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Una vez más.
Con una pisada fuerte contorneada por el waraji, entonces me abro paso frente al muro de enemigos. El campo de batalla colmado con los gritos de la refriega y el acero inmisericorde me recibe igual que al resto de soldados que me siguen.
No recuerdo cuantas veces, pero aún así mi odachi se mueve cortando entre la madera, el acero, la carne, la sangre y el hueso.
Gritos de horror que no son míos se esparcen en el campo de batalla como pólvora.
Puedo ver claramente como las espadas se clavan entre mis costados en medio combate, intentando alcanzar los sitios ocultos por mis costillas, pero les resto atención.
Una lanza.
Una flecha.
Otra espada.
Cortan a través de mi carne mientras líquido carmesí se escapa de mis labios.
Y aún así, sigo avanzando.
La leve imagen de la sangre suspendida en el espacio, en una milésima de segundo, cautiva mis ojos, pero no impide que el acero se mueva nuevamente.
Un reflejo leve en el acero, entre la carne y la sangre del Sol débil de Ashina recortado entre la nieve sempiterna.
Piso la nieve una vez más.
El dolor no me es ajeno, pero ya no siento absolutamente nada incluso si mis nervios registran la sensación una vez más.
Y entonces avanzo.
¿Cuantas veces ya he muerto?
No lo recuerdo.
Ya no duele, así que no retrocedo, ni siquiera importa cuando una nueva espada se abre paso hasta mi pecho, cuando mi cuello es desbordado por flechas.
Cuando caigo y muero una vez más, puedo escuchar sonidos distantes: Una voz sin nombre, palabras sin significado para mí. ¿Qué eran las palabras desde un principio?
Una vez más.
Ya no soy capaz de ver más allá de la carne y sangre en mi espada. Mis manos se resbalan al sostener la tsuka de mi odachi, sangre y grasa hacen que mis dedos continuamente escurran sobre su superficie, pero no la suelto.
Y entre el dolor mudo y mis piernas que siguen avanzando, sólo queda la ligera satisfacción de atravesar a mis enemigos.
Los enemigos de Ashina.
Pero incluso eso se difumina en el campo de batalla, entre las llamas y los gritos, con el humo que abrasa mis ojos hasta cubrirlos de lágrimas, los sonidos estridentes, el sabor a hierro en mi boca.
Entre el estupor, entre la sangre formando arcos perfectos de líquido rojizo hacia el cielo, bello, deja de tener sentido absolutamente todo.
Sólo la emoción que se genera de la sensación de cortar y segar al próximo oponente sin importar quien sea.
A mi lado, detrás mío, frente a mi. Todos deben morir.
La excitación de un duelo que acaba con mi victoria, con mi espada atravesando los órganos cálidos de mi enemigo me llena de una suave felicidad, un consuelo en forma de una leve descarga eléctrica excitante.
Una y otra vez, se repite sin saciarme. ¿Por qué movía originalmente esta espada? Ya no importa, solo queda la búsqueda de la sensación que surge al detener completamente a cualquier ser vivo frente a mi.
Una y otra vez se repite.
Una y otra vez.
El aire es sólo hierro, el mundo únicamente rojo.
Una y otra vez.
Sin embargo, antes de que pueda reclamar más placer, más instantes donde pueda contemplar suavemente la sangre volar, mi cabeza cae.
¿Cómo era posible? Es una pregunta que nace con verdadera sinceridad de mí antes de ser incapaz de ver nada, oír nada, saborear nada, ni olfatear la muerte chamuscada llena de hierro.
Ante mi era evidente que probablemente la arrogancia ante el sinsentido, e incluso la indiferencia del dolor y la inexistencia del peligro simplemente habían brindado aquel resultado. Si es posible concebir el enfrentamiento ante tantos enemigos como algo factible, es obvio el resultado que se obtendrá.
Aún así no muero por supuesto, yo quien me he abierto paso en el campo de batalla por el mero hecho de triunfar ante mis enemigos no puedo morir tan fácilmente.
Así que mi cuerpo se levanta, recordando de manera mecánica los movimientos que me permitieron avanzar una y otra vez sobre la tierra cubierta de rojo y blanco.
No puedo saborear mi propia sangre en mi lengua, tampoco soy capaz de ver nada, ni siquiera me es posible oler el familiar hierro, u oír el horror ante el peso del acero o los gritos de terror de mis enemigos, tampoco puedo gritar de emoción al ver el cadáver de mi enemigo para deleitarme en el único segundo en que las gotas frotan antes de atraerse hacia la nieve helada.
Y aún así, muevo de nuevo mi odachi.
Lo que me ha sido robado, las gotas flotantes en un segundo, la efimeridad de un instante, un arco bermellón definido por un corte exitoso de mi espada, la calidez perdida del cuerpo caído del enemigo y lo que necesito.
Ah, ¿Qué era lo que necesitaba?
Solo se vuelve una leve comezón entre mi carne que no puedo identificar.
Las sensaciones, evaporadas, son sólo un leve murmuro de algo que ya se ha apagado, pero aún así la calidez de otro cuerpo es refrescante, sonrió, aunque mis músculos ya no puedan hacerlo.
