dirigiéndole una mirada de disculpa a John.

— ¿Quieres que alguien venga o tú irás a la oficina? — preguntó con suavidad pero Sherlock no lo apreció, se puso delante de John, quedando muy pegado al oficial. —Sherlock...

—Ni una palabra más, Lestrade. O no volverás a entrar aqui.

John tomó su brazo, tratando de jalarlo hacia atrás, con una mirada llena de pánico.

—Sherlock, no creo que sea el momento adecuado— dijo Mycroft, alejándose del lugar donde estaba parado para ponerse entre ellos, dirigiéndole una seria mirada a su hermano. —No es bueno para John— masculló sin dejar de verlo. Sherlock se giró para mirarlo, dándose cuenta de su error.

Los ojos de John estaban llenos de temor, una mueca de angustia posada en su rostro y sus dedos fuertemente aferrados a su brazo.

Sherlock maldijo, abrazándolo al instante y disculpándose en voz baja. El ritmo cardiaco de John disminuyo, alejando el pánico que había surgido al pensar en una posible pelea. Los gritos habían llenado su cabeza, recuerdos de esas horas infernales que le había tocado vivir hace tan solo unos días.

—Lo mejor será que nos retiremos, Sherlock. Vendremos mañana— dijo en voz alta Mycroft, mirando brevemente a todas las personas en la habitación. Lestrade fue el primero en acercarse.

—Lo siento, John. No quería incomodarte, hablaremos después, ¿sí? — preguntó en voz baja, el doctor asintió, manteniéndose acurrucado entre los brazos del detective.

Molly se acercó.

—Si necesitan algo llámenme, ¿de acuerdo? — dijo mirándolos y dándoles una pequeña sonrisa. —Me alegra tenerte con nosotros otra vez, John. En verdad.

—Gracias, Molly.

Ella asintió y levantó su mano a modo de despedida y salió detrás de Lestrade. La señora Hudson se acercó, sonriéndole con suavidad.

—Estaré abajo por si me necesitan, ¿está bien? La comida está en la nevera, solo deben calentarla.

Ambos asintieron, observándola hasta que desapareció por la entrada y cerró la puerta detrás de ellos, dejándolos en silencio. Mycroft suspiró.

— ¿Cómo te sientes, John? ¿Te trataron bien en el hospital? — preguntó paseándose por la sala, mirando de manera distraída las paredes. Sherlock lo ayudó a llegar al sillón, dejando una suave caricia en su mano mientras le acomodaba una manta encima de las piernas.

— ¿Quieres agua?

John asintió. Fingió no notar la mirada mortal que el detective le envió a su hermano antes de desaparecer en la cocina. También fingió no darse cuenta que su cuñado lo miró fijamente por un momento antes de suspirar y sentarse frente a él, cruzando las piernas.

—No deseo agobiarte, John, pero necesito respuestas.

Él asintió. Se tomó unos momentos para ordenar sus pensamientos antes de comenzar a hablar.

—No sé quiénes eran— murmuró con la voz ronca y tuvo que carraspear para aclararla, buscando eliminar el temblor en su voz. —Traté de escuchar, pero... —su voz vaciló, sus ojos nublándose y un nudo instalándose en su garganta, los recuerdos invadiéndolo. —Yo solo...

—Deseabas salir con vida— terminó el mayor, asintiendo con lentitud. —Nadie te juzga, John. Simplemente queremos encontrar a las personas que te hicieron esto.

—No me dieron ninguna razón... —siguió con dificultad, sintió una mano sobre su hombro y el olor familiar de Sherlock llegó hasta él. —Pero sé que no fue al azar.

—Ni siquiera pidieron rescate, simplemente te llevaron por unos días y luego apareciste amarrado a un poste en un terreno vacío.

— ¡Mycroft! — siseó el detective, arrodillándose frente al doctor para tomar sus manos con suavidad, dándoles un suave apretón. —Nadie te está presionando, amor. Solamente queremos que estés bien— Sherlock no usaba los apodos cariñosos, al menos no todo el tiempo, John podía contar con los dedos de las manos las veces que el más joven se había referido a él así de ese modo pero desde que lo habían encontrado no dejaba de decirle así, ni de tocarlo o brindarle sonrisas tranquilizadoras. John fijó sus ojos en la mano izquierda del más joven, notando el anillo de oro que llevaba en el dedo anular antes de mirar su propia mano, notando una vez más con tristeza que se lo habían quitado. El otro notó su mirada y llevó sus manos a su boca, besando sus nudillos con suavidad. —Vamos a conseguir unos nuevos.

—Voy a retirarme ahora, John. Necesitas dormir y recuperar fuerzas, hablaré con Greg para que retenga lo más que pueda a los oficiales y darte unos días de paz, mientras yo seguiré buscando y los mantendré informados.

—Gracias— susurró con la cabeza baja, soltando las manos de su esposo para permitirle levantarse. Los escuchó hablar un poco más junto a la puerta pero no estaba interesado en lo que estuvieran diciendo, había extrañado su casa, desordenada y cálida, deseaba ver la nevera nuevamente llena de los experimentos de Sherlock, se encontraba ansioso por comenzar a escribir nuevamente su blog, salir con el contrario para resolver casos, cenar ya tarde y tocarse ligeramente en la escena del crimen. Lo único que quería era regresar a su vida de antes.

—John.

Giró la cabeza para ver a su pareja de pie al lado de la puerta, Mycroft había desaparecido. Se levantó con dificultad, acercándose hasta el detective para abrazarlo, dejando por fin que las lágrimas salieran. Se mantuvieron en silencio por un gran rato, simplemente abrazados y consolándose mutuamente. John solo esperaba que todo mejorara.

♦ ♦ ♦.

Los meses siguieron pasando, a John le tomó solo dos semanas decidir que quería regresar a trabajar en los casos y distraerse, buscando mantenerse activo todo el día para caer rendido por las noches y así no soñar, seguía diciendo poco, hablando únicamente con sus allegados y no más de lo necesario, no le gustaba quedarse solo y había aprendido a detestar el silencio, odiaba verse al espejo mientras los golpes iban desapareciendo de su cuerpo. Sherlock cumplió su promesa y consiguió nuevos anillos para ellos, no dudaba en tomar su mano o besarlo frente a los demás cuando lo notaba perderse en los recuerdos, respetó su decisión de no tocar nuevamente lo que había sucedido y se mantuvo a su lado cuando debió dar sus declaraciones, había adoptado la nueva costumbre de pasar varias tardes con la señora Hudson tomando el té y viendo películas románticas. Siguió tomando los medicamentos que el médico le recetó y cuando Sherlock le preguntó si quería regresar a trabajar al consultorio se negó a dirigirle la palabra por tres días antes de que el detective sostuviera su rostro para asegurarle que no quería obligarlo a nada y que respetaba todas sus decisiones. Su relación se volvió más fuerte, no les gustaba separarse y John entraba en pánico cuando debía quedarse solo en el apartamento mientras Sherlock salía de compras, no confiaba en nadie y siempre miraba sobre su hombro para no ser sorprendido nuevamente. Todos en Scotland Yard lo miraban con recelo luego de que le gritara a Anderson que no volviera a tocarlo y luego terminara llorando en el taxi de camino a casa, avergonzado de haberse comportado así mientras Sherlock le aseguraba que era completamente normal.

—No debes culparte de nada, todos sabemos lo que viviste y nadie te juzga, John— había asegurado.

Pero John no era tonto, fingía no escuchar los murmullos e ignoraba las miradas cargadas de recelo y lástima cada vez que debía ir para acompañar a su esposo.

Ese día estaban en la oficina de Lestrade luego de que éste los llamara para que lo ayudaran a resolver un caso, mientras Sherlock y Greg discutían los detalles él se paseó por la oficina, admirando las fotografías que estaban bien colocadas en la repisa. Tomó con cuidado la foto más grande, en donde se encontraba Molly al lado de la señora Hudson en el lado izquierdo, mientras que en el lado derecho se encontraba Lestrade junto con Mycroft y en el medio, él y Sherlock el día de su boda. Todos portando brillantes sonrisas, John recordaba como las mejillas de su cuñado se habían sonrojado al escuchar que debía pararse al lado del oficial.

—No es como si no hubieran estado juntos antes— había objetado su esposo, rodando los ojos e ignorando los sonrojos en la cara de los dos hombres.

—No los molestes, Sherlock— le había respondido mientras tomaban su lugar, escondiendo una sonrisa cuando notó la mirada maliciosa de su marido.

Levantó la mirada de la fotografía para dejarla en su lugar y se giró para mirar a los trabajadores, soltando un suspiro cuando ellos fingieron seguir trabajando. Ya sé que me estaban mirando, imbéciles. Se contuvo de rodar los ojos y se congeló al notar una figura alta, riendo y acariciando el rostro de Donovan para luego inclinarse y besarla en los labios. Reconocería esos anillos en cualquier parte, lo perseguían en sus sueños y todavía podía sentirlos contra su piel, pero no podía ser cierto, no podía ser la misma persona.

Un grito ahogado salió de sus labios cuando el hombre se giró y fijó sus ojos en él, sonriendo de manera burlona al reconocerlo.

—Sherlock— balbuceo echándose para atrás, con el pecho apretándose y dificultándole el respirar. —Sherlock.

—John, ¿qué sucede? — el detective se colocó frente a él, acunando su rostro y buscando en sus ojos el problema. — ¿Qué pasa?

—Está aquí— susurró con la voz entrecortada. —Es él, Sherlock.

Tanto Lestrade como Sherlock se giraron y los tres observaron como el hombre comenzaba a caminar hacia la salida después de dedicarles una sonrisa burlona. El detective lo soltó enseguida para salir corriendo detrás del hombre, dejándolo ahí.

— ¡Llama a Mycroft! — gritó Lestrade antes de comenzar a seguir a su esposo. John se deslizó hasta terminar en el suelo, acurrucado contra el escritorio. Le tomó por lo menos dos intentos marcar de manera correcta los números de su cuñado.

—Holmes.

—Lo vi... estaba aquí, Mycroft. En Scotland Yard... me miró...— gimió cubriéndose los ojos con la mano mientras sentía como las lágrimas llegaban.

— ¿Dónde está Sherlock? — preguntó de manera suave su cuñado, escuchó ruido detrás de él, así que supuso que se estaba moviendo.

—Salió detrás de él.

—Llegaré pronto, no te muevas de donde estás.

Colgó luego de escucharlo hablar y rodeó sus rodillas con sus brazos, dejando que las lágrimas salieran, los sollozos llenando la oficina vacía y fría.

—Por favor— murmuró jadeante, luchando por llenar sus pulmones de aire, sentía como la sangre corría por su rostro.

—Inténtalo otra vez— dijo el hombre frente a él de manera burlona antes de golpearlo nuevamente en el costado con fuerza.

John no supo cuánto tiempo duró la golpiza, solo recordaba suplicar que se detuviera, todavía escuchaba la risa del hombre resonar en sus oídos, burlándose de su llanto y sus suplicas. No había podido distinguir su rostro, pues siempre lo mantuvo oculto pero no había sido tan cuidadoso, dejándose los anillos mientras lo golpeaba y lo tocaba, el solo recordar sus manos recorrer cada parte de su cuerpo le asqueaba.

Se perdió en los recuerdos, ignorando que Molly había llegado y trataba de hacerlo reaccionar.

Déjame. Suéltame. ¡Suéltame!

—John, soy yo.

¡Inténtalo de nuevo! Esa maldita risa. Los golpes, los anillos rompiendo su piel.

—John.

Déjame ir, rogó con la boca llena de sangre y la mirada nublada.

Nadie va a encontrarte aquí, zorra. Le había dicho mientras lo amarraba al poste y le daba una nueva patada, no podía respirar de manera adecuada y se sentía demasiado débil, ni siquiera podía pedir ayuda. Vas a morir aquí.

¡Sherlock, ayúdame!

—Aquí estoy, John. Mírame, mi amor, mírame— pidió el más alto con sus manos sobre las mejillas del doctor. —John, soy Sherlock. Mírame.

John abrió los ojos con dificultad, dándose cuenta de que estaba sollozando con fuerza y las lágrimas le nublaban la vista. Sherlock apareció delante de él, con un golpe en el pómulo y el labio partido, los ojos llenos de temor y desesperación. Se lanzó a sus brazos, enterrando el rostro en su cuello mientras se deshacía en sollozos, aferrándose a su abrigo como si su vida dependiera de ello. No notó a las personas que había en la habitación, simplemente se quedó ahí, en el único lugar seguro en el mundo.

♦ ♦ ♦.

Tuvo que identificar a la persona, en contra de todos sus deseos, Lestrade le dio unos días para poder hacerse a la idea de que debería verle la cara, se negó cuando le dijeron que debía entrar solo y Sherlock estuvo maldiciendo por varios días hasta que les dijeron que podían entrar juntos. Mycroft estuvo con ellos mientras Greg interrogaba al hombre y detuvo a Sherlock cuando éste quiso entrar a golpear al hombre, espetándole que no era el momento de comportarse como un cavernícola.

John se colocó detrás de Sherlock y delante de Mycroft cuando el hombre salió de la habitación, siendo escoltado por dos oficiales para llevarlo a su celda, tenía una sonrisa burlona que se ensanchó al verlo.

— ¿Me extrañaste, zorra? — preguntó mirándolo fijamente.

Ninguno lo vio venir, le costó varios segundos percatarse que Sherlock ya no estaba frente a él, sino que estaba presionando el cuerpo del hombre contra la pared, con un brazo sobre su garganta, pegando su rostro al del otro.

— ¡Sherlock! — gritó Lestrade acercándose pero fue detenido por Mycroft, que había colocado a John detrás de su cuerpo.

—Vuelve a insultarlo y no volverás a ver la luz del sol— dijo el detective con voz neutral, la misma que usaba para hablar con los clientes.

— ¿Es una amenaza? — logró decir el hombre con dificultad, tratando de soltarse.

—Tómalo como quieras— respondió con una sonrisa antes de pegarle con fuerza en el abdomen, arrancándole el aire y mandándolo al suelo. Les hizo un gesto a los oficiales para que se lo llevaran, siguiéndolos con la mirada hasta que desaparecieron por el pasillo, entonces se acercó al más bajo para abrazarlo con fuerza, besando su cabello y murmurando palabras consoladoras.

John sufrió un retroceso mientras investigaban y trataban de averiguar quiénes eran los cómplices implicados en su secuestro, no salió de su apartamento por semanas, apenas soltando unas pocas frases y con la mirada ausente, siendo Sherlock y Mycroft las únicas personas con las que se permitía bajar la guardia. Donovan resultó ser cómplice, el detective estuvo cerca de tres horas gritándole a Lestrade por teléfono, exigiéndole que la mujer no saliera libre nunca más hasta que su cuñado lo tomó por el cuello de la camisa y le espetó que dejara de gritarle a su novio. John se permitió sonreír por un momento al ver el rostro sonrojado del mayor de los Holmes y la mirada triunfante en el menor de ellos luego de esas declaraciones. La señora Hudson seguía visitándolos con frecuencia, llevándoles comida y cuidando de John cuando Sherlock debía salir, Molly los acompañaba las veces que podía, no dejándolo solo en ningún momento.

No recordaba mucho del juicio, respondió las preguntas que le hicieron y se mantuvo con la cabeza agachada todo el tiempo, cerrando los ojos cada vez que escuchaba las declaraciones de los hombres, trató de ignorar la punzada de culpa al ver los ojos cristalizados de Sherlock cuando relató todo lo que le habían hecho. Greg le aseguró al final que ellos no volverían a salir libres y que ahora podía descansar en paz. Siguió teniendo pesadillas, su esposo lo abrazaba hasta que dejaba de temblar y lo besaba por un rato hasta que el sueño regresaba.

Un día Sherlock se sentó a su lado en la cama, tomando su mano para besar sus nudillos antes de hablar nuevamente.

—Mamá nos invitó a su casa una temporada, ¿te gustaría ir? — preguntó con suavidad, mirándolo para evaluar su reacción.

—No lo hagas— pidió dándole un apretón a su mano.

El otro lo miró confundido.

— ¿Hacer qué?

—No me escanees.

Sherlock pareció ofendido.

—Nunca lo he hecho— John le dedicó una mirada, arqueando una ceja y el detective tuvo que suspirar con dramatismo. —No lo hago ahora— se defendió, inclinándose para posar su cabeza en el hombro del doctor, acurrucándose a su lado. — ¿Qué dices?

Lo pensó por un momento, tenía un tiempo de no ver a sus suegros, habían compartido unas cuantas llamadas luego de que regresara y desde ese momento no dejaron de insistir para que pasara una temporada con ellos, probablemente eso sea lo que necesite, pensó mirando su mano unida a la del más alto.

—Necesitas tiempo lejos de esto— murmuró el susodicho, haciéndolo rodar los ojos. —No te escaneé.

—Por supuesto— masculló, inclinándose para besarlo. —Está bien, vamos con ellos unos meses, ¿lograrás estar tanto tiempo alejado de los criminales?

Sherlock fingió pensarlo, antes de asentir.

—Valdrá la pena si estás conmigo.

♦ ♦ ♦.

3 años después.

John soltó un suspiro, tenía muchas cosas que desempacar y no tenía ganas, tampoco ayudaba que su marido estuviera acostado en el sofá sin hacer nada.

—Sherlock, ¿puedes levantarte? Tenemos mucho trabajo que hacer.

—Solo cinco minutos más.

— ¡Llevas diciendo eso hace media hora! — dijo exasperado, acercándose para sacudirlo, ganándose un ceño fruncido. —Levántate, las maletas no van a deshacerse solas.

— ¿Por qué no lo molestas a él? También está durmiendo— alegó el detective, señalando el pequeño cuerpo acurrucado en el sofá, sus bracitos rodeando un peluche de una lupa.

—Porque permaneció despierto en todo el viaje gracias a ti, ve y saca toda la ropa de William. Yo me encargo de nuestra ropa.

Sherlock frunció más el ceño antes de ponerse de pie y desaparecer en la habitación, soltando pequeñas maldiciones. John trató de reprimir la sonrisa que quería aparecer en su rostro. Se acercó al menor para tomarlo en brazos y suspiró al sentir el cálido cuerpo contra su torso, el niño se removió antes de abrir los ojos y dedicarle una sonrisa adormilada.

—Papi.

—Hola, mi amor. ¿Dormiste bien?

William asintió, recargando su cabeza en su hombro mientras John los dirigía hasta la ventana para observar la calle solitaria, ligeramente alumbrada mientras la lluvia caía y las gotas resbalaban por el cristal.

William no había estado planeado, tenía dos años de edad y John lo había encontrado en un terreno vacío mientras tomaba un paseo con su suegra, con tan solo unos días de nacido. Tanto Greg como Mycroft habían investigado sino tenía más familia que lo cuidara y cuando le confirmaron que no era así, prácticamente le suplicó a Sherlock que se quedaran con él, el menor había estado llorando cuando el doctor lo encontró y su llanto se tranquilizó en el momento en que lo tomó en brazos, acurrucándose en sus brazos, como si fueran el lugar más seguro del mundo. Sherlock no había necesitado que se lo dijeran dos veces cuando ya había solicitado todos los trámites para adoptarlo, tuvieron una pelea en la elección del nombre pero al final John logró convencerlo de ponerle su primer nombre, argumentando que era la mejor opción.

El doctor había estado luchando por mucho tiempo contra las secuelas que el secuestro había dejado, visitó a varios psicólogos, viajó, se mezcló con gente nueva, visitó a su antigua familia pero nada parecía ayudarlo lo suficiente, hasta que llegó el niño. La atención de John se volcó al menor por completo, cuidándolo y criándolo, dejó de acompañar a Sherlock por varios meses para dedicarse al niño de lleno y para sanar su mente, soltando poco a poco los recuerdos, hablando del tema para superarlo con más rapidez, pues ahora existía una nueva motivación en su vida para salir adelante. A la señora Hudson le gustaba decir que William era lo que John siempre había necesitado, la compañía perfecta, que jamás iba a juzgarlo o tenerle lástima y todos estuvieron secretamente sorprendidos cuando lo confirmaron. El doctor comenzó a hablar más, a convivir nuevamente con sus amigos y a retomar su antigua personalidad, regresó a los casos luego de un tiempo, cuando su mente y su alma estuvieron completamente sanadas, a William le gustaba sentarse en su regazo mientras escribía en su blog y se deshacía en sonrisas cuando Sherlock lo cargaba. Pasaron más tiempo con la familia de Sherlock, su suegra parecía encantada con su nuevo nieto y lo mimaba cada vez que podía y William le correspondía, al niño le gustaba sentarse al lado de su abuelo mientras disfrutaban de la brisa y adoraba explorar el jardín acompañado de Mycroft, pero siempre regresaba a los brazos de John, dándole una sonrisa brillante y un beso desordenado en la mejilla para después acurrucarse en sus brazos y susurrarle que lo amaba.

John suspiró, registrando un cuerpo cálido detrás de él y unos brazos rodearle la cintura, no dudó en recargarse en ese pecho familiar. William le sonrió a su papá para luego acurrucarse nuevamente en los brazos del doctor.

—Creo que él lo hizo mejor que yo— murmuró el detective, colocando un suave beso en su cuello.

— ¿Hacer qué? — preguntó en voz baja, dándose cuenta que su hijo estaba quedándose dormido nuevamente.

—Salvarte.

— ¿Salvarme? — cuestionó girando un poco el rostro para observar sus ojos claros, admirando sus rasgos y disfrutando de su cuerpo cálido y seguro.

—Es lo que he querido hacer desde que volviste, pero creo que William terminó el trabajo.

John respiró profundo, sintiéndose en paz por primera vez desde que volvió. Tenía todo lo que había deseado y en lo que tanto había pensado cuando estuvo encerrado, cuando creía que iba a morir. Deseó estar reconciliado con su familia, pasar más tiempo con sus amigos, más cerca de su familia política y estar siempre con Sherlock, y William había llegado a su vida para cumplirle cada deseo.

William había sido su salvación, pero definitivamente no lo hizo solo, tenía un gran número de personas detrás que se esforzaron por hacerlo sentir en casa otra vez.

Asintió.

—Creo que lo hizo, pero no fue solo, ¿sabes?

— ¿Quién más le ayudó? — cuestionó el detective, confundido.

—La señora Hudson, Molly, tus padres— respondió, comenzando a enumerar a sus amigos y familia. —Greg y Mycroft también.

— ¿Solo ellos? — preguntó frunciendo el ceño, John tuvo ganas de besarlo.

—También cierto detective, que le gusta escanear a su esposo para saber que está pensando.

Sherlock rio, besándolo con suavidad y luego se estiró para besar la mejilla de su hijo. Se quedaron en silencio un rato, abrazados y disfrutando del silencio, ese que una vez John había odiado tanto un día.

—Gracias, señor Holmes. Resolvió el caso.

El más alto lo miró con una ceja arqueada.

— ¿El caso?

John asintió, luchando por contener una sonrisa.

—Mi caso, si debo ser más específico.

— ¿Y que fue exactamente lo que hice?

John volvió a besarlo, ésta vez de manera más lenta y profunda.

—Encontró la solución perfecta y me salvó, le debo la vida.

Sherlock los abrazó con fuerza, murmurándoles cuanto los amaba.

Sí, Sherlock lo había salvado. Una vez más.