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Sol Negro

Summary:

Luka nació con luz de sol y miel fluyendo por sus venas, magia que se creía extinta desde la época en que la diosa Lily caminaba en la tierra.
La estaba matando.

Debido a un accidente, es obligada a ir al castillo del duque Gakupo Kamui, quien se rumorea es portador de antigua una maldición con el poder de traer ruina al reino entero, y todo lo que Luka ama. Pero también es la única persona que puede ayudarla.

Notes:

¿Acaso este fandom está medio muerto? Sí. ¿Acaso sigo siendo la única persona obsesionada con GakuLuka en pleno 2021? Sí. ¿Acaso eso va a impedir que haga un longfic autoindulgente con tropos y headcanons extremadamente específicos que van a interesarle como a dos personas en total? Absolutamente no.

Si tienes alguna crítica constructiva o comentario, no dudes en escribirlo en los comentarios ^.^

Chapter 1: Las abejas la seguían

Chapter Text

A donde sea que fuera Luka, las abejas la seguían.
Desde su más tierna infancia la constante en su vida había sido incesante zumbar en sus oídos, cuando hacía magia, cuando cantaba, cuando, como en ese momento, daba vueltas en la cama intentando conciliar el sueño.

La lluvia golpeaba en las ventanas y techos, lo que por lo menos mantendría a los insectos a raya por un par de horas. En ese momento, sólo unas pocas deambulaban sobre su piel.

Luka alzó la mano para observar a la abeja que daba vueltas alrededor de sus dedos, batiendo las antenas y las alas como si buscara el néctar de una flor.

Luka ladeó la cabeza, vacilante. En su pecho sentía ese alboroto antinatural que le impedía cerrar los ojos por más de unos minutos, como si hubiera bebido demasiadas tazas de café.

A pesar de su mejor criterio, decidió complacerla.

No producía polen, pero podía hacer algo similar. Respiró hondo y se permitió a sí misma ceder un poco ante la tensión que llevaba acumulándose en su cuerpo durante a través del día, la semana entera, los últimos meses, toda una vida.

De su mano brotó un listón de luz del color de la miel, iluminando de forma tenue los ángulos de su rostro y su habitación en penumbras. La abeja se despegó de su piel para volar alrededor de ella llenarse de la magia, hasta que su cuerpo quedó cubierto de un brillante polvo dorado. Una vez contenta, aterrizó en su clavícula, y Luka se obligó a sí misma a extinguir la luz con un gesto de su brazo.

Luka ignoraba qué era lo que las atraía tanto de su magia, pero como solía pasar con sus poderes, no podía tratarse de nada bueno.

Pero la abeja estaba satisfecha, ella, para variar, sentía sus párpados pesados.

Dio otra vuelta en la cama, con cuidado de no aplastar a ningún insecto, y cerró los ojos.
No le importaba, no en medio de la madrugada, no cuando mataría con tal se ser capaz de dormir un par de horas. Lidiaría con las consecuencias de sus acciones en la mañana, es lo que se decía a sí misma cada vez que veía al sol ponerse detrás de su ventana, sus puños cerrados con fuerza hasta que sus nudillos se tornaban blancos.

Así afrontaba su cotidianidad, cuando cada día era un eslabón más en la pesada cadena que arrastraba detrás de ella y el futuro se veía como un horizonte distante e incierto que no le ofrecía más que su misma rutina hasta que no pudiera más y...

Hasta que no pudiera más y…

A pesar de todo, encontraba cierto refugio en la oscuridad, especialmente en su cuarto, cuando lo único que la rodeaban eran las sombras de los muebles que había conocido tosa su vida y un respiro de la cegadora luz del sol que brillaba siempre sobre su pequeño pueblo. Su único consuelo al final de cada día.

Bufó, pensamientos tristes eran lo único que ocupaban su cabeza, por lo que se esforzó por apartarlos y concentrarse en el rítmico golpeteo de las gotas de agua en el cristal de su ventana.
No tardó en quedar dormida.

 


 

Luka despertó con los rayos del sol en sus ojos, gruñó y se tapó el rostro con la almohada que abrazaba contra su pecho. La segunda cosa que notó fue la ausencia del familiar cosquilleo en su piel.

Se obligó a sí misma a incorporarse y a abrir los ojos, las cortinas estaban descorridas, la ventana firmemente cerrada.

Su madre debió haber ahuyentado a las abejas, de nuevo. A veces lo hacía cuando quería ocupar su mente con algo, no importaba cuántas veces Luka le insistiera que ya estaba acostumbrada y que no tenía caso. Aún así se esforzaba en desenrredarlas de su cabello, meter las manos dentro de sus bolsillos y ropa para atrapar a las más escurridizas, encerrarlas dentro de vasos y, en una particularmente traumatizante ocasión, envolverlas en pañuelos y aplastarlas.

Siempre las miraba con asco, y Luka dudaba que tuviera que ver con los insectos en sí.

De todas formas, el cambio no era desagradable, al menos podría moverse por un rato sin la preocupación de acabar con un aguijón enterrado en la piel.

Se estiró para recoger una camisa blanca tirada en el suelo, se vistió de manera floja y se calzó sus botas desgastadas, se sintió un poco más despierta cuando lavó su cara. Tuvo que respirar hondo antes de tomar su cepillo.

La chica que se peinaba en el espejo tenía el rostro con forma de corazón, la piel tan uniforme que parecía más una muñeca de porcelana resplandeciente que una persona de carne y hueso. Su cabello era demasiado rosa y demasiado largo, ya le llegaba a la cintura y lo había recortado apenas hacía unas semanas, sus uñas empezaban a estorbarle, también.

Luka intentó sonreír, su reflejo sólo le ofreció un incómodo gesto a medias. Suspiró y dejó el cepillo a un lado.

Salió de su cuarto, y aunque su estómago rugía, se obligó a sí misma a detenerse cuando estuvo frente a las puertas de la habitación de su madre. Tocó la puerta, la abrió cuando escuchó un suave murmullo desde adentro.

―Buenos días, mamá.
―Buenos días, Luka―dijo Chika de forma automática.

Estaba sentada en su cama, como si aún no se hubiera levantado. Su cabello rosa, unos tonos más apagados que el de Luka, caía sin lustre por sus hombros, en vez de los moños en los que por lo usual se lo recogía.

―¿Vas a desayunar?
―Quizá luego―dijo tras unos segundos de silencio, como procesando la pregunta.

No hizo afán de moverse, a veces hacía eso, sentarse inmóvil durante horas y horas con la vista pegada en un objeto en particular. La mayoría de las veces se trababa de una pertenencia de Luka, un vestido viejo o su armario, en ocasiones miraba uno de los retratos de Kiyoteru que colgaban alrededor de la casa; todo mientras acariciaba su anillo de bodas con la yema de los dedos, el gesto se había vuelto tan habitual que Luka pensaba que ya ni siquiera se daba cuenta cuando lo hacía.

―Ya veo. Te veo en un rato, mamá.
―¿Está todo bien?

La pregunta tomó a Luka por sorpresa, mordió su labio.

―Uh, sí, tan bien como se puede estar, supongo.

Pasaron unos segundos antes de que Chika asintiera, casi satisfecha, pero Luka alcanzó a ver en su rostro el destello de esa expresión desolada que portaba cada vez que la observaba de verdad y no sólo a través de ella.
Pero no dijo nada. Luka tampoco.

Se dio la vuelta, giró el picaporte y se fue. Cuando estuvo fuera de la habitación, se apoyó contra la puerta y suspiró, odiaba decirlo, pero fue como quitarse un peso de sus hombros. Siguió su camino escaleras abajo.

Se detuvo a mitad de la sala de estar, a altura de la chimenea, para alzar la vista al enorme retrato en frente de ella. El hombre de la pintura tenía el cabello castaño y cálidos ojos del mismo color detrás de anteojos cuadrados, coincidentemente, era el padre de Luka también.
Para el resto de su familia, Kiyoteru era su adoración, héroe y mártir quien les fue arrebatado de forma injusta, se hablaba de él pocas veces en tonos melancólicos y distantes, pero siempre con cariño.

Murió antes de que Luka naciera, de no ser por el hecho de que su hermano llevaba su nombre, ella dudaba que siquiera lo recordaría.
Para ella, la gentil alma que había rescatado a su madre cuando no tenía nada no era nada más que un desconocido en la pared, juzgándola con aquellos ojos astutos, su historia no más que una leyenda creada por dolientes que quizá lo recordaban más admirable de lo que en realidad fue.

Salió de su trance cuando escuchó las voces del único atisbo de normalidad en su vida. Kokone y Kyo ya se habían levantado, se apresuró en cruzar la habitación y llegar hasta la cocina.

Su hermana regaba las numerosas macetas que colgaban de las paredes y alfeizares de las ventanas. Con gráciles movimientos de las manos, dirigía el agua como si se tratara una extensión de su propio cuerpo, ni siquiera tuvo que mirar a Luka para esquivarla cuando se interpuso entre el camino del agua y de sus preciadas camelias.

Kyo en realidad no tenía necesidad de usar su magia a diario salvo para encender estufas o calentar comida, pero jamás perdía una oportunidad para presumir, ocupando dos sillas del comedor, invocaba llamas que lamían sus dedos mientras que se llevaba pan tostado a la boca con la otra mano. Luka temía que incendiara el mantel, o peor, el resto del desayuno.

―Buenos días, tontos.
―¿Días? Si ya se va a poner el sol―su hermana seguía demasiado absorta en su tarea como para dirigirle la mirada.
―Amable como siempre, ¿No?
―Aprendí del mejor.
―No, no, malentendiste todo―dijo Kokone―. Se supone que Kyo tenía que servir como mal ejemplo, no tenías que imitarlo.
―Ah, y supongo que eres el buen ejemplo.

Como respuesta, Kokone lanzó su cabello hacia atrás con un gesto petulante, Kyo le arrojó una servilleta.

Luka suprimió su risa en una sonrisa pequeña. Su mirada volvió a la mesa, sobre la que estaba un plato de huevos revueltos, jugo de naranja recién exprimido, pan y mantequilla, su estómago rugió.

Caminó hasta una silla, pero antes de que pudiera acercarse, Kokone se atravesó en su camino para abrir una alacena. Sus hombros se rozaron.

En la amplia cocina, donde la luz del sol se filtraba a través de pálidas cortinas y el desayuno crepitaba en una vieja sartén, nada cambió. Kyo mordía la uña de su pulgar y Kokone decidió que había terminado de regar las plantas, y dejó caer el agua sobrante en una jarra cercana, todo sin dejar de tararear populares.

Pero Luka estaba paralizada en su lugar, lo había sentido, la magia que fluía a través de las venas de su hermana como rápidos de un río, estaba en la vasija, en la tierra mojada y e incluso dentro de pétalos y hojas.

La llamaba, despertaba un poder nunca del todo dormido que latía en su cuerpo, rogaba que dejara de resistirse y desatara una tormenta, una inundación, un huracán entero.

―¿Luka?

El grifo goteaba.

―Luka―repitió Kyo, esta vez más alto.

Su respiración se volvió más pesada, giró sobre sus talones para dirigirse a otro aparador al final del pasillo. Este era de madera de ébano, y en vez de porcelana fina, exponía diversos viales, las formas, al igual que los tamaños y contenidos, variaban. Uno contenía flores secas de color naranja vibrante, pero la mayoría se traban de líquidos y polvos.

Luka lo abrió para tomar un frasco de contenido azul pálido y quitar el corcho, el aroma era fuerte, en la etiqueta se podía leer en esmerada caligrafía “Navorán”.

Conocía esa sensación dentro de su pecho, el momento justo antes de que un millón de fuegos artificiales estallaran.

―Luka, detente.
―Prometiste que ya no lo harías.

En cualquier otra circunstancia, las palabras de Kokone le hubiesen dolido, pero no esta vez. Lanzó su cabeza hacia atrás y bebió todo el contenido, ignorando el sabor amargo y la sensación ardiente que dejó en su garganta. En teoría, debería diluir una cantidad mucho menor en una taza de agua caliente con miel, pero las dosis pequeñas habían dejado de surtir efecto desde hacía mucho.

No era ningún secreto el por qué no se administraban más de un par de cucharadas a la vez, los efectos casi la derriban, pero logró apoyar su frente y manos contra el frío cristal.

 

« Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve… Diez. »

 

Siete segundos eran los que solían bastar para que la droga funcionara, hacía unos años eran sólo cinco. Abrió los ojos, sus manos temblaban, y a pesar de que su aliento había empañado el vidrio, pudo ver en él los reflejos de los rostros preocupados y decepcionados de sus hermanos. Pero la llamada del agua había disminuido al suave murmullo al que estaba acostumbrada, así que estaba bien. Ya no tenía hambre.

Respiró hondo para recuperar la compostura y se dio la vuelta para confrontar a su familia, la barbilla levantada.

―Bueno, ahí van tres semanas, cuatro días y aproximadamente diez horas limpia―dijo Kyo sin una pizca de humor en su voz.
―La próxima vez me aseguraré de atravesar tu estúpido estómago con estalactitas―Luka se esforzó por escupir las palabras a través de sus dientes apretados.

No podía enfocar la mirada. Kokone se encogió en su lugar, pero Kyo no se inmutó.

―Sigue así y morirás de una sobredosis antes de que una estalactita atraviese tu estómago o el mío, sabes.
―¡¿Y qué sugieres que haga?!
―¡Diosa, no lo sé, pero no esto!―estalló por fin Kyo, señalando con sus brazos hacia Luka.
―Debe de haber otra forma―Kokone alzó la voz, de seguro para evitar que se mataran entre ellos.
―No hay otra forma―respondió Luka aún enfurecida, pero su tono denotaba más tristeza de la que le hubiera gustado.

Comenzó a caminar.

―Luka, espera.

Se hizo paso entre ellos, antes de que pudieran alcanzarla y detenerla, extendió sus brazos para invocar una ráfaga de viento. Su intención fue sólo hacerlos perder el equilibrio, pero el golpe los empujó hacia atrás y, al igual varios jarrones y retratos que colgaban en las paredes, cayeron al redondos al piso.

Tomó una capa de un perchero y salió de la casa, ignorando las voces que gritaban su nombre, por lo menos tuvieron la sensatez suficiente para dejarla sola. No lloró, sólo empeoraría las cosas.

El jardín era amplio, cubierto casi por completo de flores, arbustos y vides, todos fruto de Luka. Era una forma más o menos inofensiva de desatar su poder, además, nunca les faltaba fruta de temporada y los árboles frondosos servían para ocultarse de la vista de ojos intrusos.

No se molestó en asomarse a la reja principal, donde sabía que se encontraría con una multitud de gente arrodillada, atando listones dorados y flores a los barrotes de acero que rodeaban su casa. Rezaban tanto en murmullos como en gritos, las palabras alcanzaban incluso su habitación claras como el cristal, alabando a la Diosa, alabándola a ella.

Dio gracias en silencio a los estoicos guardias que su madre había contratado. De no ser por ellos no le cabía duda de que la gente ya habría escalado la reja desde hacía mucho tiempo para entrar a su habitación y…

No quería imaginarse, se colocó la capucha. Por el aroma de perfume avainillado, supo que era de Kokone. Alzó dos dedos hasta la altura de su pecho donde, sujeto por un alfiler, estaba un sol dorado, emblema de Lily y, por lo tanto, de ella. Gracias a él, podían pasar desapercibidos entre multitudes.

Pero no era ninguna santa escogida por la Diosa, le asqueaba el hecho de que la consideraran como tal. Si Lily de verdad era la causante de su magia, entonces sin duda fue para maldecirla, no eran ningún regalo, mucho menos una profecía o la prueba de que era su verdadera hija o lo que sea que las personas se imaginaran que fuera.

Se escabulló a través de las estatuas y las fuentes hasta llegar a una pequeña salida secreta que ella misma había creado cuando tenía unos trece años. Le había tomado eternidades derretir los barrotes sin incendiar el pasto a su alrededor. Daba a una arboleda, perfecta para entrar y salir sin ser notada.

Si sus hermanos sabían sobre ella, no estaba segura, pero como era rara la vez que la utilizaba, nadie tenía razón para sospechar de nada, además, estaba bien camuflada entre arbustos y rocas.

Se arrodilló para arrastrarse a través del angosto agujero, no era tan fácil como cuando era una niña. Una vez del otro lado, se levantó sacudió su ropa de las ramas y hojas. Se encontró con los guardias que siempre estaban vigilando esa parte de la reja.

Por órdenes de Chika, ni siquiera les estaba permitido dirigirle la palabra a Luka, pero ella notaba el brillo en sus ojos cada vez que veían flores brotar bajo sus pies descalzos, o la manera en la que su piel resplandecía bajo la luz del sol. Algunos lo disimulaban mejor que otros.

En teoría, Luka tampoco debería hablarles, pero les pidió que no le dijeran nada a su familia sobre sus escapadas. No podía saber con certeza si las sonrisas dulces quedaron de sobra, pero a juzgar por la ausencia de comentarios por parte de su madre, habían mantenido su parte de la promesa silenciosa que le hicieron, lo que era mucho más de lo que Luka podía pedir, la hacía sentir culpable de ni siquiera saber sus nombres.

Los ignoró al pasar, ellos también fingieron que no estaba ahí.

Se aseguró de que su cabello y rostro estuvieran bien ocultos y siguió su camino, procurando pisar las rocas para no ensuciar sus zapatos. Le dirigió una última mirada a su casa antes de continuar, no debería salir, pero tampoco podía soportar la idea de volver. Por una vez en su vida, le gustaría alejarse un par de kilómetros, fingir que no tenía nada que dejar atrás ni nada por delante de su camino de lo que debiera temer.

Le encantaría ir a la ciudad de un reino lejano, donde nadie supiera de ella y no tuviera que escabullirse por las sombras. Hacer amigos con los cuales emborracharse, levantar sus faldas y subir a carruajes de desconocidos, entrar a una tienda lujosa y comprar elegantes vestidos que nunca tendría la oportunidad de usar aunque pudiera comprarlos, regatear por el precio del vino especiado o lo que sea que se hiciera en mercados. Había ido un par de veces cuando era pequeña, el resto lo había aprendido de libros y lo que Kyo y Kokone le contaban.

El recuerdo de sus hermanos hizo que la realidad del cayera encima como una cubeta de agua fría. Por supuesto que tenía que volver, por más que el pensamiento le revolviera el estómago, y cuando lo hiciera, no le sorprendería encontrarse con el aparador de medicinas vacío, o por lo menos cerrado con el candado más grande que hubiera en la casa.

En el fondo, Luka comprendía sus buenas intenciones, y aún peor, que tenía razón: estaba mareada, sus labios y garganta seguían ardiendo. Sabía bien que llegaría el día en el que se desmayaría por beber tantas botellas de Navorán antes de suprimir su magia cada vez más poderosa, pero hasta entonces no estaba dispuesta a volver a estallar en mortífera luz de sol. No de nuevo

No notó que sus manos seguían hechos puños hasta que sintió un dolor punzante en su palma, la abrió y vio que aún se aferraba con fuerza al vial vacío, que estaba pegajoso con miel. Suspiró y lo guardó en su bolsillo después de tallarlo contra su pantalón. A este paso las abejas no tardarían en advertir su presencia y empezar a agitarse, y lo que menos buscaba era llamar la atención.

Desvió su atención del camino por demasiado tiempo, hizo una mueca de asco cuando su pie se hundió en un charco de lodo.

―Esto no puede estar pasando.

Levantó su pierna para examinar el desastre, estaba enlodada hasta el tobillo. Después observó cómo las gotas de agua, casi como por voluntad propia, resbalaban por su bota hasta volver a caer el suelo, dejando atrás sólo una fina capa de tierra sobre el cuero desgastado.

Ella ni siquiera había levantado un dedo.

Ya no le sorprendía que sus poderes se manifestara sin importar qué tanto intentara reprimirlos, pero eso, lo que había sucedido con Kokone, era nuevo. Siempre había podido notar la magia a su alrededor, la fluidez de su hermana controlando el agua, la vivacidad del fuego crepitando a manos de su hermano, pero acercarse a ella nunca la había vuelto tan consciente de cada molécula de agua a su alrededor, incluso las que estaban suspendidas en vapor o corriendo a través de las tuberías.

 

Cada vez estaba peor, acabaría por matarla. Si es que antes no lo hacía una sobredosis o un fanático enloquecido o el ejército de una nación enemiga que la veía como una amenaza.

Pero si había tomado una buena decisión en todo el día había sido la de haber salido de casa justo cuando lo hizo. Se escondió detrás de un árbol al ver al carruaje blanco altamente protegido que pasó a un lado de ella. No necesitó ver con claridad el emblema brillante grabado en sus puertas para saber que se trataba de un noble.

Esperó a que la rebasara, como esperaba, se dirigía a su hogar. Por desgracia, su magia no era ningún secreto ni en su pueblo ni en reinos lejanos, los devotos de Lily no eran los únicos con los ojos puestos en ella.

Una vez estuvo fuera de su vista, se atrevió a salir de su escondite, se adentró más en los árboles antes de seguir su camino con recelo. De verdad no estaba de humor para lidiar con aristócratas o mercaderes o cualquier persona que creyera que tuviera riquezas lo suficientemente atrayentes como para ganarse su mano.
Desaparecería en la plácida oscuridad del hueco de un árbol durante un par de horas en las que lamentaría su existencia y esperaría a que el efecto de la droga pasara y, con algo de suerte, que quien sea que había planeado en visitarla se haya ido ya.

O, por lo menos, esa fue su intención.

Sintió el hormigueo de la magia a su alrededor incluso antes de escuchar el tenue susurro de las hojas en los árboles y su crujir en el suelo, la perturbación del aire que pareció formar una burbuja alrededor de ella.

No, no sólo alrededor suyo.

Quiso echar a correr, pero antes de poder hacerlo, fue detenida por una mano en su hombro.

―Buenos días, señorita―dijo una voz susurrante que envió escalofríos a través de su columna vertebral―. ¿Debo suponer que usted es Luka Megurine?