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Language:
Español
Stats:
Published:
2021-04-15
Updated:
2022-01-11
Words:
32,000
Chapters:
4/7
Comments:
5
Kudos:
17
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164

Melodía disonante

Summary:

-Es curioso.
-¿Qué cosa?
-Es como si tú tocaras notas limpias, pulcras, muy bien logradas pero silenciosas, ¿sabes? Tímidas. Tu sonido no se proyecta bien. –su mirada pronto se trasladó hasta el armador, allá a lo lejos, practicando saques contra la arena –Y si Kageyama tocara, haría sonidos fuertes, altos. Fáciles de escuchar pero muy poco pulidos. Te lastimarían los oídos.
Ambos rieron, hasta que Yamaguchi dejó de hacerlo, repentinamente cayendo en cuenta de una triste realidad.
-Entonces…juntos formaríamos una melodía disonante.
-Probablemente. –repuso el otro, ahondando el vacío en la boca de su estómago – Pero todos los géneros de música tienen su público, ¿no crees?

(Universo alternativo donde todo es igual. Excepto que Yamaguchi no juega voleibol y es parte de la Banda Escolar.)

Notes:

Estoy TAN emocionada por este fic????
No prometo que sea bueno JAJAJAJA pero he tenido esta idea dándome vueltas en la cabeza desde hace MESES y se siente bien finalmente poder escribirlo. Tengo mucho amor por esta historia y espero que eso pueda transmitirse en mi escritura y, tal vez, hacerles sentir amor también.

(See the end of the work for more notes.)

Chapter Text

Lentamente, tentativamente, como quien se encuentra a punto de extender la mano hacia la guarida de un dragón durmiente, exhalando cálido humo a través de sus fauces en serenos ronquidos, su dedo impactó contra el platillo del set de batería que descansaba en el rincón del lugar. El estruendoso sonido metálico que escapó del contacto llamó la atención de inmediato, despertando al dragón y logrando que las miradas se voltearan hacia el único responsable.

– ¡Tadashi! ¡No toques los instrumentos! – le reprendió una gruesa voz que, de alguna forma, logró expresarse de forma autoritaria y paciente al mismo tiempo. Como respuesta, no pudo hacer más que dejar escapar una risilla nerviosa y salir huyendo de la vista de los adultos, intentando ocultarse en una nueva aventura imaginaria.

Su padre era dueño de una pequeña pero bien abastecida tienda de música en el centro de la ciudad. Y su obligación como hijo consistía en hacerle compañía y comportarse de la mejor forma posible durante el verano y los ratos libres de la escuela. Su padre y el cliente hablaban de algo, algo que no le interesaba, balbuceos ininteligibles para la mente hiperactiva de un infante. Y Tadashi sabía cómo portarse bien; sus maestras solían felicitarlo por lo tranquilo y obediente que normalmente era, le gustaba que los adultos, aquellos que tenían todas las respuestas para cada ínfimo misterio del mundo, elogiaran su comportamiento. Le gustaba recibir palabras amables y recompensas en forma de endulzadas golosinas por parte de sus padres luego de un largo día siendo un buen niño.

Y ahora mismo no era la excepción, sabía que no debía tocar nada. Los instrumentos debían estar en óptimas condiciones para su venta. Estaba consciente de ello. Sin embargo, al mismo tiempo se encontraba mortalmente aburrido. El dragón de sus fantasías había desaparecido en una cortina de grueso humo y se encontraba solo nuevamente, las voces masculinas mascullando precios y discutiendo sobre diferentes tipos de madera según su calidad. No pudo evitar bostezar, abriendo toda su boca y deleitándose en la sensación, estirando extremidades cortas. Si tan sólo la tienda tuviese una televisión, aunque fuese en el cuarto de atrás, podría estar viendo Pokémon ahora mismo.  Si tan sólo el lugar se encontrase vacío, podría insistir para que su padre le cargara en sus hombros y fingiese ser un robot para que el reconocido piloto Tadashi controle a su gusto. Si tan sólo el mundo adulto no fuese tan aburrido…

Sus ojos castaños, hambrientos de entretenimiento, hallaron una nueva víctima para fantasear a gusto. Una brillante guitarra amarilla, con la caja finalizando en dos puntiagudos picos. Parecían orejas. Y resplandecía frente a él con el color de Pikachu. Aquella pequeña chispa de inspiración era suficiente para comenzar a jugar. Obviamente un pequeño roedor eléctrico vivía dentro de esa guitarra, específicamente entre sus cuerdas, donde dormía y comía onigiri a diario y se columpiaba con su cola para jugar. ¿Lo visitarían otros Pokémon? ¿Se sentiría solo? ¿Estaría tan aburrido como un niño pequeño varado en medio de un mundo adulto?

No te preocupes, Pikachu pensó, volteando hacia atrás su gorra imaginaria. Yo te atraparé y seremos amigos. Y jugarás conmigo y con papá.

Con la velocidad de un ninja y el sigilo de un espía, se posicionó frente al instrumento, las voces indistintas aun conversando en el fondo. Sólo tenía que tocar la guitarra y el pequeño animalillo saldría, y así habría encontrado a su mejor amigo en el mundo entero. Tal y como Aladino convocaba al genio de la lámpara frotándola, ¿verdad? Seguramente era lo mismo.

Con decisión y firmeza, la yema de su dedo índice se posicionó debajo de la cuerda, antes de alzarse hacia arriba en un movimiento brusco impulsado por el entusiasmo de su juego, logrando así que el instrumento vibrara con tanta fuerza que el sonido hizo eco a través del estrecho local.

– ¡Tadashi! ¡¿Qué acabo de decirte?! – ¡demonios! ¡Atrapado! ¡Hora de huir! Esta vez, sus piernas le dirigieron hacia el cuarto trasero sin pensarlo demasiado, como un criminal que intenta esconderse del firme brazo de la ley.

Luego de lo que pareció una eternidad refugiado en la seguridad de la oscuridad del sitio, rodeado de piezas a reemplazar e instrumentos ordenados pulcramente dentro de cajas, la campanilla que tintineaba cada vez que la puerta principal se abría le anunció que el cliente se habría marchado, si acaso habría adquirido algo de la tienda o no, permaneció indeterminado. Los pasos pesados pero serenos del patriarca de la familia lo condujeron hasta un asiento que ya le resultaba familiar, habiendo memorizado toda la tienda a esta altura de su joven vida. Con un suave suspiro, su padre se ajustó las gafas propiamente contra su nariz antes de echar una rápida mirada atrás de su hombro, hacia su silencioso escondite.

– Ya puedes salir, rebelde sin causa.

– ¿Qué es eso? – inquirió con voz cuidadosa, acercándose con pasos cortos hacia el banquillo del piano donde el adulto descansaba.

–Oh, tú sabes…alguien que no obedece a sus padres, por ejemplo. – respondió, calmo, mas aun así logrando que un remolino de culpa se retorciera dentro de sus entrañas. El niño pequeño de largas hebras de cabello castaño con tintes oliva se impulsó para tomar asiento en el lugar libre junto a su padre, sus pies colgando sin tocar el suelo, balanceándose en movimientos pendulares. Repentinamente, mirar a sus zapatos parecía mucho más alentador que observar los ojos de la persona que tenía al lado.

– Lo siento, papá…–murmuró, jugando con la tela de la parte inferior de su playera entre dedos nerviosos – Sólo estaba aburrido.

– ¿Aburrido, huh? – repitió, casi de inmediato. Y el tono suave con el cual sus palabras se manifestaban le hizo saber, sin necesidad de ningún otro tipo de prueba, que no se había metido en problemas. Su padre era una persona amable, tranquila, cuyas bromas y tono de voz suave te hacían sentir como en casa; a salvo de cualquier sensación incómoda. No obstante, podía ser firme y severo cuando se lo proponía. Como hace unos instantes atrás.

Sus ojos oscuros vagaron por las paredes pálidas del lugar, decoradas con guitarras, bajos y demás instrumentos de cuerdas, incluido un reloj de pared con forma de gato negro que Tadashi mismo había escogido cuando inauguraron la tienda.

–Sí, tal vez este no sea el lugar más divertido para un niño. – concedió, finalmente, logrando llamar la atención del infante, quien finalmente levantó la vista. Los ojos de su padre, sin embargo, estaban fijados en las teclas, negras y blancas, frente a ambos. – Pero te gustó tocar los instrumentos, ¿no?

¿Acaso lo estaba probando? Un par de cejas castañas se alzaron, en sorpresa y confusión, antes de fruncir el ceño levemente y regresar a su cómodo sitio visual en el suelo, observando sus zapatos verdes favoritos.

–Sé que no debo hacerlo. – murmuró entre dientes.

– ¿Qué tal si olvidamos esa regla, sólo por esta vez? – propuso de repente, volteando a ver a su hijo quien, poseía un par de ojos tan cómicamente abiertos que cualquiera pensaría que saldrían volando de sus cuencas como en una caricatura americana. Tuvo que contener una risita antes de presentarle silenciosamente el teclado ante ellos con una palma abierta. –Vamos, toca las teclas.

Miles de estrellas brillaban en su mirada, con la emoción imposible de contener en sus manos pequeñas con dedos gruesos los cuales, cuidadosamente, presionaron con asombro una única tecla, recibiendo un sonido increíblemente grave en respuesta, que hizo eco alrededor de la habitación.

–Suena como un hipopótamo bostezando…– susurró, fascinado.

–Escucha esto. –su padre, sentado al lado opuesto del instrumento, presionó la última tecla, la cual dejó escapar un quejido agudo que arrancó una risa contagiosa del pequeño.

– ¡El quejido de un conejito!

Ambos rieron por un momento, antes de la mano grande del adulto se deslizara libremente a través del teclado, sus dedos abiertos y expertos tocando diferentes teclas a la vez, produciendo sonidos cada vez más complejos que encendieron la llama de deslumbramiento dentro de su pecho, imitándole al hundir sus dedos en diferentes teclas, blancas y negras, produciendo explosivos sonidos que colapsaban contra la melodía armónica del mayor. Prontamente, su fina muñeca fue tomada con suavidad hasta guiarlo a una tecla específica, la cual resonó con fuerza moderada.

–Esa es Do. – le informó con voz paciente, guiando su dedo hasta la tecla siguiente, tomándose su tiempo en oírla, dejar que el sonido inunde el ambiente –Re. ¿Sabes qué sigue? –inquirió, curioso, observándole con las comisuras de sus labios curvadas hacia arriba. Y el niño pensó por un momento, permaneciendo en silencio, una canción en particular protagonizada por un trío de gatitos capaces de tocar el piano, que había visto en una película se materializó en su mente, mientras sus dedos oprimían una y otra vez las teclas consiguientes.

– ¡Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, Si, Do! – canturreó mientras los sonidos estallaban a partir de los movimientos erráticos de su muñeca, logrando arrancar una risotada de su padre.

– ¡Bien! Excelente. – le felicitó, despeinando su cabello en un gesto cariñoso que le hizo sentir un candor en su pecho, extendido de orgullo. Una vez más, los dedos habilidosos del adulto se transportaron hasta el instrumento, presionando con cuidado y realizando sonidos que podían parecer al azar, mas escondían un propósito. –Cuando aprendes cómo se llama cada tecla, puedes tocar cualquier canción que te guste. Por ejemplo…– una, dos, tres, cuatro teclas fueron presionadas con suavidad, un sonido detrás del otro –Twinkle, twinkle, little star…– comenzó, en un inglés torpe y bañado de acento japonés. Sus manos, pacientes, guiaron a las de su hijo a lugares específicos del instrumento, acompañándolo, formando música juntos.

How I wonder what you are…– entonaron juntos, despacio, siguiendo lentamente el ritmo tentativo que las teclas le otorgaban. El pequeño fruncía el ceño en concentración, siguiendo de cerca las silenciosas instrucciones y oprimiendo conforme la canción lo ameritaba. Era divertido y desafiante.  La estrecha tienda, hasta entonces silenciosa con sentimientos de culpa, se llenó de música compuesta por dos generaciones que se unieron para hacer del monótono trabajo, algo divertido.

– ¿Sabes? – comenzó el adulto nuevamente, una vez que la tonada de la popular canción infantil se desvanecía para transformarse en sonidos aleatorios que jugaban entre sí, intentando convertirse en una melodía –Siempre creí que los sonidos se parecen a los colores.

Y Tadashi no pudo evitar reírse, creyendo que su padre simplemente estaba diciendo cosas extrañas porque sí, porque los adultos son raros y a veces hablan de forma chistosa y confusa. No obstante, cuando alzó la vista hacia él, su papá continuaba serio, concentrado en las teclas debajo de las yemas de sus dedos.

–Por ejemplo, sonidos graves como el bostezo de hipopótamo. – continuó, estirándose para llegar hasta el lado opuesto del instrumento –Cuando suenan, en mi cabeza puedo imaginar un color oscuro. Como…

– ¿Como el azul en el fondo del mar? – aventuró, aprovechando el silencio que se formó mientras su progenitor pensaba un buen ejemplo. Su respuesta recibió una sonrisa cálida y un suave “Exacto” que casi quedó ahogado por debajo del sonido de diversas teclas siendo tocadas a la vez. – ¡Y el conejito! – continuó, poniéndose de pie en el pequeño banquillo y estirándose hasta llegar a las teclas opuestas, cerca de la mano del adulto –Serían de un color muy brillante. ¡Como un girasol amarillo! – exclamó, entusiasmado de compartir una parte de la visión del mundo de su padre, aunque él no pudiese imaginar colores cuando escuchaba música, siempre podría jugar a que sí poseía esa habilidad, podría embarcarse en un millón de aventuras coloridas junto a su héroe favorito. Aquél cuyas manos le tomaron gentilmente por los costados de su pecho, sentándolo nuevamente a su lado, dejando descansar su cabeza contra la figura del mayor mientras observaba sus manos grandes flotar sobre el instrumento, preparándose.

–Lo entendiste muy bien. – le felicitó. Y el elogio produjo una nueva sensación de bienestar danzando en su interior como si se tratara de una ardiente llama de colores vivaces – ¿Quieres que practiquemos la canción otra vez?

– ¡Sí!

Así, los años pasaron. Las melodías cambiaron. Las canciones aprendidas aumentaron hasta formar una biblioteca de música que sonaba permanentemente en el hogar. Las estaciones pasaron y las canciones infantiles pronto fueron reemplazadas por el jazz de Takashi, las pesadas guitarras eléctricas de B´Z, las baladas de rock de Mr. Children. Y, por supuesto, los extravagantes nuevos sonidos de otros continentes; las guitarras distorsionadas de Los Beatles, la asombrosa voz de Freddie Mercury y las melodías alternativas y futuristas de David Bowie.

Los años pasaron, las melodías cambiaron. La escuela se volvió difícil, hasta que el sujeto más genial que había conocido en su vida; alto y ridículamente seguro de sí mismo, llegó para rescatarle de la melancolía.

Los años pasaron y las melodías cambiaron, las teclas de piano y acordes de guitarra fueron alternadas brevemente por balones de voleibol y agudos rechinidos de zapatos sobre pisos de madera pulida. Los años pasaron y Tadashi cambió. Las canciones que vivían en su interior también lo hicieron. Las escuelas y compañeros cambiaron. Su altura y su voz cambiaron, mas en su interior continuaba viviendo aquella persona creativa que buscaba colores en las notas, amigable e imaginativo.

Los años pasaron y la secundaria de cuervos le abrió las puertas tanto a él como a su mejor amigo, quien decidió quitarse de encima la decisión de las actividades extracurriculares pronto con la apática elección de unirse al club de voleibol. Él, por su parte, decidió volver a conectarse con sus raíces más íntimas al apuntarse para la banda escolar, encontrando un maremoto de personas con las mismas intenciones en una amplia sala llena de instrumentos en uno de sus primeros días de clase.

Las horas, inexorables como todo paso del tiempo, se desvanecieron dejando detrás de sí un sinfín de melodías un tanto torpes, dolorosamente principiantes; con cuerdas, percusión e instrumentos de viento intentando alinearse en una sinfonía naciente. Las horas se desvanecieron para darle paso al anochecer, una delgada línea amarillenta y rosácea desvaneciéndose detrás del imponente azul oscuro que amenazaba con engullir todo color a su paso, presentando su manto de estrellas y la luna menguante refulgente a lo lejos.

El pesado estuche de su saxofón colgando de un hombro, chocando levemente contra su costado por pura inercia en cada movimiento, le acompañaba mientras se apresuraba a descender por las escaleras, abandonando el edificio escolar para vislumbrar la entrada del gimnasio, introducida previamente por un pasillo que le conectaba con una de las salidas. Mientras lo cruzaba el recinto en relativa calma, no pudo evitar notar el silencio de los alrededores. No parecía haber nadie, más allá de los lejanos árboles de cerezos que se mecían aletargadamente con la caricia del viento nocturno. Con cuidado, el joven deslizó la puerta para abrirla y encontrarse con un espectáculo escaso pero ruidoso.

Sólo había dos personas, quienes practicaban colocaciones y remates entre gritos y quejas. Y se detenían de tanto en tanto para ir en busca de los balones que volaban al otro lado del lugar. ¿Por qué sólo estaban ellos dos? ¿La práctica ya habría terminado? ¿Habría llegado tan tarde? Diablos, Tsukki definitivamente lo mataría

Al notar que su reciente presencia había sido ignorada por los presentes, se aclaró la garganta con un gesto rápido, logrando que la mirada de uno de los dos extraños; el más alto, de cabello negro, se posara sobre él.

– ¡Hey! – saludó con cierta efusividad nerviosa. A pesar de que no podría considerarse a sí mismo descortés con los desconocidos, sí debía admitir que la incomodidad que le generaba exponerse frente a alguien nuevo era difícil de sobrellevar, sobre todo sin su mejor amigo a su lado –Estaba buscando a Tsukishima Kei. ¿Tienes idea si está por aquí?

Su interlocutor se limitó a observarle, con ojos azules fríos e imperturbables y un profundo ceño fruncido. Luciendo una expresión de desagrado como si acabasen de informarle que encontraron un enjambre de moscas muertas flotando en su platillo favorito, negó con la cabeza en un gesto efímero.

–No. – y, sin más, procedió a trotar en dirección contraria, dirigiéndose a la enorme cancha nuevamente, demasiado ocupado para ser molestado con preguntas tontas, al parecer.

– Ah…okay. – musitó, sintiéndose absolutamente fuera de lugar, acomodando el peso del instrumento sobre su hombro izquierdo –Cretino. –agregó luego, entre dientes, definitivamente hablando para sí mismo, antes de vislumbrar una mancha borrosa de colores anaranjados que se movió en algún punto de su lateral antes de encontrarse frente a él.

Wow, qué veloz.

– ¿Buscas a Tsukishima? – inquirió el segundo sujeto, considerablemente más bajo que su compañero de equipo, con una mirada intensa pero agradable. El desconocido le ofreció una sonrisa ancha y brillante, la cual funcionó a la perfección para derretir sus preocupaciones e inseguridades en un pegajoso charco en el suelo, sintiéndose más ligero luego del tenso intercambio con el ceñudo –La práctica terminó hace poco, debe estar vistiéndose. Seguro volverá pronto.

Las palabras ajenas le hicieron sentirse aliviado, saber que no había llegado extraordinariamente tarde luego de la práctica de la banda y que, por lo tanto, no se ganaría miradas frías por parte de su mejor amigo siempre era algo bueno. Depositando una mano sobre su propia nuca, despeinando los cortos cabellos castaños accidentalmente, Yamaguchi le regresó la sonrisa.

– Oh, de acuerdo. Gracias. – comenzó, observando cómo  la menuda bola de energía que tenía en frente parecía vibrar detenido en su lugar, voraz por más interacción –Um, me llamo Yamaguchi Tadashi, por cierto.

– ¡Un placer! – respondió efusivamente, señalándose a sí mismo con el pulgar en un gesto entrañable –¡Soy Hinata Shoyo!

Y Tadashi rio. Porque, vamos, ¿Qué más podía hacer ante semejante demostración de entusiasmo?

–Un placer, Hinata. – concedió, para liberarle de la cadena social de aquella conversación, la cual le impedía regresar a su entrenamiento privado con su hosco compañero. El joven pelirrojo trotó nuevamente hacia la cancha y, una vez más, el sonido errático de los zapatos y los balones se volvió una especie de ruido blanco que le permitió regresar cómodamente a su propio mundo interno.

Si tan sólo su teléfono no se hubiera descargado durante su práctica, podría hacerle saber a Tsukki dónde se encontraba. Aunque…sí habían acordado encontrarse en el gimnasio al final del día. Seguramente su mejor amigo no demoraría mucho en vestirse y regresar, ¿verdad?

Con un leve suspiro por el cansancio de la jornada escolar pesando sobre su espalda, tomó asiento en el pulcro suelo de madera, dejando su fiel saxofón a un lado. Luego de que sus pensamientos divagaran sin hilo conductor por considerables minutos, preguntándose qué cenaría una vez que llegara a casa, si debería ducharse en unas horas o mañana temprano, si podría leer el nuevo capítulo de su manga shōnen favorito antes de ir a dormir, algo captó su atención y logró que su mirada le siguiera por inercia.

El ceñudo se movió, alejándose de Hinata. Se plantó fuera de la cancha, cada paso demostrando firmeza y decisión. En una repentina expresión de calma, llevó el balón hacia su frente, recargándola contra el material y cerrando los ojos. Parecía ser un ritual habitual, debido al silencio por parte del rematador. A continuación, procedió a inhalar profundamente por la nariz, antes de dejar descender la pelota. De pronto, su lenguaje corporal cambió como si se tratase de un depredador a punto de lanzarse contra su presa, en un movimiento innegablemente primal e instintivo, y a la vez sorprendentemente pulido, trabajado, demostrando una técnica estricta incluso para moverse, erguido y confiado.

Avanzó uno, dos, tres pasos, cortando el aire con su cuerpo sin piedad a medida que avanzaba, saltado con destreza antes de encorvarse ligeramente hacia delante, utilizando la inercia para balancear su brazo derecho hasta el lugar preciso donde se encontraba el balón, rematando con una fuerza brutal. La pelota voló a través del gimnasio en un instante; en cuando Yamaguchi fue capaz de parpadear, el espectáculo había acabado, con el balón colisionando contra el suelo en una estruendosa explosión que resonó a través del lugar, dejando tras de sí colores de todo tipo; opacos y brillantes, llenos de fuerza y vigor, tantos colores brillando a la vez que se transformaron en una luz blanca, amenazando con cegarlo. El impacto casi pareció crear viento a su paso, casi sintió las hebras de su cabello danzar al compás del aire, que había cambiado de dirección a merced de los caprichos de aquél talentoso jugador.

No era más que un sujeto hosco, con cara de pocos amigos y que apenas le había dirigido la palabra. Sin embargo, aquella demostración de habilidad tan inmaculada…aquella expresión de satisfacción extendiéndose en una sonrisa predatoria mientras observaba los últimos atisbos de sonido que su saque había dejado atrás. Existía algo en esa confianza que impedía que Tadashi pudiese quitarle los ojos de encima.

O al menos así fue, durante algunos segundos, antes de que Hinata se abriera paso entre el silencio, saltando para llamar la atención del armador y vociferando por su turno para rematar, demandando que colocara el balón para él. Y su compañero no se molestó en disimular su disgusto ante la idea, a pesar de que comenzó a trotar con resignación al otro lado de la cancha, regresando a su lado.

Una vez más, todo ocurrió demasiado rápido como para que la mirada del espectador pudiese apreciarlo en su totalidad. El más alto tomó el balón entre sus dedos (muy abiertos y separados entre sí, como si ninguno de sus movimientos o elecciones corporales dentro de la cancha fuesen al azar) y, con un breve salto, lo impulsó hasta el alcance del rematador, quien despegó los pies del suelo como si se tratase de un ave. ¿Quién demonios podía hacer eso? ¿Quién podía mantenerse en el aire por tanto tiempo? ¿Quién podía elevarse a tal altura que su torso permaneciera por encima de la red? No había visto algo así en toda su vida, incluso en algunos partidos que había consumido por aburrimiento en la televisión.

El pelirrojo, quien parecía tener una buena cantidad de habilidad, tal y como su compañero, remató el balón con fuerza. No al grado del impetuoso saque del que acababa de ser testigo, pero sorprendente de todas formas.

– Wow…eso fue increíble. – no pudo evitar comentar, levantándose de su lugar, tan pronto y como Hinata regresó a su lugar en el suelo, luciendo mucho menos intimidante. Su imagen en el aire casi le había hecho ver como un ave de presa, hambriento por la victoria.

– ¡Lo sé, ¿verdad?! – replicó el contrario de inmediato, blandiendo otra de sus anchas y brillantes sonrisas. El entusiasmo y la dicha que le generaba el simplemente tocar el balón eran evidentes en cada palabra, en cada mirada, en cada gesto – Con los pases de este tipo, realmente puedo rematar tan rápido como quiera. – agregó, señalando ferozmente a su compañero con un dedo, quien se hallaba bebiendo agua a lo lejos en un gesto despreocupado, sin siquiera demostrar el menor interés por escucharlos.

‘Huh’, pensó repentinamente, habiendo olvidado por un momento ese detalle luego de ser testigo de su monstruoso remate. ‘Cierto, sólo es un cretino.’

– ¡Eso parece! Apenas llegué a ver el balón antes de que cayera. – continuó Tadashi, ofreciéndole una sonrisa entusiasta que su interlocutor regresó, alzando los brazos en el aire y bramando victoria sobre su remate perfecto. No pudo evitar preguntarse si realmente se comportaría así todo el tiempo, si esos niveles de energía y euforia serían permanentes y, más importante, cómo diablos Tsukki lidiaría con alguien así en su mismo equipo. Se obligó a sí mismo a contener una risilla al tan sólo imaginarlo.

Prontamente, Hinata se desvaneció de su lado, apresurándose a alcanzar algo; ¿sus cosas? ¿El balón? ¿Una botella de agua? Realmente no lo sabía, no había prestado atención. Debido a que, a pesar de haber atestiguado de cerca cuán nefata podía ser la actitud de aquél sujeto de cabello negro, aun así ese algo permanecía en su interior, imperturbable. Ese elemento misterioso, anónimo, mas extremadamente poderoso, le invadía de curiosidad por echar sutiles miradas de reojo hacia su dirección. Por saber más. Por romper esas barreras de silencio que el contrario imponía con su comportamiento déspota.

– Um, por cierto…– se atrevió finalmente, avanzando con tranquilidad hacia su dirección, observando a la perfección cómo sus cejas negras se enarcaban en un gesto de incredulidad  – ¿Cómo te…?

– Yamaguchi, apresúrate.

Fue como si alguien hubiese decidido bañarlo con un baldazo de agua congelada, dejándolo inmóvil en su lugar, a la mitad de un incómodo movimiento corporal, intentando acercarse al armador en vano. Los ojos azules (permanentemente entrecerrados y desinteresados en todo aquello que no fuera un balón) se alzaron por inercia hacia el recién llegado, quien se hallaba de pie contra la puerta abierta del gimnasio.

Tsukki, cierto.

La razón por la que había entrado allí en primer lugar.

Tsukki, es verdad.

Debía esperarlo para poder irse a casa juntos. Como hacían todos los días.

Cierto.

Eso iba a hacer, antes de…

Se humedeció los labios en un genuino gesto de culpa, como si hubiese sido interceptado cometiendo un crimen. El breve contacto visual que había establecido con el cretino del saque poderoso había desaparecido tan pronto y como el cuarto participante de la fiesta más bizarra en la historia de Karasuno había hecho acto de presencia. Apresurado, nervioso, volteó sobre sus talones para darle la espalda en quien tan interesado se hallaba hace unos momentos y brindarle toda su atención al rubio, quien portaba una expresión irritada.

– ¡Oh, lo siento, Tsukki! ¡Ya voy! – aseguró, acercándose a su lado como si un hilo los uniera. Siempre leal, siempre servicial. Y Tsukishima no hizo más que abandonar el lugar, esperándole fuera. – ¡Hasta luego, Hinata! –agregó desde la puerta con un veloz saludo de su mano.

– ¡Adiós! – respondió el susodicho, agitando todo su brazo con vigor, como si siempre usara absolutamente todo el ímpetu en su cuerpo para todo lo que hiciese, incluso cuestiones mundanas como esa.

Prontamente, la ruidosa sinfonía de gritos, festejos y balones chocando en el gimnasio fue reemplazada por un silencio que le hizo sentir tenso. Los grillos cantaban en algún punto desconocido entre la oscuridad, aligerando el ambiente y musicalizando sus pasos a medida que el más alto retiraba sus audífonos blancos de entre las profundidades de su mochila, acomodándolo alrededor de su cuello con parsimonia. Para alguien como Tadashi, quien podía ser extremadamente detallista con las cuestiones que le interesaban o las personas que admiraba, podía notar en su lenguaje corporal que se encontraba cansado luego de una extenuante práctica.

– Oye, Tsukki. – aventuró después, aprovechando el calmo momento en que el rubio se hallaba buscando una canción idónea en su celular para acompañar su recorrido – ¿Sabes cómo se llama ese sujeto? El de cabello negro y ceño fruncido.

Por un momento, el contrario no hizo más que voltear a mirarle, una expresión confusa nublando sus facciones rígidas.

– ¿Hablas del Rey? – replicó, preguntándose en silencio por qué alguien se interesaría en saber más sobre él.

– ¿Ese es el Rey de la cancha del que siempre hablas? – inquirió, sus ojos café abriéndose más de la cuenta en una expresión de asombro. No hacía mucho que su mejor amigo se había unido al club de voleibol. Pero eso no impedía que las caminatas que realizaban juntos de regreso a su hogar estuvieran plagadas de anécdotas desagradables sobre lo ruidosos, molestos, tontos y ridículamente competitivos que podían ser sus nuevos compañeros de equipo. Las historias usualmente se centraban en el Rey, gobernando la cancha con un puño de acero e impidiendo a los demás jugar de cualquier otra forma que no fuese su predilecta. Tsukki lo despreciaba. Y, por asociación, Tadashi también.

– Sí, Kageyama Tobio. Un cabeza hueca que sólo es bueno para el voleibol y por eso cree que nació con un nivel superior a los demás. – ahí estaba otra vez, el rubio tenía la capacidad de volverse inusualmente verborrágico cuando se trataba de describir situaciones que le desagradaban – Es el monarca que pone las reglas y nosotros los plebeyos. – agregó, con los ojos opacos por el cansancio detrás de un par de anteojos de grueso marco negro. Finalmente, pareció decidirse por una canción ya que permitió que su dedo presionara la pantalla de su dispositivo, antes de guardarlo en las profundidades del bolsillo de su nueva chaqueta negra del equipo.

– Tiene sentido. –concedió luego, en voz baja, intentando no alterar las llamas que avivaron su discurso anterior – No parecía muy conversador. Aunque sus saques eran increíbles…–comentó aquello último entre dientes.

– ¿Por qué me esperaste con el dúo de tontos? – preguntó de repente su interlocutor, clavando su mirada color miel en él, provocando un sudor frío en su nuca que le hacía sentir como si estuviese en un interrogatorio. Por más que conocía a Tsukki desde hace años, por momentos aún temía cometer errores frente a él. Él, que siempre parecía tan genial y despreocupado –Podrías haberme enviado un mensaje.

– Oh, mi teléfono murió durante la práctica de la banda. Lo siento. – explicó atropelladamente, llevándose la mano a la nuca en su habitual gesto nervioso. Sus palabras parecieron ser acarreadas lejos del lugar, como si el fresco viento nocturno las transportara hacia algún sitio desconocido, más allá del horizonte. El edificio escolar había dejado de ser visible detrás de sus espaldas hace tiempo, transitando por parches de hierba y flores que apenas comenzaban a brotar antes de vislumbrar la carretera.

– Está bien. – respondió el rubio luego, hundiendo las manos profundamente en los bolsillos, su mirada perdida hacia adelante –La próxima vez sólo espérame afuera, no sería beneficioso que te contagiaras de su estupidez.

Y Tadashi guardó silencio, mientras el cantar de los grillos era reemplazado por el ronroneo de los motores de los automóviles que pasaban ágilmente por la carretera. Los faros amarillentos iluminando el pavimento mientras el par de amigos de la infancia caminaban a un costado, cada uno sumido en sus propias cavilaciones. Uno de ellos, permitiendo que su consciencia flotara libremente con el ritmo que repiqueteaba contra sus oídos a través de sus audífonos, perdiéndose en la familiaridad de su música luego de una jornada extenuante con un gran número de desconocidos.

El otro, caminaba por inercia, distraído por la lumbre blanquecina de los astros allá arriba, en el firmamento nocturno. Perdido entre emociones nuevas, una banda donde debería encajar y mejorar. Perdido entre sonidos y melodías, entre colores vibrantes estallando como el balón que impactó contra el suelo. Entre ojos azules que brillaban con hambre de más voleibol y esa sonrisa orgullosa, repleta de satisfacción. Perdido entre el espectro multicolor que, sorprendentemente, pintó una noche que hubiese sido por demás monótona.

Así que ese era el famoso Rey

– Sí…claro, Tsukki.