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Lirios de Hielo

Summary:

Tenía que hacerlo. Dejarlo en Mondstadt era la única manera de salvarlo. Kaeya se queda solo, pero pronto encuentra una familia que lo cuida y lo quiere

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Parte 1

Chapter Text

 

 

Una luz azul en la oscuridad
Cuando su padre tuvo que abandonarlo para salvarlo

 

Estaba acostumbrado a la oscuridad. Sus manos se habían adaptado a reconocer los rincones de roca, únicamente iluminados bajo una luz rojiza. A veces, Kaeya quisiera descubrir más el lugar donde está oculto. Y desearía poder ver algo más que la sombra de su padre discutiendo con alguien que no conoce. Ha pasado algo grave a juzgar por los gestos bruscos y las palabras secas de su padre. Al escuchar su nombre, Kaeya se acercó a ver. Se encontró a su padre a mitad del camino.

―Kaeya ― dijo, mirando con horror algo que Kaeya no es consciente. ―Tenemos que irnos. Ahora.

Su padre parecía tan asustado, que Kaeya no se atrevió a preguntar. Tan solo asintió. Siempre iban de aquí para allá, huyendo de algo que a Kaeya no le habían contado aún. Kaeya hizo le ademán de ir a recoger su bolsita, pero su padre le cogió de la mano y empezó a caminar.

―Vamos.

―Pero papá, mi ropa, y mis cosas…

―No hay tiempo que perder.

Le costaba mantener el ritmo del adulto, casi lo estaba arrastrando. Cuando se tropezó con una roca, su padre enlenteció los pasos. Lo cogió en brazos y siguió el camino incluso más rápido que antes. Los dos avanzaron hacia una luz al final de la cueva, Kaeya nunca había estado fuera y estaba ansioso por descubrir cómo era el exterior.

Pero nada más salir a la superficie, la luz del sol chocó contra sus ojos y lo cegó por completo. Kaeya soltó un alarido y se cubrió la cara. 

―Lo siento, pequeño… Pronto te acostumbrarás ― le dijo su padre, acunándolo. Kaeya intentó ocultar su cara en el hombro de su padre, pero no era suficiente. Tan solo entreabrir los ojos, ya le dolía el sol. Su padre lo dejó en el suelo y se arrancó un pedazo de su camiseta para atársela a los ojos. ―Esto servirá por ahora. 

―Papá, ¿a dónde vamos?

― ¿Recuerdas lo que te conté sobre mamá? Que ya no está con nosotros… ― Kaeya asintió. Nunca conoció a su madre.  ―No quiero que te pase lo mismo. Nos vamos lejos, y así estarás bien. A salvo. Si lo conseguimos, serás nuestra esperanza. 

Kaeya asintió, y su padre reanudó la caminata. Dado que lo llevaba en brazos, siempre escuchaba los latidos del corazón de su padre. Así, sabía si su padre tenía miedo, o estaba estresado o tranquilo. La mayor parte de tiempo, se le notaba ansioso. 

De vez en cuando, su padre le quitaba la venda y se quedaba mirándolo largo rato hasta que Kaeya se quejaba de la luz. Al cabo de unos días, pudo empezar a quitársela al anochecer. Lo primero que vio fue una pequeña florecita brillante, su luz azul tenue no le hacía daño alguno. Kaeya sonrió, feliz por ver una cosa tan bonita en medio de un prado en las sombras. Jamás había visto tal belleza. Quiso quedársela, pero al arrancarla de raíz la flor se apagó.

Kaeya escuchó un río. Estaba emocionado por ver si encontraba más flores, así que se quitó la venda y se acercó a tocar el agua. Estaba algo fría. Su padre se había quedado de pie, detrás de él. 

― Mira, papá, ¡cuántas flores! ― dijo el niño, asombrado. Correteo por el prado y regresó con su padre, expectante de que el mayor también jugara con él. Nunca había visto un paisaje igual, solo en vanas explicaciones del mayor.

Su padre se miraba el brazo, angustiado. Kaeya logró ver una mancha en su piel antes de que el padre la escondiera. Kaeya lo miró, preocupado. 

―Papá, tu brazo…

―No nos queda mucho tiempo, Kaeya ―le dijo, arrodillándose. Le acarició la carita, justo bajo el ojo que contrastaba su negror con el violeta claro del otro iris. ―Me temo que no voy a llegar contigo…

― ¡No, tienes que venir! ― Kaeya lo abrazó, temeroso de dejarlo ir.

―Te acompañaré todo lo que pueda, pero no es seguro para ti… Tienes que prometerme que serás valiente y que sobrevivirás. ― pero Kaeya ya empezaba a llorar, quejándose. ―No llores, Kaeya. Tienes que ser fuerte por los dos.

― ¡Me quedo contigo!

―Me niego a que te conviertas en un monstruo ― dijo su padre, contundente, sujetándolo por los hombros. Kaeya se calló, asustado. Su padre lo cogió en brazos de nuevo. ― ¿Ves esas luces? Es una ciudad. Vas a quedarte ahí, ¿entendido? 

Kaeya gritó un poco más, pataleando, pero su padre lo mantuvo bajo su brazo. Cayó la noche y Kaeya empezó a asustarse. No le daba miedo la oscuridad, la noche en Teyvat era luminosa en comparación, pero su padre empezó a actuar raro. Tropezaba, a veces jadeaba. Quizá estaba cansado, pero Kaeya temía que la mancha de su brazo tuviera que ver en algo. Kaeya no se atrevió a decirle nada, hasta que su padre lo dejó en el suelo, abruptamente. 

―Tu ojo… Tu ojo, Kaeya ―dijo, severamente. Le sujetó la cara, algo brusco, para observar sus ojos. ―Se ha esparcido. Mierda…

Las manos de su padre empezaron a temblar. Kaeya lo miró a los ojos, pero el sol ya se había ocultado y no veía más que sombras. Aunque sí hubo algo que pudo entrever; lágrimas. Kaeya se asustó, pero le puso las manitas en el rostro de su padre, dándole apoyo como él solía hacer.

―Lo siento, pequeño… ― musitó su padre. ―Pero hay que intentarlo.

―Papa, no…

Su padre siguió temblando mientras sacaba una pequeña daga de su bolsillo. No se atrevía a mirar a su hijo, el niño tampoco parecía darse cuenta de lo que quería hacer su padre.

―Va a doler…, pero es por tu bien. Es lo único que se me ocurre para pararlo. A mí me funcionó…, hasta ahora.

Su padre se retiró el parche del ojo, mostrando su ojo cerrado. Le entregó el parche a su hijo, cerrando sus manos. 

―Solo será un momento, te lo prometo…

Tumbó a Kaeya en el suelo, con cuidado. Le acarició el pelo, tranquilizándolo. Le llenó las mejillas de besos, llorando. Luego, acercó la daga al ojo ponzoñoso del niño.

Los gritos rompieron la serenidad del bosque. El padre, abrazando fuertemente a su ensangrentado hijo, lo acompañó en el llanto. 

―Ya está, pequeño, ya está…

Kaeya se aferró a las ropas de su padre. Empezó a llover y las gotas ayudaron a limpiar un poco la cara del pequeño, pero él no se dio cuenta. El dolor era tan insoportable que pronto se desmayó.

Le era imposible despertar, pero sentía todo. Gente hablando, su cabeza dando vueltas, su ojo punzante, una fiebre que le impedía descansar. Y la lluvia, incesante, contra un cristal.

―Ha perdido el ojo por completo.

―Pobre niño…

No reconocía ninguna de las voces y empezó a asustarse. ¿Dónde estaba?  Se despertó de golpe al escuchar un trueno. Su ojo le dolía mucho y se palpó el vendaje en su cara. En la mesita de al lado, vio el parche de su padre. Eso le recordó que, de toda la gente que estaba en la sala, su padre no era ninguno de ellos.

― ¿Papá…? ― musitó. Nadie pareció escucharlo, excepto un hombre de pelo rojo. 

―Hola, pequeño. Que bueno que despertaste ― dijo el hombre, sentándose en la cama. Kaeya se arropó con las sábanas. ―No tengas miedo, aquí estás a salvo.

Una mujer se acercó a inspeccionar el vendaje, pero Kaeya le pegó en la mano en un acto reflejo. No sabía quién era y le daba miedo. El señor pelirrojo le indicó a la mujer que esperase.

― ¿Cómo te llamas? ― el hombre parecía amable, pero Kaeya estaba aterrorizado y no pudo hablar. ―Estás en mi casa, así que te prometo que no te pasará nada. Soy Crepus Ragnvindr, ¿y tú?

Lo volvió a intentar, pero Kaeya ya había centrado su atención de nuevo en el parche. Lo cogió y se lo enseñó.

―Papá… ― parecía que era lo único que podía llegar a articular. Su mano tembló y Crepus se la cogió con firmeza.

―Aún estás muy alterado. Descansa, ¿sí? ― aunque Kaeya se resistió un poco, Crepus lo acostó y lo arropó. Luego, se fue hacia la puerta para dejarlo a solas. ―Diluc, vuelve a la cama.  

Crepus cerró la puerta, pero pronto se volvió abrir para que su viva imagen en miniatura entrase en la habitación. Un niño más o menos de su misma edad lo miraba, cauto y un poco desafiante. Había un niño en su casa que no conocía, y se sentía un poco territorial. Pronto, se acercó a la cama y clavó sus ojos rojos en él.

― ¿Quién eres? 

Por alguna razón, la presencia de alguien parecido a él le tranquilizó un poco. Aún algo tembloroso, Kaeya se aferró a las sábanas.

―Kaeya…

―Nunca te he visto en Mondstadt.

― ¿Qué es Mondstadt…?

― ¿Lo dices en serio? ¡La mejor ciudad de todas! No puede ser que no la conozcas. Tendré que enseñártela, no me dejas elección ― el chico se cruzó de brazos, bien digno.

― ¿Y tú quién eres…?

―Soy Diluc Rag…Ragnv… ¡Diluc! Tengo ocho años, mi padre es el mayor productor de vino de todo el mundo y yo pronto seré un Caballero de Favonius que protegerá esta ciudad ― recitó Diluc, como si fuera un discurso aprendido. ― ¿Qué te ha pasado en el ojo?

Kaeya bajó la mirada hacia el parche. Tenía vagas imágenes en la cabeza sobre su padre, encima de él y alzando una daga. Tembló de miedo, su padre jamás le había hecho daño. 

―Mi papá…

― ¿No está? ― Kaeya negó. ―Pues después lo buscamos. Papá ha dicho que es hora de dormir, así que para ti también.

―No tengo sueño…

―Venga a dormir ― Diluc acomodó su almohada y tiró de las sábanas. Trataba de arroparlo, pero era algo brusco. Kaeya se quejó un poco. ―Me quedaré aquí, contigo, hasta que te duermas.

 ― ¿Me das la mano…? 

Diluc, todo confiado, se subió a la cama y le tomó la mano. Parecía dispuesto a no moverse de ahí, y Kaeya lo encontró reconfortante. La lluvia había menguado su intensidad y gracias al calor que emanaba Diluc, pudo dormirse sin problemas.