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Dos corazones

Summary:

Culpa de su descuido, Amatsuki termina necesitando disculparse con su amigo con problemas del corazón.

Work Text:

—Hah... Hah...

Respiraba entrecortado por el gran esfuerzo físico que aquello conllevaba. El sol refulgente les quemaba los brazos expuestos y a pesar de la ligereza del uniforme se sentían ardiendo por llevar corriendo de un lado a otro casi una hora entera sobre el pasto reseco.

El sudor le recorría la frente pegando su flequillo a la piel perlada hasta caer por su barbilla, y sus centelleantes ojos yacían fijos sobre un punto específico entre tanto alboroto. El ruido de su equipo contra el opuesto debatiéndose por ver quién tomaba el control de la pelota justo frente a la portería enemiga captaba su atención de vez en cuando.

Sus manos reposaban, listas para volver a separarse de allí, sobre las rodillas flexionadas mientras recuperaba algo de aliento perdido. No debió olvidar su botella de agua, ¿pero quién le advirtió que volvería a retrasarse para llegar a la práctica? ¡Ni siquiera pudo completar el calentamiento debido a eso! Tragó la poca saliva que le restaba en la boca mientras intentaba parar de jadear y respirar únicamente por la nariz. La adrenalina ayudaba a aminorar el dolor en sus piernas después de aquel extenuante ejercicio. Con todo y su buena condición física el calor abochornante terminaba pronto con su buen dominio de las extremidades y de vez en cuando sus rodillas flaqueban levemente.

Enfrente suyo, la cabeza roja de Sakata resaltaba de entre los demás mientras resonaban las patadas por liberar al balón de aquel tumulto de personas. Viéndose en la necesidad de ayudar a su compañero de equipo, peinó hacia atrás sus cabellos achocolatados con los dedos y recobró la postura erguida antes de aproximarse trotando hacia cierto punto estratégico detrás de los demás.

—¡Amatsuki! —exclamó el pelirrojo de voz nasal al percatarse del movimiento del castaño.

En respuesta, el nombrado alzó los brazos de inmediato para dar a entender que estaba libre y en posición de recibir el pase.

Sakata pateó desesperado el balón en su dirección con la bastante fuerza para no dejar a alguien más interceptar la movida.

Dificultosamente, Amatsuki recibe la pelota, siendo perseguido por los demás, alrededor de cuatro jugadores uniformados de color azul. Comenzó su carrera en sentido contrario, buscando ubicar un buen ángulo para alcanzar la red de la portería mientras corría con Shima detrás, casi literalmente pisándole los talones.

Por alguna razón logró adelantarse a sus acosadores y sin perder otro segundo, visualizó a unos cinco metros el objetivo. Tomó impulso sin retroceder un solo paso y con la pierna menos débil pateó el balón.

Cabe mencionar, no tenían demasiadas esperanzas en poder detener un gol teniendo, el equipo contrario, a Soraru de portero. No porque el chico fuese malo en ese puesto, sino que sabían que él iba por puro compromiso y en realidad no le interesaba mucho su desempeño físico ni como miembro. Además, era portero solo para evitar tener que correr de un lado a otro por toda la cancha como gato persiguiendo una luz misteriosa.

No obstante, puso atención al movimiento del castaño; procuró limitar la llegada de la pelota acercándose con rapidez al extremo de la portería y cubriendo su rostro con las manos, puesto que en el trayecto se elevó el objeto circular, sin embargo el impacto jamás llegó, y no porque el balón hubiese penetrado donde debería sin arremeter contra el azabache.

El eco sordo del balón chocando contra uno de los postes blancos sosteniendo la red llamó la atención de los participantes. Oh no, pobre Ama-chan, con lo mucho que lo intentó. Tan cerca y a la vez tan lejos. Frustrado, quiso llevar sus manos a la cabeza para dejar salir su gracioso lado dramático cuando un segundo sonido, menos fuerte de lo normal, llamó su atención.

—¡Mira lo que hiciste imbécil! —gritó Urata, estando él, más cerca del incidente recién ocurrido.

—¿Eh? —se desentendió Amatsuki, dándose cuenta que el insulto fue para él.

Trotó hasta Urata y vio hacia donde le señaló, percatándose entonces, de lo cierto que era.

"En verdad soy un imbécil..."

Desde atrás, no se hicieron esperar un par de risas por lo sucedido, aunque no en mala intención, era más por la reacción de su alarmado compañero.

Y es que la pelota, en lugar de sencillamente perder impulso o caer con sequedad al suelo, guardó la fuerza del segundo impacto, desviándose y acabando por golpear directo en la cabeza a un joven inocente sentado a orillas de la cancha. No era un jugador descansando ni mucho menos, era un simple muchacho ajeno al partido.
Debajo de un árbol, el herido tomaba su cabeza con las manos para aliviar —lo más posible en su situación actual— el feo dolor del golpe, medio doblegado por el mismo sufrimiento. Hizo caso omiso a los gritos de los jugadores, limitándose a velar por su propia seguridad en su posición de auto-protección. Difícil imaginar la complexión delgada de aquel que lo lastimó sin querer por la intensidad del golpe.

—¡Mierda, lo lamento mucho, mucho! —chilló preocupado Amatsuki previo a dirigirse al lado del aludido— ¿Cómo te encuentras...?

Se inclinó hasta ponerse en cuclillas para quedar a la misma altura. Lo miró durante unos segundos, expectante, sin más ganas de continuar en el partido, también por su cansancio. El lastimado se limitó a mover la cabeza, sin dejar muy en claro lo que quería decir con ello. Poco a poco fue bajando los brazos hasta dejarlos sobre su regazo, mirando al verde césped aplastado debajo de sus piernas dobladas.

Por su parte, Urata negó con la cabeza y se unió a Amatsuki, disculpándose igualmente, para tomar de una vez la pelota y volverse a los otros jugadores. Preguntó en voz baja a su amigo si volvería a jugar, por lo cual, tras recibir la negativa caminó hasta su equipo para informarles la ausencia de un miembro y proseguir con lo suyo.

—Lo siento de verdad, no quise lastimarte —repite consternado; juntó las manos en plegaria como reverenciando.

Dejando de agachar la cabeza, el muchacho adolorido levanta la mirada con una suave sonrisa plasmada en los labios. Sus ojos verde olivo brillaron a pesar de la sombra de la copa del árbol que los cubría antes de hablar.

—Estoy bien, je, je. Tan solo un poco atarantado. No sabía que fueras tan fuerte, Amatsuki.

Por su descuido, adjuntándole la prisa dada su retraso, el susodicho no vio llegar al de ojos verde característico. Incluso estando tan cerca suyo no alcanzó a notar su inconfundible silueta de espalda ancha. Por lo tanto, hasta que su preciosa voz y sus iris lo alcanzaron fue que se enteró de a quién había herido. Esto era peor de lo esperado.

—¡¿Kashitaro?! —rojo hasta las orejas, se sobresaltó— ¡Wah, perdóname, no me di cuenta que eras tú! ¡Estuviste agachado todo el tiempo y...!

Rió en tono gentil por la exageración prescenciada, cortando así, la letanía de disculpas del niño con aguda voz.

—Vamos, vamos cálmate. Te digo que estoy bien. Ya casi pasa el dolor, ¿si?

Hizo un mohín, frunciendo el ceño.

—No, no está bien —llevó su mano hasta la camisa blanca del mayor y le picó el pecho con el dedo, ganándose una expresión totalmente confusa—. Mira, ya te ensucié. ¡A-además! No puedes decir que no te duele cuando un balonazo en la cabeza es muy doloroso. Quiero decir, yo lo sé, lo he vivido...

Vio su camisa, donde efectivamente, quedaron un par de motitas cafés y grises adheridas a la tela artificial por la suciedad del balón. ¿Cómo llegó esa mugre hasta su pecho, cuando el objeto le dio, por poco, en la cara? Pues al parecer se quedó pegado el lodo de la cancha en su superficie y ésta cayó sobre su ropa al mismo tiempo del impacto.

Suspiró, sin quitar esa amable sonrisa, antes de volver a mirar directamente al menor. Le gustaba, extrañamente, su apariencia en las prácticas; cabello alborotado con aires rebeldes, cara enrojecida pero emocionada, y ahora, expresión sincera de angustia un tanto exagerada.

—Okey lo admito. Sí, sí me duele un poquito, aunque por la mancha no te preocupes, ya lavaré la playera más tarde y problema resuelto.

—Humm... ¿Entonces te parece si vamos por algo frío para ponértelo en la cabeza? Es lo más adecuado.

—¿Eh? No, para nada, yo...

El tiempo no le alcanzó para denegar porque en un santiamén, el castaño desbordante de alegría desdobló las rodillas para levantarse y tenderle ambas manos. Era obvio que no tenía pensado aceptar ayuda, de modo que Amatsuki optó por dejarlo sin excusas y sacarlo de su ensimismamiento a la fuerza.

Dubitativo, Itō aceptó la ayuda ofrecida, poniendo sus manos sobre las del otro. Su frágil corazón se aceleró con aquella nimiedad, haciéndolo preguntarse si el enamoramiento era así de fuerte, o simplemente se estaba haciendo tan débil que pararse al cabo de un golpe lo cansaría.

Al momento, Amatsuki afianzó el agarre en ambas manos y haló hacia su cuerpo al más alto. Conocía su sensibilidad a la actividad física y por eso procuraba ser siempre lo más atento posible. ¡Lastimar un chico tan bueno y frágil, cómo pudo ser así de inconsciente!

—¿Te sientes bien? —inquiere sin deshacer el enlace de sus manos, cuando Kashitaro húbose levantado y erguido enfrente suyo.

Asintió con los ojos cerrados.

Deseaba salir huyendo de la sola vergüenza, sin embargo, también le encantaba esa fuerte sensación de calidez. Saber que la razón de su pecho intranquilo no era otra sino su nerviosismo por estar sosteniendo al castaño de las manos.

—Perfecto. ¿Qué te parece si me cambio la ropa y vamos a algún lugar? ¡Es que..! Es lo menos que puedo hacer para compensarte...

—¡Te juro que estoy bien! —rió enternecido y nervioso— No necesitas hacer algo así para disculparte. En primer lugar no fue tu intención pegarme. ¡Y de todas maneras! Hoy solo tenía planeado sentarme abajo de ese árbol a escuchar música y ver el cielo o perder el tiempo como siempre. Ama-chan se preocupa demasiado por una tontería.

—Vaya, qué poético suena —movió sus manos, casi entrelazadas, con inquietud—, pero, ¿no te gustaría aunque sea platicar o ir a tomar algo? Podríamos solo buscar una banca o tirarnos en el pasto a ver las nubes. No me parece estar modificando mucho tus planes originales. ¡Y no digas que es una tontería porque no lo es!

—Ah... Supongo que en tanto no tengas algo más que hacer está bien. Me refiero, ¿no piensas terminar la práctica? Te veías muy entusiasmado jugando.

—Qué te digo. Llegué tarde hoy, y como no pude calentar bien antes del partido me duele bastante el cuerpo, en especial las piernas. Ya me cansé, no es como si tuviera muchas ganas de seguir tampoco.

—Oh, entiendo.

—¡Así que vamos! Solo dame unos cuantos minutos para cambiarme. Ugh, estoy todo sudado, maldito calor y el sol de invierno.

—¡Es cierto! —pensó en voz alta, incluso más nervioso que antes.

—¿Qué cosa? ¿Que es invierno?

—Sí bueno, eso y que... —apretó los labios en indecisión— Ama, ¿sabes qué día es hoy?

—¿Huh? —intentó recordar, pero a duras penas veía el calendario una vez a la semana— ¿Sábado?

—Sábado. Sábado catorce de febrero.

—Ah te referías al núme... ¡Ohh! —sus pómulos volieron a adquirir un dichoso color rosado ante aquel comentario, prácticamente invisible al seguir colorado por el calor y el ejercicio. ¿Qué pretendía Kashitaro diciéndole algo similar en esa situación?

El susodicho simplemente lo miró en silencio, aguardando alguna otra linda reacción por parte del otro.

—Bueno, eh..., es una graciosa coincidencia pero, ¿qué tiene que ver? —dijo todavía conmocionado.

—Me pareció apropiado decírtelo —respondió ocultando un deje de decepción—. Je, realmente eres muy distraído, ¿eh?

—Solo a veces. Y además, hoy fue porque se me hizo tarde ayer en la noche haciendo una estúpida tarea larguísima —replicó fingiendo indignación.

El súbito cambio de ánimos en su amigo estrujó su corazón, pero, ¿por qué?

Itō rió suavemente otra vez, aligerando el ambiente.

—En fin, voy a cambiarme, ¿me esperas aquí? —volvió a decir.

—No me moveré.

Amatsuki soltó sus manos con delicadeza. Le dedicó una pequeña mirada, buscando plasmar en su mente con nitidez la bella expresión del mayor dentro de su cabeza. Una calma convincente como velo sobre su interior vuelto un manojo de nervios, la boca entreabierta parecía querer añadir otra oración que jamás saldría. Enseguida se dio la vuelta en dirección a los vestidores masculinos y se alejó trotando.

El de ojos olivo suspiró largo. Siempre ocurría esto. Cada vez que Amatsuki se acercaba para lo que fuera su pecho volviáse una caja de golpeteos acelerados, al grado en que temía ser escuchado por el contrario, aún si éste tenía conocimiento de su terrible condición física y salud en general. En el caso que descubriera sus latidos escandalosos, ¿podría mentir diciendo que hubo corrido o estado haciendo algo pesado? Su condición era un arma de doble filo.

Kashitaro sufría. Su corazón latía en exceso por todo. No tenía permiso de hacer deportes muy pesados o por mucho tiempo, tampoco podía cargar exagerado peso. Rápidamente se cansaba, su respiración perdía regularidad en tanto se veía en la necesidad de hacer una pausa para recoger oxígeno. En sí, se sentía un inútil desperdicio de persona por llevar dentro de la caja torácica un corazón tan endeble como única garantía de vida.

Llevó entonces una palma sobre la pequeña mancha de mugre, justo donde todavía alcanzaba a sentir su pulso cardíaco resonando con fuerza. Se cuestionó si el de ojos encendidos también lo habría notado al poner un dedo allí.

Levantó los ojos. Caminó al árbol para sentarse de espaldas al partido de fútbol; si el menor no jugaba con ellos no había razón para seguir observando. Con suerte no dio más de ocho pasos. Estiró el cuello hacia el cielo, encontrándose con el verde follaje sobre su cabeza adolorida brindándole sombra. Varios rayos amarillos se colaron por entre las hojas y le acariciaron la cara. Quemaban levemente.

Comenzó sus ejercicios de respiración. Quería poder seguirle el paso a Amatsuki cuando volviera, seguramente muy pronto. Así se entretenía en situaciones donde su pulso terminaba afectado. Funcionaba de contrapeso.

Cerró los ojos, ignorando el bullicio de los jugadores, mientras inhalaba y exhalaba hondo. El dulce gorjeo de un gorrión tomó su atención en su lugar.

Repitió el proceso por al menos dos minutos. Conforme seguía tomando el control de su cuerpo y pulmones, las ganas de escuchar a su alrededor se desvanecieron y se perdió entre murmullos difusos que hace no mucho eran claras y fuertes voces reclamando por una falta. Entre el bochorno del día y su dolor de cabeza no sería complicado dejarse llevar.

—¡Kashi-san! —lo sacudió una voz preciosa. Sus ojos de pronto parecían sentirse aguados.

—¿Oh? ¿Ama-chan? —un bostezo salió involuntariamente de su boca. No recordaba haberse dormido.

—¿Qué tienes?

Sus cejas contraídas en angustia, junto a sus penetrantes pupilas escudriñándolo no le dejaron más opción que desviar la mirada.

—Nada, ¿de qué hablas?

—¿Cómo que nada? —su tono se tornó serio y firme— ¿Entonces por qué estabas llorando?

Sorprendido, llevó una mano hasta sus cuencas y pasó el dorso por encima de los párpados y las pestañas. Húmedo. Las minúsculas lágrimas restantes se fueron tras mojar su mano.

—No tengo idea —miró las iris opuestas, carente de expresión concreta—. Creo que lloré dormido.

Uno de los uniformados llegó junto a ellos en persecución del balón. Agachó el cuerpo para tomarlo. Al erguirse, vio confuso al menor y lo llamó.

Amatsuki se excusó, levemente ofuscado. Fue a atender a su compañero de equipo. Kashitaro por su parte, decidió incorporarse mientras su amigo volvía. Estiró las piernas bruscamente, perdiendo el equilibrio. Tuvo que aferrarse con sus fútiles fuerzas al estoico tronco que le sirvió de respaldo para no trastabillar.

Fijó los ojos en su alrededor, de Amatsuki al juego y viceversa repetidamente. Un detalle resultó frustrante. Todos los participantes del juego eran al menos un grado menor. Verlos le provocaba una triste envidia por no poder disfrutar como ellos de su efímera juventud. ¿Qué se sentiría tener la libertad de jugar y correr cuánto te diera la gana o hasta que tus extremidades no dieran más? Una pregunta que le costaría la vida, por desgracia en sentido literal.

Oyó a su amigo despedirse del compañero con quien hablaba. Enseguida hizo lo mismo con los demás presentes. Después les volvió la espalda, aproximándosele.

—Listop, ya les dije que teníamos que irnos temprano.

—Está bien. ¿Seguro no te afectará?

—En absoluto, no me moriré por una falta.

—Como digas —trató de dedicarle una sonrisa.

Mochila al hombro, Amatsuki e Itō iniciaron su acompasado andar con dirección incierta.

Las nubes en el cielo parecían inexistentes. El azul claro de la tarde los rodeaba con la inmensidad del océano sobre sus cabezas.

—Y dime... —habló sorbiendo su cuarto de jugo de naranja— ¿Recuerdas lo que soñaste? No creo haberme tardado mucho cambiándome, ¿o si?

—Lo dudo, no te fijas tanto en esas cosas —también bebió de su botella de agua—. Pero igual no me acuerdo. Tal vez si me hubiese seguido durmiendo recordaría algo. La verdad me dormí tan rápido que no me di cuenta de nada.

—Oh —agachó la mirada con pesadumbre—. ¿Habrá sido una pesadilla?

—Puede. Algunas veces despierto así, con los ojos mojados, pero si es una pesadilla suelo acordarme de la mayoría del sueño —se encogió de hombros con resignación.

—Que extraño... —meditó— ¿Entonces, eso quiere decir que no recuerdas tus demás sueños?

—Por lo general, no. Si acaso recuerdo algo que haya pasado durante la noche es porque no vi el teléfono antes de dormir o fue un sueño muy profundo. Supongo que debería iniciar un diario de sueños o algo.

—Debes dormir apropiadamente, ¿sabes? Te diría que no creerás si no duermes pero ya eres bastante alto —rieron—. Eso sí, leí por ahí que la luz azul da cáncer, qué miedo. Y es una buena idea, lo del diario. Oye, si lo haces en verdad, avísame para hacerlo yo también. Así podríamos contarnos lo que soñemos y tratar de sacarle algún significado, ¿no crees?

Adornó sus palabras con una sonrisa resplandeciente. La idea sonaba aterradora, en un sentido emocionante. Sin embargo, ¿revelarle a Ama los extraños escenarios que su subconsciente le muestra entre sueños? Aterrador.

—Seguro sería fantástico. Me da curiosidad ver la clase de sueños que tienes.

—¿Uh? ¡Ja ja ja! Nada en especial, mis sueños suelen ser tranquilos o cosas medio raras.

—¿Raras? ¿Sueñas como en los episodios de "Tío Grandpa"? —se burló.

—¡Hey! —fingió darle con el puño en el hombro.

Volvieron a reír levemente. A pesar de tener ganas de continuar con la conversación, una indescriptible sensación se derramaba dentro de ambos como un veneno intoxicante. Un tanto frío, una sensación de abrir el corazón por más confundido o débil que se encontrara.

Pasaron los segundos en silencio. El dulce aroma acalorado y una delicada corriente de aire son los únicos testigos de una charla atestada de palabras que no terminan de articularse entre dos jóvenes, preocupados el uno por el otro.

—Oye, Kashitaro.

La voz de Amatsuki volvió a adquirir ese tono de gravedad y formalidad. Sabe cómo es difícil adivinar o darse cuenta de cuándo habla en serio y por ello, aunque no le guste, debe cambiar de faceta drásticamente.

—Dime.

—Mírame —pide determinado.

Los orbes verde se reflejan en unos rubíes brillantes, tomando un efecto ensoñador por culpa del sol dándoles de lleno en la cara.

Ambos se hallaban sentados sobre el pasto. Uno que otro árbol esparcido por el parque brinda sombra a los visitantes, pero ellos decidieron quedarse un poco más bajo el sol.

—¿Cómo estás? —cuestionó, perdiendo firmeza y cediendo ante la aflicción.

—¿"Cómo estoy"? ¿En qué sentido...?

—Cualquiera. ¿Estás cansado, normal, con energías tal vez? ¿Estás muy triste o quizás solo hay alguna preocupación rondando tu mente? ¿Tienes problemas presionándote en este momento?

—Pues, amm, me siento bien en general... Es solo... No comprendo, ¿por qué tan de pronto preguntas todo eso?

—Te veo demasiado apagado, con respecto a tu yo normal. Decaído, digamos. Quiero decir, normalmente tú eres callado pero te sueltas luego de entrar en confianza —desvió momentáneamente la mirada—. Y estoy bastante, ¿confundido podría ser? Me preocupas, te aseguro que no estoy bromeando. Y-yo no sé si pareces estar triste por tantas estupideces mías hoy o si solo te sientes mal por algo que ignoro por ser un idiota que no pone atención a las cosas importantes o si tan solo estoy dándole demasiadas vueltas al asunto y exagerando por nada o si haya algo que necesites decirme pero no parezco la clase de persona a la que los demás escogerían para confiarle sus secretos o si ni siquiera estás abrumado pero hago este drama porque no te conozco en realidad lo suficiente o...

Para este punto, sostenerle la mirada se había vuelto un trabajo imposible. Su querido amigo perdió toda esperanza de mantenerse seguro e imperturbable, cuando menos fuerte. La voz le comenzó a traicionar en el momento. Por muy alegre que su actitud fuera, nunca se atrevía a dejar sus emociones al descubierto. ¿Y si Kashitaro estaba enojado con él? ¿Y si hizo algo para entristecerlo sin querer? ¿Y si...? ¿Por qué esos pensamientos lo molestaban a tal grado? ¿Por qué no podía parar de pensar en él por más que tratara? ¿Qué le hacía afligirse y ponerse así de sensible? ¡Suficiente! ¡Estaba harto!

No se permitiría llorar, no debía, no podía. Incluso teniendo un nudo estrangulador en la garganta se negaba rotundamente a soltar todo lo que su pecho guardó con tanto recelo. A pesar de sentir el corazón a punto de romper su piel y salir volando de su interior necesitaba conservar lo poco de dignidad sobrante.

Apretaba los dientes presa de su desesperación con ganas de recibir una buena cachetada para deneter su ridícula actuación, por mucho que aquello fuera a todas luces improbable.

Justo como imaginó, esa ansiada agresión jamás llegó. En su lugar, otro desdeñable silencio los apabulló al robarles el aliento y las palabras.

Amatsuki se encorvó de modo que su cabello pudiera disimular lo más posible, a sus lágrimas desleales brotando como rocío de una tierna flor roja y pestañas de noche. Realmente no tenía claro el origen de su llanto menguante, pero sus emociones nublaron su mente y dejó a su corazón ser tan frágil como el del hombre a su lado.

Ese mortífero silencio, se vio interrumpido por un súbito sollozo; pero ése no le perteneció al antedicho, quien ahogaba sus ruidos inquietantes como todo un profesional.

No, el sollozo fue de Itō. Él lloraba con una inédita libertad, al mismo tiempo por no ser visto mientras su nariz comenzó a picar y sus ojos a desbordarse. ¡Tampoco él comprendía porqué los sentimientos eran así de intensos, pero allí estaban!

Su amor se debatía al combinar en las mismas gotas saladas alegría, incertidumbre, nerviosismo, culpa, tristeza. Esta vez faltaba escasos momentos para, en verdad, presentir el estallido de su corazón.

Llevó una mano a su boca con tal de acallar sus quejidos inusitados, tomando al otro por sorpresa y llamando su atención.

El primer amor correspondido de ambos. El primer encuentro de tanta sensibilidad junta pudo con ellos y los derribó.

—¿Por qué lloras? —exclamó entrecortado.

—Lo mismo pregunto.

—¡Pero si tú lo sabes, no me has respondido todavía! —culpa del enrojecimiento de sus ojos y el rastro seco de las gotitas de rocío sobre sus pómulos, ahora su cara entera lucía como la de un bebé vuelto un jitomate —¡Y no me vengas con que no sabes qué decir!

—¡Ama! —rió de los nervios y la confusión— Cálmate por favor, hay algo que creo deberías saber.

—¿Crees? ¿Por qué?

—Podría ser la respuesta a tus dudas, al menos en parte.

—¿De qué se trata? —musitó lleno de ansiedad.

—Yo, ah... —paró a pensarlo correctamente.

La razón de todo su alboroto, de todas sus extrañezas acumuladas en un solo día y apilándose unas sobre otras como una colina tenían una simple explicación.

—¿Tienes idea de por qué fui a sentarme junto a la cancha hoy? —Amatsuki negó, a punto de hablar— No, no tiene que ver con ver el cielo ni esas estupideces que te dije hace rato. El parque completo está disponible para eso y lo sabes. Tampoco me interesa ver algo que no puedo disfrutar cuando solo me frustra, nunca podré jugar un estúpido partido de ningún deporte porque seguro me dará un ataque o un infarto o no sé. Nada de eso me importa, eso no me mueve. Sencillamente me hizo ilusión la posibilidad de encontrarte aquí hoy, después de este tiempo...

—¿Tres meses?

—Eso es. Te extrañaba, y justo hoy tuve algo de tiempo para pasar por aquí. No estoy triste, ni decaído en especial, te lo prometo. Ni siquiera me molestó que me hayas golpeado con la pelota y manchado mi ropa porque así pude hablarte con toda naturalidad. Cuánto quería encontrarte y saber de ti. ¿Sabes? No sé trata de desánimo, al contrario, estoy demasiado feliz y eso me asusta, porque cada vez que las cosas parecen ir tan perfectamente acaban mal, ¡y sin embargo míranos! Llegamos hasta aquí... Me alegro de verte pero me siento también culpable por haberte hecho llorar, como si de alguna forma esa fuera la confirmación que esto no es un sueño.

—¿E-ehh? —atónito, apenas podía articular palabra.

—A lo que quiero llegar es... —respiró profundo.

Al estar los dos sentados frente a frente, la distancia que los separaba fue cerrándose conforme el mayor tomaba vuelo y valentía. Sus rodillas chocaban con insistencia, poniéndole los pelos de punta a Amatsuki.

A modo de toque final para acompañar su conclusión, Kashitaro hizo a un lado todos sus miedos en su arrebato de valor y tomó las manos del contrario. Enseguida entrelazó los dedos, sin aguardar ni pedir permiso. Llevó una de las manos del poseedor de ojos como fuego y la apegó a su mejilla. Este lado lleno de azúcar suyo el cual odiaba tanto dar a conocer, pero por Amatsuki lo valía incluso más.

—Tú... Tú me gustas, Ama-chan. Y creo que demasiado.

Esta vez, quien no supo qué decir, fue él.

Intentó dar una respuesta, pero todo se revolvía de su mente a su boca y terminaba por enredarse. Las palabras no le servirían, decidió entonces.

Inhalando hondo, prolongando el suspenso, pidió.

—¿Pu-puedes cerrar los ojos?

Emocionado, Itō obedeció sin objetar. Sus sueños y anhelos parecían a punto de realizarse finalmente

Sus manos continuaban entrelazadas, pero para responder Amatsuki tuvo que dirigir la mano que el otro frotó contra su mejilla hacia abajo. Más concretamente, al pasto.

Se removió para quedar frente a frente sin soltarse, y así poder acercarse cómodamente.

Temeroso, el menor aproximó su rostro a unos centímetros del contrario. Apreció con lujo de detalle todas sus facciones antes de culminar sus acciones en un beso de media luna. Sus pequeños labios se dirigieron hasta la comisura de los del otro, reposando ahí por unos segundos.

¡No se atrevía a probar su boca tan directamente, era muy vergonzoso!

Aún contando el hecho de no tener sus sentimientos del todo claros, al escuchar la confesión su corazón dijo "sí, estás enamorado" por lo cual ya no cabían las detestables inseguridades.

Se separó lentamente y encajó la nariz sobre el pecho de su, ¿amante, enamorado? Encima de la mancha de tierra pudo sentir el desesperado latir de su suave corazón.

—¿Puedo tomar eso como un sí?

—También te quiero.

Kashitaro, eufórico por dentro y a la vez aliviado, depositó un casto beso en la coronilla de Amatsuki antes de envolverlo entre sus brazos y dejarse caer de espaldas sobre el pasto del parque, arrastrando por supuesto al menor encima suyo.

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