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Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 5 of Aoi Sekai
Stats:
Published:
2021-07-05
Words:
1,329
Chapters:
1/1
Kudos:
3
Hits:
106

No existen las rosas azules

Summary:

Una caída. Después una llamada del hospital son motivo suficiente para despertar mucho temor.

Work Text:

Sus pasos resonaron levemente como el tic-tac ininterrumpido de los relojes analógicos colgados en algunas paredes específicas para tener a la vista la hora. Blanco inmaculado, auras frías o mucho sentimentalismo emanando desde todos los flancos y pasillos. Del techo colgaban a modo de señalizaciones, letreros con marco metálico indicando los departamentos de la institución médica. Los hospitales nunca han sido motivo de alegría para muchas personas, aunque en este caso se desdibujaba su descontento personal (propio de la situación intrincada la cual atravesaba) para dar paso a un alivio indescriptible recorriéndole por dentro, hasta cosquillearle las yemas de los dedos. Con el corazón en la garganta y la respiración descontrolada se encaminaba, ramo en mano, a la habitación designada para su amado. ¿Y si era cierto? ¿Y si en verdad su memoria fue afectada parcialmente culpa del fuerte impacto?

—¡Sou! —exclamó un joven alarmado asomándose desde la puerta entreabierta del pulcro cuarto color níveo.

Dentro, otra persona con expresión desconcertada —quien hubo estado mirando fijamente a través de la ventana abierta— se volvió hacia el culpable de irrumpir abruptamente su ambiente perfectamente calmo. Lo primero en lo que se fijó fueron sus ojos, levemente ocultos por un par de anteojos grandes con armazón negro. Y enseguida, como cualquier persona normal, miró anonadado el gran y bello conjunto de flores envueltas en plástico y papel por el tallo que sostenía cerca del pecho, como si estuviese protegiendo su propio corazón entre los pétalos cautivantes de aquellas rosas singulares.

El nombrado no respondió. Sus ojos seguían muy abiertos; su boca deseando articular alguna misteriosa frase difícil de expulsar. Vestido con una bata azul pastel, se contrajo en sí mismo al notar la alegría e ilusión efervescentes en el rubio al suspirar después de lo que parecía ser un extenuante trayecto y caminar hacia él. No se atrevía a abrir la boca, en verdad la sorpresa era sobrecogedora.

—Sou-chan —repitió con dulzura y la mirada amorosa dirigida tan solo al confundido convaleciente.

—Hola... —musitó cohibido por la efusividad del contrario. Su cabeza aún dolía; las secuelas de su reciente accidente permanecían importunando con insistencia en su cuerpo, sin embargo con la intromisión de aquella persona una aguda punzada le llegó desde la nuca a irritar una herida no física. Hizo una mueca sutil acompañada por un quejido inaudible al elevar su mano libre (pues la otra tenía una aguja intravenosa) hasta la zona mencionada.

Sobresaltado, el portador del ramo de rosas depositó el objeto sobre las sábanas de la cama antes de contener un sollozo traicionero. Dolido por la angustia e impotencia, abrió los brazos para encerrar tiernamente al menor dentro de éstos. Apenas usando la fuerza prudente para envolverlo, lo estrujó débilmente sin esperar correspondencia, feliz de verlo a salvo y con disposición para recuperarse.

Otro furtivo "ugh" escapó ileso de los labios pálidos del enfermo, mientras el rubio cerraba momentáneamente los párpados intentando protegerlo de algún ente invisible o un ángel con ganas de llevárselo consigo al cielo. Pese a ser, precisamente, la razón del malestar del otro; y no, no era que lo hiriese con su calidez, sino que su memoria se había plagado de lagunas en las cuales, de vez en cuando vislumbraba efímeras escenas suyas, con ambos tomados de la mano. Dos escenarios diferentes se pintaron con acuarelas muy aguadas sobre un lienzo en exceso grueso.

"¿Mi pareja?" se cuestionó por dentro con las mejillas adquiriendo una pizca de coloración.

Por su parte, pasados unos cuantos segundos eternos, el visitante misterioso guardó la compostura esbozando una triste sonrisa. Recogió el ramo de los pies del chico y se lo mostró elevándolo a pocos centímetros de su rostro moreteado.

—Te las traje para..., darle algo de vida a este lugar, ya sabes, mientras te recuperas. Siempre decías que te parecían algo mágico...

"Aunque no sé si lo recuerdes".

—Muchas gracias —con cuidado, abrazó la envoltura humedecida por el rocío—, pero no me han dado ningún florero... —disculpó mirando al pequeño buró al lado de la ventana—, y yo creí que las rosas azules no existían.

Ahora fue su turno de atragantarse con las palabras en la punta de la lengua. Una cuchillada a sus esperanzas irreales. Una declaración inocente y honesta, pues sin importar que no fueran específicamente naturales, al castaño (de cabeza vendada en este caso) siempre le fascinó el azul en dichas flores.

—Ah, con que no te acuerdas, ¿me equivoco? —agachó la cabeza apretando los puños— Sou, séme sincero, ¿siquiera tienes idea de quién soy?

El susodicho tragó pesado por la aflicción transmitida en aquellas preguntas sencillas. Sostenerle la mirada se tornó imposible. Nunca fue un buen actor, pero sí un terrible mentiroso. Sin ánimos de decepcionar al gentil hombre, optó por actuar como, suponía, lo haría naturalmente un enamorado.

—¡Por supuesto que me acuerdo! Tú eres mi novio —aseveró desesperado. "¿O no?"

Rió amargamente en respuesta. —¿En verdad? Entonces, si sabes eso, ¿puedes decir mi nombre? —Sus iris se aclararon con el brillo fragmentado de un río iluminado por el sol una mañana despejada o como un lapislázuli pulido al ser atravesado por un fugaz haz de luz. Estaba dolido, porque no solo lo olvidó, sino que pretendía mentirle a costa de tener un panorama incierto sobre su propia vida. Esa gentileza imprudente tan suya. ¿Qué hubiera pasado de ser él su ex o alguien más? Cualquiera habría adivinado una relación amorosa entre ellos, eso no era algún tipo de garantía respecto al estado de sus memorias.

—Yo... —los ojos asustados del más joven se adhirieron a la manta sobre su cuerpo como si en ésta yaciera la certeza que le faltaba. Al fin y al cabo, quien dijo que "nada es obvio" fue un mentiroso. Su estupidez fue demasiado obvia —No recuerdo tu nombre. Lo lamento.

—No hay motivo para disculparse, simplemente creí que... Bueno, da lo mismo.

—Pero...

—Espera, antes déjame decirte lo primordial —Sou asintió dudoso—. Como sabes, en tu accidente de ayer te golpeaste la cabeza, pero tus padres estaban trabajando y por eso no han venido a visitarte. Justo ahora ellos vienen en camino, me conocen. ¿Recuerdas a tus padres y tu hermana?

—A mi familia, vagamente. No tengo recuerdos concretos de un par de años en adelante —se le desvió la mirada al delgado tubo conectado a su brazo, como si tal extremidad le fuera ajena o implantada de parte de un desconocido—. Se siente..., me recuerda a esa sensación cuando has despertado de un profundo sueño en el cual estuviste sumido por horas, y de todas maneras sentir que fueron minutos. Estoy algo cansado.

—Perdóname, fue inapropiado haberte abrazado ahora que... Olvidaste quien soy.

—¡En absoluto! Este hospital me sienta mal, me da mucha soledad en realidad. Agradezco toda tu atención, fuiste el primero en venir —sonrió sonrosándose. Encantador.

—¿Es en serio? Qué alegría.

Deseaba probar al destino y a sí mismo en busca de un método eficaz para reavivar su memoria o hacer salir a su subconsciente a flote, mas sin embargo no se trataba de una nimiedad, hablaba de la salud mental y emocional de Sou; por mucho que su egoísta consciencia deseara robarle un fugaz beso, no sabría a amor, tendría sabor a incertidumbre auto-infligida y forzada.

—No solo eso —retomó Sou—, es verdad que me pareces familiar. Es una corazonada.

Avergonzado y tímido de pronto, el recién llegado viajó con las pupilas hasta los dedos del otro, mismos reposantes e inmóviles sobre sus muslos. Qué aspecto más vulnerable pudo haber dado en aquel instante. Una corriente de aire se coló desde la ventana de nuevo, haciendo revolotear a las cortinas delgadas. Delicadamente llevó su propia mano hasta la de él, sin juegos infantiles, sin presión, se trataba apenas de un roce inseguro. Adultos volviendo a su inmadura adolescencia de descubrimiento mutuo. El menor no retiró la extremidad ni trató de cortar la atmósfera ensoñadora.

—Mi nombre es Eve, mucho gusto otra vez.

"¿Sería mucha molestia pedirte enamorarte, por segunda vez, de mí?"

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