Chapter Text
Solo.
Solo otra vez.
Solo como siempre.
Solo, solo, solo y solo.
¿Cuándo no ha estado solo? Se pregunta en un efímero momento por el aturdimiento.
Hanagaki Takemichi cree que puede explotar de alegría en ese preciso instante, ahí mismo, sangrando de la nariz y el labio, completamente magullado; es posible que tenga una costilla rota, pero el dolor pasa a segundo plano, es más, parece que ha desaparecido radicalmente cuando escucha las palabras que escapan por los labios de Tetta Kisaki. Porque jamás le han llamado por esa etiqueta, porque jamás alguien se ha parado delante de él impidiendo que otro golpe brutal aterrice en su cuerpo.
— ¡Alto! —es el grito que escucha Takemichi desde el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos y soportando las patadas que su frágil y maltratado cuerpo recibe sin descanso.
No puede evitar pensar que, quienquiera que ha intervenido, tiene un instinto de supervivencia muy bajo. Sus “compañeros” del colegio, aquellos que ahora mismo respiran con agitación luego de haberle proporcionado una paliza, no parecen precisamente niños; sus cuerpos altos y firmes gritan adolescentes peligrosos por donde quiera que lo intentes ver.
Takemichi abre ligeramente los brazos, intentado divisar a la persona con poco sentido común que ha parado con una sola palabra todo el desastre que estaba recibiendo. Un gemido suave sale de sus labios cuando logra captar un rostro con gafas que parece fruncir el ceño con desagrado, porque le reconoce: ha compartido clases con él, han intercambiado saludos, palabras y pequeños gestos de inclinación. Es Tetta Kisaki, el chico más inteligente de su aula, el que parece vagar en sus pensamientos, el chico tranquilo que recibe cartas de admiradores, que recibe cumplidos por su inteligencia, el chico que parece ganarse a todo el mundo con palabras, el rey de su escuela.
Es pequeño, delgado y parece frágil, piensa con amargura, le golpearán antes de que pueda dar el siguiente paso y todo por mi culpa.
Takemichi quiere advertirle al chico que corra cuando lo ve acercarse un poco más, las bestias que le rodean parecen desconcertadas y sorprendidas de que alguien haya tenido la audacia y valentía de haber intervenido en la hora de poner en línea a Hanagaki, pero él sabe que eso no durará mucho, para cuando salgan de su estupor sumarán a Tetta a este improvisado saco de boxeo. No quiere eso, pero ya ha recibido tantos golpes en el estómago que siente que no le queda el suficiente aire para formar una mísera palabra, mucho menos para dar una frase completa. Rechina los dientes con dolor, incapaz de moverse.
— ¿Qué hacen, ustedes bestias, golpeando a un niño? —pregunta, como si no fuera él también un niño de siete años parado enfrente de mastodontes brutales.
El líder sale de su sorpresa embozando una sonrisa cruel cuando escucha la interrogante cargada de un tono que gotea desprecio y disgusto, así que Takemichi se prepara para ver como van a golpear a Kisaki, y ruega poder sacar fuerzas extras para levantarse, agarrar al chico y huir como almas perseguidas por el diablo. Sin embargo, cuando intenta moverse lo único que logra es que el mundo a su alrededor gire a un ritmo rápido y furioso que le entran ganas de vomitar.
— Lo sentimos, Kisaki —Takemichi piensa que los golpes le han enturbiado la cabeza, porque no da cabida a lo que escucha de los labios del matón más temido dentro de su escuela—. No creímos que perturbaría tu paz el intentar darle una lección al raro de Take.
Los demás a su alrededor, que son unos cinco en total, sueltan unas risitas desagradables, que no hacen más que oscurecer la expresión del “héroe” en cuestión. Takemichi se pregunta con asombro cómo es que todavía el chico no ha recibido un puñetazo en la cara.
— Lo hace —avanza otro poco hasta quedar frente a frente con el líder del escuadrón, luego sus ojos parecen volverse distantes y fríos—. Es mi amigo.
El tono helado y cortante parece hacer descender los grados a cero del lugar, aún a pesar de que se encuentran en pleno verano, con un sol abrasador sobre sus cabezas.
Takemichi registra las palabras con cuidado. Las saborea letra por letra y su mente se vuelve difusa por el subidón de alegría que sube desde su estómago hasta su pecho. Ya no oye lo que hablan los demás o como se ríen, tampoco escucha los matones que han estado persiguiéndolo toda la semana comienzan a moverse, alejándose de él. No puede registrar tampoco como Kisaki se ha agachado frente a él para mirarle a los ojos, ni puede procesar las palabras que salen de sus labios.
Nadie le ha llamado así nunca, esa etiqueta parecía un deseo podrido y olvidado en el fondo de su cabeza, porque por los últimos cinco años no recuerda que alguien le haya llamado por otra cosa que no sea raro, feo, asqueroso, inservible, inútil y, el más común, monstruo. No puede creer que alguien haya utilizado esa palabra tan cálida para describirlo a él.
¿Soy su amigo? ¿amigo?
— ¡Hey! ¿Estás ahí?
El zumbido en sus oídos se apacigua a la voz de Kisaki y su vista por fin puede enfocarse en la cara del chico. Le mira con curiosidad y una ligera preocupación.
El pecho de Takemichi se calienta.
— ¿Qué? —pregunta torpemente.
— Que, si quieres venir a mi casa, podemos tratar tus heridas allí. Te dieron una buena paliza —ladea su cabeza examinándolo—. Ven, agárrate a mí.
Lo siguiente que sabe Takemichi es que camina apoyado en Tetta Kisaki, avanzan a pasos lentos pero seguros y hablan… bueno, Kisaki habla, le pregunta cosas, como cuál es su comida favorita, su color favorito, si tiene mascotas, y Takemichi responde a cada una de sus interrogantes con la sensación de vagar por una cuerda floja.
Una voz pequeña en su cabeza, esa que le ha acompañado desde que su padre comenzó a beber, le advierte en susurros, le dice que no es posible que el mismo Tetta Kisaki, el chico más popular de su aula, haya considerado llamarle amigo. Parece imposible porque no se han hablado casi nada en lo que lleva del año escolar, solo han intercambiado pocas palabras, un saludo quizás, no una conversación propia como tal de amigos. O por lo menos ha visto que en los programas de televisión las amistades tienen mucha más relación.
Así que, sentado en el sillón de la sala de estar de la casa de Kisaki, siente la tentación de preguntar si realmente son amigos, pero cada vez que hace el amago de preguntar sus labios se cierra y su capacidad para hablar parece fallar, las palabras quedan colgando y solo se permite seguir el flujo de preguntas que realiza Kisaki.
Se deja tratar las heridas del rostro, deja que Kisaki le desinfecte los cortes y le ponga parches, le mira desenvolverse por su hogar, sacar unos aperitivos de unos estantes y poner la televisión. Le dice a Takemichi que se ponga cómodo y poco a poco comienza a relajarse.
Su casa es algo oscura pero no hay bulla, no se escuchan cosas rompiéndose o cristales golpeándose, mucho menos ronquidos. Esta limpia y ordenada, nada comparado con su propia casa y es esa diferencia lo que hace que poco a poco se vaya introduciendo en su sistema y le calme.
Kisaki le hace sentir cómodo, él no parece enojarse ni incomodarse por las respuestas cortas de Takemichi ni su poca colaboración por mantener una conversación, es más, parece completamente inmutable mientras continúa hablando de distintos tópicos. Continúa hablando y hablando hasta que Takemichi comienza a alargar un poco más sus respuestas y la luz de sol desaparece poco a poco con lentitud.
Es entonces que recuerda la hora, cuando la luna aparece es el momento en que su padre llega a casa. Sabe que hoy es lunes y los lunes su padre pasa la noche en casa y espera también que su hijo esté en casa con la cena lista. Se alerta inmediatamente, pero mantiene su imagen calma, le dice a Kisaki en un murmullo que tiene que irse.
— ¿Quieres que te acompañe? No parece que puedas aún caminar muy bien.
Niega con la cabeza, de repente muy consciente de su situación en casa y lo que podría pasar si su padre le ve llegar acompañado de alguien. Se levanta como puede con Kisaki imitándolo, de pie en medio de la sala juntas sus manos sin saber exactamente que hacer a continuación, especialmente con la mirada fija de Kisaki sobre él.
Kisaki le agarra de la mano con total confianza y le jala despacio hacia la salida. Para cuando llegan a la puerta Takemichi se da cuenta de que no le ha agradecido su amabilidad, así torpemente se da la vuelta para mirarle a los ojos.
— Gracias, eh… Tetta-san. —hace una inclinación de golpe.
Sus mejillas se colorean de rojo cuando levanta la cabeza y Kisaki le esta sonriendo.
— Puedes decirme, Kisaki, somos de la misma edad y además amigos.
Nuevamente la palabra.
Le da escalofríos y la pequeña voz en su cabeza se hace más grande, pero hay un sentimiento cálido en su pecho así que también le devuelve la sonrisa, inseguro y algo lento pero su rostro parece brillar cuando Kisaki suelta una pequeña risa.
— Sí. —responde con la voz temblorosa.
La vergüenza se extiende en su cuerpo y tartamudea un adiós apresurado antes de darse la vuelta y salir en dirección a su casa.
— Mañana almorcemos juntos —Kisaki le dice con voz alegre—. Ten cuidado.
— T-tú también.
Apresura el paso con la cara roja como un tomate, no atreviéndose a echarle una última mirada a Kisaki.
Cuando ya ha avanzado un par de cuadras se permite aminorar el paso solo un poco, porque le duele el tobillo por el esfuerzo, sin embargo, el dolor no parece estar tan presente en su mente.
Alguien le considera un amigo, Takemichi siente que podría explotar de la alegría, porque nunca antes ha tenido amigos, nunca antes había valido la pena para otros niños. Siente que el corazón se le expande cada vez que rememora el sonido de la palabra salir de la boca de Kisaki, le asaltan un sinfín de emociones, le vibra el cuerpo como si las mismas corrieran a través de sus venas en un estado eufórico; saltando, chillando, riendo. Aún así el pequeño susurro en su cabeza continúa temeroso y desconfiado.
Le molesta que el susurro este sonando igual que las palabras de su padre, que parezca criticarle o acusarlo.
¿Amigo de ti?
Es la pregunta constante de los susurros y Takemichi quiere ahogarlos.
Las luces en las calles ya están encendidas, la luz del sol ha desaparecido por completo y la luna brilla en lo alto del cielo como un farol para cuando llega a casa. Las luces de dentro, en cambio, permanecen apagadas. Un suspiro sale de sus labios, su padre aún no llega a casa.
Abre la puerta dejando que la oscuridad le dé la bienvenida.
— Tengo un amigo.
Y piensa mantenerlo a toda costa.
