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Una semana después de llegar al mundo humano, Ray deja de dormir. O al menos lo intenta. Intenta por todos los medios no dormir, pero como sabe que es imposible vivir sin hacerlo, intenta la mejor opción alternativa: llegar a la cama tan agotado que sea incapaz de soñar.
Porque el problema en verdad no es tanto dormir como soñar. Porque cada vez que entra en el mundo onírico, ella está allí.
No quiere verla. Probablemente sea el único de todos los niños que piensa así, pero Ray no quiere verla.
No quiere porque cada vez que sueña con ella siente rabia. No quiere soñar que le sonríe, recordando que le estaba mintiendo mientras lo hacía. No quiere soñar con sus ojos, sabiendo que no va a volver a verlos nunca más.
La odia, pero en verdad la persona que más odia en el mundo es a sí mismo. Una voz en el fondo de su cabeza, una que suena escalofriante parecida a la voz de su madre le dice que es su culpa, que debería haberse dado cuenta. Hay viejos hábitos que es difícil dejar morir, y la autoculpabilidad es uno de ellos.
Pero hay otro motivo, uno más importante todavía, por el que se niega a soñar con ella. Y es que no quiere consolarse con una versión suya hecha de sueños e ilusiones. Porque construirla a base de recuerdos cada noche significa que no está ahí en su día a día para crear unos nuevos. Significa que nunca la va a volver a ver.
Quiere abrazar a la versión real, a su yo de carne, hueso y cabezonería, quiere abrazar un cuerpo que no se deshaga en humo cuando la estreche entre sus brazos, desvaneciéndose como sus esperanzas e ilusiones.
Pero no importa lo que Ray quiere, nunca importa, no cuando se trata de ella. Da igual lo temprano que se levante, lo mucho que trabaje, estudie y juegue con sus hermanos, da igual lo agotado que caía en la cama al anochecer. Da igual, porque cuando cierra los ojos, ella siempre lo está esperando, haciendo con él lo que quiere sin ni siquiera tener que esforzarse por ello, incluso cuando no está verdaderamente ahí.
Una semana después de que Alex la acoja, empiezan los sueños. Empiezan como vagos trazos de imágenes inocentes, casi bucólicas: un enorme jardín, extendido más allá de la vista, lleno de brillante césped verdes y árboles con frondosas copas, una casa gigantesca y bonita, sábanas blancas que se agitan con la brisa, la risa y los pasos acelerados de los niños al jugar. La sonrisa amable de una mujer hermosa.
Son tan tenues, como imágenes superpuestas con rapidez, que podría pensar que son sueños, salvo que está segura de que no lo son. Son recuerdos de una vida, toda una vida perdida pero que ni siquiera puede asegurar haber perdido.
Solo tiene una única certeza, y es que es incapaz de recordar nada. Sabe que cada noche sueña con los rostros de las personas, pero cuando abre los ojos sus imágenes están difuminadas y es incapaz de verlas con claridad. Alcanza a recordar destellos, como cuando se gira muy rápido y el mundo es borroso pero se puede entender que se está viendo: hay una voz suave, hay el reflejo de la luz sobre los cristales de unas gafas, una mano morena sobre su hombro. Hay cientos de voces de niños que gritan un nombre que se deshace en el aire, como briznas de hierba arrancadas y arrastradas por la corriente. Un nombre que nunca llega hasta ella.
No está particularmente feliz por los sueños, pero tampoco son una incomodidad, así que acaba acostumbrándose a ellos. Cada noche se va a dormir con la esperanza de poder recordar algo, aunque sea mínimo. Al menos, cuando sueña, no se siente perdida, como si le faltara una parte de sí misma que no recuerda dónde dejó y por lo tanto es imposible de recuperar.
Puede calificar los sueños hasta de apacibles, en cierto modo, porque la hacen añorar, pero son tan poco claros que lo hace de una manera platónica y lejana, casi ajena a ella.
Entonces él aparece en sus sueños.
La primera mañana tras soñar con él su pecho está lleno de un sentimiento extraño, le tiemblan las piernas y le hormiguean las manos. Tiene los ojos llenos de lágrimas que no derrama pero no por ello dejan de ser amargas.
Y todo ello es porque en verdad no recuerda absolutamente nada de esa persona al despertar. No puede estar segura si de verdad es un él, tal vez sea un ella, pero lo que más la agobia es que es incapaz de rememorar nada, ni una sola pincelada, de esa persona. Es extraño, porque se siente como si todo su sueño hubiera girado en torno a él, pero donde debería estar él lo que hay es una enorme mancha blanca, un montón de nieve sobre la hierba. Y sin embargo juraría que su sueño había estado lleno de oscuridad hasta que una cerilla se había prendido.
A diferencia de los demás, no hay destello alguno, no hay una mirada perdida, un lunar travieso, no hay nada que recuerde. La única prueba de que no se está imaginado esta nueva presencia que puebla sus sueños es el enorme vacío en su interior, todavía más grande que antes, y el loco latido de su corazón, que galopa perdido sin rumbo, buscando algo que no encuentra nunca en las horas de vigilia.
El día a día se convierte en un tormento, y añora la llegada de la noche como nunca había pensado que lo haría. Desde que aparece por primera vez, no deja de estar presente en sus sueños, cada pequeño detalle parece pertenecer, y todo lo que le pertenece se fractura y se aleja de ella. Su subconsciente no le permite tener ni un solo recuerdo de esta persona aunque su corazón muera un poco cada día al despertar y no encontrar ni rastro de él en sus recuerdos.
Sueña cada noche con él, pero con su aparición también vienen el resto de sueños. Sueños de agonía y desesperación, de correr por un bosque de árboles que se extiende más allá del cielo. Sueños de criaturas escalofriantes que parecen sacadas de cuentos de terror, de ojos vacíos sin vida que no ven nada flotando tras un cristal, sueños de flores rojas empapadas en una sangre que palidece en contraste con el color de sus pétalos. Sueños de un mundo lejano y que a la vez parece grabado en sus venas.
Se despierta agitada, sudando y con el corazón desbocado. No por la muerte y el terror, nunca por ello. Siempre por él.
Intenta despertarse de sobresalto varias veces, utilizando relojes para marcar las horas. Espera que al despertarse de golpe, pueda recordar algo, lo que sea.
Pero esa misteriosa persona sigue siendo misteriosa.
Se despierta una mañana más agotada de lo que se fue a dormir, y es incapaz de hacer otra cosa más que acurrucarse sobre sí misma y llorar desconsoladamente hasta quedarse dormida de nuevo.
Cuando abre los ojos, despertada por Alex diciéndole que se apresure que tienen que ir al mercado, hay un destello de una mirada oscura en el fondo de su mente. Su corazón se salta un latido, pero el anciano la apura y cuando sus pies tocan el suelo, el recuerdo se ha desvanecido de su mente, como si nunca hubiera estado allí.
Ha sido incapaz de ver su rostro, de oír su voz o de sentir sus manos, pero cuando por fin lo tiene frente a ella, mirándola como si fuera el mayor milagro jamás contemplado, solo puede pensar que el milagro es él. Porque es él, está aquí por fin. Su persona misteriosa. Incluso sin recuerdos algunos habría sabido que el chico que tiene delante, pelo negro, ojos profundos y el menor de los indicios de una bellísima sonrisa, es la persona que lleva apoderándose de sus sueños desde hace meses.
El chico la envuelve en sus brazos, la estruja tan fuerte que parece temer que se escape.
Susurra un nombre.
Emma.
Su corazón late desbocado pero esta vez no es porque esté perdido buscando un camino que seguir. Es porque por fin lo ha encontrado, y corre apresurado. Corre para llegar a casa, por fin.
Cuando por fin la abraza, cuando por fin estrecha su cuerpo contra el suyo con mucha más fuerza de la que debería, cuando entierra su rostro en su cabello y susurra su nombre, ahí es cuando descubre que no hace falta cerrar los ojos para soñar.
