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Ha llegado la primavera, la nieve se ha descongelado y los enormes campos de hierba están a disposición de los niños para correr y jugar en ellos. La visión es muy similar a cuando todavía estaban todos en Gracefield, con la evidente diferencia de que ya no van todos vestidos exactamente iguales. Hay otras diferencias, las heridas que todos cargan después de las experiencias vividas, pero esas no son tan obvias. Algunas son físicas, otras son internas, corren por sus cerebros y sus corazones torturándolos con recuerdos de la agonía que han vivido cuando parece que por fin van a aprender a vivir con tranquilidad.
Ray intenta no pensar en ello, e intenta superponer la nueva imagen de todos sus hermanos sonrientes sobre sus amargos recuerdos. Él no se ha unido a la diversión, sino que está recostado bajo la apacible sombra de un gran árbol con una pequeña pila de libros. Ha descubierto que hay muchas, muchísimas más obras literarias en el mundo humano de las que disponían en el mundo de los demonios, y cada vez que se pone a mirar títulos su lista de libros por leer aumenta considerablemente. Sin embargo, no hay presión alguna al leer. Ahora es libre, lee porque quiere, porque le apetece, porque le ayuda a escapar de los terrores nocturnos. No tiene que leer para asegurarse qué será lo suficientemente inteligente, para estar seguro que estará al nivel de Norman y Emma, para tener el conocimiento necesario para mantener a sus hermanos con vida.
Ahora lee porque puede, porque quiere y porque lo disfruta.
Y esa es la mayor liberación de todas.
Así que está ahí, tumbado leyendo, aunque no todo el tiempo sus ojos están sobre las páginas. De vez en cuando, cuando las risas y los gritos son especialmente escandalosos, Ray levanta la vista y mira con una sonrisa a sus hermanos. Le agrada verlos felices.
Una chica pelirroja entra en su campo de visión justo en ese momento, y Ray se admite a regañadientes que la risa de sus hermanos lo hace feliz, pero es la visión de ella lo que le hace sonreír como un bobo.
Emma está corriendo por el prado, sus hermanos tras ella, todos con enormes expresiones de felicidad. Ray deja apartado un momento el libro que está leyendo para agarrar la cámara de fotos y capturar el momento. Ahora también las cosas que tiene no forman parte de un plan elaborado de escape; las tiene porque le gustan.
Está decidido a seguir con el libro (lo había dejado en la mejor parte) cuando alguien se interpone entre él y el sol.
Sabe que es Emma incluso antes de levantar la vista, la sombra que proyecta su pelo es inconfundible.
La chica solo le sonríe mientras se tumba a su lado en el césped lanzando un suspiro de cansancio.
—Estoy agotada. ¡Tienen una energía que no se acaba nunca!
Ray está a punto de decirle que ella es exactamente igual, pero se muerde la lengua y tan solo le sonríe. Emma, aunque la puedan seguir llamando Emma, no es por completo la chica que todos conocen y recuerdan. Ray es consciente de que está luchando lentamente por adaptarse a esta nueva realidad en la que hay un montón de personas, en especial un montón de niños gritones, que dicen que son sus hermanos. Emma lo afronta todo con una sonrisa que es dolorosa de ver porque es, bueno, es puramente Emma, pero sabe que ella no recuerda que antes sonreía así, y eso lo hace doloroso.
Él solo quiere hacerle las cosas fáciles, así que intenta que los comentarios como ese no salgan demasiado a menudo como para que la chica sufra o se sienta culpable.
—Mejor que se cansen ahora que después por la noche tengan ganas de fiesta —es lo que dice en su lugar provocando que Emma se ría.
Se apoya sobre los codos para poder mirarlo mejor y entonces se queda muy quieta, mirando algo por encima de la cabeza de Ray.
—No te muevas —susurra, y Ray obedece, más que por conciencia por memoria muscular. Una orden similar a esa le ha salvado la vida varias veces.
Emma extiende la mano y roza algo en su cabeza y luego la retrae. Para sorpresa de Ray, posada sobre la mano de Emma hay una enorme mariposa de alas violetas. La mariposa agita levemente las alas y vuela desde la mano de la chica hasta Ray de nuevo.
Se posa en su nariz, arrancándole una nueva risotada a Emma.
—Vaya, parece que te quiere mucho.
Antes de que pueda pensarlo, Ray se pone bizco para contemplar al insecto que tiene en la cara, lo que hace que Emma se ría aún más. Él finge una mueca de desagrado, aunque por dentro está feliz. La risa de Emma es la mejor música del mundo.
Esta vez es él quien aparta con suavidad a la mariposa de su rostro, pero el insecto no parece querer alejarse. Se queda apaciblemente posado en la palma de su mano, agitando las alas con lentitud, sin intención alguna de volar.
—No parece herida —es extraño que no haya huido ya de ellos.
—Quizás simplemente es que le gustes.
Emma acompaña su comentario con una sonrisa, y Ray de repente recuerda algo. No es el recuerdo de algo vivido, sino de algo leído hace mucho mucho tiempo. Una información sin aparente importancia, como muchas otras que se quedan rondando por el fondo de su cerebro y que salen a flote cuando menos se lo espera.
Emma debe notar la repentina tensión de su cuerpo, pues se incorpora hasta quedar sentada, sus rostros a la misma altura, y le pregunta con preocupación que qué le pasa.
Ray niega con la cabeza, sus ojos todavía posados en la mariposa, que parece comodísima en su mano.
—Nada es solo que… una vez leí que algunas culturas consideran las mariposas como las reencarnaciones de las almas. Y está en particular… —contempla las luminosas alas de la mariposa, de un tono violeta que le es extremadamente familiar—. El color de sus alas me ha recordado a alguien, eso es todo —termina Ray, intentando que no le tiemble la voz. Con la mano libre, agarra la hierba con fuerza.
Los ojos de Emma brillan con ternura bajo la luz del sol mientras se deja caer contra el hombro de Ray con lentitud, para que el chico sepa que va a hacer y se pueda apartar si quiere. El cuerpo de Ray entra y sale de la tensión en escasos segundos y cuando la cabeza de Emma está tan cerca de él que puede sentir su cabello rozándole el hombro, siente una paz y tranquilidad que aleja todos los pensamientos de angustia anteriores.
Emma no lo mira a él, sino que contempla a la mariposa.
—Debió haber sido una persona hermosa —dice simplemente.
No es una invitación a que le cuente, es un simple comentario. Es consciente de que hay muchas cosas que Ray oculta, no porque no quiera que las sepa pero quizás porque ella todavía no está preparada para escucharlas, o porque él no está preparado para decirlas, o quizás por las dos cosas. Puede que Emma todavía no tenga sus recuerdos, que haya días en los que sigue sin responder al nombre de “Emma”, pero entre Ray y ella hay una comprensión que juraría ha trascendido más allá de la pérdida de los recuerdos, que pervive todavía en ellos. Así que deja caer con suavidad su cabeza en el hombro de Ray, y deja que el silencio los envuelva mientras el chico mira la mariposa con una expresión agridulce en su rostro.
Ray quiere hablarle a Emma de Isabella. Quiere hablarle a Emma de su madre. Y lo hará, solo que no en ese momento. Puede que ni siquiera esa semana. Lo hará cuando crea que ella está preparada, y cuando él esté preparado, y entonces le contará todo lo que ansía decir en voz alta y responderá a todo cuanto ella quiera preguntar.
Pero hoy no es el día en que abre su corazón y descarga todos sus sentimientos encontrados por esa mujer. Hoy, hoy simplemente se queda mirando la mariposa y sus alas violetas y piensa en sus ojos.
La tranquila respiración de Emma le dice que se ha quedado dormida sobre su hombro, y funciona como el mejor de los calmantes, porque cuando se va a dar cuenta sus ojos también se están entrecerrando, los sonidos de los juegos de sus hermanos son lejanos, lo arrullan como una nana.
"Todos están bien, todos están a salvo" se repite en la cabeza como un mantra. Viejos hábitos difíciles de morir.
Se rinde en su lucha contra sus párpados.
Su mano permanece abierta sobre su pecho, encima descansa la mariposa que alza el vuelo, pero no se marcha, se queda revoloteando por alrededor de los dos niños, y su vuelo es pronto acompañado por un montón de más mariposas, todas de un blanco puro e inocente. Entre todas, vigilan que tengan un sueño tranquilo.
