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Fue el jadeo de Shinomiya, ese agudo y vibrante sonido, lo que acabó con el autocontrol de Nana. Mientras forcejaban, el calor de sus cuerpos y la posición comprometida tuvo la fatal consecuencia que tanto había estado evitando.
Durante años había estado completamente convencido que le gustaban las mujeres: cuerpos llenos de curvas, pechos grandes, rostros bonitos, pestañas tupidas y labios suaves. Enfrentarse al hecho de que quizá estaba equivocado lo había estado torturando las últimas semanas, soñando de nuevo con aquel torpe beso lleno de brillo labial exagerado.
Todo había comenzado esa noche, cuando Shinomiya lo atrajo para besarlo en su afán de demostrarle la falsedad de Rina. Y Nana se había dejado llevar por el ambiente, admirando el vestido bonito, los tacones altos, el largo cabello falso, y sobre todo el rostro sonrojado y contrariado de su amigo.
“Creo… que eres mi tipo”.
No había estado bromeando en ese instante, lo supo cuando esa conocida sensación de hormigueo le recorrió las palmas de las manos y tuvo el deseo de acariciarle el rostro hasta borrar el maquillaje. Se veía realmente como una chica, con su constitución delgada y delicada Shinomiya podía pasar por una mujer hermosa sin problemas, pero fuera de la impresión momentánea se dijo que prefería admirarlo sin ese disfraz. Nishina, ahogada en sus pervertidas fantasías yaoi, seguro había disfrutado colocarle todos esos accesorios para atraer las miradas de cuantos incautos cayeran en la trampa, y él había sido uno de esos tontos.
Vestido de esa forma era el tipo de mujer que lo hacía perder la cabeza, y por eso mismo lo perturbó el pensamiento de preferir verlo como siempre.
Había querido borrar la sensación que experimentó mientras vagaban por las calles solitarias, bajo las luces de la ciudad, pero no pudo aun después de semanas. Se levantaba sudando, deleitado en sueños bizarros de besos, humedad y deseo. Lo peor llegó cuando Shinomiya empezó a visitarlo con frecuencia con su habitual alegría caótica e inmadura. Atraparlo mirándolo cuando se distraía no lo hizo sentir mejor, tampoco observar el ligero rubor de vergüenza o confusión que cubría sus mejillas y orejas, solo lo… molestaba.
Al echarlo ese día durante la mañana se dijo que tendría que superar esa etapa, eliminar ese error sistemático de su cuerpo para no ensuciar lo que tenían, la amistad que habían formado durante sus días de secundaria. Lo único con lo que no contó fue con Shinomiya regresando en la noche lloriqueando y oliendo a alcohol, con un estrafalario vestido azul y una peluca mal puesta.
—¡Eres un idiota! —chilló con el tono más berrinchudo que tenía—. ¡Un imbécil horrible, horrible!
—¡¿Qué demonios…?! ¡Tú…! ¡¿Por qué estás vestido así?!
—¡Esto es lo que te gusta, ¿no?! —aulló, lágrimas llenando sus ojos aunque hacía un esfuerzo admirable para no derramarlas—. ¡Me miras de esa forma y luego… luego me echas! —Nana tragó saliva mientras su antiguo kohai lo señalaba con el dedo de forma acusadora y confundida—. ¡Yo debería ser el asustado, pero no, solo estoy enojado y dolido! ¡¿Por qué?! ¡Tú, maldito desconsiderado! —gritó con más ira que dolor, saltando hacia él y empezando a golpearlo tanto como podía.
Mientras gritaba de indignación con cada golpe que acertaba, Nana agradeció también que Shinomiya ingresara a su cuarto incluso si era de esa forma porque si seguía gritando atraería a sus vecinos. La puerta se cerró con el forcejeo pero eso estaba lejos de importar.
—¡Estás borracho! ¡No sabes lo que dices! —exclamó, intentando contenerlo.
—No estoy borracho, solo tomé un poco —reclamó Shinomiya, enseñando los dientes con furor. Estaba demasiado exaltado y eso había contribuido a su terrible elección de vestuario. Nana no sabía que pasó por su cabeza cuando decidió ponerse aquel vestido ridículo encima de la ropa que ya tenía antes. Veía el pantalón de vestir y la sensación de vergüenza ajena lo inundó al imaginarlo caminar así mientras venía a su departamento.
—¡No puedes estar hablando en serio! ¡Claro que estás borracho! ¿A quién carajos puedes seducir de esta forma?
No era lo que pretendía decir, de ningún modo, ¿por qué siquiera había usado la palabra “seducir”? Ahogando una maldición, soltó a Shinomiya como si quemara y retrocedió, frotándose el rostro con desesperación. Las manos le temblaban y habría querido no ver la sorpresa genuina en los ojos de Shinomiya para no sentirse tan estúpido. ¿No era lo que quería? ¿Por qué demonios reaccionaba así?
—Senpai…
—Es suficiente. Vete —masculló, humillado.
—No.
Alzó el rostro bruscamente, caminando con fuerza y rabia hacia él. Shinomiya se erizó con obstinación.
—Lárgate. Tengo suficientes problemas para lidiar también contigo. —Lo tomó de brazo para obligarlo a caminar pero se resistió. La peluca cayó de su cabeza dejando al descubierto su cabello cobrizo alborotado, y por algún motivo al verlo agacharse y recuperarla para intentar colocársela de nuevo, Nana estalló—. ¡Deja de hacer eso! ¡Estás siendo ridículo con toda esta tontería! —bramó, quitándole la peluca y enviándola a algún lugar de la habitación.
Shinomiya hizo un sonido inconexo de frustración, sus puños apretados sobre la tela descuidada.
—Es la única forma —dijo en voz muy baja, su rostro oculto por el flequillo descuidado—. ¿No es así, senpai? Me parezco a una chica, siempre me lo han dicho, soy lindo… si me visto de esta forma puedes fingir que soy una chica al menos por un momento —torció una sonrisa desagradable e impotente—. Y no tendrás que poner esa cara de sufrimiento cuando me miras de esa forma.
Sabía a qué forma se refería, lo había echado con toda la sutileza que podía esa mañana luego de comer, mientras lavaban y enjuagaban el servicio y reían del sufrimiento de Igarashi cuando Nishina lo arrastraba a sus noches locas de despilfarro. Ni siquiera había notado el momento en que se había quedado mirándolo fijamente, recordando el beso, su memoria jugándole una mala pasada al punto que se había inclinado sobre él y casi… casi lo había besado.
Nana apretó la mandíbula.
—¿No tienes nada de orgullo?
—Al menos no soy un cobarde —siseó Shinomiya.
—Tú…
—Decírselo a Serinuma-senpai fue tan sencillo después de que Mutsumi-senpai nos mostrara que debíamos ser directos. Pero yo no soy una chica… por supuesto que no admitirás nada —murmuró de forma vacía—. Está bien, sé eso perfectamente. Nanashima-senpai, me gustas, ni siquiera sé cómo empezó pero me gustas. Quisiera no sentir nada, es tan asfixiante…
Shinomiya empezó a llorar, y hubo tristeza desbordante en vez de furia en su expresión que congeló a Nana en su sitio. Teñida con esas emociones, la declaración era como un balde de agua helada.
No pudo responder, su cerebro era incapaz de procesar lo sucedido, y quizá el silencio que fue la peor respuesta que pudo ofrecer hizo que Shinomiya reaccionara con violencia de nuevo. Se adelantó y lo empujó, murmurando palabras sobre cobardía, miedo y descaro, empujó y empujó hasta que Nana chocó contra la pared del pequeño lugar donde vivía. No era una pelea a conciencia, Shinomiya carecía de la fuerza adecuada para lastimarlo, y Nana respondía conteniéndolo por inercia.
Cayeron al piso en un lío de brazos y piernas en un brusco e inesperado movimiento, y luego estaban forcejando más, gruñéndose mutuamente inmersos en la ira, la pasión y la atracción. Un toque mal dado provocó aquel sonido siseante, áspero y vibrante, y Nana se sobresaltó en una risa histérica cuando comprendió que las fantasías sobre sonidos dulces y eróticos provenientes de la boca de una mujer se hundían en la nada. El jadeo de Shinomiya, ese traicionero gemido, acabó con su cordura en cuestión de segundos.
—Puedes fingir… puedes fingir que soy una chica… —murmuró Shinomiya en cuanto notó su excitación.
—Deja de decir tantas tonterías, maldita sea —gruñó encrespado, alzando las manos y retirándole de forma brusca el vestido horrendo, odiando haberle causado esa inseguridad cuando apenas estaba aceptando ese lado del modelaje. Tenía la mente demasiado nublada por el deseo, las manos le picaban por tocarlo, pero le miró a los ojos y susurró—. Cuando hagamos esto no vuelvas a vestirte de mujer…
—Puedo usar algo mejor…
—Nada de ropa de mujer —ordenó—. Así está bien… —añadió, acercando su rostro al cuello de él, pasándole los brazos por las caderas.
—S-Sí…
Antes de que Shinomiya pudiese decir algo más, lo acomodó mejor hasta que estuvo encaramado sobre su cuerpo, buscando fricción entre ambos. Los movimientos estaban lejos de ser sensuales, eran torpes y aficionados y, aun así, los envolvió en una bruma de placer jadeante y perversa. La ropa estorbaba, debajo del vestido Shinomiya aún tenía una camiseta delgada y solo alcanzó a desabrocharla cuando Nana lo apretujó más contra él, susurrando contra su cuello, jadeando, siseando y tocándolo más y más. Apretó los dientes cuando notó como abría su pantalón y la fricción se hizo más intensa, piel contra piel, y el fuego creció en su vientre hasta que explotó.
Cuando recuperó el sentido de realidad, Shinomiya estaba acostado en el piso, Nana al lado de él, sus manos llenas de semen, su pantalón desabrochado también. Le sorprendió no sentir vergüenza, solo hambre de más y más.
—Senpai…
—No digas más cosas innecesarias. Fui estúpido, lo reconozco ¿está bien? —dijo Nana girando, las pupilas de sus ojos inmensas, el sudor resbalando por sus sienes—. Sabes… me gustas... No quería aceptarlo porque estaba asustado. —Y se suponía que había madurado, que ridiculez.
Shinomiya parpadeó, adormecido, mirando el techo con expresión contrariada.
—Puede que cambies de opinión para mañana.
—Entonces quédate esta noche y las siguientes —Nana le ofreció una sonrisa libre de todas las dudas que había estado cargando—, así que te aseguras de que no me arrepienta.
La oferta lo tomó por sorpresa, boqueó aturdido, las mejillas rojas.
—Eres malo, senpai.
Nana suspiró teatralmente, tiró el trapo que había recogido para limpiarse, y se inclinó sobre él pillándolo por sorpresa con un brusco beso. Quiso que el contacto fuese rápido pero fue en vano, el calor y la excitación estaban aún en el ambiente, y el recuerdo del beso anterior lo volvió demandante. Era casi sucio disfrutar de la saliva mezclándose y las lenguas frotándose.
Cuando se separaron por la falta de aire, lo supo.
—No me arrepentiré —juró.
La sonrisa resplandeciente de Shinomiya lo hizo sentir un poco patético, pero así se sentían todas las personas que se enamoraban, lo había aprendido observando la peculiar relación de Mutsumi-senpai y Serinuma. Solo le quedaba resignarse.
