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En la playa

Summary:

Dio, despojado de su vida, tiene mucho tiempo para pensar en sus acciones a la orilla de una playa que sabe que no está en este mundo. Y mucho para pensar en cierta persona.

Notes:

Work Text:

Lo último que vio en vida fue arena y supo que murió del todo rodeado de arena y mucho sol. Había muerto en África, pero esa solamente había sido la última vez. Su vida había sido peculiar y, para quienes decían que lo único definitivo era la muerte, tenía que decirles que le explicasen como había sido su vida. Se sentó y espero en la orilla, no parecía que pudiese hacer mucho más en esa puesta de sol infinita perdiéndose en el mar. Sin mucho que hacer se acabó dando cuenta de que sus manos eran ligeramente más pequeñas que antes, aunque sus dedos más largos. No tardó demasiado en darse cuenta de que volvía a estar en su propio cuerpo de nuevo.

Su cuerpo no estaba mal, para nada, había estado en una forma física perfecta al morir tiroteado con la máscara. Había sido un hombre enorme y fornido, solamente es que se había criado al lado de un puñetero gigante y se había acostumbrado a su cuerpo. Había llegado a conocer cada centímetro de ese cuerpo bastante bien. A veces pensaba en que si Jonathan no hubiese sido tan rematadamente obstinado lo habría conocido igual de bien, pero sin perder el suyo.

Si George Joestar no hubiese sido tan mojigato a la hora de educar a su hijo... Aunque no le había faltado tiempo para preñar a la rubita. No dejaba de tener su gracia que al final ella le hubiese dado un hijo que él, que supiera, le había dado por lo menos cuatro. Si tan sólo hubiese sido menos obstinado, habrían sido los reyes del mundo.

Pero claro, JoJo nunca hacía lo que él esperaba que hiciera y sus descendientes habían sido iguales a él. Por un momento en Jotaro Kujo le había parecido Jonathan antes de darle el golpe de gracia. Joseph y Jotaro, ambos con la ayuda de los otros y la fundación que había creado el perro faldero de Jonathan. Jonathan no había necesitado de tanta ayuda para derrotarle la primera vez. Había conservado su cabeza hasta el momento en el que tuvo que salir de la mansión, posiblemente la enterrarían con los huesos de Erina.

A su manera, por mucho que Erina hubiese dicho quererlo hasta el final, él era el que siempre lo había tenido presente. Porque todo el mundo gustaba de recordar que había sido él quien le había llevado al final, pero ni Speedwagon ni Erina habían contado la de veces que le ofreció el mundo entero y lo rechazó. No había tenido tanta paciencia en la vida con nadie, puede que nadie se la hubiese devuelto tampoco, pero tampoco se la había tenido a sus leales fieles cuando se equivocaban. Incluso llegó a deshacerse de gente perfectamente válida por faltarle al respeto a su dichosa calavera.

No sabía cuanto tiempo había pasado, pero acabo escuchando unas pisadas detrás de él. No tuvo que levantar la vista para reconocer los pies, los había llevado mucho tiempo. Se había quitado los zapatos y remangado los pantalones.

-¿No deberías estar en el Infierno? -le preguntó Jonathan.

Había pasado más de cien años con sus últimas palabras en la mente, tratando de no olvidar su voz, como si hubiese podido hacerlo aunque hubiese querido. Levantar la vista hacia su rostro le costó más de lo que estaba dispuesto a admitir. Su última visión había sido la de sus ojos llenos de perdón pero vacíos de vida. Al atreverse lo encontró con los brazos cruzados esperando y una especie de puchero de perder la paciencia. Le dieron ganas de reír, a veces se olvidaba de lo joven que era Jonathan cuando murió, ambos eran unos crios, pero él había podido seguir existiendo mucho más. Quizás con el tiempo su idealismo se habría drenado y la maldad del mundo habría podido empañar su pureza.

-¿Tu no deberías estar en el Cielo con tu horrenda familia? -le preguntó después de ser capaz de enfrentarse a su mirada.

-Estaba en el Cielo, con mi familia. Pero nunca he dejado de velar por mis descendientes y, que casi nos mandases a Joseph prematuramente me hizo ponerme más en guardia y decidí salir a ver que hacías al enterarme de que no estabas ya en tu sitio.

-¿Y como sabías que no estaba en "mi sitio"?

Jonathan sonrió con esa sonrisa odiosa que no tenía nada de sarcasmo, esa sonrisa que había odiado nada más ver y que había aprendido a detestar porque casi nunca iba para él.

-Como ya te he dicho, velo por mi familia, hasta por los que no se lo merecen -hizo un gesto de restarle importancia- Además, tengo mucho tiempo ahí. Pero no me has respondido, ¿por qué sigues aquí?

-Quizás este no sea mi final y por eso no me han llevado allí. Quizás todavía quede tiempo para que yo, Dio, vaya al Cielo.

-Nada estaría mejor para mi, Jonathan, que te lo hubieras ganado alguna vez -se sentó a su lado, aunque no tan cerca como a Dio le hubiese gustado- Lo que has hecho con mi cuerpo, no me refiero a lo de los asesinatos, me refiero a... No van a tenerlo fácil y espero de todo corazón que el joven sacerdote no los encuentre. Ojalá y pese a ti puedan vivir vidas normales.

-Cuento con que te equivoques y sepan ser mis herederos.

-Yo cuento con que sean Joestar, al menos un poco -le respondió Jonathan antes de darle una palmada en la espalda y levantarse- Hay gente que me espera, debo irme.

-¡Espera! -no quería volver a estar solo tras lo del ataúd, no cuando podía tener a su otra mitad destinada al lado- Yo...

-Entiendo que no quieras estar solo, pero hay gente esperándome de verdad.

-¿Tu esposa y Speedwagon? Claro, la gente que te ama -le dijo en tono ácido esperando escandalizarlo por lo de Speedwagon.

-El amor siempre debe ser bien recibido aunque no sea correspondido, Dio, y no hay nada más honorable que ser capaz de haber inspirado sentimientos en un hombre tan bueno -Jonathan sonrió, de nuevo sin un rastro de malicia- Nunca habría juzgado a nadie por eso aunque casi nunca en toda mi vida se me ocurrió que eso fuese una posibilidad -miró hacia algún sitio que Dio no pudo ver, pero desde luego estaba, se reflejaba en los ojos de Jonathan- Ahora sí, tengo que marcharme.

-Dijiste que nuestro destino era estar juntos -le dijo en algo que pretendía que fuese un susurro, pero que le supo a un grito estrangulado.

-Pero entonces me mataste Dio, entonces me mataste -le levantó la barbilla para que lo mirase a la cara- Y mataste a mi padre. Podrías haber estado con nosotros para siempre, pero ya es tarde. Adiós Dio, no creo que nos volvamos a ver.

-Adiós Jonathan -le respondió sin ser capaz de mirarle mientras desaparecía.

Jonathan era un necio si pensaba que no se volverían a ver. Claro que lo haría, aunque tuviera que ser en otro mundo.