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Tiene cinco años cuando ve la cicatriz de su padre por primera vez.
Están tumbados en el sofá, él está estirado encima de papá, mientras papá lee y él ve dibujos animados. El siguiente capítulo que retransmiten es repetido (lo ha visto tantas veces que ya se lo sabe de memoria) pero está muy a gusto tumbado con papá y no tiene ganas de moverse, así que se dedica a mirar a su padre. El adulto tiene un brazo echado sobre la espalda del niño para impedir que se caiga, pero sus ojos están puestos en el libro, que sujeta de tal forma que el pequeño pueda verle el rostro a la perfección. En su aburrimiento se dedica precisamente a eso, a mirar la cara de su padre. En clase están aprendiendo a nombrar todas las partes del rostro y aunque él ya es más que capaz de recitarlas todas sin pensar las mira con detenimiento y las va nombrando: la frente, la nariz, las cejas, los ojos, los labios, las mejillas, las orejas…
Es ahí cuando se da cuenta por primera vez de que a la oreja de su padre le pasa algo. Inclinando la cabeza para ver mejor, comprueba que lo que le pasa es que parece como si le faltara un pequeño trocito. Como cuando estás haciendo un puzzle, te falta una única pieza y puedes ver la mesa a través de ese hueco.
Antes de que pueda pararse a pensar (cosa que según papá no hace muy a menudo) extiende la mano y le roza la oreja. Su padre da automáticamente un respingo, suelta el libro que cae al suelo con un golpe sordo y el brazo que lo envuelve se aprieta a su alrededor, afianzándolo contra él.
—Lo siento —susurra cuando su padre lo mira con los ojos muy abiertos.
—No pasa nada. Me has hecho cosquillas —le explica, y al instante procede a hacerle cosquillas en las costillas, provocando lágrimas de risa.
—¡No! ¡Papá, para! —le suplica entre carcajadas, y su padre se detiene con una sonrisa enorme.
Él lo mira sonriendo, pero ahora que sabe que esa extraña muesca está en la oreja de papá no puede evitar que sus ojos se desvíen a mirarla. Su padre, la persona más inteligente que conoce (incluso más que el tío Norm) se da cuenta de inmediato y toma su mano y la devuelve al sitio que había tocado instantes antes.
Le ayuda a pasar el dedo por el contorno de la oreja, notando a la perfección el hueco, el trocito que falta. Papá lo ayuda a rozar con más profundidad el hueco, lo invita a tocarlo sin reparos. Sorprendentemente, es bastante suave al tacto.
—¿Te duele? —pregunta, como una ocurrencia repentina.
Papá niega con suavidad para no mover su mano.
—En absoluto.
—¿Pero dolió? —insiste.
Su padre lo mira con los ojos entrecerrados pero una sonrisa en los labios. Es la expresión que pone cada vez que dice algo que es “demasiado inteligente para su edad”. Sin embargo, no importa que tan extraña puedan ser sus preguntas a veces, papá siempre responde a todas.
—Sí, dolió.
El pequeño aparta la mano para contemplarla mejor. Resulta muy evidente ahora que sabe qué buscar.
—¿Cómo te la hiciste? —pregunta, sus ojos fijos sobre la herida.
El pecho de su padre se mueve en pequeñas respiraciones. Sabe que se está aguantando las ganas de reír, así que no se espera lo que responde.
—Tu mamá me la hizo.
—¿¡Mamá te hizo daño?! —exclama el pequeño con toda la potencia de su voz.
Mamá es la persona más buena y amable del planeta, en su pequeña cabecita es imposible que le haga daño ni a una mosca.
Su padre suelta una carcajada mientras se incorpora para sentarse en el sofá, todo ello mientras lo sujeta fuerte para que no se caiga y lo deja sentado en su regazo.
—Sip. Tu mamá lo hizo. Pero lo hizo para protegerme.
—¿Para protegerte de qué? —. Ahora está todavía más confuso.
Papá le acaricia la cabeza y le aparta distraído mechones de cabello de la cara. Lo está mirando, pero a la vez parece estar viendo algo muy muy lejano. Es una expresión a la que se ha acostumbrado, porque papá, mamá, y también sus tíos, la ponen a veces, cuando se piensa que él no está mirando.
—De alguien malo. Pero no debes preocuparte, porque tu mamá, tus tíos y yo, conseguimos ganar —le explica con una sonrisa, e incluso alza el puño como hacen los héroes de sus películas. El pequeño se pregunta vagamente si quizás sus papás sean héroes y se lo hayan ocultado todo este tiempo. Sin embargo, tiene otra pregunta más urgente.
—¿Y no te molesta? Tener una herida fea en la oreja —aclara cuando su padre lo mira con duda, y se avergüenza al instante. No es una herida fea, no en verdad. Ya ni siquiera es una herida, es otra cosa, ha escuchado la palabra antes pero no…
—Es una cicatriz —dice papá, que parece leerle el pensamiento—. Yo no la considero fea. Y no, no me molesta en absoluto.
—¿Por qué?
Papá sonríe, una sonrisa pequeña pero llena de cariño y amor.
—Porque es un símbolo el de amor de tu madre.
—¿Del amor de mamá?
—Ajam.
Mira la herida, la cicatriz, ahora con unos ojos muy distintos. No termina de entender qué quiere decir papá con sus palabras, hay muchas muchas veces en las que no entiende a papá, o a los adultos en general. A veces insiste, porque quiere comprender, pero esta vez no lo hace. Simplemente se queda mirando la herida, hasta que papá le hace unas pocas cosquillas más y le dice que si quieren leer algo juntos.
Antes de que papá termine de hacer la pregunta, el pequeño ya ha saltado al suelo y está corriendo en busca de sus cuentos favoritos.
Tiene siete años cuando ve la cicatriz de su madre por primera vez.
Es una tarde de agosto y el sol por fin está dando un poco de tregua, así que mamá sugirió que salieran al jardín a jugar al tenis. A su madre le encanta cualquier cosa que implique movimiento, es una gran aficionada al deporte, muy atlética, y aunque él es bastante flojo (o al menos eso es lo que dice su profesor de Educación Física) sí que hace mucho deporte con su madre, más porque le gusta pasar tiempo con ella que por otra cosa.
Están en el jardín, su madre va ganando por un punto y aunque no haga el mismo calor que a las cuatro de la tarde todavía la temperatura es alta, así que su madre usa un coletero para apartarse del rostro el cabello que le cae sobre los hombros en brillantes ondas. Siempre ha pensado que el pelo de su madre parece el sol, y le da bastante envidia no tener su mismo color.
No le da demasiada importancia y siguen jugando durante un rato, hasta que en un momento su madre se agacha para recoger la pelota y entonces la ve.
Lo primero que piensa es que es imposible que no la haya visto antes, porque es bastante grande, ocupa gran parte del lateral de su rostro, una cicatriz de un rosado que destaca bastante contra su piel. Se va estrechando en los extremos hasta acabar en una delgada línea para luego desaparecer. El centro es lo peor, porque es un pequeño agujero rodeado de cicatrices pequeñas.
La cicatriz está donde debería estar la oreja de su madre. A su madre le falta una oreja y nunca había recaído en ello, y tiene que ser algo que ocurrió antes de nacer él, o cuando era muy pequeño, porque no hay manera que durante los últimos años su madre haya recibido una herida semejante y él no se haya dado cuenta. No cuando dicen que es un chico muy inteligente para su edad.
Todos los pensamientos transcurren en un solo instante, en el momento en que su madre se agacha y recoge la pelota, pero cuando se incorpora él todavía la está mirándola fijamente.
—¿Te encuentras bien, cariño? —pregunta su madre preocupada.
Sus ojos se dirigen sin poder evitarlo a la cicatriz y su madre se da cuenta. Se lleva una mano a la zona, no con la intención de ocultarla, parece más bien un gesto inconsciente. Esboza una pequeña sonrisa y se acerca hasta quedar junto a él.
—Fue hace mucho mucho tiempo —le explica con una dulce sonrisa sin que él tenga que preguntar—. Mucho antes de nacer tú. Siento si te ha disgustado verla.
Niega enérgicamente con la cabeza, recuperándose del shock. No quiere que su madre piense mal de él.
—No, no es eso. Me ha sorprendido. No… no sabía de ella.
Su madre le aparta un mechón rebelde del rostro, colocándoselo detrás de la oreja. Ahora que sabe que a su madre le falta una, es extremadamente consciente de las suyas.
—Casi siempre la llevo tapada. No es que me avergüence de ella, en absoluto. Es más una costumbre.
—¿Quién te lo hizo? —pregunta antes de darse cuenta.
De repente, está recordando otra conversación, en ese ocasión con su padre, hace mucho tiempo sobre algo muy parecido.
Su madre no deja de sonreír ni de acariciarle el cabello, y por eso la respuesta le sorprende.
—Me la hice yo misma.
La mirada de su rostro no debe tener precio porque su madre empieza a reírse.
—¿Cómo? ¿Tú misma? ¿Pero por qué?
Su madre incluso se retira una lágrima sin dejar de sonreír antes de responder.
—Lo siento, me has recordado mucho a… No importa —dice su madre—. Y sí, me lo hice yo misma. Era necesario para poder escapar de alguien que nos tenían atrapados.
Recuerda la conversación con su padre. Las similitudes no se le escapan. No sabe exactamente quienes engloba ese “nos” aunque casi seguro que además de sus padres incluye a sus tíos. Tampoco se le pasa por alto la parte de “escapar” y “atrapados”. De repente tiene mucha curiosidad y miles de preguntas peleándose en su cabeza, pero al final lo que acaba preguntando es…
—¿Y no te importó?
—Por supuesto que no —la sonrisa de su madre es aún más grande ahora si cabe—. En su momento no lo sabía, pero cortarme la oreja fue una declaración de amor.
—¿Una declaración de amor?
Ahora está tremendamente perdido, ni siquiera puede fingir que entiende a dónde quiere llegar su madre. Esta se inclina y le da un beso en la frente.
—Sí. Una declaración de amor a tu padre, por supuesto.
No lo entiende. Bueno, entiende que sus padres son muy bobos el uno con el otro, pero no termina de entender por qué las cicatrices que tienen pueden ser un símbolo de su amor. Pero tiene siete años, y el amor todavía es algo asqueroso que no quiere experimentar, que no quiere que le pase a él nunca o si no acabará como en las películas románticas que a la tía Anna le gustan tanto.
Su madre se ha vuelto a poner en posición, dispuesta a aprovechar las últimas horas de sol antes de que anochezca, así que corre rápido a su sitio y reanudan el partido. Su madre gana, por supuesto, pero él se siente ganador de simplemente estar con ella y verla sonreír.
Nunca olvida sobre las cicatrices de sus padres, ni tampoco los motivos que le dieron, ni que nunca llegaron a explicar por completo la historia. Algún día preguntará, y algún día, en el futuro, sus padres le explicarán y le contarán, cuando tenga la edad suficiente.
Por el momento, sabe que sus padres se quieren, y que lo quieren a él, y con eso es más que suficiente.
