Chapter Text
La ceremonia más esperada por ambos reinos estaba por llegar a su punto culmine.
Escuchaba las palabras pero no las comprendía, su mente estaba nublada por el nerviosismo.
Sentía como sus manos sudaban, su cuerpo temblaba levemente y no podía pensar correctamente.
Tenía miedo.
Desearía escapar de ese lugar, pero no podía, no debía hacerlo, era por su bien.
Una palabra regreso su mente a la tierra.
- Acepto – contesto el chico pelinegro. Su voz era firme y autoritaria.
- Princesa Nieves Bain Gundersen ¿acepta a Samuel de Luque como su esposo? – Observaba al hombre, sus ojos morados se clavaban fríamente sobre los suyos, esperando la respuesta, eso solo incremento su temor.
- Acepto - dijo con una voz apenas audible, intentando que esta no titubeara.
Y tras estas palabras, las campanas comenzaron a sonar, dando a conocer la unión de dos reinos, y más que eso, la unión de dos almas.
Rubius se encontraba peinando el cabello de su pequeña hermana, platicaban sobre cosas triviales sacándoles pequeñas risas a ambos, atesoraban cada momento que pasaban juntos, en especial el castaño, adoraba a su hermana, y la protegería de todo lo que pudiera.
Trenzaba las hebras pelirrojas de la menor mientras esta tarareaba alguna canción, su voz era realmente bella, aunque su madre solía regañarla por no poder hablar español correctamente, pues ella prefería comunicarse en noruego, al menos con ellos, cuando se trataba de extraños usaba lenguaje de señas, era alguien muy tímida, reservada y poco sociable.
Se escucho un toque del otro lado de la puerta del dormitorio, vio la cabeza de Nieves subir y bajar levemente, asintiendo.
-Adelante – hablo el más alto.
Una figura alta y rubia apareció por la puerta, era la doncella de compañía de Nieves, Akira.
-La reina solicita hablar urgentemente con la princesa – sintió a la pequeña tensarse ante esas palabras.
-Ahora la llevo, déjame terminar con esto – la doncella asintió.
-No tarden, la solicito lo más pronto posible. A solas.
-Sé cómo es nuestra madre, tranquila Akira, no tardaremos – la rubia volvió a asentir antes de volver en sus pasos y cerrar la puerta tras de sí – todo estará bien ¿de acuerdo? – se dirigió a su hermana.
-Si…- dijo en un susurro apenas audible.
Termino de trenzar lo más rápido posible y ato el cabello con un listón color azul, del mismo tono que sus orbes.
La chica se levantó, dirigiéndose a la puerta de su alcoba, Rubén abrió la puerta, permitiéndoles salir a ambos.
Caminaban en silencio por los largos pasillos, los guardias yacían en sus lugares, completamente inmóviles, sin siquiera dirigirles una mirada.
Siempre guardaban la compostura ante la reina y los dos herederos a la corona.
Pero nunca ante Rubius.
Permanecieron caminado, Nieves con pasos aparentemente firmes, y una postura impoluta, aunque el castaño podía notar su nerviosismo y sus hombros levemente alzados, la conocía demasiado como para no darse cuenta de ello.
Él caminaba algunos pasos detrás, como si fuera su guardia, aunque de hecho lo era. Fuera de las cuatro paredes donde se encontraban con anterioridad, ellos no podían denotar ninguna clase de relación, pues ante los ojos de todos, Rubén era un sirviente más del castillo, solo que se había criado dentro de este, y debido a la confianza que le tenían había sido “designado” como escolta personal de la princesa.
Al igual que ella, sus pasos eran firmes, su postura perfecta así como su rostro inexpresivo, su único deber era cuidar las espaldas de la pelirroja, y lo harían aun si no se lo pidieran, daría la vida por ella y mucho más si era necesario.
Llegaron al lugar donde se reuniría con su madre, no podía hacer nada más que abrir la puerta y dejarla pasar, le gustaría quedarse con ella, la reina podía ser bastante cruel con sus palabras, en especial hacia la menor, porque según ella “Nieves no puede hacer nada bien”.
Solo pudo dedicarle una leve sonrisa, dándole a entender que todo estaría bien, ella asintió, tras eso, la puerta se cerró.
Camino sin rumbo alguno entre los largos pasillos, no era necesario que la esperara, cuando la reunión terminara algún otro guardia la escoltaría a su habitación.
Cuando no se encontraba con ella no hacía mucho, a veces platicaba con algún guardia o sirviente, o se encerraba a leer en la biblioteca, no tenía ninguna responsabilidad, porque podía ser el progenitor de la reina, pero no era y nunca será reconocido como su hijo.
Su madre tuvo un amorío con un hibrido de oso antes de contraer matrimonio, él nació de esos encuentros.
Era el hijo bastardo de la reina, no lo crio, se desentendió completamente y lo único que le permitió fue vivir dentro del palacio, fue criado por los caballeros como uno de ellos, eso explicaba su increíble manejo de la espada y reflejos.
Cuando ella se casó, nacieron dos bebes; gemelos.
Cuando era pequeño los veía correr por los pasillos, no era tonto, conocía la relación que tenía con ambos, pero termino por encariñarse con la pequeña, ella era algo descuidada y siempre tuvo problemas de habla, nadie jugaba con ella, casi todos los infantes que había dentro del palacio preferían jugar con espadas de madera, mientras Nieves armaba una fiesta de té, él y sus juguetes eran los únicos que asistía a sus fiestas.
Los demás niños hablaban mal de ella a sus espaldas, la única razón por la que no la molestaban era por el hecho de ser la princesa y probable futura reina.
Cuando estaba sola se veía triste, y él amaba su sonrisa, así que cuando no estaba entrenando, se quedaba a su lado jugando lo que sea que quisiera, en ese momento se dio cuenta de que haría cualquier cosa que la hiciera feliz, fue una promesa, y la mantendría hasta el día de su muerte.
Su único propósito era protegerla y cuidar su alegría, vivía para ella, y así sería hasta el fin de sus días.
Samuel de Luque, único heredero y futuro rey de Karmaland, debía encontrar una esposa para poder ascender al trono.
Esa era la ley en su reino y no podía hacer nada contra esta.
Generalmente tendría más tiempo, pero ahora estaba en una situación complicada. Su madre había muerto hacía muchos años y su padre estaba enfermo, los médicos estimaban menos de un año de vida para el rey.
Algunos reinos vecinos solo estaban esperando a que Karmaland se quedara sin soberano para poder atacar y conquistar sus tierras. No podía permitirlo. No podía permitir que el reino más grande del continente cayera por una razón como esa.
Su reputación no le permitía encontrar a una mujer dispuesta a casarse con él, ni siquiera las nobles más desesperadas habían aceptado, así que había mandado algunas cartas, solo le quedaba esperar a que alguna aceptara.
Se estaba quedando sin opciones y tenía que hacer algo pronto, era su deber.
