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Español
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Published:
2021-05-07
Words:
1,572
Chapters:
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63

Fides et Patria

Summary:

Cada vez que Daniel va al Panteón, cumple un cierto ritual en señal de respeto y cariño. Reminiscencias, dolores y mucha nostalgia.

Notes:

El Panteón Nacional de los Héroes y Oratorio de la Virgen Nuestra Señora Santa María de la Asunción se encuentra entre las calles Palma y Chile, en el microcentro de la capital del Paraguay, Asunción. Esconde tesoros y vestigios, vitrales, condecoraciones y placas de admiración de todo el mundo. Y en el medio un puede ver la cripta abierta, con urnas y banderas. Daniel los conoció a todos, alguna vez.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Es lindo, el centro.

Un poquito dejado, un poquito olvidado y medio perdido en el tiempo, también. Pero uno se pasea con gusto, entre viejo, nuevo, y la brisa suavecita que llega del río, por la costanera.

Ahí, sobre Palma, te das el gusto de ver ñandutí hasta el techo, y al ao po’i que esa señora tanto te quiere vender le decís que no, pero igual te los quedás viendo un ratito. A la mañana, temprano, se huelen los remedios yuyos, pohã ñaná, todos mezclados y con su perfume fuerte, bien fresco. Y chipa, chipa a montones y de todos los tipos, riquísima.

Quien dice que el centro está muerto, o miente o no sabe, no conoce. No conoce el fresquito ni la gente, ni las plazas ni los negocios ni las calles llenas de autos todo el día. Mucho menos conoce los viejos edificios, esos que en su tiempo fueron gloriosos. Lo lindo y lo triste que es ver tanta cosa enorme, fastuosa, oxidada y decadente… pero el alivio que uno siente al ver algo viejo, siendo parte de un pueblo con el pasado borrado a fuego y a metralla. Los hay también modestos, más cuidados, por supuesto. Pero igual todos están siempre contándote una historia.

Y allá, sobre Palma también, está el más lindo de todos. A él sí lo cuidan, lo guardan, lo pintan y lo adornan siempre. Y más les vale, porque ahí están, guardados a la vista de todos, los tesoros más tristes que hubieran quedado desde el setenta. Ahí, al pie de sus escaleras, nace todo. Es el punto cero, punto de partida, inicio hasta del kilometraje de toda calle y ruta en todo el país. Así de mucho se le quiere, se le honra.

Enfrente siempre están los soldaditos, esos que uno nunca supo cómo hicieron para no moverse un milímetro en tanto tiempo. Son aprendices todavía, voluntarios jovencitos de la marina o las fuerzas aéreas, casi siempre. Uno les ve el uniforme todo impecable y sus fusiles bien pulidos, y le entra un no sé qué que, para colmo, es cambiante. Una nostalgia triste y dulzona a veces; otras, un orgullo que bulle y que quema y hace que uno levante la cabeza al cielo, con la piel toda hecha "pirí".

Techo a dos aguas a ratos, domo altísimo a otros. Mezcla miniatura de Grecia, de Roma y París; ese París al que en su época, tanto se quiso igualar y luego superar. Los pilares altos, todos blancos imponentes. Y entre la cornisa y el friso y los capiteles llenos de volutas, está la inscripción, esa en latín.

"Mi fe y mi patria."

Cada vez que va de visita la mira un rato, se toma el tiempo. Cuando va y sus puertas tan altas de madera le niegan el acceso, pues se queda a contemplarla más rato, todavía. Siempre le pareció medio raro, pues. Se sentía medio alienado.

Ese día las puertas le decían “adelante” y un lindo arreglo de rosas blancas se marchitaba al lado de uno de los soldaditos, sobre un trípode de hierro negro bien caliente por el sol. No decía de parte de quién.

Una cosa que nunca cambiaba era el sentirse incómodo con la invisible (pero palpable) atención de ambos soldados puesta en él. Se apuró un poco en entrar.

Pasar del sol caliente y seco a la humedad oscura siempre costaba unos segundos bien gastados. Adentro todo estaba como siempre. La luz de los vitrales en el domo tan alto no llegaba abajo, pero eso nunca había sido necesario. Las luces de colores allá arriba eran igual de lindas, abajo se encargaban de la iluminación las dos ventanitas del costado y el reflejo conjunto de todas las placas. Hierro, cobre, bronce, plata y un poco de oro. Todas habían perdido mucho brillo desde aquel 1937, pero eso no las hacía menos importantes. No era el metal, sino las palabras en el metal: Reconocimientos, felicitaciones, prosas, honores, respetos, condolencias. Tapizaban las paredes en todas direcciones, enviados por presidentes y personajes, reyes, príncipes, gente. Pero él, como siempre, va directo al centro, ahora después va a pasar a recordar placa por placa. Apoya las manos en el barandal frío de ladrillo y revoque, y se asoma abajo, a la fosa.

Hace mucho que ya no bajaba al subnivel, la escalera del costado siempre está bajo llave y a él no le gusta tener que ir a pedir prestado. Se contenta con lo que hay, porque desde ahí los puede ver a todos. Están toditos, como siempre, con sus banderas paraguayas encima. El escudo no es el de la estrella, ni están palma ni olivo. Es el león, fuerte, bravo y valiente. El león que él hace mucho rato que ya no ve, rodeado de blanco y rojo y azul resplandecientes, limpios, sin un poquito de polvo encima. Les sonríe con ternura y un poco de tristeza.

En el medio mismo y erguido con orgullo sobre todo el resto está el cajón grande, un par de soldados. Fueron iguales, igualitos a los que resguardan las puertas del santuario. Solo que ellos, los de ahí abajo, ya no tienen nombre ni apellido.

A su derecha y también en caja grande, descansa larguirucho Bernardino Caballero, el alférez, teniente, capitán, comandante y presidente en solo cinco años. El Centauro, le decían, andaba a caballo como él solo.

Y a la izquierda está don Eusebio, en un carruaje mucho más modesto, pero de igual mérito. Nunca lo culpó por su renuncia. Esos años fueron todo un caos, un revoltijo revolucionario enorme que Ayala supo controlar lo suficientemente bien como para entrar a guerra por tres largos años, en mitad de un infierno con nombre. Eso no te lo hace cualquiera.

A ellos tres los rodean muchos más ilustres, acomodados con cariño y pena. Está General Díaz, está don Eligio, está José Félix Estigarribia, acompañado de la señora. Y están también, a los lados, los más grandes señores que vio en toda su existencia. Don Gaspar Rodríguez de Francia, doctor con todas las letras y con el porte medio enfermizo, pero duro como piedra. A él nadie lo movía, nadie le miraba fuerte, siempre el Supremo. Le debe muchísimo, y le duele. Pero tres más hay, que le duelen muchísimo más.

Una, el sucesor de Francia. Don Carlos Antonio, a quien siempre le tuvo un cariño inmenso a pesar de que ante todos parecía recio, pesado y poco flexible. Un buen señor, casado con su deber.

Aprieta un poco la mandíbula.

Dos… su hijo. Su hijo el Mariscal. O lo que se piensa que fue alguna vez el Mariscal. Francisco Solano López. De él la gente nunca supo nada con certeza. Pero él no lo culpó de nada, aunque el resto lo tache de loco, de idiota, o lo alaben como Héroe Supremo de la Patria. El Mariscal hizo todo lo que pudo, la guerra había sido desde siempre inevitable. Se le revuelve el estómago.

Tres. Le empiezan a temblar los labios. La urna es diminuta y a veces está al descubierto, con la bandera al frente en vez de encima. Es toda dorada, reluciente, y las letras de su cartelito están en mayúsculas y en negrita, bien grande, bien legible. Ahí están sus niños de Acosta Ñu. Ahí está lo que quedó de su pasado, de su presente y su futuro hecho jirones, enterrado por madres destrozadas y hermanas sin consuelo. Daniel mantiene la mirada fija un rato. Le duele, los ojos le arden un poco. Y luego de ese momento de no negar, de no olvidar y de reconocer… ahí cierra los ojos, como de costumbre. Les habla, a todos. Les cuenta. Y a veces también les pregunta, les suplica, les implora y pide perdón. Pero siempre va a verlos, para conversar en silencio con ellos, consigo mismo. Es su ritual.

Después rodea la cripta circular y va directo al altar. Le hace acordar a las iglesias grandes de Europa, el estilo dramático y un poco exagerado, y el oro. Pero las figuras de madera, esas sí son todas suyas. Suyas y de su madre, barroco guaraní. Se arrodilla. No le importa que le miren, el Panteón fue y siempre va a ser también un oratorio a su virgencita. Nuestra Señora Santa María de la Asunción, patrona y comandante de sus tropas, protectora y madre cariñosa de la Madre de Ciudades y de todos sus hijos. Pide por ellos, por su gente, por sus niños en especial. Por los docentes, los damnificados, los indigentes, el Chaco, las tribus que le quedan. Pide por su mamá. Por sus primos. Por María, que anda en cosas complicadas. Por todo el mundo.

Así se queda media hora o poquito menos, las rodillas ya le duelen y los soldaditos vuelven a mirarle. Se levanta, se queda viendo unas cuantas placas y saca el trapo para limpiar un poco lo que puede, mientras se acuerda. Le toma un buen rato, eso.

A la salida casi se olvida, pero vuelve a entrar y la deja ahí sobre el barandal. No da gusto ver que ni se compara con las de la entrada, pero ya es algo. La van a quitar o llevar rápido, seguro, pero la intención es lo que cuenta, y él está agradecido con todos y mucho más que en deuda.

Porque ellos lo han dado absolutamente todo por él.

Por su fe, y por su patria.

Notes:

Figuras históricas importantes mencionadas:

Bernardino Caballero, Eusebio Ayala, Gral. José Eduvigis Díaz, Eligio Ayala, José Félix Estigarribia, Dr. José Gaspar Rodríguez de Francia, Don Carlos Antonio López, Mcal. Francisco Solano López.