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Había salido con tiempo suficiente para volver a casa después de aquella travesía en su bote de remos. Pasó muchos meses estudiando aquella ruta y se la sabía de memoria. El cielo nocturno se le había vuelto un mapa tan sencillo de leer que podía hacerlo con los ojos cerrados. Lo conocía mejor que la palma de su mano y él ya había pasado mucho tiempo estudiando ciertas artes que la gente juzgaba de misteriosas y macabras por la secrecía que implicaban. Había leído demasiados libros enlistados como malditos, pero eso nunca lo detuvo. Para él, todo era conocimiento y se nutría de eso, nunca rechazaba ningún ejemplar que al cerrarlo, le diera una perspectiva nueva de las cosas. El esoterismo y la astronomía, al igual que navegar tramos cortos por la noche, eran sus grandes pasiones.
Las estrellas en el cielo de altamar. Eso era lo que lo apasionaba a últimas y a lo que le había dedicado gran parte de su atención, lo cual lo llevó a alejarse de varias cosas que antes tenían importancia en su vida. Para él, cada estrella única en su propio fulgor podía contarle una historia bella si es que él estaba dispuesto a escucharla y si miraba con atención los cúmulos de aquellos etéreos cuerpos celestes mientras los estudiaba, aquel murmullo brillante podría seducirlo mientras él imaginaba eones de cosas no vistas y muchas ya conocidas o extinguidas.
Por eso es que para Stephen Strange, médico retirado a causa de sus nuevos y poderosos intereses, el mundo había vuelto a ser un lugar lleno de secretos dignos de ser explorados. Le intrigaba lo que podría existir en otros planos de ser cierto apegándose a lo escrito en esos libros misteriosos que había leído con avidez. Lo emocionaba poder imaginar todo lo que estaba arriba en el cielo y que no tenía nada que ver con lo divino y también, aunque no con ese mismo interés ni ímpetu, le atraía lo que pudiera yacer sumergido en las oscuras aguas del mar.
El cielo y el mar en la noche se fundían, se volvían uno solo y eso lo sabía bien. Basándose en los conocimientos adquiridos en libros de astronomía y algunos mapas antiguos, combinándolos con los tratados más recientes de cartografía, él mismo había hecho sus propios mapas con rutas cortas que sólo él conocía y que le parecían seguras en su retorno. Incluso, usaba lo que sabía de astrología para deleitarse viendo las constelaciones y tener una panorámica completa de por qué las estrellas y otros cuerpos celestes influían mucho en los asuntos terrenales, de esos a los que nadie le ponía atención. Miraba embelesado el firmamento entendiendo aquellas maravillas que esos luminiscentes cuerpos realmente ostentaban.
Era como magia pura y confiado de sí mismo, se permitía recitar cual canción de marinero uno que otro encantamiento impronunciable, sabiendo que realmente nada de eso podía manifestarse de manera tangible. Ya lo había hecho así varias veces solo porque quería y podía, pues nunca había pasado nada fuera de lo común y era como su propio ritual personal. Lo había hecho durante meses dándole la solemnidad debida en su casa -su santuario más bien- y a últimas, casi morbosamente, en el mar. Por eso no temía cuando por la noche, se embarcaba a la aventura simplemente para tener el extraño placer de sentirse apabullado ante la inmensidad de aquella oscuridad que cedía al levantar la mirada y toparse con toda esa miríada de estrellas brillantes y lejanas.
Era como si al rendirse ante lo que había existido antes de que él naciera, por fin la vida cobrara significado. El sentirse ínfimo ante la naturaleza apaciguaba un poco su inquieta y prodigiosa mente pero al final, cuando decidía regresar a casa, volvía lleno de nuevos bríos. El saberse insignificante ante algo más grande y poderoso que él lo hacía querer seguir aprendiendo y estudiando, conociendo sobre temas que al resto de la gente no le llamaban la atención porque los consideraban fantasiosos o inútiles, incomprensibles más bien. Aquella vulnerabilidad que aparecía apenas él se embarcaba por el mero placer del disfrute y la contemplación, terminaba por demostrarle que era más fuerte de lo que él mismo imaginaba.
Pero ahora algo estaba saliendo mal y eso lo tenía inquieto, pues temía que por primera vez, hubiera errado un cálculo ya que no podía encontrar aquella estrella que era su guía. No había nubes de tormenta sobre él, solo aquella profunda oscuridad que antes ya le había cobijado como uno más de sus hijos, pero hasta él, sintió el cambio en el aire.
—Polaris… Thuban… la que sea, ¿dónde están?
Volvió a calibrar el astrolabio y burlando el viento, con una vela quiso ver la posición de la brújula, pero le era imposible. Levantó la mirada para ver las estrellas. Todas estaban ahí formadas, pero calladas. Ninguna estrella le susurró alguna proeza como antes. Los cúmulos parecían empezar a desvanecerse ante sus ojos y aquella repentina quietud lo puso en alerta pero poco sería lo que él pudiera hacer si es que peligraba.
Stephen suspiró y se sentó, sintiendo el vaivén que hacía que su ligera embarcación danzara mientras él comenzaba a ceder ante los escalofríos. Nunca había tenido una noche helada cuando se aventuraba al mar. Nunca había sentido miedo al estar en medio de la nada y como si de una cruel broma se tratara, su mente pronto le hizo recordar aquellas historias y leyendas que los marineros contaban.
Los terribles naufragios, las enormes criaturas marinas que asomaban en la noche, las fantasmales apariciones de los navíos que jamás llegaron a su destino. Las tenues y seductoras voces de las sirenas que inspiraron a Homero y mataron a otros. Incluso pensó en que si tal era su suerte, podría ver aquella luminiscencia que emergía en medio del agua y que revelando su forma, era la isla que albergaba un tesoro maldito que nadie había podido reclamar. No le constaba nada de eso, simplemente lo había escuchado y mucha gente lo tomaba como verdadero, pero hasta ese momento tuvo que otorgarle el beneficio de la duda a lo que antes él había juzgado como meros embustes de gente ignorante y supersticiosa.
—Tranquilo, no te sugestiones. No has dormido bien últimamente y tal vez por eso estás desorientado —se consoló con esas palabras, sabiendo que no había nadie que pudiera ayudarlo.
Stephen no pudo evitar cruzarse de brazos como queriendo contener el temblor de su cuerpo cuando sintió que la temperatura descendió rápidamente. Lamentó no haber echado una frazada o un abrigo a su bote antes de subir. Nunca los había necesitado pues siempre volvía a buena hora a su casa, en la madrugada pero confiando en que estaría bien.
De repente, le pareció sentir que el agua reducía su intensidad. Sabía que no estaba tan alejado de la bahía pero eso tampoco era motivo para que el mar disminuyera la fuerza de su movimiento. Era como si se fuera quedando estancado.
—Tal vez menos absenta antes de subir la próxima vez —se dijo mientras se atrevía a bajar una de sus manos y buscar a tientas la botella que a veces tenía como reserva cuando le apetecía un trago. Sintió el frío vidrio del envase y estirando la otra mano, se apresuró a abrir la botella y dio un sorbo largo, esperando que el alcohol calentara su sangre.
Otra vez sintió que la embarcación se movía y lamentando tener que dejarla, puso la botella para sujetar los remos y emprender la vuelta a casa. Escuchó el leve golpeteo del agua contra la madera y se sintió aliviado. Al menos no vio nada sobrenatural en aquellos instantes en los que le pareció que todo se detuvo y el valor regresó a él.
—Vete a dormir, mejor haz esto en el día. Ya has salido muchas veces de noche y siempre hay una primera vez para perderse. Que esta sea la última, ¿eh? —se dijo a sí mismo infundiéndose ánimos.
Remó lentamente para cambiar la trayectoria de su bote. Levantó la mirada al cielo y se dio cuenta de que era pura oscuridad, un lienzo completamente negro sin estrellas que se prendieran a él. Se detuvo. Miró en todas direcciones hacia la bóveda celeste pero no había ni un solo punto de referencia, ni un solo astro refulgía en el cielo.
Soltó los remos y pensó que tal vez se había excedido con la bebida. Cerró los ojos mientras respiraba profundamente. No era la primera vez que las alucinaciones causadas por el hada verde le hacían “ver” cosas que en serio no estaban pasando. Cuando se sintió listo abrió los ojos solamente para seguir contemplando aquella espesa negrura.
Aterrado, se frotó los ojos demasiadas veces. Tal vez su miedo y ansiedad le estaban jugando esa mala pasada, pero con horror corroboró que no había ni una sola estrella en el cielo. Ni siquiera podía ver la bioluminiscencia propia del agua. Todo estaba a oscuras. El miedo lo paralizó y a pesar de ello, con manos temblorosas buscó los remos y comenzó a golpear el agua, pero sintió que no estaba avanzando, que seguía atascado en el mismo lugar.
Podía escuchar el agua contra su embarcación, oía los remos partiendo aquel inmenso y líquido manto en su inútil afán por huir, pero el cielo y todo aquello cuanto brillase simplemente no había dejado rastro. Si eso era la muerte o un delirio, no se lo deseaba a nadie.
—¡No, no, no! ¡Esto no está pasando!
Realmente se había retirado de su trabajo como médico a causa de sus excesos con la bebida y el consagrarse al estudio de temas que otros juzgaban como extravagantes había sido un pretexto para poder seguirse autodestruyendo, para encontrar placer en la decadencia y tener una razón para afrontar el fracaso que él mismo se había causado. Lo había tenido y perdido todo por su soberbia: su patrimonio, colegas y amigos que lo estimaban mucho, una reputación impecable y lo que más le había dolido y era la principal causa de todo ello, el amor de su vida. Se había quedado con las manos vacías y la mirada llena de orgullo, pero lo importante ya no lo tenía.
Solo le había quedado refugiarse en sí mismo, leyendo y aprendiendo sobre temas que no eran del interés de nadie y que repelían a cualquiera que no los comprendieran. Por eso salía de noche realmente, esperando encontrar consuelo bajo la oscuridad ya que en el día solo hallaba desprecio entre sus semejantes. Solo la calma del mar y la noche le devolvía un poco de sosiego, pero no el suficiente ya que a últimas, imaginaba que escuchaba a las estrellas aun cuando él sabía que eso era imposible.
Siguió golpeando aquella masa impenetrable que de repente se había vuelto el agua. Abrió sus ojos tanto como pudo aún a sabiendas de que no vería nada que no fuera esa impenetrable oscuridad. Un ligero aroma a manzanas lo estremeció. Era dulce, delicado pero también insistente.
—¿Eres feliz?
Pensó que estaba alucinando. No quiso voltear a ver de dónde provenía aquella voz.
—¿Eres feliz?—repitió aquel susurro.
Stephen se quedó mudo de miedo. Tal vez estaba enloqueciendo y en su desesperación, su mente le hacía escuchar cosas.
—Vine porque sentí que me estabas buscando.
Cerró los ojos y soltó los remos para taparse los oídos, pero fue inútil, ya que aquella voz parecía estar pegada en su mente.
—La gente te tiene miedo, creen que estás loco y se burlan de ti. Allá no aprecian tus dones ni todo lo que has aprendido, pero yo sé de un lugar donde estarás bien. Entiendo que todo lo que has vivido ha sido para que te conviertas en el hombre que estas destinado a ser.
Stephen seguía sin voltear pero aquellos dedos húmedos deslizándose suavemente sobre su cuello y simultáneamente por varias partes de su cuerpo lo obligaron a moverse.
Estaba solo, en medio de la nada, podía escuchar el mar pero temía abrir los ojos y mirar alguna abominación. Temblando y sabiendo que se lamentaría por ello, miró. Todo era una espesa negrura. Su balsa aún se movía, aún escuchaba el agua pero no podía ver nada.
—¡E-esto no está pasando! —gritó como si con eso ahuyentara a aquella presencia pesada que se iba instalando a su alrededor — ¡Na-nada de esto es real!
Pero muchas voces en una sola gritaron con furia, distorsionándose y juntándose armónicamente a la vez.
—¡Tú me buscaste! ¡Tú me llamaste queriendo disolver los velos entre mundos y aquí estoy! ¡Todo lo que te han dicho que no existe está aquí!
Stephen gritó asustado. Manoteó desesperado.
—¡N-no! ¡Esto es una… pesadilla!
Su embarcación se sacudió violentamente unos instantes pero él sintió que fue una eternidad.
—Cada mañana…. despiertas gritando lo mismo… Los dos desperramos gritando lo mismo.
Stephen buscó algo a qué asirse, pero todo se escurría de sus manos en esa impenetrable oscuridad.
—Cada mañana, ambos queremos tener un lugar al cual pertenecer… pero no hay nada…
Stephen estaba aterrorizado. Sus ojos abiertos, pero ciegos, se ufanaban en querer encontrar algo de verosimilitud en aquel caos pero no había nada.
—Cada noche, el mismo sueño. Cada mañana, la misma pesadilla…—susurró aquella voz que tenía la facultad de sonar igual que toda esa miríada de estrellas, todas en una sola y una sola en miles al mismo tiempo—. Pero aquí estoy, vine porque te escuché… te sentí y el nexo entre ambos es único.
Stephen, enloquecido manoteó en el aire invisible, oscuro.
—¡No, nunca! ¡Esto…!
Pero aquellos dedos invisibles y pegajosos solo siguieron acariciándolo cual ventosas sobre su piel. Escamas más bien rasgándolo todo, sangrándolo y dolían.
—Por eso vine, para llevarte conmigo, porque aún no estás en casa.
Stephen sintió que algo lo jalaba, luchó contra todas sus fuerzas pero al sentir aquella húmeda y violenta lamida sobre toda su piel, supo que no había nada qué hacer.
—¡No! ¡No, esto no es real!
Pero la furia provino de donde menos lo esperó. Aquella neblina negra que supo estaba ahí porque se delató con aquellos tenues luminiscentes halos carmesí frente a él lo dejó inmóvil.
—¡Aún no estás en casa! ¡Vine por ti!
Algo lo jaló hacia el agua. Stephen no lo pudo evitar cuando cayó y sintió el ardor de la sal regodearse en sus pulmones mientras trataba de gritar. Aterrado, manoteó buscando la superficie y abrió desmesuradamente los ojos buscando el cielo hasta que creyó que lo vio. Ni una sola estrella, nada que lo guiara de vuelta, pero aquel aroma adormecedor no se iba. Manzanas. Nuevas y fragantes, dulces, hostigosas hasta que se tornaron podridas y hediondas. Sintió un pinchazo en su cuello, miles más en todo su cuerpo. Ventosas y escamas asiéndose a él con furia y súplica. Aquel rostro divino, atormentado y doliente ante él. Una corona engalanaba sus ojos destellantes de rubí. Una mujer cuyo rostro escondía al monstruo que de a poco y con voracidad, mermaba su vida.
—Escuchaste todas mis historias, hablaste conmigo… Soy lo que había arriba pero que realmente refleja lo que hay abajo.
Stephen abrió la boca antes de sucumbir. Una estrella que el recientemente había nombrado con cinco letras al azar solo por diversión, por mero aburrimiento pero que ahora tomaba forma ante él.
—Wanda…
Ella sonrió.
—Yo soy todas las estrellas y ellas son yo. Tú me has llamado, tú me creaste y vine por ti ya que aún no estás en casa.
Stephen sintió que era inútil.
Realmente no pertenecía a ningún lugar.
Se perdió en aquel brillo rojizo que le recordaba a Sirio o a Betelgeuse. Ahí estaba. Era ella. Lo que tanto había anhelado ahora lo tenía preso.
Bajó una de sus manos para sentirla, pero no supo si eran escamas o ventosas, igual dolía.
Los monstruos marinos existían, los mitos eran reales. Todo lo leído y aprendido era real.
Pero él ya no tendría a quién contárselo, menos cuando aquel beso mortal hizo languidecer su cuerpo y él sólo se dejó ir ante aquel susurro que la espesa negrura llevó a él.
“Aún no estás en casa, por eso no eres feliz”.
FIN.
