Chapter Text
—Escucha atentamente, Namaari. —La líder Virana habló con una firmeza implacable mientras peinaba a la joven princesa para la cena. Su voz resonaba con autoridad y determinación, sin lugar para la debilidad o los errores.—No debes olvidar nuestra misión y cumplir con tu deber.
—Recuperar la gema de las manos de esos ladrones y restaurar el orden de nuestro pasado.
La pequeña Namaari se mantenía erguida, inmóvil, absorbida por las palabras de su madre. Después de tanto tiempo de preparación, finalmente tendría la oportunidad de arrebatar la gema de aquellos despiadados individuos de Corazón, quienes la habían codiciado egoístamente durante tanto tiempo. Las historias de las guerras entre naciones y clanes nunca se borraron de su mente. Estaba convencida de que el pueblo de Corazón era una plaga que debía ser exterminada.
La admiración hacia su madre inundaba los ojos de Namaari. No iba a defraudarla. Esa era su oportunidad de afirmarse como la princesa heredera, la futura líder de Colmillo.
Al escuchar la seriedad en la voz de su hija, la líder Virana esbozó una sonrisa interior y depositó un beso tierno en la frente de Namaari.
—No me decepciones.
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Con un sobresalto, Namaari emergió de las profundidades de un sueño inquietante. Sus pulmones se llenaron de aire con rapidez, mientras su pecho subía y bajaba en un vaivén frenético. Un escalofrío recorrió su espina dorsal al darse cuenta de que no había escapado del tormento de sus pesadillas.
Desorientada, sus ojos se aferraron a la ventana de su habitación, que parecía convertirse en un portal hacia una oscuridad abismal. El silencio de la noche se volvió opresivo, envolviendo su cuerpo tembloroso en un abrazo gélido. El frío calaba en su piel, insinuando la presencia de sombras ocultas y secretos inquietantes.
Con cada respiración agitada, Namaari sentía cómo el aire se cargaba de una energía inquietante. Una sensación de vacío se apoderó de su pecho, como si un abismo se abriera frente a ella, amenazando con engullirla en sus profundidades oscuras. La habitación, a esa hora de la noche, parecía haberse transformado en un santuario de desolación y misterio.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, distorsionando su visión y difuminando los contornos de la realidad. El recuerdo del sueño turbulento aún se aferraba a su mente, dejando cicatrices emocionales que se extendían como grietas en su corazón. Las sensaciones vívidas, tan reales como el día en que las vivió, la asaltaron sin piedad.
En medio de la oscuridad de la noche, Namaari se vio arrastrada una vez más hacia un torbellino de pesadillas. Su mente se sumergió en un remolino de recuerdos y emociones confusas, mientras revivía una y otra vez el encuentro con aquella niña de ojos cafés y vestido verde.
En su sueño, la figura sonriente se transformaba en un ser malévolo, lleno de odio y sed de venganza. El impacto de aquel ataque despiadado sacudía su ser hasta lo más profundo de su ser, dejando una estela de confusión y dolor en su estela.
Namaari no podía comprender por qué estas pesadillas persistían noche tras noche. Había actuado con honestidad y había hecho lo que consideraba correcto en aquel fatídico momento. Entonces, ¿por qué el terror y la traición la perseguían en sus sueños más oscuros?
Las palabras del jefe Benja resonaban en su mente como un eco distorsionado. Aquel hombre que solía ser un líder ambicioso y manipulador, ahora se mostraba extrañamente distinto. Namaari se preguntaba qué había sucedido con el supuesto líder de Corazón que su madre tanto le había advertido. Pero de igual manera, su propio padre había tenido momentos fugaces de amor entre tanto daño.
La gema del dragón, tan valiosa y poderosa, se había fragmentado en sus manos sin que Namaari lo deseara. Su intención nunca había sido causar tal desastre, pero las consecuencias de aquel incidente la perseguían como fantasmas vengativos.
La joven se encontraba atrapada en una vorágine de emociones: culpa, confusión y una sed de respuestas que parecían escurrirse entre sus dedos. Anhelaba comprender el origen de aquella maldición que la atormentaba y encontrar la redención en un mundo que parecía empeñado en juzgarla por sus acciones.
Con cada noche que pasaba, Namaari se veía envuelta en un ciclo interminable de sueños oscuros y misterios sin resolver.
Con una determinación forjada en acero, Namaari apretó los dientes y se alzó de su lecho, dejando atrás las sábanas revueltas. Un escalofrío recorrió su columna vertebral mientras se preparaba en silencio para enfrentar la noche oscura. Sabía que la tranquilidad efímera que había encontrado en sus paseos nocturnos con Serlot estaba a punto de desvanecerse en un suspiro. Aún así, salió para lo que sentía sería su último recorrido.
Con paso firme, se adentró en los largos y sombríos pasillos de Colmillo, dejando que su mano acariciara los muros como buscando consuelo en su fría superficie. Años de sacrificio, pérdida y dolor habían convertido a su clan en el más fortificado de todos frente a la amenaza de los Druun. Ella y su madre habían dado todo de sí para proteger a su gente, asegurando que los niños de su tierra pudieran correr libres y reír sin miedo, a pesar de la crueldad y despiadada naturaleza del mundo que los rodeaba. Parecía que habían cumplido su propósito, que habían logrado lo que tanto habían anhelado, pero...
Un peso opresivo se instaló en el pecho de Namaari, nublando sus pensamientos con un torbellino de dudas y remordimientos. ¿Por qué, a pesar de sus esfuerzos incansables, se sentía culpable? ¿Por qué su corazón se negaba a encontrar la paz en medio de la victoria?
Las sombras de la noche parecían susurrarle acusaciones silenciosas, recordándole que, a pesar de su aparente éxito, algo seguía atormentándola. Sus pasos resonaban en el silencio sepulcral del clan, como el eco de las interrogantes que carcomían su ser. La oscuridad a su alrededor parecía ahogar su alma, dejándola envuelta en una penumbra llena de incertidumbre y reflexión.
La noche callada se convirtió en testigo silente de su lucha interna, mientras Namaari se adentraba en las profundidades de su corazón, decidida a desenredar los hilos de la culpabilidad y encontrar la claridad en un mundo turbulento y lleno de sombras.
Con la fiel compañía de Serlot a su lado, Namaari se adentró en las sombras de la noche, su destino fijado en la frontera de los imponentes muros de Colmillo. Era en esos momentos oscuros cuando los Druun se alzaban con mayor ferocidad, y aunque los ríos artificiales que rodeaban la fortaleza les mantenían a raya, nunca podían bajar la guardia. Un gesto de saludo a los soldados que custodiaban los puestos de vigilancia y la joven guerrera se adentró en la oscuridad, envuelta en un sigilo mortal.
Los recuerdos comenzaron a aflorar en la mente de Namaari mientras avanzaba en silencio bajo el manto nocturno. Siempre había confiado ciegamente en su madre, creyendo cada palabra y siguiendo cada orden sin cuestionar. Sin embargo, el descubrimiento del antiguo rollo que hablaba del posible paradero de Sisu, el último dragón, había sembrado la semilla de la duda en lo más profundo de su ser. La mentira tejida por su propia madre había sacudido los cimientos de su confianza, dejándola en un mar de incertidumbre y confusión. Aunque se negaba a permitir que aquellos pensamientos perturbaran su mente, sabía que no podía ignorar la verdad latente.
El viento nocturno susurraba en su oído, llevando consigo las voces de aquellos que alguna vez habían dudado de su madre y de su historia. ¿Eran los dragones realmente una mera fantasía del pasado, o había algo más oculto en las palabras entrelazadas de los ancianos? Namaari se prometió a sí misma que descubriría la verdad, sin importar el costo que tuviera que pagar.
Caminaba con paso decidido, su mirada enfocada en el horizonte oscuro, mientras su mente se debatía entre lealtad y búsqueda de respuestas. El peso de su responsabilidad como protectora de su pueblo se acentuaba en cada paso, pero también lo hacía el anhelo de conocer la verdad y comprender la complejidad de su propio destino.
Así, bajo la luna oculta, Namaari se adentró en el territorio incierto de su propia existencia, decidida a desentrañar los misterios que habían permanecido ocultos durante tanto tiempo. La oscuridad era su aliada, y en su corazón ardía una llama inquebrantable que la impulsaba a seguir adelante, sin importar los desafíos que encontrara en el camino.
Ella siempre había sido una ferviente adoradora de los dragones, criaturas imponentes que durante siglos habían combatido a los temibles Druun, salvando a la humanidad de su oscuro destino. En Colmillo, su tierra natal, se les honraba como héroes legendarios, pero algo dentro de Namaari se inquietaba cada vez más con el paso del tiempo. Las ceremonias se volvían más breves, las historias más difusas y las pruebas de su existencia se limitaban al sombrío cementerio de dragones, oculto en las profundidades de la tierra entre las naciones.
¿Estoy haciendo lo correcto?
Como un eco incesante en su mente, esas palabras se repetían una y otra vez, desgarrando su ser. Las dudas sobre su madre y las acciones que habían tomado para proteger a Colmillo la atormentaban noche tras noche, y Namaari sabía que no podría ignorarlas por mucho más tiempo.
Bajo el manto estrellado de la noche, Namaari se detuvo en su camino junto a Serlot, su leal compañero. Descendió de su lomo y lo acarició suavemente, dejando que sus dedos se hundieran en el pelaje sedoso. Serlot, una bestia de guerra temida por todos, incluso por los civiles de su propio clan, se convertía en una fuente de calma y serenidad en sus brazos. Sus ronroneos llenaban el aire, envolviéndola en una sensación de paz.
Pero había una certeza que ardía en lo más profundo de su ser: debía encontrar a Raya.
Namaari sabía en lo más íntimo de su corazón que su enemiga no había perecido en aquel fatídico enfrentamiento. Podía sentir su presencia, latente y desafiante. Levantó la mirada, observando el horizonte donde la tierra de las naciones se unía, y en sus ojos ardía una determinación feroz.
—Debo confirmarlo —susurró, su voz cargada de convicción.
Confirmar que Raya era un monstruo, la hija de un jefe manipulador que había ocultado la gema del dragón durante años para su propio beneficio. Convencerse a sí misma de que su guerra contra Corazón era justa y necesaria, aunque eso significara enfrentar la verdad más desgarradora.
El viento nocturno susurraba secretos en sus oídos, y Namaari se sumergió en la oscuridad con la certeza de que el camino que se avecinaba sería peligroso y lleno de desafíos. Pero estaba dispuesta a enfrentarlos, a desafiar su propio destino y a descubrir la verdad, sin importar las consecuencias que la aguardaban en su búsqueda incansable.
Con el coraje de una guerrera y la determinación de una buscadora de la verdad, Namaari se adentró en la noche estrellada, donde los destinos se entrelazaban y las lealtades se ponían a prueba. El destino de Colmillo y su propio destino se fusionaban en un momento crucial, y ella estaba dispuesta a enfrentar todo lo que se interpusiera en su camino, incluso si eso significaba enfrentarse a su propia madre.
Montó nuevamente en la silla de montar, sintiendo la fuerza poderosa de Serlot debajo de ella, y se dirigió de vuelta a su palacio. El cielo cambiaba vertiginosamente a sus espaldas, anunciando un nuevo día lleno de posibilidades y peligros.
Después de dejar a Serlot en su lugar, Namaari avanzó en silencio hacia los aposentos de su madre. Sin embargo, justo antes de llegar, sus oídos captaron el sonido de la voz de su madre, pero no estaba sola. Alguien más estaba con ella.
Un escalofrío recorrió la espalda de Namaari. No era común que su madre estuviera despierta a tan tempranas horas. Su instinto le advertía que algo no estaba bien. Casi sin pensarlo, Namaari entrecerró los ojos y, con rapidez y agilidad, encontró un escondite desde donde podía escuchar la conversación sin ser vista.
Inmediatamente, se reprochó a sí misma.
¿Cómo podía siquiera dudar de su madre de esta manera?
La vergüenza la invadió, y estuvo a punto de abandonar su escondite cuando escuchó a su madre hablar más cerca de la puerta. Ahora podía captar con claridad las órdenes que emitía con una voz fría y despiadada.
—No te desvíes de tu misión. Encuentra a los sobrevivientes restantes y elimínalos. La única capaz de robar el rollo del dragón solo puede ser esa niña. —Las palabras, llenas de desprecio y crueldad, resonaron en el silencio del pasillo. La voz de su madre parecía irreconocible. —Debí haberla matado yo misma aquel año. No debe quedar nadie de Corazón. ¿Entendido?
—Sí, mi líder —respondió una voz masculina, grave y gélida.
Un escalofrío recorrió su espalda, helando su sangre mientras los ojos de Namaari se abrían desmesuradamente. Aguantó la respiración, sintiendo el peso de las palabras siniestras que había escuchado. El contraste entre la imagen de su amable madre y las declaraciones sangrientas resultaba incomprensible.
Permaneció oculta un poco más de tiempo, tratando de asimilar la verdad aterradora que había descubierto. Sin embargo, su determinación no se desvaneció. Sabía que no podía ignorar lo que acababa de presenciar. El destino de su pueblo y su propia integridad estaban en juego.
Finalmente, salió de su escondite y se dirigió en busca de la líder Virana. Mientras avanzaba por los pasillos, el sol se alzaba en el horizonte, tiñendo el palacio con su cálida luz. Pero en el interior de Namaari, un conflicto tormentoso agitaba su ser.
Encontró a Virana en un salón, rodeada de ayudantes que trabajaban en la reconstrucción de las barreras dañadas por las tormentas. Observó a su madre desde la distancia, los rayos del sol pintando un aura de serenidad y armonía a su alrededor. Durante un instante, Namaari se detuvo, tentada a olvidar lo que había descubierto. Podría continuar su vida como siempre, como si los sueños con la chica de vestido verde y las voces en su cabeza fueran meras fantasías.
Pero el peso de la verdad se hizo insoportable. El clamor de su pueblo resonaba en su interior, exigiendo justicia y libertad. Namaari no podía dar la espalda a la oscuridad que acechaba en las sombras de su propio hogar.
Una tormenta de emociones rugía en su pecho. Miró fijamente a su madre, cuestionando todo lo que creía saber. ¿Era posible que la líder de Colmillo estuviera involucrada en una trama tan perversa?
La decisión se forjó en el fuego de su determinación. Namaari avanzó hacia su madre, dispuesta a confrontarla y descubrir la verdad detrás de las palabras sanguinarias que había escuchado. No importaba cuán dolorosa pudiera ser la revelación, estaba lista para enfrentarla y luchar por la justicia que su pueblo merecía.
El destino de Colmillo pendía de un hilo, y Namaari se convertiría en el filo de la espada dispuesta a desenmascarar la traición y restablecer la verdad.
Mientras Namaari observaba en silencio, la líder Virana percibió su presencia. Una sonrisa se dibujó en sus labios, resaltando su elegancia y benevolencia en su impecable vestimenta blanca. Se acercó con paso seguro, emanando un aura de autoridad. Sus dedos acariciaron suavemente el rostro de Namaari, arreglando delicadamente su cabello oscuro en el proceso. Ni un cabello fuera de su lugar.
—Buenos días, mi princesa. Espero que estés lista para otro día de deberes. Recuerda que todo esto es para que te conviertas en una líder excepcional para tu pueblo.
"Una líder excepcional para tu pueblo". ¿Era eso realmente lo que Colmillo necesitaba? ¿Era eso lo que ella era destinada a ser?
Un cambio imperceptible se produjo en los ojos de Namaari, una oscuridad sutil que reflejaba las dudas y los secretos que albergaba en su interior. Con una voz que apenas reconoció como suya, pronunció sus palabras con determinación.
—Madre, tengo una propuesta.
