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El ambiente no era el mejor ni el más acogedor (en especial considerando la habitual calma reinante). Todo lo contrario, daban ganas de darse a la fuga apenas los ojos contrarios se distrajeran en algún punto distante. La frase "se puede ver y tocar la tensión" quedaba sencillamente perfecta. Una extraña escena se desarrollaba en algún punto arrinconado del lugar, contorneado por un insufrible silencio y las emociones encontradas de ambos hombres allí presentes. Razones no faltaban, cabe mencionar, para terminar de ese modo.
El joven más alto arrinconaba con su fuerte presencia a quien le exigía explicaciones urgentes.
Pobre Urata, su juego infantil tuvo resultados inesperados, uno de los peores casos.
—¡Deja de jugar conmigo, maldición! —estalló frente a él, su mejor amigo declarado.
—¡No estoy jugando contigo, Sakata por favor! —rogó por un poco de tranquilidad.
—¿Qué no? Entonces dime, Ura-san... —contestó con un tono helado por la ira. Sus ojos parecían puñales afilados, que al mirar al castaño lo hacían temblar y tragar pesado— ¿Se puede saber por qué siempre me quieres tomar de la mano? ¿Por qué diablos usas mi ropa? ¡¿Por qué siempre tienes esa mirada?!
Lo ocultaba realmente bien, mas su voz comenzaba a traicionarlo. Temblaba por la frustración e impotencia. ¿Por qué el mejor día del año tuvo que terminar en una maldita pelea? Más bien ¿Por qué tuvo que percatarse de ello hasta el día en que pretendía dejar su corazón al descubierto?
—Yo —tartamudeó, buscando una respuesta que no fuera a empeorar el momento—, simplemente creí que... Estaba bien... Llevarnos de ese modo.
Dolió. Dolió como una bala despiadada aquella respuesta infantil. Estaría bien llevarse así, por supuesto, mas no jugando con los sentimientos ajenos. A costa de crear ilusiones en la mente ingenua de un enamoradizo chico.
—¿Está bien llevarnos así? Já —rió sarcástico, tragando el amargo sentir. —Si es así, ¿hasta dónde planeabas llegar? ¿Hasta cuándo planeabas decirme que solo... Que no... —las palabras se negaban rotundamente a salir de su garganta; quemaban enormemente desde la laringe. No fue en absoluto la clase de confesión que imaginó, aún peor, sus emociones parecían estar más claras que el agua y por lo tanto sería innecesario decirlo en voz alta.— Te importo?
Como un balde de agua fría, la realidad azotó al de baja estatura. Sus verdosos ojos se abrieron asombrados. Cayendo en cuenta de sus acciones, pudo darle el merecido sentido a esa dramática discusión. Había sido un idiota, un completo idiota, el título de "Aho no Urata" quedaba mejor en él.
—¡No es eso! —desesperado, se excusó— ¡Por supuesto que me importas!
—¡¿Entonces?! —la voz se le quebraba cada vez más. Sentirse usado era lo que más lo ofendía. Con lo mucho que le costó asimilar sus propios sentimientos— No puedes venir a decirme a estas alturas que creías que yo no sentía nada —minúsculas lagrimillas asomaban traicioneras desde la comisura de sus ojos rubí —. Sabes bien... —respiró hondo antes de soltarlo— ¡Tú sabes que me gustas! ¡Urata!
Su voz trémula, acabó de romperse a la par que su corazón. Pero, ¿cómo saber que estaba siendo vilmente utilizado? ¿No era nada para él? ¿Era solo el amigo para pasar el rato al que no le guardaba más que una falsa faceta amorosa? Cuántas veces habrá hecho lo mismo, tantas veces que se miraron como perdiéndose entre los ojos contrarios; tantas veces se fueron juntos tomados de la mano mientras caminaban hacia algún destino misterioso. Los regalos que se dieron, la hermosa relación que llevaban, ¿fue siempre vista desde un punto muy diferente? Si no pensaba en él mas que como amigo, ¿por qué parecía lo contrario? No era su mera imaginación exagerando las cosas, Urata en verdad le seguía el juego. "Vaya mierda que es el amor" pensó.
Careciendo del coraje para seguir encarando al desentendido castaño, se dio la vuelta sin aguardar respuesta, para no tener que escuchar una palabra más. Las lágrimas comenzaban a deslizarse por sus mejillas enrojecidas.
—¡E-espera, Sakata! —musitó inútilmente al verlo partir. Sin embargo no era nadie para seguirlo e intentar hacerlo entrar en razón. No, ni siquiera existía algo que pudiera hacer, Sakata estaba en lo correcto. Urata, causa de su escepticismo, sospechaba sobre los sentimientos del menor, mas, lo que no esperó fue que se intensificaran a tal grado. Felicidades Urata, acabas de lastimar a una de tus personas más preciadas. Y esta herida no sanaría fácilmente, claro que no.
El lado negativo (uno de muchos) yacía en que, la única forma de remediar tal equivocación garrafal era correspondiendo. Por desgracia, él no compartía ese sentir; Sakata lucía tan ilusionado que es hasta doloroso. Quería a Sakata, eso nadie lo ponía en duda, pero todo como una gran amistad en la que los límites están difusos. Debió saberlo, esto solo podía ser culpa suya. Además, si aceptaba por lástima o culpa se sabría de inmediato, conociendo a su tierno pelirrojo crearía un escándalo e intentaría que todos se enteraran de su relación; y aún si no, era horrible sostener esa farsa con tal de quedar como el bueno de la historia. De un modo u otro Sakata terminaría herido.
—Mierda, ¿ahora qué hago? —pensó en voz alta tras haber asimilado su estupidez. Su corazón también dolía, mas la presión oprimiéndolo era una muy distinta. Sin esperarlo, le atacaron las ganas de llorar también. Se sentía la escoria más despreciable.
[...]
Tres golpes secos resonaron sobre la puerta. Bajó la mano mientras aguardaba, esperando no estar siendo una molestia. ¿Podría echar a perder algo más ese día? Quién sabe.
El cerrojo hizo un chasquido y la puerta se abrió, dejando ver la gentil figura de su otro mejor amigo. Los ojos que le dedicaba eran una mezcla de compresión y lástima. Esos ojos añil oscuro conservaban el misterio de siempre, sin contar su introversión. Soraru tenía la apariencia de un total enigma. Uno envuelto en un suéter del mismo color de sus ojos, con un pantalón holgado como de pijama.
Tras un par de mensajes y una llamada en tono preocupado, el azabache terminó accediendo a recibir un afligido tanuki en su hogar para hacer de psicólogo. Esa fue, cuando menos, la impresión que Urata se llevó junto a sus poco expresivas reacciones por chat y su inmutable voz adormilada.
Soraru, en realidad, tenía sus propias razones para reunirse junto al bonito castaño de ojos esmeralda, insospechadas razones de las cuales, quizás el mencionado podría enterarse esa misma tarde.
Al abrir la puerta, su mirada quedó posada en los levemente tristes iris de su visitante. No conocía la raíz de tal alboroto, pero sus brazos siempre estarían abiertos a la posibilidad de apoyarlo. Sin articular palabra, inclinó la cabeza para indicarle que pasara; por mera intuición, supo que era algo difícil de tratar. A pesar de llevarse tan bien, ninguno optaba por la opción de interrumpir en las rutinas del otro a menos que estuvieran desocupados o fuera algo importante.
Con paso tímido, se adentró, seguido del azabache al acogedor departamento. Detrás de la puerta un pequeño pasillo daba entrada al resto de la casa. Después de escuchar el sonido del seguro de la puerta una vez más, Urata se dio la vuelta en dirección a Soraru. Estando a escasos metros, la emoción del momento terminó por consumirlo. El de baja estatura se abalanzó sobre el estupefacto contrario, abrazándolo con fuerza. Pronto sintió su suéter humedecerse en la zona del hombro, junto a unos pequeños sollozos desbordándose. Dolido por ver a su tan querido amigo en ese estado, lo único a su alcance fue corresponder suavemente al gesto y acariciarle pacientemente la espalda. En su confundida cabeza, la única pregunta que rondaba era la de por qué Ura-san se hallaba tan conmocionado y triste. Y (aunque deseaba acallar esa otra voz) si al final del día lograría decirle lo que tenía planeado.
Por mucho que disfrutaran el calor emanado del cuerpo contrario estando tan juntos, llegó la hora de separarse. Urata mantenía la mirada pegada al suelo, avergonzado por su inusual comportamiento frente al más callado de sus amigos. Se encaminaron a la sala y, una vez allí, tomaron asiento sobre el sillón de tres piezas.
—Soraru, yo —comenzó, indeciso—. Bueno, lamento tomarte por sorpresa y venir tan de repente a llorar en tu hombro, no quise importunar.
Sus puños apretados sobre los muslos reflejaban la tensión que le provocaba hablar al respecto, sin embargo, al recibir la cordial respuesta, pudo tranquilizarse.
—¿Importunar? Para nada, Mafu se fue hoy con Luz creo que a celebrar su aniversario de novios o algo así y me dejó solo todo el día —se encogió de hombros, contagiando una risita en su acompañante—. Tú eres y siempre serás bienvenido conmigo Urata, así que dime ¿Qué ocurrió hoy? ¿Quieres hablarlo? Si se puede saber, claro...
—Es complicado, pero al fin y al cabo lo que pasó es mi culpa y me siento terrible por eso.
—Hum, ¿hiciste algo malo?
Asintió antes de proseguir. —Muy malo.
"Pero tú eres la persona más responsable que conozco" pensó extrañado.
—Tanto así que me cuesta decírtelo.
—Vamos, vamos —se inclinó para posar una mano sobre su hombro—. No eres un monstruo, lo que sea que haya pasado seguramente encontraremos una solución. Eres de las personas más empáticas de entre todos mis amigos.
Una triste sonrisa se desdibujó sobre su rostro, antes de negar con la cabeza.
—No Soraru, esta vez fui el idiota más grande. No tengo forma de arreglarlo —suspiró frustrado, deslizando ambas manos sobre su cráneo.
Sin saber con certeza cómo reaccionar ni qué era lo que había sucedido para poner tan mal a Urata, ideó un sencillo plan.
—Ah, eres difícil, ¿eh? —fingió indignación—. Qué remedio, creo que la única manera de hacerte hablar será pagándote una comida.
—¡¿Qué?! ¡No!
Rió sonoramente con el drástico cambio de ánimos por una simple propuesta de comida. Era realmente un ser humano noble, ¿qué pudo haber hecho tan malo?
—Bueno, no sé tú, pero yo sí tengo hambre y ya que viniste hasta mi casa solo para ponerte a decirme adivinanzas creo que me merezco una merienda —razonó ignorando el puchero formado en los cachetes del otro.
—Pero entonces, eso parecería una cita...
Jugó inquietamente con sus manos tras dar a conocer su furtivo pensamiento en voz baja. Oh no, esto estaba mal, de nuevo esas repugnantes mariposas revoloteando dentro de su estómago sin previo aviso le hicieron soltar una estupidez. Lo único reconfortante del asunto era que estaba seguro de no gustarle a Soraru y por lo tanto, su linda amistad no se arruinaría.
—Ah, qué importa lo que parezca, somos dos amigos yendo a comer cualquier cosa, ¿acaso hay algo de malo?
—Claro que no, solo... Me siento mal de hacerte gastar.
—Por favor Urata, usa esa excusa cuando me pidas comprarte una computadora o no sé, algo que valga la pena.
Menos preocupado por el asunto, aceptó la invitación dejando de lado sus redundantes y molestas aflicciones. Si bien tenía intención de contarle a Soraru el origen del drama en su departamento estaba siendo el doble de problemático de lo que creyó. En verdad, admitir haber estado jugueteando con el crédulo corazón de su mejor amigo sin querer le dolía en el alma. Principalmente porque todos quieren a Sakata, y no está seguro, quizás no vuelvan a mirarlo de la misma amigable forma si se enteran de sus despreciables acciones.
Tras algunas vueltas por la calle y sin ganas de verse enclaustrados entre el tumulto del centro comercial, terminaron en un restaurante de ramen, soplando fideos con los palillos para no quemarse la boca. Soraru sería increíblemente delgado, pero comía como si no lo hubiera hecho en cuatro días. En cuanto a Urata, miraba su tazón humeante como si fuera lo más insípido que haya visto en su vida.
—Vamos, ya dime lo que pasó —animó, mordisqueando los fideos y algún vegetal.
—Es sobre... Sakata.
Las cosas comenzaron a tomar forma con aquella simple palabra. La raíz de sus celos bien disimulados salía frecuentemente de la boca del chico de ojos esmeralda.
—Dijiste hace rato que habías hecho algo muy malo, ¿fue a él? ¿Pues qué le hiciste?
Una risilla nerviosa escapó de sus temblorosos labios.
—Verás, hoy en la mañana estuvo muy raro. Desde que nos despertamos me mandó un mensaje de buenos días, como a las siete de la mañana. Me refiero, es un desafío sacarlo de la cama antes de las ocho y de pronto me saluda como si nada, ah, él no es de esas atenciones, es muy disperso para estar recordando darle los buenos días a alguien. En fin, le contesté pero me dejó en visto. No sé, pero eso me tranquilizó algo —otra risa nerviosa, amarga—. Shima y Senra estaban comiendo en la cocina, como si nada. Por si acaso les pregunté si Sakata les había mandado algo como a mí, pero se me quedaron viendo raro. Y lo peor, aún después de eso me evitaba, Sakata, quiero decir. Toqué en la puerta de su cuarto pero no abrió. Entonces me llegó un mensaje diciéndome que lo esperara y bueno, sale como diez minutos después, muy sonriente con una cajita de chocolates...
La sonrisa rota, triste, de su rostro se evidenciaba con cada palabra. La larga introducción no podía confundir más a su acompañante, quien meramente lo miraba tranquila e inexpresivamente. Con una pizca de amabilidad. El suspenso parecía agradarle.
Por un momento, Urata se silenció, no por haber olvidado los sucesos de la mañana, sino por mirar afligido a Soraru, temeroso de revelarle la verdad, aterrado de perder su gentileza.
—Eh ¿Pasa algo?
Y su inigualable voz volvió a estrujarle el pecho. Sentía como su vista podría volver a cristalizarse causa de las lágrimas. "Por favor Soraru, no dejes de tratarme con esta amabilidad, por mucho que sea demasiado pedir" ruega mentalmente.
—No, nada... Este... —sorbió su nariz— Solo tengo algo de frío —mintió abrazándose.
—Hmp, en ese caso deberías comer y terminas de contarme.
Asiente torpemente y pasa el dorso de su mano furtivamente para limpiarse las comisuras de los ojos. Con ese comportamiento no engañaba a nadie, probablemente daba lástima.
Come de mala gana unos cuantos bocados mientras la boca le sabe salado. La vista pegada a su reflejo distorsionado en el tazón. En realidad, Soraru actuaba tranquilo, pero no podía estar más ansioso de enterarse por completo.
Sin previo aviso, Urata reinicia su habla.
—La verdad, con ese comportamiento tan anormal me lo veía venir, pero igualmente me agarró en curva, ah —Soraru lo mira confuso—. Después de la caja me dijo que no preguntara nada todavía, pero que me vería más tarde en su departamento, y bueno, te imaginarás lo que pensé en ese momento.
—Él se... Confesó, ¿verdad?
—Sí, bueno, no exactamente. El problema real llegó cuando fui a su casa.
—¿Por?
—Porque —cierra los párpados en busca de valentía—, porque aunque lo entendí en ese instante, seguía sin creérmelo. E-en su casa arregló muy lindo, solo para mí... Pero, nos acabamos peleando.
El más alto no tuvo muy en claro qué tipo de expresión debía utilizar para ello. El abrupto cambio de tono lo descolocó.
—Es que, dijo un par de cosas —prosiguió—, antes de intentar, pues besarme. O más bien, robarme un beso.
Lo expresó tan fríamente, carente de emoción, que no sonaba realmente a él. No hay engaño, no es como si Urata fuera la persona más emotiva, sentimental, o algo por el estilo, pero esto le daba mala espina al azabache.
—No te gusta Sakata, por lo que veo —dijo suavemente.
En respuesta, el aludido desvía la mirada, negando con un movimiento de cabeza.
—No, aunque él estaba convencido de lo contrario, por eso hizo todo aquello...
—¿Es eso lo que te aqueja? —dulcemente cuestiona. No debería ser, pero le alegra saber que el pelirrojo no se había adueñado del corazón de Urata ni con lo bien que se llevaban.
—No fue solo la pelea, aunque en realidad si fue algo fuerte, comparado a nuestra relación, el problema es que, lo ilusioné horriblemente... Soy una basura Soraru —se lamenta en impotencia.
—Ya pero, no aceptaste sus sentimientos por culpa, ni lástima. En cualquier caso, me parece que hiciste lo más honesto.
De alguna forma, su comprensión lo tranquiliza. O no desea tomar en cuenta el factor por el cual no puede parar de maldecirse internamente.
—No eres basura. Supongo que, tal vez, sabías lo que hacías al momento de ilusionarlo pero, haz de tener tus razones. Me imagino que intentabas conservar su buena relación lo mejor posible y le concedías ciertas cosas —sin estar totalmente convencido de sus palabras, resuelve por ayudarle de ese modo—. La verdad, me parece que no conozco muy bien a Sakata como tú, pero tampoco siento que intentaras lastimarlo.
—Herirlo nunca, sin embargo no es como si estuviera bien lo que hice.
—Y... ¿Ya te disculpaste?
—Aún no.
—Bueno, ahí tienes el primer paso —sonríe levemente.
Consternado, devuelve el gesto. Una vez más, inclina la cabeza en dirección al plato y come lentamente los fideos.
Indeciso, no sabía que tipo de impresión tenía su amigo en aquel momento. Qué tipo de impresión era la que deseaba darle. Misterioso como siempre, un poco expresivo semblante terminaba de marcarse hasta lo profundo de su esencia. Las negras pestañas reluciendo sobre aquellos impenetrables ojos nocturnos. Él, tan lacónico como interesante, dejaba una huella indeleble sobre su indeciso corazón. "Oh Soraru, ¿son tus palabras reflejo de tus verdaderos pensamientos?" se pregunta en un mar de incontrolables posibilidades. Tal parece que aquel poseedor del cabello de fuego perdía protagonismo en su mente, dejando tan solo cabida a los ambiguos consuelos salidos de aquella fría boca, saliendo vapor caliente por la comida.
Ninguno encuentra razones o palabras adecuadas para revivir la conversación. Uno porque yace tan inmerso en sí mismo que prefiere no voltear a encontrarse con la realidad, y otro porque hay tantas cosas que desearía escupir de sopetón a pesar de ser la persona menos hábil verbalmente, decide tragarse las ganas y proceder con cautela.
Terminan su comida cerca de la hora del ocaso, con un viento aún muy invernal surcando las calles atestadas de gente.
—¿Te sientes mejor? —pregunta Soraru con las manos libres, estando en la esquina de la calle.
—Um —medita—, un poco, sí. Todavía necesito arreglar las cosas con Sakata, aunque no dudo que no quiera verme. Apenas pensar en cómo debe sentirse, agh...
Cohibido, conserva su silencio.
—No obstante —retoma—, te agradezco mucho haberme escuchado. No sé qué haría sin ti —sincera jugando con sus pulgares.
—De nada, creo —ríe—. Cambiando de tema, y no te sientas obligado a contestar. Si no te gusta Sakata, ¿hay alguien que sí?
—¿Ha-ah? ¿Por qué tan de repente esa pregunta?
—Curiosidad —rasca su nuca evitando el contacto visual.
—Pues... ¡Creo que hay alguien!
Declara desde su súbito cambio de posición, utilizando esa afinada voz suya para hacerse notar. Aprovechando la mirada extraviada del contrario, echó a correr en cuanto el semáforo quedó en rojo. Su exclamación había sido escuchada a media calle de distancia, por un hombre de cabello negro, anonadado.
Intenta seguirlo, pero Urata agita su mano en señal de despedida y sigue su camino sin mirar atrás.
De ese modo, medio conmocionado y con una incertidumbre alimentándose de sus pensamientos, Soraru volvió a casa, una tarde de catorce de febrero con muchos acontecimientos inesperados.
