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1
El humo es visible por encima de las copas de los árboles, la luna brilla generosa esta noche, augurando un buen futuro para su huida.
Ray no mira ni a la luna ni al humo, sino que contempla perplejo a los niños, a sus hermanos, que le sonríen y le saludan desde el otro lado del abismo. Un abismo que pensó era insalvable, imposible de cruzar.
El abismo que ahora los lleva a la salvación.
Sonríe. Supone que es un gesto más irónico que otra cosa, pero solo hay sinceridad tras él. Ray sonríe. Le sonríe a Emma, le sonríe a Thoma y Lannion, y le sonríe a la asustada Jemima mientras se acerca a ella.
—Cruzaremos juntos —dice.
Hay algo que se agita en su pecho, algo que le dice que por primera vez va a contribuir en salvar a uno de sus hermanos, que no va a dejar que se dirija derecho a la muerte sin poder hacer nada.
Emma susurra su nombre, con emoción y alegría en los ojos. Ray cree que también ve orgullo, pero no cree merecerlo así que decide pasarlo por alto.
No obstante, antes de cruzar, agarra la mano de Emma. Es tan solo un momento, un apretón fuerte de unos solos segundos de su mano sobre la mano de la chica, sin ni siquiera girarse a mirarla, pero espera que ella entienda todo lo que quiere decirle con ese gesto.
Gracias. No te voy a fallar. Voy a estar aquí. Gracias.
Cruza con Jemima bien aferrada entre sus brazos, y después los otros dos no tardan en llegar junto a ellos.
Emma viene la última. Hace un aterrizaje perfecto con una sonrisa enorme en el rostro. Pasa la vista por todos sus hermanos, pero la detiene finalmente en Ray.
Ella entiende.
Mientras Mamá Isabella contempla el abismo, aquel que pensó sus hijos, su hijo, nunca cruzaría, los niños corren por el bosque hacia la libertad como un solo ser.
2
Emma no odia demasiadas cosas, pero estar convaleciente es una de ellas. No se arrepiente del acto que la llevó a recibir la herida que la obliga a estar en cama pero eso no hace que las semanas se le hagan interminables.
No está sola, nunca lo está. Don, Gilda y Anna se turnan para hacerle compañía y contarle qué tal van las cosas en el refugio. Yuugo pasa todos los días para saludar, y poco a poco se queda más tiempo a charlar con ella, aunque sigue siendo huraño y quejica, pero siempre se asegura de decirle que todos los niños lo están haciendo bien. Los chicos de Goldy Pound, que ahora supone son parte de la familia, también la visitan, pero de uno en uno, obligados por Gilda desde aquella tarde en que se juntaron demasiados en su cuarto y aquello parecía una fiesta y no el cuarto de una chica herida. Sus hermanos más pequeños vienen a visitarla en pequeños grupos vigilados por los mayores, y aunque Emma adoraría tenerlos con ella todo el tiempo, los obligan a salir pronto porque tiene que descansar.
Son muchos pero también tienen muchas cosas que hacer para sacar el refugio adelante, y aun así se las arreglan para que siempre haya alguien con ella durante el día.
Ray siempre la acompaña por las noches.
El muchacho se queda a hacerle compañía todas las noches, solo falta un par de ellas y es única y exclusivamente porque se pelea a gritos con Yuugo, quien le dice que si quiere aguantar en pie durante el día debería dormir un poco más. Parece ser que está tan o más ocupado que los demás, seguro que casi todos los niños acuden a él en busca de consejo, así que suele llegar después de cenar, así que tienen muy poco tiempo para hablar, ya que Emma siempre se queda dormida muy pronto, cayendo rendida ante los sedantes que la ayudan a sobrellevar el dolor del tirante tejido que cicatriza lentamente. Siempre se queda dormida con Ray sentado en la silla junto a la cabecera de su cama. Al despertar, la silla siempre está ocupada, pero nunca por Ray.
Emma odia pocas cosas, pero ver a Ray solo unos pocos minutos al día es una de ellas.
Es lógico, dado que llevan pasando casi todos sus días juntos desde que tiene memoria. Además, los últimos meses antes de la huída habían estado muy separados, y luego vino el bosque, y luego Goudy Pound, y aunque todavía tiene un agujero en el estómago ahora se puede decir que el ambiente es más tranquilo y por fin pueden relajarse, y Emma quiere pasar tiempo con Ray.
Lo echa de menos.
Desea poder bajar el nivel de la morfina, pero sabe que como se atreva a decir algo Ray es capaz de subirle la dosis, así que prefiere callarse y atesorar con cariño esos pocos minutos de su compañía.
Esa noche no es diferente. Ray aparece por la puerta poco después de cenar con un libro bajo el brazo y una sonrisa cansada para hacerle el relevo a Gilda. Emma siente el tirón en su corazón que siempre aparece al ver a Ray, pero su cuerpo está muy cansado (no sabe de qué, si no ha hecho nada en todo el día) y siente que no va a durar mucho tiempo despierta.
Ray se sienta a su lado y habla un poco con ella. Emma intenta ponerle todo el entusiasmo posible a la conversación, ignorando la pesadez de su lengua en su boca. Intenta beber con sus ojos a Ray, pero siente que los párpados se le cierran en contra de su voluntad.
El chico sonríe y estira las manos. Emma cree que le va a dar uno de sus acostumbrados capones, pero no tarda en notar que lo que hace es extender las mantas para arroparla.
—Debes estar cansada —le dice con suavidad—. Duerme, no te preocupes por nada.
Quiere protestar, por supuesto que quiere, pero su cabeza se acomoda en la almohada. A través de sus ojos entreabiertos puede ver como Ray coge su libro, dispuesto a leer.
Reúne toda su fuerza, la poca energía de la que su cuerpo dispone, para abrir los labios y decir:
—Odio esto. Odio verte tan poco tiempo. Y —ahoga un bostezo, sintiéndose más en el mundo de los sueños que en el real— y que cuando despierte, nunca estés.
Está casi dormida, así que no está segura de que sea verdad, pero nota una calidez rodeando su mano. Pronto sus dedos están entrelazados con otros largos y delgados. La aprietan con fuerza, y luego aflojan el agarre, pero nunca la sueltan.
—Estaré aquí. No voy a ninguna parte —susurra la voz de Ray en sus sueños.
Cuando a la mañana siguiente Emma empieza despertarse, lo primero que nota es la mano que sostiene con fuerza la suya. Abre los ojos de golpe y mira a su lado. Ray está sentado en la silla de una manera muy poco cómoda, cuando se despierte seguro que le dolerá el cuello, pero su rostro tiene una expresión pacífica que Emma no recuerda haber visto en mucho tiempo. O que quizás en realidad nunca ha llegado a ver.
Se acomoda mejor en la cama, de lado, para poder mirar a Ray, sin soltar su mano. Se queda dormida de nuevo así, mirándolo. Sin soltar su mano. Si dependiera de ella, nunca la soltaría.
3
Ray todavía no puede creer que hayan encontrado el templo, en especial porque solo han logrado rastrearlo a través de los recuerdos de Emma.
Es un lugar bastante impresionante, debe admitir Ray a regañadientes. Quizás no demasiado llamativo por fuera, más los dibujos de las bóvedas son alucinantes. Intenta, en vano, no sentirse cautivado por el fresco del sol y la luna, la noche y el día, pero es francamente precioso. Es increíble pensar que una civilización cruel y sanguinaria como los demonios tengan también un toque especial para crear arte. Aunque quizás no debería resultarle tan extraño. Han pasado de incógnito por varios pueblos y aldeas, y los demonios que allí han encontrado eran muy distintos a las criaturas terroríficas y frías de Goldy Pound. Eran más parecidas a Sanju y Musica. Más…
A pesar de todo, Ray se niega a terminar ese pensamiento, y en su lugar se deja invadir por la emoción de Emma, que corre de una torreta a otra, queriendo contemplarlo todo a la vez y al mismo tiempo nunca llegando a apreciar los detalles de las cosas.
Se detiene finalmente frente a una de las torretas. Ray solo alcanza a verle la espalda, pero puede ver como sus manos se aferran a los barrotes, apretando con fuerza.
Cuando se acerca a ella, preocupado porque quizás le puede pasar algo, el rostro de Emma está iluminado por un resplandeciente color dorado, pero más resplandeciente todavía es la sonrisa que está dibujada en su rostro, más hermosa que cualquier pintura.
“Es como el sol”.
—Lo hemos encontrado, Ray. Lo hemos hecho —le dice, y en un momento atípico de Emma, su voz es suave y casi reverencial.
Ray se acerca todavía más a ella y contempla el interior de la torreta entre el hueco de los barrotes. Al ver su interior, no puede más que lanzar un suspiro y esbozar una sonrisa.
—Lo encontraste, Emma —afirma él, contemplando la fuente de brillante agua dorada que ilumina todo el lugar, sus rostros, que parece capaz de iluminar el mundo entero.
—No —contradice Emma, y Ray siente como la mano de la chica agarra la suya—. Lo hemos hecho. Juntos.
Desliza sus dedos por el dorso de su mano, y luego su palma en su palma, hasta que finalmente los dedos de ambos quedan entrelazados.
—No podría haberlo hecho sin ti.
Se gira a mirarla, solo para encontrar que los ojos de ella están fijos en él. No ha dejado de sonreír en ningún momento, pero hay una calidez en su sonrisa que es diferente, que no es la sonrisa de “hemos encontrado el templo por fin”, sino otra sonrisa, una con la que siempre mira a Ray. Al instante Ray le corta las alas a la ilusión y se dice que debe estar imaginando cosas.
Aparta la mirada y vuelve a contemplar el agua dorada. Emma lo imita.
Ambos la contemplan durante un buen rato, y luego los demás se unen, fascinados y emocionados de por fin haber encontrado aquello que parecía más una leyenda que una realidad, sintiéndose cada vez más cercanos de encontrar los siete muros.
En ningún momento sueltan la mano del otro.
4
La visión de Emma como una niña es impactante. No tanto por verla de nuevo como cuando era pequeña, sino porque su sonrisa sigue siendo exactamente la misma y eso conlleva un golpe emocional para él. Porque se da cuenta de que Emma nunca ha dejado de ser esa niña que se caía y se levantaba y corría a vendar rodillas ajenas antes de hacerse cargo de sus propias heridas. Sigue siendo la niña brillante que obsequiaba a todo el mundo con su sonrisa.
Y Ray, Ray en verdad nunca se ha sentido un niño. Siempre ha sido un adulto, o peor, siempre ha sido un prisionero. Prisionero de unos recuerdos espantosos, prisionero de su madre, prisionero de un cuerpo pequeño y débil con el que era incapaz de salvar a sus hermanos. Siempre se ha sentido cansado, desde que tiene memoria, y es completamente opuesto a la vitalidad de Emma, más evidente aún viendo a Emma con su cuerpo de niña pero la misma sonrisa de siempre.
Entonces Emma alza las manos, pequeñas, suaves y delicadas, y agarra las suyas, grandes, agrietadas y arrugadas. Lo mira fijamente con esos ojos verdes que no lo dejan dormir y que cuando le dan tregua lo persiguen en sus sueños. Y le dice que confíe en ella.
Hay una cosa que el Ray niño, que el Ray que siempre fue prisionero de un conocimiento más grande que él, nunca hubiera hecho: confiar en que otro le diera la solución.
Pero, se da cuenta, ya no es ese Ray. Emma sigue siendo la misma Emma de siempre, pero él lleva cambiando, evolucionando, desde la noche en que se bañó en gasolina.
Este Ray devuelve el agarre a Emma, y entrelaza sus manos, ahora iguales de pequeñas e inocentes, con las de ella. Le sonríe y cierra los ojos. Y confía.
Confía en el mundo, en el destino, en las infinitas posibilidades que este les ofrece.
Pero sobre todo confía en Emma. Confía en ella como nunca jamás ha confiado en nadie.
El mundo cambia a su alrededor, puede sentirlo. El tiempo se acelera, se detiene, retrocede. El mundo crece y se destruye. Fluye nueva vida, que florece y acaba en muerte. Brilla el sol, brilla la luna, brillan las estrellas.
El mundo cambia a su alrededor, pero la calidez de las manos de Emma entre las suyas no cambia, y Ray piensa asegurarse de que, si algo va a ser fijo, inamovible indiscutiblemente permanente en su vida, será ella.
5
Cree que podría estar perdida. Bueno, está casi segura de que se ha perdido. Eso es lo que pasa cuando vas de excursión de un lugar a otro sin parar en un mismo día: que al final alguien se acaba extraviando Y por supuesto tenía que ser ella.
Están ahora mismo en una enorme y bonita ciudad costera en la que han decidido hacer un poco de turismo antes de ver el plato fuerte (¿Una iglesia? ¿Una catedral?). Es una ciudad que bulle de vida, y entre toda la gente de la ciudad, y toda la gente de su grupo, el parque en el que están ahora mismo está abarrotado de gente. Y cuando vas con tanta gente, es normal que te confundas y te acabes perdiendo. En especial si son personas con las que todavía luchas día a día por poner nombres a sus rostros. Al final, se había quedado contemplando ensimismada una de las vistosas esculturas del parque pensando que Don y Hilda eran los dos que estaban a su lado y cuando se había girado a mirar se había dado cuenta de que eran personas completamente distintas que ni siquiera hablaban su idioma. Encima la habían mirado como si fuera tonta.
Aunque quizás lo fuera.
No quería moverse demasiado de ese sitio, pero quedándose quieta tampoco iba a encontrar a nadie. Salió casi corriendo cuando vio unos niños en la distancia, pensando que podrían ser Phil y el resto, a unos pocos metros se dio cuenta de que no lo eran, y que al lado de ellos había un par de señoras que la miraban con cierto aire de preocupación. Les sonrió, se dio media vuelta antes de crear problemas y empezó a caminar sin rumbo.
Definitivamente, estaba perdida.
No sabía que iba a hacer en aquella enorme ciudad para encontrar a los chicos. Sí, eran muchos pero también había muchos metros y metros en los que podían estar y podrían incluso estar andando en círculos buscándose mutuamente.
Lanzó un profundo suspiro.
De pronto una mano se cerró con fuerza en torno a la suya. Era una mano más grande que la de ella, más áspera, de largos y delgados dedos que encontraron su camino rápidamente entre los suyos, afianzando su agarre, como si hubiera hecho eso muchas veces antes.
Y de hecho, así era.
Podría haber saltado, sobresaltada por ser agarrada de repente en medio de la multitud, pero su cuerpo hizo lo contrario: se relajó de inmediato al contacto. Conocía a esta persona. Sabía quién era.
Lo supo incluso antes de que Ray se colocara junto a ella y la mirara con el ceño fruncido.
Todavía se peleaba con los nombres de algunos de los chicos, pero el de Ray nunca había supuesto un problema.
—Debí haber imaginado que te quedarías embobada en algún sitio y te acabarías perdiendo —masculló con tono de reproche.
—Lo siento, Ray —dijo ella esbozando una sonrisa lastimera, a lo que él suspiró.
—Vamos, vamos a unirnos a los demás antes de que piensen que te hemos perdido y les dé un ataque.
Empezó a andar y ella lo imito, caminando a su par. Sus manos seguían entrelazadas, el agarre de Ray sobre ella más fuerte de quizas lo estrictamente necesario.
Quizás él también estaba preocupado por pensar que la había perdido.
La había perdido una vez ya, al fin y al cabo.
“Y yo lo perdí a él” pensó repentinamente, y aquella idea le acelero el corazón.
Lo había perdido una vez, lo había perdido y ni siquiera tenía sus recuerdos, había sido una sombra en las luces de sus sueños, una nube que al alcanzar con la mano se desvanecía.
Lo había perdido, y saber que había perdido algo pero no saber el qué, o a quién, la había matado por dentro.
Apretó su agarre sobre él.
Ray se volvió a mirarla con los ojos muy abiertos.
—Oh, lo siento —dijo y bajó la mirada hasta sus manos unidas—, no me he dado cuenta, lo siento yo…
Empezó a aflojar sus dedos con la clara intención de soltarla pero ella alzó su otra mano y la cerró sobre la de él, impidiéndoselo.
—¡No!
Ray parpadeo confuso.
—No, no me sueltes —dijo ella, y su voz acabó siendo apenas un susurro, sus mejillas calientes y no por el brillante sol de España—. No quiero que lo hagas.
“No me sueltes nunca” era lo que de verdad quería decirle, pero no se atrevía.
El chico la miraba fijamente, y ella sentía su sonrojo crecer por momentos, pero entonces un poco del rojo de sus mejillas pareció contagiarse a las de él, que apartó la vista, azorado.
—No lo haré entonces —aseguró él, y volvió a tomar su mano con la misma fuerza de antes—. No quería hacerlo, tampoco —confesó.
Ella sonrió y su corazón siguió latiendo acelerado pero esta vez por otro motivo muy distinto. Uno mucho más feliz y emocionante.
Reanudaron la marcha, sus manos bien agarradas para no perderse entre la multitud, para asegurarse de que nunca volverían a perderse el uno al otro.
+1
Años más tarde, durante unas vacaciones de verano, Emma y Ray volvieron a Barcelona. Volvieron a visitar la Sagrada Familia, y Ray volvió a llorar al verla. Volvieron a bañarse en sus playas, volvieron a recorrer las callejuelas llenas de arte y colores, y volvieron pasear.
Sin embargo, esta vez no iban tomados de la mano. A pesar de ello no había sentimiento de lejanía, sino que se sentían más cerca del otro de lo que se habían sentido la primera vez que estuvieron en la ciudad. Porque puede que no fueran agarrados directamente de la mano del otro, pero sí que tenían las manos unidas. Tenían las manos unidas, pues entre ellos siempre caminaba una personita, con una mano bien agarrado a Emma, y con la otra bien agarrado a Ray.
