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Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 4 of Aoi Sekai
Stats:
Published:
2021-07-05
Words:
6,637
Chapters:
1/1
Kudos:
4
Hits:
80

Olor a té durante la noche blanca

Summary:

Un mal presentimiento se apodera de Sou la víspera de navidad cuando Eve no aparece por mucho que intente contactarlo.

Work Text:

Ya es invierno, mas sin embargo yo quisiera poder volver pronto a la primavera. En la ciudad, la frialdad del ambiente se contagia a la gente y hay un desmesurado aire de indiferencia, hundiendo miles de sentimientos bajo capas de ropa y mentes congeladas.

Si bien antes adoraba los blancos adornos y escarcha níveas con que se teñía el panorama, ya no puedo mas que agazaparme bajo el indescifrable sentir de opresión en el pecho. Y ello es un gran sinsentido, incoherente.

Cuando pequeño no existía cosa que amara más que tirarme sobre la capa esponjosa y húmeda de nieve para perderme entre el sonrojo por el frío y la diversión en los que me sumergía. Ahora, aunque a mí no me guste tanto esta época, a él le encanta. Su mirada, por lo normal seria y poco expresiva, adquiere un hermoso brillo. Un deslumbrante color que, si pudiera, admiraría por horas enteras sin ningún problema. Es una persona sensible por dentro, quizás demasiado, pero en el exterior solo yace un semblante imperturbable, a veces risueño. Imagino que el frío le traerá bonitos recuerdos y le evoca calidez, como un niño.

Me enamora incluso más su lado emotivo. Tan adorable. A fin de cuentas, es un increíble músico. Todo aquello que hay en su interior termina por despilfarrarse en su música, embellecida por su inigualable voz.

Oh, vaya, estoy perdido por él, ¿no?

Exactamente, lo estoy. Últimamente se la ha pasado bastante ocupado. No lo veo muy seguido, me preocupa; antes salíamos a comer prácticamente a diario. Se sobre exige pero no puedo interferir en su trabajo, creo que es la cosa que más ama en el mundo. Puede que mi puesto esté justo después de su música, o no estoy seguro. Constantemente me recuerda lo mucho que me quiere. Quisiera creerle tan fácilmente.

No obstante, nada de eso importa ahora. Porque lo veré pronto.

Sonrío tontamente pensando en su figura delgada tocar mi puerta, respirando agitadamente por haber venido apresurado, mejillas coloradas de tanto movimiento entre el estremecedor viento invernal. Su cabello largo, teñido de ¿Rubio de nuevo? (Sí, eso es) alborotado y sus lentes redondos empañados por el aliento caliente que se cuela hasta allí por culpa de la bufanda azul profundo y el cubrebocas (si es que lo lleva puesto).

Limpiaría sus anteojos antes de mirarme claramente. Habríamos de saludarnos, supongo, pero la emoción me consume tan a prisa que planeo abalanzarme sobre él a abrazarlo y llenarlo del calor de mi cuerpo, para que ría como no siempre hace, de esas ocasiones fantasiosas cuando su voz pierde formalidad y olvida el tono bajito que parece agradarle para conversar.

Nos abrazaríamos en el parquet de la entrada. Nos daríamos un corto beso, colmado de sentimientos, antes de mirarnos profundamente. Me sonrojaría por la cercanía. Después recordaría que estamos medio a la intemperie y lo haría entrar a la casa para evitarle un resfriado.

Después le traería una taza de té, caliente y humeante. Té negro, pues le gusta mucho. A mi me gusta un poco más el café con leche y azúcar, pero Eve es sumamente especial. Los sabores fuertes le intrigan.

Bebería de a sorbos el dichoso líquido, pienso que podría quemarse la boca tras intentar tomar mucho durante el primer trago. Y yo reiría, rebosante de alegría, con una veintena de mariposas revoloteando en el estómago.

Le expresaría cuánto lo he extrañado (extraño) sin quitarle los ojos de encima. Probablemente respondería que también me ha extrañado, y nos quedaríamos un par de segundos, solo nosotros dos con las miradas conectadas. Sus ojos azules, claros y de una belleza envidiable, como el mar en una mañana deslumbrante, me admirarían con todo el amor que contienen.

Se olvidaría de su frívola faceta con la cual mira a las personas en el trabajo. Suavizaría esas facciones suyas. Tendría una vez más la oportunidad de ser el único testigo de su oculta personalidad infantil y perfectamente emocional.

Tal vez nos dispondríamos a hablar durante horas mientras se consumía tanto la noche como el té (tibio para ese entonces). O pudiera ser que nos besáramos de nuevo, hasta saciar nuestros deseos de uno por el otro, en el que el tacto de las yemas de los dedos se queden plasmadas por la efusividad con el que se han paseado por allí. Quizá veríamos películas arrellanados sobre el sillón y bajo tres mantas. ¿Jugar videojuegos hasta entrada la madrugada? No suena mal. Haríamos de todo, no, haremos de todo mientras la noche fluye libre de apremios y sus estrellas nos cobijan. Las posibilidades se acrecientan entre más las pienso, pero hay algo que no cambia jamás.

Ya sea al final de la noche, a media madrugada, o a minutos del amanecer, estaremos abrazados con fuerza diminuta. Nos regalaremos el calor que tanto nos ha faltado en la ausencia del otro, pegaríamos nuestras frentes o yo enterraría la nariz en su clavícula (un tanto notoria) para aspirar su fragancia y embriagarme con ella lo que sobre del tiempo.

No sé lo que pueda ocurrir a partir de ese instante. Él es quien se encarga de los hechos a partir de la mañana, endulzada con su absorbente presencia. A veces desayunamos juntos, otras veces debe marcharse rápido por sus compromisos, dejándome un tanto triste. Bueno, pero generalmente no sucede eso. Sí, no pasará. Aunque tampoco me queda muy claro lo que podría hacer mañana. Me inquieta un poco, solo un poco. El futuro incierto al que siempre he temido. De todos modos, prefiero no divagar en malos presentimientos estando a tan escasos momentos, minutos (¿horas?) de verlo finalmente.

En lugar de ello, estoy parado en la cocina, preparando la infusión. Se trata de una marca refinada de hierbas, puede que algo exagerado, no obstante no me importa, es una ocasión especial. Nada es demasiado hoy.

He llenado la jarra de agua hirviendo. Introduzco las hojitas aromáticas allí. No queda opción más que esperar. Huele realmente bien, es una fragancia envolvente.

En el rellano de la sala, me dejo caer bruscamente sobre el sofá de tres piezas. Procuro no moverme de mi sitio, pero sencillamente no lo logro, estoy demasiado inquieto. La ansiedad de verlo me comienza a molestarme de nuevo como mosquitos en verano rondando para picar. ¿Estará saliendo ya? ¿Habrá perdido el tren para llegar hasta aquí y ahora debe esperar en la estación, muerto de frío? ¿Se habrá atorado en un embotellamiento por tomar un taxi en plena víspera de navidad? ¿Querrá verme tanto como yo a él? ¿Qué estará haciendo justo ahora? ¿Sería prudente revisar de nueva cuenta el teléfono? Me pregunto sin cesar.

Solo por distraerme mientras tanto —y reducir mis dudas—, alcanzo mi celular. Las pocas ocasiones en que me entra tan exasperante ansiedad me pongo paranoico, necesito controlarme.

Desbloqueo el aparato. No habían rastros de comunicación suya entre las primeras notificaciones. Me dirijo a Twitter unos minutos sin conciliar un ápice de concentración. Tuiteo "Kani" solo por entretención. Llueven respuestas y las ignoro. No me apetece interactuar con alguien que no sea Eve. Silenciando las notificaciones de dicha red social me adentro a mis mensajes donde aparece nuestra última conversación, acordando encontrarnos hoy en la noche. Eve no está conectado desde hace ocho horas. Me sorprende viniendo de él. Pudo haberse quedado sin batería. No suele olvidarse de cargar el teléfono, pero sigue siendo completamente posible.

Tecleo, sin un propósito concreto, un mensaje más y lo envío. Aún no lo ha recibido. Me parece que no tiene señal.

No sé por qué, pero no puedo deshacerme de este mal presentimiento. Es embargador, desearía ir a buscarlo sin perder otro segundo. Pero aunque lo buscara, sé que no lo hallaría. Solo lo sé. Ignoro igualmente dónde pueda estar.

Si planeamos vernos en este lugar es por algo, ¿no? Tampoco se trata de una persona incumplida ni irresponsable, o impuntual, estamos hablando del metódico y disciplinado Eve. Un hombre digno del calificativo intachable. Se sabe el camino como la palma de la mano, tampoco podría extraviarse. Es muy pragmático, no pierde tiempo. Se me oprime el pecho, aunque seguramente esté exagerando. Cuando de Eve se trata no me importa exagerar.

Vaya, he empezado a perder el ritmo de mi respiración. Mi corazón no late tan acelerado muy seguido, pero en un mal sentido. Un incomprensible miedo me comprime las entrañas.

Debe estar retrasado por algo, ¿qué tengo para ponerme así? Por amor de dios, cálmate ya Sou, tú solo te torturas.

Eso me digo, pero no me lo creo. Todo el cuerpo se me ha tensado. Clavo las uñas en la piel de mis muslos a través de la tela de la ropa sin motivo aparte de mi estúpida (quizás no tan estúpida) ansiedad.

Las veces que quedamos en encontrarnos no tardaba más de diez minutos en llegar, es más, si yo era quien lo hacía esperar se ofuscaba. Bien es cierto no pusimos una hora específica pero, ¿acaso no esperábamos pasar el mayor tiempo juntos nosotros dos? Esperaba verlo desde hace dos horas y salir a cenar, importándonos poco la cantidad prácticamente nula de restaurantes abiertos en esta fecha, olvidándonos del frío, del mundo en general. Y si no, quedarnos en la intimidad y privacidad del hogar era otra tentativa irresistible.

He regulado mi respiración por un momento. Más intranquilo que antes, vuelvo a encender el celular. Me tiemblan las manos, sudan. ¿Qué me sucede?

Busco señales de actividad de Eve en todas las redes sociales o cuentas que tiene. Conozco la gran mayoría, no es compleja tarea. Instagram, Twitter, LINE... Todo está muerto. Incluso revisando dentro de las cuentas secundarias secretas que llegó a revelarme no encuentro sino estática. Todo está inerte.

Trago en seco y suspiro apretando los labios. Dejo sin reparos el aparato sobre el cojín azul cielo e intento clarificar mi mente pensando en nada. Los ojos me traicionan yendo y viniendo de un punto a otro del cuarto, volviendo siempre a mirar con aires furtivos, la puerta principal.

Respóndeme por favor. Le suplico en un pensamiento.

Muevo las piernas como niño hiperactivo, absteniéndome de volver a enviarle un mensaje. Eso le exaspera, es verdad. Meneo la cabeza con una leve impaciencia royéndome los huesos. De súbito, un refrescante aroma me invade las fosas nasales, de modo que me induce una ínfima calma. El té está listo. A partir de ahora toca averiguar si llegará antes que se enfríe. ¿Me equivoco?

Contengo el aliento buscando degustar la bebida a través del mero olor y siento mis ansias mesurarse con ello. Cuán irónico podría ser esto, considerando que el té negro contiene incluso más cafeína que el mismo café. La bebida que él tanto ama y por ello he preparado hoy a pesar de ser intolerante a líquidos tan amargos. Es en una situación como esta en la cual me gustaría saber cómo logra lidiar a diario con tal cantidad de estrés en el trabajo. No me interesa si asevera que "si haces lo que te gusta para ganarte la vida, no es trabajo" , porque de cualquier manera se la vive trabajando. Suele estar de buenas conmigo, pero al encontrarnos siempre tiene cara de cansancio o hastío imposible de disimular. Le bajo el mal ánimo como puedo, detesto verlo harto del mundo; me asusta la posibilidad de un día enterarme que inclusive yo lo he exasperado.

Mi teléfono vibra un instante y salgo de mi ensimismamiento abruptamente. Parpadeo y lo tomo, medio eufórico. La ingenua sonrisa pintada en mi rostro se desvanece al no encontrar más que un mensaje de otra persona, Wolpis. No me fijo ni en lo que sea me haya dicho, estoy muy tenso para responder ahora. Además, incluso si le preguntara por Eve no habría indicios, pues no interactúan. No me llevo mucho con los amigos cercanos de mi novio, pero, ¿y si ellos saben lo qué le pasó? Suponiendo que le haya ocurrido algo y no esté yo ahogándome en un vaso de agua.

Me resigno. Soy incapaz de moverme de este sitio si no tengo la certeza de su paradero. En mi corta vida había sentido una angustia tan descomunal como ahora, pero, ¿por qué será?

Agarro, como por tercera vez, el pequeño aparato color negro. Lo enciendo, ignoro las notificaciones al ver que ninguna proviene de movimiento por parte del rubio y me dirijo a los contactos. Llamo a su número de trabajo primero, por si acaso. Un timbrazo, dos, tres, nada. Me siento aprensivo para con él, pero da lo mismo. Estoy en mi derecho. Vuelvo a intentarlo, sin éxito. Resoplo con el corazón descontrolado. Una tercera vez marco a ese número poco utilizado ente nosotros. Me rindo, puede recibir llamadas pero no hay quien desee contestarlas ni para decir que no quiere hablar. Arrinconado a mis opciones últimas, esta vez pruebo con su contacto personal.

Mis pupilas se contraen, lo noto gracias al cristal de la vitrina enfrente mío, tras escuchar la voz mecánica salir del auricular comunicando que el número está fuera del área o no se puede contactar. ¿Qué? No, en definitiva esto no es buena señal.

Mando al diablo mi vergüenza inútil. Busco a través de redes sociales a sus amigos cercanos, ahora me arrepiento de nunca pedirles su número. "Mah", Inoue, y otro músico allegado, primero. No escribo más que un simple saludo y una disculpa por la intromisión, voy directo al grano y les pregunto si saben dónde está para no quitarles más tiempo.

Apago compulsivamente el objeto sin llegarlo a soltar. Aguardo inmóvil en mi asiento alguna respuesta de ellos tres, pero cada segundo que marca el reloj me parece una estúpida hora. Estoy dando una terrible impresión seguramente, ¿pero qué más hacer? Tamborileo con los dedos sobre la superficie del pequeño aparato. Suena la notificación de mensajes y enseguida lo prendo con renovada ilusión.

El primero, quien no recuerdo su nombre real, replica diciendo que no lo ha visto —en persona— hace más de un mes pero hablaron una semana atrás. Gracias de todos modos. Numa, el más cercano, asegura haber estado con él hace dos días; así como yo se comunicó horas antes con Eve pero tampoco le devuelve los mensajes. El último es el menos enterado del asunto; no me preocupo por agradecer siquiera y paso de largo hasta la conversación con el guitarrista de apodo raro.

"Perdona Sou-kun, estamos igual. Eve me dejó en visto desde hace un buen rato. No siempre hace eso, pero me extrañó que no me contestara ni porque tenemos trabajo pendiente... Me sorprende que tú vengas a buscarlo siendo que por lo general te avisa primero, lo siento, quisiera haber sido de más ayuda."

Sí, a mí también me impresiona. Agradezco amable, o como sea que lo haya hecho. Permanezco consternado mientras la angustia me sigue devorando. A este paso acabaré llorando de pura frustración. Si lo que dice Taku Inoue es verdad, si en serio Eve me pone primero que a los demás significa que no hay secretos entre nosotros, ¿verdad? En ese caso, nadie que lo conozca tiene la más remota idea de dónde pueda encontrarse.

Hago otro esfuerzo en reprimir mis emociones inestables. Respiro hondo y al inhalar, de nuevo ese aroma a té negro me llena. Exhalo con brusquedad. El olor calmante se ha vuelto insuficiente, inclusive desagradable. La víspera de navidad tiene una aire sumamente pesado. Podría dolerme la cabeza si continúo pensando como loco.

¿Llamar a Soraru, Mafumafu? Son cercanos pero deben estar ocupados. No tengo ideas, dudo mucho que sepan algo reciente. ¿Naruse, Kiyo, Sakata, alguien? Tampoco, durante la pequeña conversación Eve dijo que estuvo metido en casa la última semana sin salir mas que para ver lo de una canción en curso. Las palabras del guitarrista lo confirman, no hay mentira allí. Estuvo en casa la última semana... ¿Y si está ahí ahora?

Aquella posibilidad me brinda un haz de luz en la oscuridad. Quizás está en casa y del agotamiento no pudo venir, ¿no? ¡Claro, debe ser eso! De un salto me elevo del sofá con teléfono en mano. ¿Podría ser una esperanza válida? Diviso las llaves de la casa pegadas al cerrojo de la puerta. No me lo pienso más y acudo a mi habitación por una gabardina y una bufanda, las cuales saco del ropero como si debiera arrancarlas de las garras de un águila. Corro de vuelta a la sala, estando a milímetros de resbalarme sobre el piso de madera. Me vuelvo hasta la puerta antes de sacar y guardar las llaves en un bolsillo. Da igual si me congelo allá afuera, tengo que saber dónde está. Ahora mismo.

La adrenalina me recorre al momento de abrir de un portazo y recibir una ola helada de viento arremeter en mi dirección. Al parecer empezó una suave nevada; varios copos me cayeron en la cara, haciéndome cerrar los ojos y limpiarme con el dorso de la mano. Me dispongo a dar un paso fuera del recibidor cuando..., lo vi como si nada. De espaldas a mí, su silueta se desdibuja del paisaje navideño.

—¡¿Eve?!

Parpadeo una vez más para cerciorarme de haberlo visto. No, lo que he imaginado. Hube extendido una mano en su dirección, misma que ahora bajo con lentitud. No hay absolutamente nadie en la entrada parte de mí. Acabo de verlo, mas desapareció sin dejar el menor rastro. ¿Acabo de delirar? ¿Alucinar? ¿Imaginar? ¿Creer...? Volteo en todas direcciones, buscándolo con los ojos caminar sobre las escarchadas aceras. Las luces parpadeantes son las únicas compañeras en esta noche de escasas estrellas en el firmamento.

—Eve —repito con voz trémula.

Mis rodillas tiemblan. Hipeo con un nudo formándose poco a poco en mi garganta. Quiero llorar sin más. No me interesa nada, mis alucinaciones son terriblemente desgarradoras. Aprieto la mandíbula producto de la impotencia. Sollozo con lágrimas agolpándose en mi párpado inferior en tanto estrujo con frustración los pliegues de mi gabardina. Mi pecho vuelve a oprimirse y mis pulmones se revelan en mi contra. Ojalá estuvieras aquí. Me desplomo secamente en el suelo húmedo por la nieve decembrina con llanto ahogado marcando surcos sobre mis pómulos. Mis piernas no responden, duele levemente por la tosca caída. Se congestionan mis fosas nasales antes de limpiarme con la manga como el insensato niño que soy. Llevo la otra mano a cubrirme la boca, acallando mis quejidos lastimeros. Me yergo, sosteniéndome del marco de la puerta detrás mío.

Es raro. No llevamos tanto tiempo sin vernos, y aún así lo extraño como si de encontrarlo dependiera mi vida. Pendo débilmente de un hilo cuyo sostén es imprescindible, si él se rompe caigo al vacío, y si yo me suelto el se romperá eventualmente.

Recobro al fin la compostura. Este lugar es poco transitado y, dado que nadie desea salir en pleno 24 de diciembre a las... Dirijo la vista a mi reloj de pulsera, digital. Las 22:45 hrs brillan con una luz verde semáforo. Ahora que recuerdo, él no suele dormir antes de las dos de la mañana, incluso si tiene sueño le gusta trasnochar. Por mi parte, no creí que las horas en serio hubiesen transcurrido con tal velocidad. Llevo esperándole desde las 18 horas.

Pongo un alto a mis cavilaciones al sentir otro copo en el cabello derretírseme. Un escalofrío me recorre la espina por el frío. Niego con la cabeza con desdén mientras me doy la vuelta teniendo ganas de darme por vencido. Sin embargo el destino es contradictorio, y al alzar la mirada me topo con una fotografía suya apoyada al fondo de la sala. ¿Hacía cuando no veía esa foto? Es curioso, ese fragmento de memoria impreso solo se distingue desde la entrada. En la foto sonríe.

Suspiro acongojado. Le gusta hacerme sufrir al darme ánimos, bueno, al esperanzarme por conseguir mis metas. Esbozo una desdichada sonrisa contemplando el papel fotográfico escondido.

Tienes toda la razón, si no lo hago me arrepentiré.

Recabo fuerza de voluntad para afrontar esta misión difícil. Sería buen detalle llevar conmigo la foto, pero no me arriesgaré a perderla en el camino. Desde aquí, ir a su casa toma unos cuarenta minutos en transporte público. Que por ser día festivo y una hora tan avanzada de la noche mis obstáculos aumentan. El tren solo está disponible hasta las doce. Y a pesar de estar desierto por estas calles, en la zona céntrica las personas se siguen conglomerando hasta la madrugada, quitándome las ganas de pedir un taxi.

Giro sobre mis talones para cerrar con llave desde fuera. Llevo encima apenas el dinero necesario, espero no tener mayores contratiempos o en verdad tendré razones para echarme a llorar. Exhalo y veo el vapor caliente brotar de mi boca, debí abrigarme mejor, agradezco a mi imprudencia por hacerme concentrarme en lo esencial. En un bolsillo de mi pantalón está mi celular silenciado, en otro mi tarjeta y dos boletos del tren, en un compartimento interior de la gabardina varios billetes arrugados y una tarjeta de emergencia.

Me pregunto si ahora tendré la apariencia de un chico solitario y abandonado en busca de la única persona capaz de llenar un vacío inmenso, o si creerán que estoy perdido (tanto en la calle como en la vida). Mi mirada pretende ser determinada pero no puedo cesar mis pensamientos recurrentes. De la mayoría de las casas en derredor destellan luces multicolor y se oye música o villancicos. Hay adornos sobre los techos blanquecinos y me asaltan lindos momentos de la infancia. Con tristeza, camino guardando ambas manos en la gabardina. Avanzo cabizbajo con dirección a la estación más cercana. Fantástico, recién me acuerdo que hace falta transbordar a mitad de camino para llegar directo. Chisto la lengua, aprieto el paso para no seguir desperdiciando tiempo.

Solo falta que a alguien se le ocurra llegar mientras voy a su casa.

No, nadie vendrá. No vale la pena pensar en eso.

Una, dos, tres, cuatro cuadras caminando. Me empiezo a desesperar. Cinco, seis, siete calles. El frío me fatiga las piernas. Doblo por la izquierda, falta poco. Corro por dos cuadras más hasta perder el aliento. Vislumbro en la lejanía de la calle un par de luces neón y pantallas en un cruce peatonal aglomerado. Me detengo a respirar. Miro de soslayo una parada de camión al otro lado de la banqueta, hay nieve cerca de los asientos. No van hacia donde tengo que llegar. Ya no me resta saliva para humedecerme la garganta y tengo la piel congelada. Froto las palmas de las manos por inercia y de paso reviso la hora al bajar la manga que me cubre la muñeca izquierda. 23:17 horas, ¿alcanzaré a llegar? Solo deseo un lugar para reposar. Hace falta correr otro tramo más.

Decido no tirar a la basura mis esfuerzos y esperanzas hasta saber con certeza que son inútiles. Retomo el andar presuroso. Llevaba tiempo sin cansarme así de pronto.

Falta poco, ya falta poco.

[...]

Llegado a la estación, siento como me cae de lleno un yunque encima por imbécil. Es fin de año, Sou. En otras palabras, en fin de año (precisamente hoy) todo el servicio cesa a las 23:00 en punto para darle descanso a los trabajadores nocturnos. ¡Perfecto, en verdad ha sido en vano! Y es que, además, al buscar una referencia de la hora en algún lado me topé con un reloj dictando las 23:35. ¿Para qué vine hasta acá de todos modos?

Salgo de la estación —a la que ni siquiera pude entrar porque solo había personal de limpieza cerrando las instalaciones— con expresión desconsolada y arrastrando los pies. No sé si debería volver a casa y perder el tiempo en internet hasta caer dormido o ir a caminar en estas frías calles, sorpresivamente, aún con personas transitando. Podría decirse que estoy a mitad de camino de ambas casas, la suya y la mía, pero no me apetece ir a ningún lugar, así como tampoco me gusta la idea de quedarme a la intemperie frente a una estación de metro. Básicamente, no me sentiré cómodo vaya a donde vaya. Un silbido sutil del viento ruge por entre los edificios y el se arremolina con la nieve; el alumbrado público junto a las varias luces multicolores celebrando la época dan un ambiente que pretende ser alegre, pero tan solo me evoca una desoladora soledad. Lo único que me queda sería...

—Hah —suspiro con resignación y los ojos pegados al asfalto.

Pediré un taxi, es mi última solución. Tardaré más y será costoso, pero solo así le daré sentido a esta travesía en nombre del chico que amo. Dado que regresar llegados a este punto sería la acción más derrotista y quizá cobarde del mundo, daré mi último esfuerzo gustoso de encontrar una verdad (y si no, por lo menos sacarme del desconcierto).

Levanté la mirada en tono optimista, mis párpados comienzan a pesar. Inicio otra caminata en dirección a una avenida grande y famosa por donde un alto puente atraviesa el río de autos desfilando como una fila de hormigas luminosas. Al llegar me detengo cerca de un semáforo y espero, elevando el brazo, a que algún taxi acepte llevarme.

No sé la razón, no obstante, puedo percibir al tiempo ralentizarse. El segundero del reloj se ve lento, los copos albos han perdido masa, caen con la calma de una pluma. Mi hombro de pronto pesa, cuando un vehículo amarillo se detiene delante del semáforo. La ventanilla delantera baja velozmente.

—¿A dónde va? —infiere desconfiado un hombre trajeado, desde el auto.

—Distrito Toshima —replico. Ojalá no me rechace por querer ir tan lejos, difícil será que alguien más se detenga a esta hora.

—Suba.

Celebro internamente y un ápice de ánimos vuelven a mi entumecido cuerpo. Ni siquiera cené, estoy hambriento. No hago esperar más al amable conductor y me adentro al auto. Me acomodo en el suave asiento trasero y utilizo mis manos a modo de almohada sintiendo algo de conforte. Arrancamos. El hombre informa que tan solo aceptó llevarme porque su hogar queda en la misma dirección y sentiría mal de dejarme a mi suerte en plena avenida. No debo tener una linda apariencia justo ahora, ¿verdad? pensé. Le respondo sumamente agradecido y me dan ganas de dormitar por unos minutos, pero sería una desconsideración, así que rebusco entre mis bolsillos algo capaz de mantenerme alerta otra media hora. Hallo un pequeño dulce envuelto en plástico y al lado mis audífonos que daba por perdidos, en un otro compartimento de la gabardina. Llevo el caramelo a mis labios y al mismo tiempo los audífonos a mis orejas. Saco el teléfono del pantalón y lo conecto para reproducir alguna canción aleatoria. Funciona, pues empiezo a tararear entretenido mirando las calles desdibujarse desenfocadas una tras otra a través de la ventanilla del auto y el sopor se reduce lentamente. Cabeceo más despierto con la frente pegada al cristal oscuro de la ventanilla. La nieve luce hermosa cayendo sobre edificios coloridos y los pinos falsos iluminados con led dorado. Dentro del auto de este hombre huele a aromatizante de lavanda, como el año pasado en casa, con él.

[...]

De algo sirvió haber salido tan innecesariamente tarde a la calle. Pasando Shibuya y varios lugares concurridos los embotellamientos pararon. Llegamos a mi destino en la mitad de lo típico, es un alivio. Pago al hombre menos de lo que esperé y bajo, conmocionado, del coche. Tiemblo en mi lugar culpa del aire. La temperatura debe haber descendido unos dos grados desde que salí de casa. En parte es por esto que odio el invierno. Oh no, en adición hace falta volver a caminar para llegar. Tal vez fue por esto que Eve haya tenido la vaga idea de nosotros viviendo juntos en un futuro, tampoco le encanta tener que atravesar la ciudad para encontrarme. Pero esa no llegó a ser nada más allá de la idea para un mañana prometedor y fructífero al cual ahora, me pregunto si llegaremos a salvo. Estoy mirando a mi alrededor sobre una esquina entre dos calles confusas, nunca he estado aquí con tan escasa luz. Es una zona residencial, por lo tanto, no hay comercios abiertos como para pedir orientación. Pongo una mueca angustiada, más por temor a mi suerte que a la suya. Estoy aterrado, pero me limito a buscar una ruta eficaz desde el mapa del teléfono.

Abro los ojos, sorprendido por percatarme que estoy a dos calles y un doblez de su hogar. Trago en seco, los nervios vuelven a precipitarse a flor de piel.

¿Y si llego y no está? ¿Me abrirá? ¿Estará despierto? ¿Debería volver a llamarle? ¿Por qué su teléfono no está disponible? ¿Estará bien...?

Muevo la cabeza con tal de alejar mis paranoias. Respiro conteniendo el aliento, todo alrededor mío parece estar a punto de teñirse por completo de blanco. Me abrazo solo con el corazón dolido antes de emprender el paso en su dirección. Sin importar cuánto lo intente, nada en este sitio me resulta familiar pese haberlo visto junto a él tantas ocasiones. Las casas, repletas de luces y adornos en los muros me alejan del espíritu navideño, pues esta no es una feliz navidad, ésta es una noche angustiosa con —sarcástica— música alegre donde la mayoría la pasa bien en compañía familiar, excepto yo. La nevada no aumenta su intensidad (todavía), cosa que agradezco enormemente. Posiblemente estemos a menos cuatro grados centígrados.

Por mero reflejo he comenzado a trotar para entrar en calor. Desconozco cómo es que no me he muerto por el viento que de a espasmos se cuela por debajo de mi ropa.

Cruzo las calles suficientes a pasos agigantados antes de pasar de largo una puerta gris inconfundible. Paro en seco y me giro a ver la casa de mi novio. ¿En serio llegué sin darme cuenta? Me siento con la consciencia en una dimensión paralela. Mis labios están entreabiertos, considerando que no tengo idea si gritarle sería indicado. ¿Molestará a los vecinos? No importa realmente, sin embargo...

Dubitativo, toco el timbre dos veces consecutivas y escucho el sonido retumbar dentro del amplio lugar. Suelto un quejido disconforme por lo bajo con los dedos inquietos. Miro de un lado a otro sin percibir el menor cambio en el ambiente. De la casa solo emana un aplastante silencio y un aura capaz de doblegar. Mi corazón se acelera, mis palmas transpiran de nueva cuenta en tanto me consume una enervante sensación. Tenso la mandíbula preso del suspenso. Después presiono otras tres veces el timbre sin la más mínima contestación.

—Mierda... ¡Eve!

Odio elevar la voz en público, pero mi desesperación es incluso mayor.

—¡Eve, Eve soy yo! ¡Abre por favor!

Suponiendo que estés allí y me escuches.

Dejo escapar una fuerte respiración, tengo ganas de golpear algo. Me tranquilizo y empiezo a tocar sin reparos la superficie plana de la puerta ayudado de los nudillos. Miro a la cámara de seguridad denotando mi aflicción en tono suplicante.

No pasa nada.

Frustrado, pateo la pared. Quizás me duela luego. Extraigo mi teléfono y vuelvo a colocarme un audífono. Tan a prisa como mis dedos me lo permiten, marco su número de trabajo, rezando para no ser ignorado. ¡Nada, ni siquiera me colgaron! La llamada se pierde con suma naturalidad. Reluciente de molestia, pruebo con su número personal, recibiendo al momento la misma respuesta ambigua de antes.

—¡¡Eve, ábreme maldita sea!! —grito sumido en rabia.

Nada ocurre.

Maldigo en voz alta y empujo la puerta como si poseyera la fuerza para derribarla. Ésta se mueve levemente por el impacto y una idea absurda me aborda.

—No... —susurro aterrado. Hube tomado la manija de la puerta, la cual, cede como si nada. ¿No cerró con llave, en serio?

Mis extremidades se congelan en seco. No quiero entrar, no quiero entrar, no quiero entrar... Pude llegar hasta aquí, y aunque su casa esté tan descuidada como ahora, ¿no significa nada, verdad? Que su teléfono esté muerto y su puerta abierta en mitad de la noche no pueden estar relacionados, ¿o sí? Adentro no habrá una des agradable sorpresa..., ¿cierto?

Sudando frío abro de par en par. Asomo la cabeza al interior del pasillo principal sin hallar algo fuera de lo normal. Trago pesado antes de adentrarme cautelosamente en el edificio, aparente deshabilitado. Me aproximo a través del umbral, las luces están apagadas pero entra luz desde las ventanas. No me apetece encender o tocar lo que sea por lo que, sencillamente, prendo la linterna de mi celular. Es un lugar acogedor con toques minimalistas, podría pegarme con algo.

—¿Eve? ¿Estás aquí? Soy Sou.

No sé para qué sigo hablando si nadie responderá. Avanzo hasta la sala donde no hay algo desordenado. Eso es común en él. Procuro mantener mis pasos lo menos estruendosos. Me desplazo y asomo la cabeza en la cocina-comedor; donde hallo lo mismo. Después me dirijo hacia el baño. Encuentro un frasco de antidepresivos y otro de somníferos abiertos sobre el lavamanos de cerámica. Mentiría si dijera que no sabía sobre esto. La lengua me sabe amargo al rememorar cómo me prometió dejar esos "medicamentos". Salgo de ahí dirigiéndome hasta su recámara, el único sitio cuya luz está encendida.

—¿E-ve?

Temeroso, empujo la puerta. Cruje la duela bajo mis pies y las bisagras rechinan al estilo de película de horror. Mas sin embargo, no hay nadie aquí tampoco. No hace falta aventurar los ojos para notarlo, pues la luz bañando la habitación es clara. La decepción me vence, es obvio que no está. En la laringe vuelve a apretárseme un doloroso nudo, no lo he hallado ni después de tanto. ¿Para qué me molesto? No tengo la menor idea de cómo desapareció. No sé si realmente nadie sabe dónde se encuentra o me han mentido. Tampoco puedo decir que no esté escondiéndose del mundo en quién sabe dónde para huir. Sencillamente no comprendo cómo. ¿Cómo puede una persona esfumarse del mundo real en un día? Siendo el tan responsable no sé qué pensar. El sentimiento sobrecogedor me somete mientras contengo un miserable llanto de desconsuelo al apretar los dientes. Doy un paso más adelante justo al momento de sentir algo que estoy pisando.

Un débil "huh" sale de mis labios partidos por el frío. Veo al suelo frunciendo el ceño. Muevo mi pie al ver una hoja de papel sobresalir de un sobre mal cerrado. Curioso, flexiono las rodillas hasta quedar en cuclillas. Ladeo la cara y levanto el sobre amarillo mientras meto correctamente el papel en su interior. Nada aseguraba el sello. Doy la vuelta para ver el reverso del objeto, mas de la impresión, me desequilibro y caigo hacia atrás lo poco faltante para tocar el piso. El teléfono cayó a mi lado con un ruido sordo. Enseguida extiendo el brazo para recoger el objeto y releer aquello.

"Para Sou" dictaba una caligrafía rígida en tinta negra.

Muerdo mi labio inferior. Con la ansiedad resurgiendo como una flama, extraigo el dichoso papelito de dentro del sobre. Mis dedos tiemblan."Te quiero". Una simple y confusa frase. Lo releo otras tres veces consecutivas.

—Ja... Ja, ja ¿Me estás jodiendo? —el papel y el sobre caen. Los he soltado, atónito.

Abro los ojos en demasía y llevo mis manos al cabello desordenado por la nieve. Suelto una risa amarga. Aprieto el agarre en mi cabeza. Rio con incredulidad y de impotencia. Podría enloquecer de una buena vez. ¿Qué más me queda? Esta vez terminaré por llorar.

—¡Eso ya lo sé! ¡Quiero saber dónde mierda estás! ¡¿Qué hago con un papel inútil?! —mi voz está quebrada para este punto— Con esto... Con esto no pu-puedo encontrarte... Eve... E-eve...

El frío se ha disipado. Tengo calor, mis mejillas arden. Mis ojos y nariz pican. Encorvo la espalda hacia adelante mientras atraigo las piernas al torso para ocultar ahí el rostro cubierto de lágrimas saladas, agrias. Llevo ambas manos hechas un puño a mi pecho y me vuelvo un ovillo vulnerable. Desearía ser capaz de sostener mi corazón. Sollozo a mis anchas, sabiendo que nadie podrá escucharme. Estoy completamente solo en esta casa —ajena y a la vez familiar— donde reina un misterio sin resolver y mis lastimeros quejidos desolados irrumpiendo el apacible silencio. La nieve acumulándose en el exterior entierra cualquier sonido entre sus capas y la ciudad queda enmudecida por la nevada. Mi única pista sobre lo que fue de él no es más que una frase de amor. ¿Qué me quieres, dices? Lo lamento, no puedo alegrarme por saberlo. Nos lo dijimos uno al otro incontables veces, y sin embargo, esas dos simples palabras suenan a tristeza inefable. Se oyen y saben al gusto de una despedida inapropiada, acelerada e innecesaria.

Estás despidiéndote de mí, ¿verdad?

Abrazo mis rodillas en el suelo con un charco de lágrimas deslizándose desde mis ojos hasta la madera. El papelito y su sobre están bajo mis pies. No puedo reincorporarme. No alcanzo a elevar la mirada, quisiera apagar la luz del foco y dormir aquí mismo, a los pies de su cama. No tengo las fuerzas ni el dinero suficientes como para volver a casa. Este cuerpo frágil se quiere romper y su corazón debilitado está rajado por la preocupación. Contéstame Eve, por favor, que este lugar no es lo mismo sin ti; no me gusta el frío que se percibe. No huele a lavanda ni a té negro fresco sobre una sencilla cena para dos. Aquí no hay aroma, no hay felicidad ni vida, en su lugar hay un vacío desproporcionado que acabará por engullirme en él.

Hasta el momento, todo lo que sé desde que salí de casa es que ha estado incomunicado. Tengo un mal presentimiento creciendo con ferocidad y un sonoro llanto humedeciendo mis pómulos. Su hogar tenía la puerta abierta, sin llaves dentro ni fuera, él tampoco está presente. Nadie logra contactarle, seguramente habrá roto o extraviado el celular. Mi garganta se secó por inhalar en la nevada, tal vez por no abrir la boca en largo rato.

Por el traslado añadiéndole mi cansancio, opino que lo mejor será no irme. Enjugo mis lágrimas tras sentarme, desdoblando las piernas y mirando la cama fijamente. Se me han hinchado los ojos. Me deshago de la incómoda gabardina gris dejándola arrugarse detrás de mí sin reparar en recogerla. Con una mano me apoyo y me yergo, con otra tanteo la pared en busca del interruptor hasta lograr apagar el foco. Bajo la penumbra, arrastro las piernas en dirección al amplio colchón acomodado en la esquina izquierda. Solíamos pasar horas allí. La única ventana está cerrada, así que no entra el viento. Me permito tirarme sobre el edredón azul profundo, aún vestido, e instantáneamente mis párpados se cierran. Como muerto, me estiro para descansar. De reojo vislumbro mi pobre teléfono tirado, pero no me levanto. Sin darme cuenta comienzo a ceder ante el fuerte sueño, no tengo pensamientos ni cavilaciones molestas..., sino la mente adormecida de dudas.

 

[ ❄︎ ]

Con un panorama blanquecino abriéndose paso dentro de mi cabeza, una suave voz tararea a media voz, una melodía familiar que no alcanzo a distinguir. La voz es hermosa, tranquilizante, pero a la vez repleta de soledad. Me transmite su tristeza con lo que escucho de su canto sin instrumentación. Acordes lentos y con dejes de dulzura. Sonrío embobado y deseo voltear a encarar a esa persona, sin embargo el sonido decae al notar cómo me empeño en buscar su origen. Dejo entonces de intentar hallar razones, me dispongo a disfrutar en su totalidad con los ojos cerrados. Y el canto se alegra, pues aunque las palabras sean difusas entiendo el sentido de esta canción...

[ ❄︎ ]

 

Pasadas las diez de la mañana del día siguiente, desperté con los ojos llorosos y el corazón vacío. Por alguna razón, esto se siente como si el peculiar olor del té negro (ya perdido en casa) no me volvería a ser grato.

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