Work Text:
—Ya arropé a los niños. Antes les leí un cuento y les conté de nuestros planes para el picnic. Están muy emocionados.
—Gracias, querido. Yo ya terminé de lavar los trastos de la cena y dejé la cocina impecable, como si hoy no hubiera sido un campo de batalla.
La pelirroja sonrió mientras miraba a su marido, aquel hombre de cabello rubio ante todos, pero que frente a sí mostraba aquella tonalidad gris que tanto amaba. Blanco y negro, pero realmente era gris y así le gustaba.
Wanda se pasó las manos por el mandil y después lo colgó mientras su esposo, Vision se daba la vuelta y servía un par de vasos con lo que ella sabía, era whisky.
—¡Oh, no, querido! Gracias, pero no. Ya sabes que no bebo cuando Tommy y Billy…
Pero la sonrisa de él la desarmó.
—Anda, solo un poco. Es como una pequeña luna de miel antes de que nos den las ocho de la mañana y el trajín comience otra vez.
Ella sonrió y aceptó aquel vaso de fino cristal cortado que de inmediato tintineó con el suave vaivén de los hielos que flotaban sobre el ámbar de aquella bebida. Lo vació despacio, saboreando las notas de aquel whiskey y suspiró. No acostumbraba a beber y tras unos minutos, sintió sus mejillas enrojecer. Vision lo notó de inmediato.
—¿Estás sientes bien, querida? ¿O me excedí con…?
Wanda sonrió cubriéndose la boca.
—No, no, todo está bien. Me siento maravillosamente. Oye, ¿puedes poner…?
Vision ya se había acercado al tocadiscos y de pronto aquellas cadenciosas notas comenzaron a sonar. La pelirroja sonrió mientras veía a la causa de sus amorosos suspiros hacer una elegante reverencia, extendiéndole la mano.
—¿Me concedería el honor de bailar conmigo esta pieza?
Ella sonrió mientras tomaba delicadamente aquella firme pero suave mano y daba aquel paseo que aunque breve, antecedía siempre a la delicada danza que iban a ejecutar. Puso su otra mano sobre el fuerte hombro de su marido y lo miró fijamente a los ojos. Sabía que eran azules, pero mirarlos en esa grisácea tonalidad que a veces mudaba a sepia, le gustaba. La hacía sentir segura y solo así conseguía que él la mirara con la misma devoción que ella sentía.
—¿Eres feliz con esto? —le preguntó él con aquella voz grave que enmarcaba también cierta cordialidad.
—Cómo no tienes idea.
—¿Hay algo más que quisieras tener? ¿Qué puedo hacer para que estés feliz, querida?
Wanda suspiró.
—Nada. Todo esto es perfecto y así lo quiero, así quiero que siga siendo.
Vision sonrió mientras sus labios comenzaban a dibujar la letra de la canción. Wanda la sabía de memoria y la adoraba. Si bien no era la misma que habían elegido como su canción especial, esta era la que los definía, la que contaba a la perfección su maravillosa historia de amor y así la quería, así la adoraba y así la sentía con cada palabra que se pincelaba en los labios de él, de Vision, el amor de su vida.
Pronto y sin saberlo, ella ya se encontraba recargada en su pecho, aspirando aquella fragancia que era la que le había elegido. Vainilla con almizcle. Antes al principio la había mareado un poco, pero ahora la adormecía y le susurraba en sus dulces notas que ese era el aroma del amor, del suyo, del que ella había elegido y había creado.
Aquel giro casi la hizo tropezar pero no tuvo miedo en tanto siguiera aferrada con toda su ternura y devoción a aquel cuerpo que cadenciosamente, le marcaba los movimientos a seguir.
—Te amo, Wanda. Eres el amor de mi vida.
—Y yo te amo a ti. Tú eres el amor de mi vida—susurró mientras seguía sintiendo que bailaba con aquel hombre que se tornó en algún momento en fantasía, cuyo amor la llenaba de fuerzas para seguir adelante pero ahora era toda la verdad que ella necesitaba como un ancla en su vida.
Así siguió ella danzando, en la oscuridad de aquella dulce y secreta velada que para ella era real, en la que estaba abrazándose a la nada y que era algo que en realidad se repetía incesantemente cada noche o cada vez que lo deseara mientras aquel otro la espiaba.
Ese otro hombre que en su magia y poder sentía compasión por ella, la miraba entregarse a bailar con el aire y arropar a nadie en ese terreno vacío, donde era obvio que una casa debió haberse construido, pero que en verdad solo albergaba a aquella enloquecida y delirante mujer que siempre estaba sola y a quien sus vecinos temían.
Stephen llevaba mucho tiempo mirándola hacer lo mismo cada día, cada tarde y cada noche hasta que el alba volvía a asomar y con ello, Wanda cambiaba drásticamente su jornada. Había ido la primera vez cuando la escuchó llamar con insistencia, cuando el dolor de ella fue lo suficientemente fuerte y poderoso que hasta a él lo traspasó. Había ido a detenerla, pero cuando en las notas de su duelo la oyó claramente, algo dentro de él cambió, se removió por completo.
Antes, al inicio, había querido intervenir para detenerla de aquella vorágine caótica que en su tristeza Wanda había causado. Pero ahora, solo la miraba danzar sola, sonriendo entregada a su delirio, a lo que fuera que ella sentía y tomaba como verdadero. Stephen sentía lástima por ella al verla hablarle a la nada. Le tenía compasión y por lo mismo, lo único que podía permitirle era eso: dejarla bailar y hablar con sus fantasías. Mientras con eso ella siguiera tranquila, quizá él no debería intervenir.
Más de una vez él se cuestionó si debía tomar la forma de su delirio y acompañarla. Se cuestionó si con ello menguaría su tristeza y locura, pero también sabía que ella lo notaría y eso desataría una batalla de proporciones catastróficas. No le preocupaba salir malherido ni dañar a otros, sino lastimarla a ella. Le dolería mucho romperle su ilusión, sacarla de aquel mundo que en la mente de ella cobraba sentido y que al verlo deshecho, la remitiría al peor de los suplicios o al fin terminaría de liberar todo el poder que Wanda poseía y que obviamente, sería más del que él podría contener.
Quizá algún día, a pesar de lo que pudiera desencadenar, él se armaría de valor y la acompañaría, le mostraría sus intenciones antes de ofrecerle su mano para pedirle ella le concediera esa pieza. Tal vez ella lo aceptaría y lo arrastraría a esa realidad que ella había creado y él de buen agrado se dejaría llevar, pero si no fuera así, sería bondadoso con ella, lo que fuera que eso significara.
Llevaba mucho tiempo mirándola y pensando en eso y en que si fuera a actuar, estaba seguro de que lo haría al atardecer, a la hora en la que ella parecía salir de ese sopor en el que se sumía por varias horas antes de repetir incesantemente aquellos diálogos, aquellas palabras que hasta a él le remitían a aquel mundo sepia, a aquel momento tan idealizado y perfecto que en más de una ocasión le tentó a sólo dejarse llevar. Estaba seguro de que él sería mejor marido que aquel otro que ya no existía como ella lo recordaba. Sería un excelente padre a pesar de los años de no haber querido tener descendencia, pero por Wanda, todo sacrificio valida la pena y él lo haría gustoso. No quería admitir que se había enamorado, le costaba demasiado el poder hacerlo pero sabía que era así, que por ella haría cualquier cosa.
Quería sentir la emoción de tenerla frente a sí, de abrazarla y hacerla bailar cadenciosamente, de tomarla del talle y sonreírle, de que ella le mirara con la misma candidez con la que veía a la nada. Quería poder lograr que ella posara sus ojos verdes en él, pero no sabía si algún día eso pasaría.
Por lo mientras, se conformaría con aquellas escapadas secretas a verla, a espiarla y saber que dentro de todo lo que podía estar mal, ella estaba relativamente bien.
—Wanda— susurró Stephen antes de irse y como si ella lo hubiera escuchado, Wanda sonrió.
—¿Vis? —preguntó a aquella imagen que su mente se empeñaba en hacerle creer que tenía frente a sí, pero que ella sabía, no existía.
No obtuvo la respuesta deseada, pero en ese momento un suspiro fuerte se arrancó de su pecho y la hizo mirar con insistencia al cielo. Aquel manto cuajado de estrellas era solo eso y aunque por un momento se puso a la defensiva, se tranquilizó. Volvió a entregarse a sus desvaríos en los que ella era una feliz y ejemplar ama de casa, una madre amorosa y la mujer más feliz del universo. Eso era lo que tenía y no dejaría que un susurro la confundiera, que la arrancara de aquel mundo que se había creado, porque si lo permitía, entonces no habría nadie que la detuviera.
—¿Pasa algo querida? —escuchó preguntar la voz de su esposo.
—Nada. ¿Me permites? —preguntó excusándose —Debo correr las cortinas.
Wanda paró aquella danza. En su mente, ella había visto a un extraño espiarla fuera de su casa. Lo había notado, su presencia la había inquietado como nunca antes y a pesar de ello, procuró mantener la compostura. Le debía fidelidad al recuerdo de su marido muerto. Le debía honestidad y rectitud a la memoria de sus hijos, pero aquel simple murmullo la trastocó, la hizo sentir que debía poner los pies en la tierra y darse la oportunidad de conocer a quien lo había proferido.
Tal vez era hora de ver quién era aquel extraño y si ella lo consideraba apropiado, conocerlo y ver qué era lo que podía ofrecerle. Pero por lo mientras, cerraría las invisibles cortinas moradas que había elegido en su delirio para proteger su intimidad y se sentaría en aquel sillón bajo la cómplice penumbra de aquella luz que ella imaginaba. Wanda cerró los ojos cuando sintió que sus fuerzas menguaban y que era la señal inequívoca de que debía descansar un poco, que debía recuperarse antes de volver a entregarse de forma voluntaria a sus delirios, a aquellas ensoñaciones que ya le costaba mucho trabajo tratar de creer, de sentir porque ya había algo llamándola con fuerza, ya podía sentir que algo en el mundo real comenzaba a asirse a ella y a traerla de vuelta a la realidad, a esa a la que tanto se empeñaba en negar.
Pero hasta que ella no lo decidiera, su vida seguiría siendo así: en blanco y negro, discreta, feliz.
Perfecta.
FIN.
