Actions

Work Header

Así surgió la Tokyo Manji

Summary:

En este mundo existen alfas, betas y omegas. Cada una de las castas viven su día a día acostumbrándose a convivir con sus instintos, incluso en el mundo de las pandillas. Son relatos alternos del cómo creció la famosa pandilla Tokyo Manji, en un mundo Omegaverse.

No siempre las historias serán sucesivas. Algunas ocurren en el presente, otras en el pasado.
El desorden se debe a que escribo lo que se me ocurra en ese momento.
No existen los viajes en el tiempo.

Notes:

Hola! Esta es mi primera historia Omegaverse, así que espero hacerlo bien.
Agregaré algunos detalles propios que iré explicando durante los capítulos

Son solo escenas que se me ocurren, disfruten ^^

Chapter 1: Mitsuya adopta a Takemichi

Summary:

Draken sabe que el único que puede calmar a un omega, es otro omega

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

Cuando Takemichi llegó por primera vez a una reunión de la Toman, honestamente no imaginó nada de lo que ahí vería.

 

Antes que nada, por supuesto que estaba atemorizado de que Mikey y Draken lo invitaran en primer lugar, a él, un omega simple, pequeño, con tendencia a llorar con sus problemas, para nada apto de estar en un sitio repleto de delincuentes que obviamente tenían que ser todos alfas o hasta betas quizá ¿Quiénes más irían por las calles intimidando a la gente y buscando pelea?

 

En este punto es que Takemichi se estremece de nervios al estar sentado al comienzo de las escaleras del dichoso santuario que la pandilla tomó como su territorio.

 

¿Y qué si en la realidad lo estaban haciendo para hacerle algo malo?

 

Quizá no debió enfrentarse a Kiyomasa ese día. Siendo aquel tipo un enorme beta de terrible reputación, definitivamente no debió humillarlo, y menos sabiendo que era un miembro de la reconocida Toman. Y peor, siendo él un enclenque omega insignificante repleto de miedos e inseguridades. Pero Takemichi en realidad nunca quiso hacer aquello. No es que hubiera retado al sujeto para ocupar su lugar, ganarse fama o por creerse más fuerte si sabía bien que, en su condición de omega, era un completo suicidio.

 

Oh, sí. Él estaba muy consciente de que esta sería una de las palizas más horrendas de toda su corta vida. Que seguro acabaría perdiendo y que con suerte no saldría con algún hueso roto si no es que Kiyomasa o alguno de los alfas o betas que lo acompañaban decidieran hacerle algo peor.

 

No, de ninguna manera hubiera hecho lo que hizo.

 

Pero sí, lo hizo.

 

Porque su único propósito fue evitar que la paliza se la llevara en realidad uno de sus más preciados amigos.

 

Y aunque los cabecillas, Draken y Mikey llegaran después, y le otorgaran su merecido castigo al beta por manchar el nombre de esta organización de delincuentes con algo tan estúpido como apuestas en peleas clandestinas, Takemichi reconocía que sujetos como ellos nunca le perdonarían semejante golpe a su orgullo de alfa. Le habían enseñado a temerles desde que era un niño y más aun desde que se se presentó como un omega.

 

¿Y un omega retando a uno de los suyos? ¡Tenía que ser una maldita broma!

 

Pero si antes tenía miedo a ser conocido como la perra de Kiyomasa, mucho más aterrado estaba con ser llamado la perra de Mikey. Nadie más ni nadie menos que el mismísimo jefe de toda la Tokyo Manji.

 

¿Y si mejor corría y se escondía hasta que ellos se olvidaran de él?

 

Tarde.

 

Ya era muy tarde para considerar la idea.

 

Sus pensamientos fueron silenciados cuando el retumbar de varios motores de motocicletas se hizo presente por la avenida. Cada vez más y más cerca del punto de reunión al que le indicaron asistir.

 

El pequeño, teñido de rubio barato, entonces se puso en pie con el cuerpo frio y tenso, abrumándose más al darse cuenta de que, definitivamente no existiría ninguna escapatoria con la inmensa cantidad de gente que se aproximaba. Las que en un solo parpadeo ya estaban ocupando todo el espacio abierto del santuario, estacionando sus ruidosas y variadas motocicletas, uniformados en su totalidad con un traje negro con símbolos dorados que resaltaban más a la luz de los faroles.

 

Aquellas mismas potentes luces que lo deslumbraron por un instante bajo el contraste de la noche oscura en la que Takemichi había estado esperando. Y al poco rato, ya podía escuchar murmuraciones y gritos que lo señalaban y preguntaban groseramente que qué hacía alguien como él ahí.

 

Oh no.

 

Oh no.

 

La hostilidad territorial que varios de ellos empezaron a emanar lo puso todavía más nervioso y si no tuviera en su cuello los parches que ocultaban su propia esencia de omega, seguro ya hubiera hecho que este marcara un límite entre él y toda la banda de desconocidos delincuentes, advirtiéndole a quién sea que se atreva a acercarse que este omega estaba teniendo mucho miedo.

 

Pero no podía ser así.

 

En esta sociedad los parches o el uso de collares eran obligatorios para los omegas, de ese modo se redujo la velocidad con la que ascendía el número de incidentes relacionados con alfas y/o violaciones. Sin embargo, las feromonas no solo eran un llamado a buscar pareja aunque ese fuera su efecto más importante, también eran un mecanismo de defensa que ahora los omegas no podían usar cuando se sentían amenazados.

 

Es por esa razón que, desesperadamente, ahora los ojos azules se movían con velocidad sobre el montón de rostros enojados. Todos lo observaban de pies a cabeza, juzgándolo, escupiendo a su paso. Y Takemichi realmente no quería imaginar lo que estaba pasando por la mente de cada uno de ellos al verlo, ni tampoco si ya habían descubierto que era un omega. Lo único que deseaba su instinto era encontrar pronto entre ellos la chispa de algún rostro conocido, algo o alguien en lo que pudiera refugiarse.

 

Mikey.

 

Draken.

 

¡Tenían que estar aquí!

 

—¡Todos cierren la puta boca!

 

Fue una voz masculina, tan ronca como el gruñido de un animal salvaje la que hizo que el grupo entero se callara de súbito y erizara al mismo tiempo la piel de Takemichi. Pues, aunque no se había usado ninguna voz de autoridad alfa, aquella era lo bastante firme y autoritaria como para que el resto de hombres sencillamente acatara lo que les ordenó y sin objeción alguna.

 

Al mismo tiempo, fue un alivio para el omega que ni siendo miembro de esta pandilla, reconoció fácilmente a quién pertenecía esa potente voz, y ahora sabía al menos que tenía un aliado entre todo ese exceso de atención que su mente tan solo pudo percibir como un ataque.

 

Es Draken...

 

¿Pero realmente Draken era seguro? En primer lugar, fue él y Mikey quienes lo trajeron aquí, quienes tenían el control sobre todos ellos quienes ahora lo amenazaban.

 

No es confiable, no es seguro. Repetía su cabeza y Takemichi instintivamente dio un paso hacia atrás.

 

—¡Mitsuya!

 

—Voy.

 

No había escuchado ese nombre hasta aquel instante. Aún yacía estático con el aturdimiento que él mismo se provocó con el pánico y los nervios. Y Draken fue bastante coherente en ese aspecto. Pues en el estado tembloroso, alerta y a la defensiva en el que se encontró hundido el pequeño omega, era hasta peligroso que un extraño vaya a acercársele; mucho peor si este fuera un alfa que además podía reaccionar con la misma agresividad.

 

El instinto protector de un omega era realmente fuerte y hasta violento cuando él o sus cachorros se sentían amenazados. Hasta peligroso si se trataba de un alfa al que se enfrentaba, pues los omegas tenían todas las de perder si el alfa era lo suficientemente canalla como para no tomar en cuenta su advertencia y atacarlo. Así que el hombre del tatuaje a un lado de su cabeza tampoco era la opción correcta para intentar calmar al pobre omega.

 

Pues para que un omega salga de ese estado inducido por el mero instinto de supervivencia, tenía que volver a sentirse seguro. Y ahora, la única forma de lograrlo, era convencerlo de que aquí no existía peligro y que ninguno de ellos iba a dañarlo a pesar de no reconocerlo como parte de ellos.

 

—Oye, ¿puedes mirarme? —murmuró una voz, tan serena, paciente y dulce que Takemichi a los segundos siguientes sintió como sus sentidos regresaban a él de buena manera.

 

Ni siquiera se dio cuenta de que estaba mostrando los dientes hacia el numeroso grupo, y se asustó de ello con un sobresalto y un chillido agudo tapando al mismo tiempo su boca con ambas manos. Volteando luego hacia la persona que le había hablado y que lo estaba observando a tan solo unos pasos lejos de él.

 

Aquel chico tenía las manos en los bolsillos, un pendiente negro adornando el lóbulo de uno de sus oídos, traía el cabello corto de un color lila suave, el mismo que pintaba sus grandes ojos amables acompañados de una mirada tan suave y llena de comprensión que provocó un fuerte sonrojo sobre las mejillas pálidas del chico de ojos azules.

 

Pues además de mostrar una postura totalmente gentil ante él que estaba a la defensiva, desprendía un aroma pleno y delicado, una esencia a flores de lavanda y de lluvia, una fragancia de efecto tranquilizador que otorgaba calma y que solo podía poseer otro omega.

 

—Yo lo… Lo siento —articuló Takemichi, encorvándose con pena y cierto nerviosismo. Enrojeciéndose todavía más ahora que el omega mayor había soltado una tenue risa, seguramente burlándose de su impulsivo y casi infantil comportamiento. Pero ese no era el caso.

 

—Descuida, es culpa de ellos —avanzó unos pasos ahora que el omega más pequeño había abandonado su actitud defensiva, permitiendo que el otro pueda invadir más de su espacio rodeando sus hombros con un brazo—. Te aseguro que nadie aquí hará algo para dañarte, a menos que sean golpes y si en verdad te los mereces.

 

—¿Eh?

 

—Solo bromeo  —aclaró riéndose sobre el hombro del rubio—. Eso es muy poco probable que suceda ya que, eres invitado de Mikey, ¿cierto?

 

El menor asintió aun algo cohibido por la advertencia de los golpes, aún tenía vendajes en su rostro cubriendo heridas que no han sanado desde su última pelea, pero aun así, se sentía cada vez más cómodo bajo el cálido abrazo protector de este omega. Tanto, que sin notarlo empezó a acurrucarse más hacia el cuerpo del mayor, obteniendo una sonrisa cálida de su parte.

 

La banda que se hallaba lejos de ellos dos ahora estaba más distraída, conversando entre ellos y soltando algunas risas, todos ajenos a su pequeña conversación, incluso Draken había dejado de mirarlos atento, hablando animadamente con algún otro miembro uniformado y eso, hizo que por fin Takemichi se sintiera fuera de cualquier amenaza que pudiese dibujar su cerebro.

 

No había peligro.

 

—Te lo agradezco mucho... Tu… Emm…

 

—Mitsuya Takashi —completó el otro— ¿Y tú eres…?

 

—Takemichi Hanagaki.

 

—Takemichi, ¿Me permitirías acercarme?

 

El rubio lo miró por largos instantes, parpadeó confundido por lo que Mitsuya le estaba pidiendo ya que, literalmente este ya estaba extremadamente cerca suyo. Estaba confundido, hasta que percibió una ligera caricia desde su hombro hasta su cuello generándole cosquillas aun sobre la tela del parche que ocultaba la zona en la que se ubican sus glándulas de feromonas.

 

Se estremeció y tuvo que reírse tenuemente por el contacto, logrando que Mitsuya dibujara para sí una sonrisa amable y enternecida gracias a la reacción del omega más pequeño que ahora sí entendió a qué se refería al decir que quería “acercarse”.

 

—Está bien, Mitsuya.

 

Y con esa afirmación, el mayor se puso en frente rodeándolo esta vez con ambos brazos como era un debido abrazo, acariciando ligeramente su nuca, aferrándolo hacia él como si quisiera ocultar al rubio del mundo entero. El aspecto asustado de alguien más pequeño despertó también en Mitsuya sus instintos primarios, plantándole la idea de proteger y consolar al cachorro tanto como le sea posible.

 

Asomó su nariz hacia la curvatura del cuello de Takemichi, retirando con sus dedos tan solo una pequeña parte del parche que se pegaba fuertemente a su blanquecina piel. Intentó ser lo más delicado posible para no lastimarlo y aun así, un ligero gemido de dolor se escapó de los labios del rubio con el pequeño tirón, provocando en Mitsuya el impulso de abrazarlo todavía más fuerte, pasando una mano abierta por su espalda hasta abrazar su cintura, acariciando su mejilla con su propia sien y dejar así que su olfato se llenara con la dulce fragancia a chocolates, avena y leche que desprendía el menor.

 

Al mismo tiempo, Takemichi ocultó también su rostro en la tibieza encontrada en el cuello del omega superior, envolviendo sus propios brazos al rededor de su cuerpo para más cercanía, sorprendiéndose a sí mimo de que, a diferencia suya, Mitsuya no llevaba ningún parche que contuviera su esencia de omega ni collar que lo protegiera de alguna posible amenaza.

 

Nada de aquello, ¿Era acaso también un rasgo de delincuente para los omegas?

 

Aunque la curiosidad lo picara, no quería entrometerse demasiado en ello. Más todavía, reflexionó en que su aroma tampoco era tan dulce y penetrante como sería normal a su joven edad. De hecho, ya pensaba que la ligera fragancia floral combinada con un amable petricor encima era bastante refrescante y deliciosa, placentera y tranquila para su asustado ser. No le disgustaba para nada ser impregnado lentamente con ese aroma aunque debía admitir, era uno bastante inusual para un omega.

 

Afortunadamente, para resolver su confusión, todo obtuvo más sentido cuando la punta de la nariz de Takemichi, la cual grababa para siempre el aroma del mayor y lo reconocía como un lugar seguro, percibió los rastros de una cicatriz firme que dejaba una notable curva sobre la piel pálida que tenía Mitsuya en su cuello.

 

—Mitsuya, caso tu…

 

—Exacto —el mayor no le dejó tiempo a completar sus palabras. Se alejó lentamente de Takemichi, cuando pensó que ya era suficiente todo lo que hizo para tranquilizar al cachorro, cubriendo de nuevo aquella zona que invadió su olfato con el parche de seguridad, regresando a ver divertido a los ojos del rubio que permanecía boquiabierto con la nueva información—. Mi alfa también es alguien muy infantil, así que se llevarán de maravilla cuando te conozca, te lo aseguro.

 

—¡Oye! —reprochó Takemichi haciendo un puchero ofendido con la broma, lo cual solo afirmaba las palabras de Mitsuya y generó muchas más risas de su parte, desordenando los mechones rubios que el menor se esforzó en armar lo mejor que pudo de nuevo.

 

Y finalmente, llegó la persona más importante de esta pandilla. El jefe y el alfa líder de todo este grupo de delincuentes o como se hacía llamar: El invencible Mikey.

 

La pandilla en ese instante dejó de hacer todo lo que estaba haciendo y con rostros serios y posturas firmes, esperaron a que la imponente figura de Sano Manjiro se abriera paso entre ellos para tomar la delantera y dirigirse hacia su posición en la cima, como siempre había sido.

 

En cambio, los ojos de Takemichi se iluminaron con ilusión al verlo verlo llegar por fin.

 

Mikey pasó cerca de ambos omegas que todavía se hallaban juntos al inicio de las escaleras, a quienes les dedicó una muy pequeña sonrisa antes de continuar su arraigada caminata hacia lo más alto del santuario, recibiendo a cambio un saludo silencioso de parte de Mitsuya y una mirada tímida de parte de su invitado, Takemichi.

 

—Contigo aquí, seríamos un total de cuatro omegas —comentó de pronto el de cortos cabellos lilas, mientras que avanzaba al lado del pequeño rubio, siguiendo al resto de la banda que prontamente se formaba en filas ordenadas y en una distribución de grupos que él aún no conocía.

 

—¿¡Entonces hay más!? —se exaltó con asombro y cierto brillo de admiración.

 

El que Mitsuya sea parte de todo esto ya era motivo suficiente para obtener el respeto del rubio, y que todavía existieran más omegas como él, aunque fueran muy pocos, era demasiado valioso para alguien que llegaba a renegar a veces de su propio género.

 

—Sí, y somos más fuertes de lo que piensas así que, no vayas a subestimarnos, Takemichi. Ni te subestimes a ti mismo, ¿Okay?.

 

Con esas palabras como despedida y con una gran sonrisa confiada, el omega mayor se adelantó, dejando atrás al chico de ojos azules que, aun conmocionado por esta nueva información, sintió más seguridad en adentrarse en la reunión programada por una de las pandillas más peligrosas de todo Japón.

Notes:

Aclaraciones:

1. Los parches o collares son obligatorios para los omegas. Si uno de ellos no los usa sería multado.
2. Los omegas también pueden ser salvajes cuando son amenazados. Tienen colmillos, pero no tan prominentes como los alfas.

Si tienen dudas por favor pregunten