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Sou es fanático de teñirse el cabello, al punto en que llegó a cambiarse el color dos veces al mes por medio año. No es como si yo no lo hiciera también o como si me desagradara en absoluto, simplemente no entiendo... ¿Qué se supone que pretende con ello? ¿Le cuesta decidirse por algo en concreto? He llegado a creer que el color depende según su estado emocional, o intentando dar cierta impresión.
A veces teñíamos nuestro cabello del mismo color, o un tono muy similar para combinar, yo más oscuro o más claro, porque con una carita tan dulce, quien pudiera negarse. Un roce acaramelado de nuestras narices mientras delineaba formas irregulares sobre mi mejilla para convencerme de lo que quisiera siempre rompía mi supuesta faceta de determinación a no dejarme llevar por esa actitud empalagosa suya. Vaya, y eso que se supone que soy mayor que él; bueno lo soy, pero no deja de manipularme con una sutil candidez propia de él.
Tampoco puedo quejarme por ello. Hacerme el difícil en busca de su cariño resulta demasiado tentador.
Volviendo al tema del cabello, ¿qué se supone que debo interpretar cuando, de la nada, decide llegar a casa con la cabeza casi blanca? ¿Estará intentando parecerse a Mafumafu?
—Hey, no esperaba que vinieras —ladeo la cabeza con una minúscula sonrisa. Su presencia me alegra el corazón.
—Quería sorprenderte —dice sosteniendo frente a mí una bolsa de plástico—, y traje comida.
—Uuuh, huele bien, aunque tal vez sea porque se le pegó tu aroma —le guiño.
Se traba con las palabras en la boca y me da un golpecito en el brazo mientras atraviesa la entrada con los cachetes inflados en un mohín. No puedo evitar reír por lo bajo. Mi novio terminará por asesinarme con su ternura natural.
—Así que..., ¿nuevo color? —infiero después de cerrar la puerta detrás suyo y acudir a su lado a pasos veloces para poner la mesa en tanto desempaca la comida de los trastes de unicel.
—Así es. Tiene un nombre raro, pero creo que quedó bien —comienza a servir la comida sobre los platos de porcelana con un cucharón—. ¿Te gusta?
Aprovechando su mirada dirigida a la mesa, me poso a su costado y le acaricio un par de mechones desordenados. Qué suerte ser más alto, aunque con su estatura no es algo precisamente difícil. Y como soy malo, lo haré sufrir un poco.
—Hum, no sé qué decirte —alejo mi cuerpo del suyo, mirándolo con una mano tomando el mentón.
Sus ojos saltan entre la comida y mi mirada de escrutinio con notables nervios. Está bien, me dejaré de idioteces.
—Lo sabía... —suspiro pretendiendo dramatismo— No importa qué color uses siempre te verás taaan lindo.
—¡N-no tenías porqué molestarme! —replica arrugando la nariz. Como se esperaba de Sou, me descubrió al instante.
—Sí tengo que, me gusta verte nervioso —rio.
—Puto —susurra en tono agraciado. Ni sus insultos logro tomármelos en serio.
Vuelvo a aproximármele para abrazar su cintura por la espalda. Se tensa al contacto, contiene el aliento. Veo de reojo como aprieta el cucharón plástico justo antes de volver a introducirlo en el traste. En respuesta, reposo la barbilla sobre su hombro y le doy un beso en la mejilla, enseguida muerdo a juego su piel pero no hace más que dejarse querer.
—Perdón, perdón. Creo que nunca te había visto con ese color, me tomaste por sorpresa, ¿si? La verdad, aunque es verdad que te sienta perfecto me trae recuerdos, como si tuviésemos otra edad, más jóvenes y tontos.
—¿Ah sí? Tonto tú, porque yo no —se venga—. Pero creo que entiendo a lo que te refieres —pone expresión de estar rememorando algo viejo aún si no ocurrió hace tanto—, ¿fue en el Hikifes verdad? Cuando nos teñimos de plateado.
—¡Exacto! ¿Cómo olvidarlo? Creo que Araki-san te confundió conmigo justo por eso y porque le costaba diferenciar nuestras voces —reímos juntos.
—¡Si, si, si! —sigue carcajeando en mis brazos— Cuando me volteé y le dije "Araki-san, me está confundiendo, Eve está con Soraru-san viendo lo de los micrófonos" puso una cara que parecía que se lo tragara la tierra. No sabía si irse o disculparse veinte veces.
—Ow, pobre Sou-chan, no saben apreciar tu hermosa voz —niego con la cabeza.
—Bueno, ya —ríe de nuevo—. Comamos o se enfriará.
Con gentileza, así como es él, toma mis manos y las separa de su abdomen cubierto por un suéter rosado. Entrelaza nuestros dedos antes de darse la vuelta hacia mí con una mirada y sonrisas hipnotizantes. A esto es a lo que le temo, si quiere me pone a sus pies en una simple acción.
—Tienes razón, comamos.
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—Oye, ¿puedo preguntarte algo?
La comida fue bastante buena para un restaurante poco conocido. Después de eso terminamos en mi sillón mirando sin un motivo la televisión. Este niño se me tiró encima como si fuera yo un colchón y se acurrucó como un gato. Sus ojos se vuelven hacia mí cuando le hablo por primera vez desde que terminamos de lavar los trastes. ¿Se le hará raro verme tan callado?
—¿Qué es?
Aparto mi mano de su cabeza blanquecina para dejar de acariciarlo. Los cojines del sillón terminaron siendo realmente cómodos en esta posición.
—Hmm, tú —busco las palabras entre mi lengua para no escucharme extraño—. Sou, ¿por qué te pintaste esta vez de ese color?
—Uh —se confunde—, me gustó cómo se veía...
—Lo sé pero, bueno, no me refiero tanto a eso. Digamos, es normal que nos pintemos el cabello cada cierto tiempo. Tú y yo lo hacemos, es lindo y nos gusta —asiente—. Aunque yo lo hago sin pensarlo mucho, aunque me da igual, he llegado a tener la impresión que tú en realidad tienes algún tipo de motivación, por así decirlo, para escoger el color... Je —rio nervioso—, escucharlo de mi boca suena incluso peor que en mi cabeza, tal vez estoy alucinando pero, ¿qué opinas?
—Ohh —lo noto pensativo.
De súbito, le brillan las pupilas y en su boca esboza una sonrisa suave. Se remueve encima mío para poder observarme de frente sin problemas.
—Honestamente, no sabría que responder. Sabes que eres más analítico y calculador que yo, ¿no? Bueno, francamente no me veo pensando una razón sobre porqué teñirme de cierto color, aunque tal vez sea por eso en especial que lo que dices sea cierto.
Parpadeo desconcertado.
—Verás, puede que se trate de algo emocional o de la personalidad. Nosotros estamos acostumbrados, ¿pero porqué no dejarnos más tiempo algo? Quizás no termine de convencernos o estemos buscando algo con lo que sentirnos más a gusto, de acuerdo a nuestros gustos o la imagen que damos, eso supongo. Como, cuando estás ansioso y no sabes qué hacer sino estar cambiando algo de lugar porque no te gusta. Me recuerda a algo como eso.
—¿Eh? ¿No te gusta entonces como te ves?
—Mm, no precisamente eso. Por otro lado, lo que mencionaste cuando entré puede tener algo que ver. La época de cuando nos invitaron al Hikifes se me hizo muy buena, ¿recuerdas? No solo por el concierto si no...
Desvío la mirada.
—Mi declaración... —susurro, todavía levemente avergonzado y él sonríe complacido.
—Exacto, exacto. Ahora que no la estamos pasando espectacular como aquel año, tal vez mi subconsciente quiso recordarme algo para hacerme sentir mejor.
—Ah, ja ja ja —tapo mi boca, sin saber si quisiera gritar o esconderme por lo que de pronto declara como si se tratara de una nimiedad. Me lleva, me estoy poniendo rojo—. Bu-bueno, si lo pones así, la segunda explicación suena más coherente.
—¿Huh, eso piensas? —ríe y deja reposar su nariz en mi clavícula.
Me devolvió la jugada, eh.
—Quién sabe...
El sopor parece cautivarlo y se amodorra sin permitirme moverme con la espalda pegada al respaldo del mueble color azul rey y gris. Tal parece, venía bastante cansado. Dejémoslo mientras veo la aburrida película en televisión.
—¿Será que yo también lo hago por alguna razón? —pregunto al aire.
