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1. Pureza
La mujer joven caminó por el estrecho callejón que conectaba las dos calles en un amanecer glorioso de un color plata de finales de otoño. El reducido camino era tan pequeño que solo cabía su delgado cuerpo. Cuando caminaba por allí con más compañía adelante solía ir su hija mayor con la valentía de sus impresionantes cuatro años y detrás su hija menor de la misma edad, apretada a sus faldas, la pequeña tenía miedo de tantas cosas, entre todas las presentes en ese callejón, le tenía miedo al perro del vecino que solía saltar sobre su pequeña estola sin el más mínimo recato pensando que era un viejo enemigo, ahora aquel canino la ignoró y comenzó a ladrarle al cielo.
Salió a la calle principal y el viento frío cercano al grado cero le congeló las orejas, siempre habían sido así de sensibles y más cuando continuamente la acompañaban las corrientes de aire de otoño a donde fuera. Subió por la escalera de color beige hasta el tercer nivel y en la segunda puerta a la derecha vio un llamativo paquete fuera del departamento con su nombre escrito con una caligrafía estilizada. Sí, ese paquete estaba fuera de su departamento y era para ella. Un espasmo de terror recorrió su espina dorsal. Se acercó con cuidado, con su pie y su incómodo calzado al que jamás se acostumbraría, le dio una pequeña patada por si estaba vacío y era solo una broma, pero no se movió, tenía algo que era pesado.
Aunque Rin no recordaba su pasado, la experiencia de esos meses viviendo en Tokio le había enseñado que debía estar preparada para cualquier cosa.
Sacó de su bolso su celular y le tomó una fotografía previendo que tal vez no sería tan buena idea abrirlo de una vez, así como así, eso le habían dicho. A sus dos pequeñas les encantaban los misterios le habían pedido ver toda clase de historias de la mafia, de youkai, de fantasmas hasta altas horas de la noche, que significaba para ellas las 9:30. Su mente impresionable le decía que en ese paquete podía caber perfectamente una cabeza y algunas imágenes aterradoras surgieron en su mente. Con cuidado y con los dedos entumecidos, abrió la caja con algo de anticipación.
Setsuna, su hija menor, se deslizó por la puerta cuando Rin estaba abriendo la caja. Se acercó a su lado y movió su nariz de manera adorable, no ayudaba en su nivel de ternura el pijama de pequeños cachorros azules sobre fondo lila que llevaba puesto. La atención de Rin se desvió a la pequeña figura y tuvo la tentación de apretarla, aunque se separaba solo unas horas para poder trabajar, le sorprendía lo mucho que deseaba estar a su lado por siempre y no volver a soltarla, porque siempre que la veía tenía la sensación de que eso había pasado. Su corazón se apretó nuevamente.
—¿Qué es, mamá? —preguntó Setsuna curiosa—huele raro.
Rin le tomó la mano. Los pequeños dedos de Setsuna se apretaron dejando la mano de su madre pegajosa, seguramente no acababa de despertar y mientras la esperaba, había asaltado la alacena.
—Es algo que tenemos que devolver, Setsuna.
Rin había descubierto a los pocos días de despertar, que los lingotes de oro que aparecían de la nada no traían más que problemas.
—Vamos adentro, te vas a congelar.
Un débil estornudo, como de gatito, le corroboró que estaba en lo correcto.
El departamento al que habían accedido gracias a servicios sociales era bastante agradable, pequeño, pero suficientemente acogedor para las tres. Que la puerta fuera pequeña no le traía ninguna dificultad para su metro y medio, y menos de un metro que medían sus pequeñas hijas, sin embargo, tenía la impresión de que le incomodaría a otras personas.
Antes de sacarse los zapatos y dejarlos en el estante, fue hasta la puerta e ingreso el paquete observando hacia los lados por si había algún testigo, al ser todavía el alba no se vio a nadie. Setsuna la siguió como un cachorro en cada paso que dio. Caminó hasta el kotatsu bajo el que un hombre parecido a ella dormía profundamente en una posición incómoda. Towa, su hija mayor, dormía babeando sobre el pecho de este joven de veintidós.
Rin tomó a Setsuna, quien amaba que su madre la cargara hasta la pequeña cocina y comenzó a preparar café para los adultos y el desayuno de sus pequeñas hijas.
La mesa ya estaba servida cuando el despertador de Sota sonó.
—¡Buenos días! —dijo Rin con su sonrisa siempre alegre. Towa igualó aquella sonrisa y se acercó a su mamá aún media dormida y la abrazó. También movió su nariz olisqueándola, descubriendo como siempre diversos aromas que no conocía, pero fijándose al final siempre uno que le traía mucha paz.
Sota Higurashi se incorporó medio desorientado después de una noche de estudio para su examen final de la universidad donde aprovechó de velar por las pequeñas niñas, hijas de su misteriosa y reciente hermana adoptiva.
—Buenos días, Rin, ¿todo bien en tu turno?—Observó su café sobre la mesa y le dio un sorbo. La sonrisa de Rin disminuyó un poco.
—No todo salió tan bien esta vez.
—¿Qué pasó?—preguntó alarmado.
Rin le estaba acariciando la cabeza a Towa quien se había acurrucado en su regazo, mientras Setsuna devoraba unas galletas, el sonido de las galletas triturándose en los pequeños dientes de leche fue lo único que se escuchó por unos momentos.
—Nuevamente falta de personal—suspiró cansada—ya han renunciado tres este mes.
Sota suspiró algo aliviado, pensó que la habían acosado o algo así, si ese fuese el caso dios librara a esa ciudad de los males que caerían sobre ella.
—Después de todo, no es un trabajo para cualquiera. Aún te puedes quedar en el santuario y no tener que trabajar, todos te lo hemos dicho y pedido…
Rin le dio una sonrisa amable y agregó con humildad—Sabes que no es lo correcto, ha sido demasiada amabilidad de su parte para una desconocida.
—No eres una desconocida, pero tenlo en cuenta, ¿bien?
—Lo tendré en cuenta—respondió Rin y luego recordó lo que había en el vestíbulo—Adivina qué hallamos en la puerta con Setsuna.
Esto último llamó la atención de Sota, pues todo lo que rodeaba la vida cotidiana de Rin era insólito, desde su llegada hasta su rutina diaria, por eso trataba de estar lo más presente en su vida en nombre de su familia para cuidarla de su propia inocencia.
—No importa lo que diga, siempre me equivoco—replicó con humor, aunque dentro de él guardaba un poco de aprensión de que hubiese encontrado algo siniestro y aterrador. Le estaba afectando ver historias de terror junto a las pequeñas niñas.
Rin le señaló un paquete, Sota se acercó y se encontró con aquel tesoro nacional, suspiró resignado, al menos era mejor de lo que pensaba.
—Se lo llevaré al abuelo, él podrá devolverlo al museo sin causar sospechas, diremos que estaba entre las antigüedades del santuario. La última vez, fuiste la estrella en el noticiario de la tarde y casi vas a prisión cuando intestaste comprar leche para tus hijas en el mercado con algo parecido.
Rin se sonrojó recordando el incidente de cuando recién despertó en Tokio, sus hijas tenían hambre y ella se encontró con un paquete similar donde estaba escrito su nombre. Esa caja resultó contener trozo de oro y algunas piedras preciosas. No basta decir que no fue del agrado de nadie en ese mundo, no cuando estaban siendo vigilados por todos lados por cámaras y tenían en sus manos un tesoro nacional.
—¡Me voy! Gracias por el café—dijo Sota poniéndose su gabardina negra, listo para irse a su práctica profesional y luego, a la universidad.
—Gracias a ti por quedarte y cuidar a Towa y Setsuna. Éxito, ¡derrota a ese examen de vida o muerte!
Towa y Setsuna miraron con alarma a Sota, no querían que se muriera, era una de sus personas favoritas. Towa lo abrazó fuertemente impidiendo que caminara hacia la salida.
—No me moriré, derrotaré ese examen con mis garras de acero—las tranquilizó, sonriendo con nostalgia—nos vemos el domingo en la cena familiar en el Santuario. Me llevaré esto para entregárselo más tarde al abuelo—Señaló la caja, la tomó y se despidió.
—¡Trae a la Señorita Moe esta vez, joven Sota!—le dijo Rin riéndose por lo bajo.
Sota se sonrojó y se puso rápidamente los zapatos para salir.
—Es solo para hacer un dueto, ya sabes, la última vez dijo que tenía muchas ansias, pero quizás no se refería a mí precisamente—agregó Rin antes de ver a Sota cerrar la puerta con vergüenza.
El camino de concreto desde los departamentos sociales hasta el santuario se podía hacer fácilmente a pie. Aquello era ideal para Rin, sus pequeñas hijas eran los seres más enérgicos y necesitaban quemar sus energías constantemente, además nunca se podría acostumbrar a eso que llamaban transporte público. Towa y Setsuna iban caminando delante de ella como si fuesen un solo ser con sus jardineras mezclilla, y continuamente se tropezaban y se reían tontamente ante su falta de equilibrio y coordinación.
Rin iba tras ellas distraída mirando el follaje de los árboles completamente enrojecido por ser finales de otoño, los últimos momiji cayendo de manera tan pausada, había algo basado en ese color que trataba de emerger en su memoria, pero no podía entenderlo por más que rebuscara. No se dio cuenta que un joven que llevaba unas compras de domingo se había quedado embobado mirándola, nunca lo hizo en esas situaciones.
Aquella mirada pasó desde sus botas de cuerina, su vestido blanco, su abrigo beige, su rostro con forma de corazón y su cabello rebelde al viento. Al joven se le ocurrió que quizás aquella mujer era una especie de celebridad, ¿cómo podía existir alguien que transmitiera la pureza en su máxima expresión solo con su presencia?
Levantó su mano para detenerla y preguntarle su nombre. Solo sería eso. Sí, al menos unos segundos de su atención, de su vida, de su pureza.
Un dolor agudo en su coronilla lo hizo detenerse, vio una piedra en el suelo que antes no estaba allí.
¿Qué habrá sido eso? ¿Lloverían rocas en otoño? Miró al cielo despistado sobándose el chichón que se estaba formando, pero las nubes blancas y esponjosas solo se burlaron por su estúpido razonamiento. Al tratar de retomar su idea de hablar con aquella bella mujer, se dio cuenta que ya no estaba cerca, se perdió en las calles de Tokio y entre estas su oportunidad de hablarle.
Hace unos segundos la familia había doblado por la esquina para llegar a la avenida donde estaba el santuario Higurashi. Towa se adelantó a Setsuna por la interminable escalera del santuario, aquella acción habría dejado a cualquier ser agotado.
—Espera, hermanita Towa—le dijo desde atrás, tratando de alcanzarla.
Rin se unió a la carrera de las hermanas y cuando estuvieron las tres arriba, abrazó a sus cachorras con necesidad, una voz le decía que aquello que parecía tan cotidiano era anteriormente un imposible, más cuando la rodeó el humo del incienso del templo.
—Las atrapé. Vamos, debemos ser los últimos en llegar—les dio un beso en cada mejilla sosteniéndoles fuertemente las manos.
Una mujer bellísima de cabello azabache fijó sus ojos de un color negro azulado en las tres personas que entraban por la puerta del hogar Higurashi.
—¡Pensé que nunca llegarían!
Una pequeña que se parecía muchísimo a ella, se acercó a las hijas de Rin y les pidió entre gritos emocionada por ver a niñas de su edad poder salir a jugar al patio. Las niñas se miraron entre sí y aceptaron después de saludar a todos los presentes muy educadamente, al abuelo, la abuela, Sota, Moe y Kagome quienes habían sido tan amables siempre con ellas.
—¡Señora Kagome! ¡La he extrañado mucho! —le dijo Rin acercándose después de saludar al resto de la familia, lavándose las manos para ayudar a preparar la cena. Kagome le hizo un gesto que no se preocupara y le dedicó una sonrisa.
—Te dije que solo me llames Kagome. Eres mi hermana pequeña, ¡te ves tan hermosa en tono blanco!—le dijo con cariño observando su vestido de satín y encaje. Aunque Kagome no era su hermana de sangre, la sentía como una, más después de todo lo vivido y no vivido.
Rin miró a todos los presentes y los saludó cordialmente, buscó con la vista al esposo desconocido de Kagome y esta se dio cuenta rápidamente de la búsqueda visual de Rin.
—No ha venido conmigo tampoco esta vez, querida Rin. El trabajo en el campo no termina nunca, pero pude traer a mi pequeña Moroha. Seguro que se hacen muy amigas con Towa y Setsuna.
Rin se sentó junto a Sota y Moe y su sonrisa decayó un poco. Otra vez no podría preguntar lo que tanto quería saber. Si al menos viese al señor Inuyasha podría recordar en algo a su esposo, se suponía que eran hermanos, ¿no?
Moe la distrajo de sus pensamientos entregándole un pequeño aparato electrónico.
—¿Te parece si interpretamos esta canción? es un clásico de nuestra cultura, y queda muy bien con tu voz.
La pantalla del objeto decía “Danza Kabuki 1-5: voz y violín”
Moe comenzó con la melodía del violín y Rin acompañó con la voz, los presentes quedaron impresionados. Quedó claro que tenía un talento para la música, un oído absoluto.
—¡Increíble!—dijo Moe juntando sus manos—el don musical de la pequeña Setsuna no podía venir de la nada, ¡tienes mucho talento!
Rin se puso roja de vergüenza, al igual que su pequeña hija menor a la cual Moe le daba una clase a la semana.
—Deberías venir a la orquesta conmigo, te puedo recomendar con los encargados para que quizás puedas profesionalizarte en esto, ¿no sería fantástico?
¿Ganar dinero por cantar? Nunca lo hubiese pensado, pero sonaba una idea encantadora, no es que no le gustara su actual trabajo, sin embargo, no estaría de más hacer algo que realmente le gustaba hacer y ganar dinero para sostener a su familia.
—Gracias, señorita Moe. Es muy amable.
—No hay de qué, te llamaré para que me acompañes a los ensayos, ¡estoy segura de que los cautivarás!
El rostro de Kagome reflejaba felicidad por Rin porque sabía que le iría bien por su talento, pero también tenía gran preocupación. Ya se había dado cuenta que la joven no recibiría ayuda de terceros , ¿por qué su cuñado y cuñada tenían que ser tan obstinados? Miró al árbol de las edades y vio en su follaje a aquel ser milenario con cara de pocos amigos por la reciente oferta a su esposa porque seguramente no entendía nada de lo que estaba pasando, suspiró derrotada.
Si habían aceptado que esta era la opción más segura para todos, ¿por qué no trataba de adaptarse?
