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El novato de Mitsuya

Summary:

Hakkai viaja desde Yokohama hasta Tokio con el único objetivo de jugar en el mismo equipo de béisbol que Mitsuya.

Es un plan directo y simple, pero Hakkai tiene quince años y ya no puede ignorar sus propios sentimientos.

Notes:

Inicialmente la segunda pareja de la que iba a escribir en esta serie sería takemikey pero se me atravesó este prompt dulce y tierno en el camino así que aquí está.

La historia es un spokon au, los chicos de toman no tiene más preocupaciones que jugar al béisbol y estudiar para los exámenes. Puede leerse independiente, pero se desprende de una serie que comenzó con este fic de Chifuyu y Baji, que pueden leer si gustan.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Hakkai despierta cuando escucha la voz de su hermana al final del pasillo. Se despierta sobresaltado, golpeando los pies contra la pared más cercana y enredando las manos en las sábanas. Se queda en la misma posición por unos minutos, hasta que el cuerpo deja de estar entumecido y tiene fuerzas para acomodarse sobre el futón. Se está masajeando los pies para mitigar el dolor cuando escucha los pasos de Yuzuha acercarse.

Lo primero que ve son las medias de su hermana, con ese tono azul marino que a ella tanto le gusta. Hakkai alza la vista hasta encontrar la mirada de Yuzuha, quien está apoyada en el marco de la puerta. Su hermana no está sonriendo, más bien tiene un gesto severo en la mirada, pero Hakkai reconoce el destello de emoción en sus pupilas.

Yuzuha, al igual que él, está embriagada de emoción.

—¿Son sólo las dos maletas que tienes en la sala? —pregunta con las cejas enarcadas, como esperando que Hakkai le lleve la contraria. Pero a su hermana debe bastarle una mirada para saber que está en lo cierto, pues en la habitación de Hakkai no queda más que el futón y algunos libros y objetos personales que no llevará consigo a Tokio. El armario está prácticamente vacío, pues todo lo que necesita está contenido en las dos maletas que ya descansan frente a la puerta.

—Todo está en las maletas, lo que está aquí se queda —responde Hakkai, mientras acaba por ponerse de pie y enrollar el futón lo mejor que puede. Siempre fue algo torpe con aquel viejo futón que heredó de Taiju, pero el día de hoy se esfuerza más de la cuenta para que quede perfecto.

Puede sentir la mirada de su hermana en todo momento, pero Hakkai no se voltea hacia ella otra vez hasta que ha terminado. Yuzuha continúa mirándolo con expresión severa y nota cómo su hermana se fija en la pantalla del teléfono que tiene en las manos. Hakkai observa cómo de uno de los extremos del teléfono cuelga aquel dije en forma de frutas que le compró hace un par de meses en un festival de la escuela. Recuerda que, en ese entonces, Yuzuha dijo que era un regalo muy infantil y que no pensaba usarlo como colgante. Pero al día siguiente lo vio colgando de su teléfono y nunca más se lo ha quitado.

—Ya casi es hora de irnos a la estación. Te acompañaré —anuncia como si aquello no fuera obvio, pero Hakkai no la contradice y deja que la mano de Yuzuha lo conduzca por el pasillo.

Hakkai sabe que, si esto fuera una película, echaría un último vistazo a la que ha sido su casa por los últimos tres años. Pero, en el fondo, Hakkai no quiere llevarse ningún recuerdo allí, pues lo único que tiene en Yokohama son dos padres ausentes y un hermano mayor con el que pelea constantemente. Lo único que de verdad le importa está yendo de su mano hacia la puerta.

—Espero que de verdad te hayas asegurado que llevas todo. Porque no puedo ir hasta Tokio para resolverte la vida.

Yuzuha chasquea la lengua, pero ahora sí que tiene un amago de sonrisa en los labios. El sonido de las llaves tintinea en los oídos de Hakkai mientras ella abre la puerta y él toma las maletas que están en la entrada. Ahora que tiene una al hombro y que está arrastrando la otra con la mano izquierda, sí que le parece que tiene pocas pertenencias. La que lleva en la espalda es la mochila que usó muchos meses para la escuela y la otra maleta es más bien diminuta.

Se le encoge un poco el estómago cuando se da cuenta que toda su vida cabe en dos maletas.

—¿Hakkai?

La voz de Yuzuha ya le llega con ecos del pasillo y Hakkai da un sobresalto, como si ésta hubiera vuelto a despertarlo de un largo sueño.

Yuzuha está especialmente habladora durante todo el camino a la estación de trenes. Parece más animada de la cuenta mientras van sentados hasta atrás en el autobús. Su hermana sonríe y le sugiere un montón de cosas que puede hacer en Tokio, con tanto entusiasmo que parece que la familia no vivió años allí, o que Hakkai va a hacer turismo en lugar de estudiar. Pero la verborrea de Yuzuha le conviene a sus nervios, así que la deja ser, porque Hakkai siente un nudo en la garganta cada vez que el autobús hace una parada, pues sabe que es una menos hasta la estación de trenes.

No es verdaderamente consciente de lo mucho que echará de menos a Yuzuha hasta que se bajan del autobús. Hakkai le echa un vistazo a Yuzuha mientras ésta verifica en la pantalla de información cuál es el andén que tiene que tomar para ir a Tokio. Escudriña con la mirada a su hermana, como si quisiera grabarse todos los detalles de su rostro y como si no pudiera llamarla en cualquier momento. Tiene que recordarse que Yuzuha seguirá en Yokohama y que él sólo se va a Tokio, ni siquiera saldrá del país, ni habrá husos horarios que los separen.

Aunque no es la primera vez que vivirá en Tokio, sí es la primera vez que lo hará solo. Nunca ha vivido separado de su hermana y aquella realidad lo golpea de pronto, como un disparo repentino en el pecho. Cuando Hakkai mira a su alrededor, sólo ve rostros desconocidos que se transforman en una multitud que amenaza con tragárselo entero si se descuida. Hakkai recuerda que tiene quince años y un miedo absoluto a quedarse solo en el mundo.

—Hakkai… —la voz de su hermana, una vez más, lo atrae a la realidad. Yuzuha parece que adivinar lo que está pensando, pues lo toma de la mano con suavidad—. Mi teléfono no es un centro de llamadas, pero si alguna vez te sientes solo…

Aunque Yuzuha no termina la frase, ambos saben lo que quiere decir. Su hermana es práctica y directa, no le gusta ser más sentimental de la cuenta y Hakkai, muchas veces, ha deseado tener al menos una pizca de su carácter tan decidido. Él no es más que un niño que no sabe cómo vivir con sus propias decisiones. Porque fue el propio Hakkai quien decidió partir a Tokio, a estudiar en la preparatoria con la promesa de poder jugar al béisbol. Cuando lo piensa, no parece más que un sueño insensato, una necesidad superflua que pudo hacer aquí mismo en Yokohama.

Pero Hakkai, a pesar de todo, tiene la misma sangre Shiba que Yuzuha y Taiju, y le gusta hacer las cosas a su manera. Es por eso que acabó con su vida en dos maletas y buscando un andén en la estación de Yokohama.

—Le dije a Mitsuya la hora a la que llegabas, por cierto. Al principio creo que no entendió bien de qué le hablaba, ahora que se cree beisbolista debe andar con mil cosas en la cabeza —dice Yuzuha de pronto, mientras le hace una indicación para que la siga en dirección al andén—. Pero me dijo que estará esperando por ti. Creo que él tampoco se fía de que puedas encontrar la dirección tú solo, no conoces tanto la zona de Tokio donde está Toman.

Si ya se sentía abrumado por la multitud, las palabras de su hermana lo dejan completamente desorientado. Los imagina hablando, a Yuzuha diciéndole a Mitsuya que Hakkai sí que decidió estudiar en Tokio después de todo. Que decidió aplicar a una beca deportiva precisamente a la misma preparatoria que él, a pesar de que Taiju le dijo mil veces que estaba abandonando a la familia.

Hakkai no sabe cómo explicarle a Yuzuha todas las razones por las que no quería que Mitsuya se enterara, pero no tiene tiempo. Sólo le queda abrazar con fuerza a su hermana, contener las lágrimas mientras ella le pide, por última vez, que se cuide. Cuando se acomoda junto a la ventana del vagón, busca desesperadamente la silueta de su hermana. Hakkai se ríe a medias, dándose cuenta de que sí está en medio de una película, pues le saltan las lágrimas cuando divisa el rostro de Yuzuha en la multitud.

Aunque Hakkai tiene sueño, se queda tieso en el asiento durante todo el viaje. Toquetea su teléfono más de la cuenta, fijándose en sus contactos y releyendo el chat que tiene con Mitsuya. La última vez que hablaron fue ayer en la mañana, cuando Mitsuya le envió una fotografía del campo de béisbol de Toman. Hakkai estuvo a punto de decirle la verdad, pero no tuvo valor cuando Mitsuya le dijo que esperaba que Hakuryuu llegara al Torneo Nacional para que pudieran enfrentarse en Koshien. Sólo pudo responderle con varios emojis y desde entonces no han intercambiado palabra. Piensa en escribirle ahora, pero sabe que no tiene caso. Conociendo a Mitsuya, no faltará a la promesa que le hizo a Yuzuha.

El corazón se le encoge cuando las primeras vistas de Tokio aparecen frente a él. Cuando el tren se detiene, Hakkai es de los últimos en bajarse, arrastrando la maleta por el andén como si ésta pesara una tonelada. Camina despacio y con la vista fija en el piso, mientras piensa en lo ridícula que es la situación. Sabe que debería sentirse feliz, está en Tokio otra vez, va a jugar en el mismo equipo que Mitsuya, la persona que lo hizo enamorarse del béisbol cuando sólo tenía nueve años.

Cuando se reencuentra con Mitsuya, éste tiene los audífonos colgados al cuello y el teléfono en la mano. Hakkai siente la boca seca y se siente diminuto, vulnerable, a pesar de que ahora su estatura sobrepasa la de Mitsuya.

—No es justo que ahora yo sea el enano.

Mitsuya lo saluda con un rápido asentimiento y una sonrisa que no llega a florecer en los labios. Hakkai lo examina con detenimiento y se da cuenta de que las facciones de Mitsuya lucen más vívidas y brillantes que en todos sus sueños. El corazón le palpita con fuerza y nota lo paralizado que está cuando es Mitsuya quien termina arrastrando la maleta.

—Taka-chan, espera… —susurra apenado, dispuesto a llevar su propio equipaje.

—Perderemos el autobús, así que andando —replica Mitsuya, marcando el paso a toda prisa—. Dile a Yuzuha que ya llegaste. No lo dirá, pero estaba muy pendiente de ti.

Mitsuya no dice nada más mientras se dirigen a la estación de autobús y Hakkai, sintiéndose como un cobarde, tampoco se atreve a marcar el ritmo de la conversación.

 

.

 

Hakkai no tiene oportunidad de hablar con Mitsuya a solas y no está seguro si eso le alegra o entristece. Apenas tiene tiempo de pensar en ello, porque tiene que encontrar acomodo en su habitación. Es compartida, pero eso le trae sin cuidado, pues por todos los años que vivió en Tokio compartió la misma habitación con Yuzuha. El problema, por supuesto, es que no es lo mismo compartir habitación con su hermana que con dos completos desconocidos.

—Todo el mundo me llama Peyan, así que no vas a ser la excepción, novato.

Peyan se presenta con un gesto rápido, dejando el uniforme de la escuela sobre la cama y luego sólo vuelve a prestarle atención a Hakkai para decirle que se va a la cancha a entrenar. Hakkai no alcanza a preguntarle si entonces él entendió mal y el entrenamiento comienza dos horas antes. Pero Peyan desaparece tras la puerta y Hakkai se queda a solas consigo mismo, con una oleada de nerviosismo sacudiéndole todo el cuerpo.

Hakkai juguetea con el teléfono mientras piensa si escribirle a Mitsuya, a pesar de que podría buscarlo porque ya no hay kilómetros que los separen. Pero de nuevo tiene la misma encrucijada cuando abre el chat, pues no sabe qué decir. Tiene el presentimiento de que Mitsuya merece una explicación, que tiene que explicarle por qué demonios decidió matricularse en una escuela en Tokio cuando se supone que debería estar en Yokohama con su familia. Pero el apego que tiene Hakkai por su familia no tiene nada que ver con lo que siente por Mitsuya. Tal vez la única persona que lo habría convencido de quedarse en Yokohama hubiera sido Yuzuha, precisamente quien lo ayudó a llenar la matrícula de Toman.

—Aunque la práctica comienza a las cuatro, en realidad todos vamos a la cancha apenas acaban las clases.

Hakkai casi deja caer el teléfono cuando escucha aquello. Sostiene el teléfono con ambas manos, evitando que se le resbale y sólo alza la vista cuando comprueba que éste está a salvo. El muchacho lleva el pelo atado y echa la bolsa deportiva en la otra cama vacía. Lo primero que le llama la atención a Hakkai es el aspecto de la mochila, que parece tener tantos años como él mismo. La sorpresiva aparición de su segundo compañero de habitación le hace olvidar por un instante el comentario que lo sobresaltó en primer lugar.

—¡La práctica! —balbucea, sintiendo el rostro enrojecer de vergüenza. Se pone de pie con torpeza, causando que su propia mochila caiga al suelo.

Aunque su compañero le está dando la espalda, Hakkai está seguro que lo escucha reír. No se han visto nunca antes, pero Hakkai sabe perfectamente quién es: Baji Keisuke está en segundo año y es el catcher titular del equipo. Aunque ese puesto ya es suficiente carta de presentación, en realidad lo que más intimida a Hakkai es que Baji es uno de los mejores amigos de Mitsuya. Siente cómo el gusanito de la curiosidad vuelve a apoderarse de él, pues no está seguro cómo se supone que deba comportarse con alguien que es tan cercano a Mitsuya.

—Tú eres el novato de Mitsuya, ¿no? —la pregunta de Baji lo deja sin aliento. Hakkai parpadea varias veces, mientras Baji lo escudriña con la mirada—. Eres el mocoso que jugó con él en la primaria, ¿no?

Hakkai asiente despacio, aunque se siente avergonzado porque Baji lo hace sonar como si hubieran sido grandes compañeros, cuando en realidad sólo fue poco más de un semestre escolar. Hakkai recuerda perfectamente cómo llegó a casa, feliz por haber ganado un torneo infantil y sus padres lo estaban esperando a él, el último en llegar, para decirles que pensaban mudarse a Yokohama. Hakkai nunca lloró tanto como esa noche, cuando le dio la noticia a Mitsuya la mañana siguiente, ya no tenía más lágrimas en los ojos.

—Nos conocimos antes de que mi familia se mudara a Yokohama. —Hakkai sabe que esa es una explicación a medias, pero Baji lanza un bufido y parece contento con su respuesta.

—Bien, entonces acompáñame. Los novatos deberían ser los primeros en llegar a la cancha —sentencia Baji, sin dándole oportunidad para negarse.

Baji camina rápido, con la seguridad de quien conoce exactamente hacia dónde se dirige. Hakkai todavía va arreglándose el pantalón deportivo mientras trota lo mejor que puede detrás de él para no perderlo de vista.

Cuando llegan a la cancha de béisbol, Hakkai se queda estático justo en la entrada. Parpadea varias veces para ver el diamante, las gradas y el montículo que aparecen frente a sus ojos. El nerviosismo le martillea en las puntas de los dedos, pues Hakkai sabe que el entrenador probará a los de primero el día de mañana, pero no está seguro si Baji lo trajo hasta aquí con otro propósito.

Aunque hace un esfuerzo para no caer en la tentación, sus ojos recorren con la mirada la cancha, buscando irremediablemente a Mitsuya sin ningún éxito.

—¿Dónde dicen que está el novato? —Baji alza ambos brazos y le da la espalda a Hakkai, gesto más que suficiente para saber que no se está refiriendo a él. Aunque eso reduce sus nervios a la mitad, sigue la silueta de Baji por la cancha. Desde donde está no puede escuchar con claridad la conversación, pero observa cómo Baji empieza a ponerse el uniforme de catcher. Cuando comprende lo que va a pasar, los ojos de Hakkai buscan el montículo. Se le encoge el estómago pues, por un instante, espera encontrar allí a Mitsuya, pues sabe que es uno de los pitchers del primer equipo. Pero quien está parado en el montículo es un chico rubio que Hakkai no conoce. A simple vista no parece que tenga una postura intimidante, ni tampoco tiene demasiada musculatura.

Hakkai no está del todo seguro si es un intruso en aquel escenario, pero ya no puede quitarles la vista de encima. Observa cómo el chico del montículo se prepara y su mano se extiende con fuerza, como si fuera un látigo que serpentea sobre la cancha. La pelota viaja tan rápido que Hakkai no tiene tiempo ni de sorprenderse cuando ya está escuchando el estallido contra el guante. Se queda pasmado, incapaz de reaccionar a lo que acaba de escuchar. Si entendió bien las palabras de Baji, ese chico también es de primer año.

—¡Te dije que era bueno! —escucha a alguien decir, pero Hakkai no está del todo seguro que “bueno” sea la palabra adecuada para describir lo que acaba de presenciar.

Hakkai no pierde de vista la postura de Baji después de que éste se quita la máscara. Incluso desde donde está, Hakkai se contagia de la emoción de aquel lanzamiento. El pitcher es bajo de estatura, el típico jugador que engaña por su apariencia, al que los rivales puede que no presten verdadera atención. Hakkai siente un hormigueo en todo el cuerpo mientras piensa que éste es el nivel al que aspira. Una voz en su interior, peligrosamente parecida a la de su hermano mayor, le pregunta si acaso podrá dar la talla en medio de tanto talento.

—Bueno, parece que no eres el único de primer año que tiene algo para mostrar.

La voz de Mitsuya llega de pronto, arrancándole un suspiro. Hakkai se voltea hacia la izquierda y allí está él, terminando de anudarse bien las zapatillas. Mitsuya le regala una sonrisa franca que lo descoloca, pues Hakkai sigue sin saber con exactitud en dónde están parados. Lleva preguntándose si la aparente tranquilidad de Mitsuya no es más que la calma antes de la tormenta.

—Taka-chan… —Hakkai se siente avergonzado cuando es consciente que acaba de usar aquel mote cariñoso que lleva usando desde hace muchos años. Sabe que a Mitsuya no le molesta, pero es diferente cuando están los dos solos. No es lo mismo tratar a Mitsuya con tanta familiaridad cuando hay otros presentes, mucho menos si se trata de miembros del equipo de béisbol. Hakkai baja la mirada, con las mejillas ardiendo de incomodidad—. Lo siento, tal vez debería llamarte Mitsuya-san.

La respuesta que obtiene es automática, pues Mitsuya echa los hombros hacia atrás y se ríe a carcajadas. Hakkai nota cómo Mitsuya acapara todas miradas, pero a éste no parece importarle porque sigue riendo hasta que tiene que apoyar las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Mitsuya tiene lágrimas de alegría en los ojos y Hakkai siente como si estuviera justo en el centro de un huracán. Siente la boca seca y el corazón en carne viva, porque Mitsuya sigue sonriéndole como si estuvieran en la escuela primaria, en el parque del barrio, recitándose promesas que ninguno de los dos pudo cumplir.

Mitsuya acaba la magia cuando le da un par de palmaditas en la espalda.

—No seas ridículo, Hakkai —exclama, todavía con la sonrisa brillante enmarcándole el rostro—. Llámame como siempre, no quiero sentirme viejo.

Hakkai sigue escuchando la voz de Mitsuya cuando éste ya está en la mitad del campo y lo llama con los brazos extendidos, agitándolos con fuerza en el aire. Mitsuya lo llama varias veces y a él no le queda más remedio que seguirlo, como lleva haciendo desde la primera vez que se vieron, en aquel parque destartalado que convertían en un campo de béisbol.

 

.

 

El pitcher de primero se llama a Matsuno Chifuyu y es el único de su curso, además de Hakkai, que llaman para el primer equipo.

Hakkai todavía mira el uniforme de Toman como quien mira una pintura especialmente exótica en la pared de un museo. Sigue igual de sorprendido como cuando el entrenador lo llamó por su nombre completo y le pidió que se uniera a las filas del primer equipo. Hakkai se pregunta cuándo dejará de sentirse como un impostor, alguien que vino desde Yokohama a robarle el puesto a alguien más capacitado que él.

—¿Hakkai?

Se da cuenta de que la puerta del dormitorio está abierta cuando escucha la voz de Mitsuya. Éste le regala una sonrisa desde el marco de la puerta, con el uniforme ya puesto. Lleva en la espalda la mochila de bates y adivina que allí debe haber uno para él, pues el mensaje que recibió de Mitsuya esta mañana fue una invitación para practicar en la caja de bateo antes de que comenzara formalmente la práctica.

—Taka-chan, no pensé que…

—¿Qué? ¿Creías que lo había olvidado? —Mitsuya chasquea la lengua, tamborileando los dedos en el marco de la puerta. Alza la barbilla, haciéndole un gesto para que se acerque a él, pero Hakkai se queda en la misma posición. Sabe que éste es el momento, porque calcula que Peyan y Baji deben estar en la cancha a estas alturas, así que puede aprovechar para hablar a solas con Mitsuya. Hakkai se queda tan inmóvil que Mitsuya no tarda en darse cuenta que algo sucede, pues arruga la nariz—. ¿Qué pasa? ¿Te sientes bien?

Hakkai suspira y niega con la cabeza, aunque ni siquiera tiene idea de cómo comenzar. Se mira los pies, que están muy juntos, y recuerda la primera vez que conoció a Mitsuya. Acababan de mudarse al vecindario, estaban conociendo el parque que quedaba a un par de cuadras de su casa. Su hermano iba guiando el paso tan rápido que tan sólo Yuzuha conseguía darle alcance. Hakkai en ese entonces tenía las piernas cortas, tropezó antes de llegar a los columpios, raspándose las palmas de las manos y las rodillas. Antes que ninguno de sus hermanos llegara a su lado fue Mitsuya quien lo ayudó a levantarse.

—Taka-chan, ¿estás molesto conmigo? —la pregunta suena cruel cuando deja de estar en su cabeza. Las palabras se encrudecen en medio de la habitación y Hakkai nota el momento exacto en que a Mitsuya le cambia la expresión.

—¿Y por qué iba a estar molesto contigo? —Mitsuya se rasca la barbilla.

Hakkai vuelve a mirarse los pies, como si allí estuvieran contenidas todas las respuestas a sus dudas existenciales. Si Mitsuya fuera otro tipo de persona, pensaría que la pregunta es sólo otra forma de atormentarlo. Pero Mitsuya no es como su hermano, no es el tipo de persona que disfruta atormentando a los demás, o haciendo comentarios en doble sentido con el único fin de lastimar a otros. Mitsuya es transparente y honesto, por eso Hakkai se siente culpable, puesto que él fue incapaz de decirle de frente lo que pensaba hacer.

Cuando tomó la decisión de mudarse nuevamente a Tokio, pensó en decírselo a Mitsuya. Pero Hakkai carga muchos fantasmas a cuestas, voces parecidas a sus padres y a Taiju, que le recuerdan con frecuencia que no vale la pena. Hakkai cierra los puños, mientras lucha contra las palabras que lleva atoradas en la garganta.

—No te avisé que vendría a estudiar a Toman —explica Hakkai, todavía con la vista en el suelo. Se frota las manos compulsivamente, como si quisiera entrar en calor y espantar el escalofrío que le recorre la espalda—. No sabía cómo decírtelo, menos cuando ya me estabas diciendo que tenía que entrenar duro para que nuestros equipos se enfrentaran en Koshien. Yo sólo… yo quería cumplir la promesa que hicimos. ¿Lo recuerdas?

Aunque Hakkai se hunde un poco más en la cama, finalmente reúne el valor para mirar a Mitsuya a la cara. Éste ya está recostado en la pared, de brazos cruzados y mirándolo con una expresión indescifrable que sólo consigue atacarlo de nerviosismo.

—Por supuesto que lo recuerdo.

La cálida sonrisa de Mitsuya le encoge el estómago, invitándolo a embriagarse de recuerdos.

Hakkai se ve a sí mismo de nueve años, sentado en una banca del parque, viendo cómo Mitsuya lanzaba la pelota de béisbol como si fuera un truco de magia. La primera vez que Hakkai tuvo un guante de béisbol en la mano fue porque Mitsuya le prestó el suyo, aunque éste le quedara un poco más grande de la cuenta. Hakkai también recuerda haber celebrado su primera carrera en aquel parque diminuto, donde marcaban las bases con cartones de leche viejos y el montículo no era más que un montón de musgo mal sembrado. Atesora en el fondo de su corazón la primera vez que Mitsuya lo abrazó, felicitándolo por haber bateado tan bien.

“Tienes potencial” le dijo Mitsuya en ese entonces. Hakkai sigue creyendo que sirve para algo gracias a esas palabras. Movido por ese sentimiento fue que Hakkai le prometió que algún día jugarían juntos en el mismo equipo. La promesa se diluyó con la mudanza de los Shiba a Yokohama y ahora Hakkai está en Tokio, atrapado en un dormitorio junto a Mitsuya y con un nudo en la garganta.

—Pues vine a Tokio para cumplir nuestra promesa. Quiero jugar contigo, Taka-chan.

Cuando lo dice en voz alta, Hakkai se da cuenta que confesar aquello no era tan difícil. Tan sólo tiene que soportar la vergüenza de sonar como si tuviera nueve años otra vez. Apenas nota que Mitsuya se acerca hacia él, Hakkai contiene la respiración.

Cuando Mitsuya se arrodilla frente a él, le está sonriendo con todos los dientes. Hakkai quiere decirle que no es justo, pues es imposible mantener una verdadera conversación si la sonrisa de Mitsuya lo encandila de esa manera.

—No entiendo por qué estamos hablando de esto si sabes que no puedo estar enfadado contigo por más de diez minutos seguidos —comenta Mitsuya, sin perder la sonrisa durante un instante—. Aunque habría apreciado que me lo dijeras por anticipado.

—Ya lo sé, pero es que…

—¿Qué dijo tu familia? —Mitsuya lo pregunta con el mismo tono tranquilo de antes, pero Hakkai puede sentir la firmeza de su mano cuando ésta le roza la rodilla. Hakkai desearía no verse obligado a responder, pero el tacto de Mitsuya es un amable recordatorio de que no puede evadir la pregunta—. Hakkai, por favor. ¿Tuviste problemas con tu hermano?

La falta de respuesta sólo trae como consecuencia que Mitsuya nombre a su hermano. La mención a Taiju lo hace estremecer, pues quiere ahorrarle a Mitsuya los detalles. Pero se siente atrapado en cuanto sus miradas se encuentran, pues sabe que a Mitsuya no le puede mentir. Después de todo, Mitsuya fue la primera persona, aparte de Yuzuha, quien alzó la voz para defenderlo ante los gritos y reclamos, casi siempre injustos, de su hermano mayor.

—Pudo ser peor. Sólo me dijo que me iba a arrepentir cuando ni siquiera me llamaran para el primer equipo. —Hakkai se encoge de hombros, mientras observa cómo Mitsuya alza la barbilla en un gesto tenso e incómodo—. Mis padres no dijeron mucho porque apliqué para una beca deportiva. Pero no todo es malo, Yuzuha se alegró sinceramente por mí.

—Porque Yuzuha es la única Shiba además de ti que vale la pena —masculla Mitsuya de pronto, pasándose una mano por el rostro. Su amigo luce repentinamente cansado y Hakkai no puede evitar sentirse culpable. No importa si están a muchos kilómetros de Yokohama, su familia sigue siendo un fantasma que sobrevuela en medio de ambos—. ¿Tengo permiso para decirle a Taiju que te llamaron para el primer equipo?

—Pero…

—No, olvídalo. Creo que lo mejor es que te tomemos una foto en uniforme y lo etiquetamos. Yuzuha nos dirá exactamente cómo se puso, será maravilloso. ¿No te parece? Así te vas a dar cuenta de que Taiju no es más que un resentido y que no deberías preocuparte tanto lo que él piense de ti. Ahora vamos a entrenar y ganar unos cuantos partidos juntos… —Mitsuya le regala un guiño mientras lo toma de las manos, tirando de él hasta que están los dos de pie.

Están demasiado cerca y Hakkai se siente mareado, pues el aroma de Mitsuya le hace cosquillas en la nariz.

Hakkai tiene doce años de nuevo, embriagado por la presencia de Mitsuya, dándose cuenta que el cariño que le profesa no tiene nada que ver con el amor filial. Mitsuya todavía lo tiene tomado de la mano cuando avanzan hacia la puerta de la habitación. Hakkai se aferra a él con firmeza, sintiendo el fuerte palpitar de su corazón, que le recuerda que también está en Tokio para cumplir una promesa que se hizo a sí mismo. No puede dejar ir a Mitsuya una segunda vez. Tiene que reunir el valor para decirle lo que realmente siente por él.

 

.

 

Ganar partidos suena más sencillo en los labios de Mitsuya que llevarlo a la práctica. Hakkai siente cómo la tensión se apretuja en el ambiente después de que el entrenador les diera la noticia. Hayashida, el pitcher titular de Toman, estará de baja durante varias semanas. Hakkai está en el otro extremo del salón cuando les confirman la noticia y nota cómo Mitsuya se roba algunas miradas. Aunque el talento de Chifuyu es innegable, Mitsuya lleva jugando con el equipo más tiempo y tiene un año más de experiencia. Hakkai contiene la respiración cuando nota a Mikey, el capitán del equipo, pasarle un brazo por encima a Mitsuya en un gesto victorioso.

—No hay que preocuparse demasiado, tenemos a Mitsuya de nuestro lado. Además, Takemicchi nos hizo el favor de traer sangre nueva al montículo. —Mikey suelta una carcajada despreocupada que, por un instante, desinfla la tensión, Hakkai lo nota por las expresiones del resto del equipo.

Los días siguientes todos entrenan hasta el caer la noche. A Hakkai le duelen partes del cuerpo que no recordaba que tenía. Por dos días seguidos llega tan cansado que casi olvida cambiarse el uniforme, pero entre Baji y Peyan lo regañan hasta que consiguen que se ponga algo para dormir. Baji es especialmente enfático. A Hakkai le parece que luce aterrador con el cabello atado y una expresión sombría.

—Si no descansas correctamente vas a dejar en vergüenza a Mitsuya, espero que lo tengas claro —comenta Baji, mientras vuelve la vista hacia el montón de cuadernos que tiene sobre el escritorio comunal.

—Baji, espantando a los novatos no vas a conseguir que mejoren en la práctica.

—¿Tú qué sabes? —masculla Baji, haciendo caso omiso a las advertencias de Peyan.

Pero, sin importar las buenas intenciones de Peyan, el daño ya está hecho. Las palabras de Baji se le meten bajo la piel, le taladran los oídos y no lo dejan dormir esa noche, ni tampoco las siguientes. Cada vez que Hakkai toma un bate entre las manos, piensa en las palabras de Baji.

Cuando está en la caja de bateo, Hakkai siente el sudor en las palmas de las manos. Ni siquiera se sorprende cuando la pelota se desliza por uno de los costados del bate, que apenas alcanzó rozar su trayectoria. Hakkai chasquea la lengua, siente el malhumor en el cuerpo y niega con la cabeza varias veces. Se coloca otra vez en posición, pero es como si tuviera el cuerpo entumecido, como si las manos no se movieran al ritmo que necesita. Siente el bate escurridizo y pesado entre los dedos, como si estuviera rebelándose silenciosamente. Hakkai falla los cincos intentos siguientes, observa cómo la pelota pasa ante sus ojos y no consigue ni siquiera curvar su trayectoria. Si estuviera en un juego real, su desempeño sería catastrófico.

—¿Mal día?

La voz de Mitsuya es, a la vez, un alivio y un tormento. Hakkai se toma un par de segundos para reunir el valor suficiente y girarse hacia él. Mitsuya tiene el guante puesto y también lleva una pelota en la mano. A Hakkai le parece que luce maravilloso y tiene ganas de preguntarle cómo hace para disimular la tensión que lleva encima. Porque Hakkai nota el temblor en los labios de Mitsuya cada vez que Chifuyu se sube al montículo en las prácticas. Mitsuya no dice una sola palabra, pero Hakkai vivió durante muchos años a la sombra de la genialidad de su hermano para el béisbol y sabe lo que es eso. El caso de Mitsuya debe ser todavía más amargo considerando que Chifuyu es un año menor que él.

Sin embargo, allí está Mitsuya parado frente a él, mostrándole una sonrisa relajada que podría engañar hasta a su madre.

—Me hace falta más práctica, eso es todo. —Hakkai se excusa encogiéndose de hombros, pero nota la mueca en labios de Mitsuya. Que lo conozca tan bien tiene sus desventajas, como en este momento, cuando Mitsuya ve a través de él como si Hakkai estuviera hecho de cristal.

—Creo que lo que necesitas es relajarte un poco. ¿Qué dices si practicas conmigo? Chifuyu está haciendo calentamiento con Baji… —Mitsuya chasquea la lengua y se le escapa una risa hacia el final de la frase—. Créeme que en este momento no lo envidio, Baji es insoportable en los calentamientos. Así que podemos usar el montículo, le pediré a Peyan que sea nuestro catcher.

La propuesta de Mitsuya es tan rápida que Hakkai no la asimila del todo. Por suerte para él, su cuerpo responde por sí solo, antes que el cerebro procese las palabras de Mitsuya.

—¿Vas a desquitarte con tu novato? —Peyan sí que parece contento con la propuesta de Mitsuya y no deja de meterse con ambos mientras se coloca los protectores. Cada vez que alguien lo llama novato delante de Mitsuya, Hakkai siente una comezón incómoda en el pecho. Es como una urticaria en la piel, porque está convencido que hay algo juguetón en el tono de voz que consigue ponerlo nervioso. Es por la manera en que hablan de él frente a Mitsuya, como si Hakkai fuera menos una persona y más un objeto que le pertenece. Aunque ya está acostumbrado a escucharlo porque comparte habitación con Peyan y Baji, siempre termina preguntándose si usarán el mismo tono con Mitsuya cuando están a solas, entre amigos.

Hakkai no quiere que su mente divague por esos páramos que no tienen sentido, pero el corazón se le encoge cada vez que piensa en qué hablará Mitsuya de él cuando está con sus amigos.

—Hakkai… —su nombre en labios de Mitsuya lo estremece. Sobre él está la mirada de Peyan, juguetona y maliciosa. Hakkai está acorralado y no le queda más remedio que acomodarse el bate entre las manos. No se siente preparado, pero es la primera vez que está practicando con Mitsuya desde que llegó a Toman.

—Novato más vale que prestes atención porque no quiero llevarme un susto. Con Pah tenemos suficientes lesionados por el momento, ¿entendiste?

La advertencia de Peyan es el cable a tierra que necesita, pues Hakkai recuerda para qué se supone que está allí. Quiere jugar al béisbol con Mitsuya, quiere ganar cada partido a su lado y estar allí para celebrar cada vez que Mitsuya acabe con la línea de bateo de todos sus rivales.

—No te lo pondré fácil —sentencia Mitsuya, ajustándose la gorra y probando la tierra del montículo con la punta del pie—. Por si te lo estabas preguntando.

Hakkai, en lugar de sentirse intimidado, sonríe. Por supuesto que no lo espera de otra manera. Esto es exactamente lo que quiere, que Mitsuya lo trate como un igual, como un compañero valioso del que puede fiarse en un momento crítico.

El primer lanzamiento de Mitsuya es una curva quebrada que Hakkai conecta pero queda fuera del campo. Peyan aplaude varias veces y le dice a Mitsuya unas cuantas frases obscenas que Hakkai se quiere borrar de la cabeza. El segundo lanzamiento también es una bola quebrada que Hakkai sólo consigue rozar. Aprieta los labios, fastidiado consigo mismo cuando escucha cómo la bola encaja perfectamente contra el guante de Peyan.

—Bueno, novato, parece que no estás tan mal —comenta Peyan en voz baja. Hakkai no lo está viendo a la cara, pero está convencido de que éste le está sonriendo—. Sólo tienes que medir mejor a Mitsuya. ¿No que lo has visto lanzar muchas veces? Tú puedes, seguro eres el único con quien Mitsuya no se enfadará si bateas.

Hakkai escucha con atención y siente un cosquilleo en la garganta. Ahí está otra vez el tono juguetón y condescendiente, pero, esta vez, para Hakkai es un aliciente en lugar de un obstáculo. Hakkai observa detenidamente a Mitsuya, cuenta los segundos que le toman para acomodarse otra vez en el montículo. Contiene la respiración cuando Mitsuya mueve los pies y flexiona levemente las rodillas. Los ojos de Hakkai no pierden de vista la mano de Mitsuya, esa que sostiene con destreza la pelota.

Cuenta los segundos desde que el brazo de Mitsuya se levanta en el aire, sosteniendo la pelota entre los dedos.

Cuando Hakkai mueve el bate, lo próximo que escucha es el golpe del metal contra la pelota. Es un estruendo seco, como un disparo a quemarropa que le acaricia los oídos. Hakkai se queda mirando cómo la pelota marca un ángulo perfecto que llega justo al jardín central. La pelota cae contra la malla, sin ningún jugador que vaya por ella porque la práctica no ha empezado realmente.

Hakkai escucha los aplausos de Peyan a sus espaldas, pero él no puede hacer otra cosa más que mirar la sonrisa de Mitsuya, a quien le tintinean los ojos de orgullo.

 

.

 

Aunque Chifuyu y él no van al mismo salón, suelen almorzar juntos de vez en cuando. El salón de Chifuyu está justo frente al suyo, así que suelen coincidir en los pasillos y suelen irse juntos a la práctica. Chifuyu siempre lo hace tomar asiento hasta la última fila y estira de más las piernas, balanceando los pies contra la silla vacía que está frente a él. Hakkai se acomoda a su lado y flexiona las rodillas, preocupado de no abarcar más espacio del necesario. Tiene esa mala costumbre desde hace años, cuando pegó un estirón y de pronto todas las dimensiones de casa se le quedaban pequeñas, al igual que en la escuela. Ahora ya tiene quince años y una mejor noción de cuánto espacio ocupa, pero sigue tratando de estirar las extremidades lo menos posible, excepto cuando está en una cancha de béisbol.

Hakkai hace un esfuerzo cuando está en el salón de Chifuyu y se encoge en el asiento lo mejor que puede, mientras ve cómo su compañero desliza los palillos sobre el envase que está repleto de yakisoba.

—Baji-san es muy estricto y me dijo que tengo que comer más de la cuenta porque sino jamás voy a ganar músculos. Y también un riguroso entrenamiento que tengo que seguir al dedillo además de las prácticas —dice Chifuyu con el ceño fruncido y una mueca de fastidio en los labios—. Pero no pienso discutir con él, la verdad es que parece que sabe lo que está haciendo. Tiene una noción del juego increíble… —Chifuyu se queda callado de pronto, con los ojos desorbitados, como si acabara de darse cuenta de lo que está diciendo—. Si alguien me pregunta, negaré todo lo que dije. Baji-san es increíble, pero no creo que necesite más reconocimiento o será imposible lidiar con él.

Chifuyu tiene las mejillas sonrosadas, tiene la misma expresión que pone Yuzuha cuando ésta se entusiasma más de la cuenta y luego se avergüenza. El rostro compungido de Chifuyu le evoca tanto a su hermana mayor que Hakkai no puede evitar reírse. No le importa que Chifuyu lo mire con expresión de enfado, ni tampoco que el resto de estudiantes que están almorzando allí dentro lo estén mirando sorprendidos por aquella explosión de buen humor.

—Lo siento, lo siento… —asiente despacio al cabo de unos minutos, cuando consigue controlar sus emociones. Chifuyu ya no parece enfadado con él, pero sí que está desinflado en el asiento—. No te preocupes, Chifuyu. Tu secreto está seguro conmigo.

—Menos mal. No quiero ganarme enemigos en el propio equipo, te lo advierto —masculla Chifuyu, mientras se atraganta con más yakisoba.

Hakkai revuelve con los palillos los fideos de arroz de la cafetería, sin quitarle la vista de encima a Chifuyu. Habla de Baji con mucha naturalidad, como si se conocieran de toda la vida, y eso no hace más que causarle curiosidad. Ahora están practicando juntos, tratando de formar una buena batería, pero no está seguro si lo lleva mejor o peor que Mitsuya, quien conoce a Baji desde hace años y que le pilla todas las manías que tiene con mucha facilidad.

—¿Tú también conocías a Baji-san desde antes, Chifuyu? —pregunta sin disimular la curiosidad. Está casi seguro que Chifuyu le comentó que terminó en Toman porque un amigo lo convenció, pero ahora quiere saber si ese amigo es Baji. Por eso se sorprende cuando Chifuyu niega con la cabeza, mientras se limpia los restos de yakisoba con una servilleta de papel.

—No. En realidad, vine aquí por Takemichi —confiesa con una sonrisa. Hakkai sabe enseguida de quién está hablando, pues Takemichi también es muy cercano a Mitsuya. Además, lo ha visto batear en las prácticas y es bastante bueno. Chifuyu sonríe con un gesto cálido, mientras deja los palillos justo sobre plato vacío de yakisoba—. Somos vecinos, jugamos un par de veces al béisbol juntos y acabó por convencerme. Siempre pensé que sería genial si pudiéramos jugar juntos al béisbol, así que aquí estoy. Y tú… —Chifuyu alza las cejas, en un gesto cargado de tanta intensidad, que Hakkai puede adivinar lo que dirá a continuación—… tú sí conocías a Mitsuya-san desde antes. ¿También eran vecinos? Porque me contaste que vivías en Yokohama.

Aunque Hakkai se pone nervioso al compartir información personal, está dispuesto a contarle la verdad a Chifuyu. Después de todo, es el único chico de su curso que llamaron para el primer equipo. Eso hace que su camaradería sea especial y que exista un nivel de confianza distinto al que puede tenerle a sus mayores.

—Nos conocimos en primaria, en realidad —le explica a Chifuyu—. Mitsuya me regaló mi primer guante de béisbol. A mí me gustaba mucho, desde pequeño, solía ver partidos con mi padre. Pero… mi hermano era muy bueno y me daba vergüenza pedirle que me enseñara, así que sólo los veía a él y a sus amigos practicar desde lejos. Cuando conocí a Mitsuya, él fue quien me enseñó.

Hakkai recuerda el momento en que Mitsuya le mostró cómo era la mejor manera de sostener el bate. Lleva grabado en la memoria todos los abrazos que le dio Mitsuya cuando anotaban carreras en el parque.

—¿En serio? ¿Mitsuya-san te enseñó a jugar al béisbol? —Chifuyu lo mira con los ojos bien abiertos y sedientos de interés. Chifuyu se inclina más hacia él, apoyando los codos sobre la mesa que los separa. Hakkai carraspea, pues el interés de Chifuyu es ligeramente abrumador.

Asiente despacio, mientras sus pensamientos sobrevuelan todos los momentos que pasó junto a Mitsuya en el parque, practicando bateo como si de verdad estuvieran a un día de jugar en Koshien, compitiendo por el campeonato intercolegial.

—Me enseñó todo lo que sé —suspira Hakkai, apretando los labios en una mueca ansiosa y desviando la vista hacia la ventana del salón de clases. Es un día soleado, perfecto para practicar al béisbol después de que termine la jornada escolar—. Pero sólo jugamos unos meses juntos en el mismo equipo, porque a mi padre le ofrecieron trabajo en Yokohama. Yo no quería irme, por supuesto, en Tokio había hecho buenos amigos.

—¡Claro! —Chifuyu chasquea los dedos, balanceándose en el asiento. Se mueve tan compulsivamente que Hakkai teme que Chifuyu vaya a caerse, pero éste parece mantener el equilibrio perfectamente—. Por eso decías lo de Yokohama. Es una mierda eso de mudarse de pronto, a mí me pasó cuando mis papás se divorciaron. Pero fue gracias a eso que conocí a Takemichi y que acabé en Toman.

—Supongo que el destino te lo tenía preparado, Chifuyu —comenta Hakkai, pronunciando la sonrisa. Aunque él se resiste a creer en esas cosas como el destino, a veces el recuerdo de Mitsuya lo golpea, llevándole la contraria.

Lo que siente por Mitsuya es tan fuerte, que tiene que existir una fuerza, algo más poderoso que la simple casualidad, que hizo que se conocieran. Hakkai sabe que es ridículo pensar de esa manera, pero se aferra a esa idea con una intensidad infantil y cree que no le está haciendo daño a nadie.

—Puede ser, aunque yo soy de los que piensan que cada quien se construye su propio destino, Hakkai —dice Chifuyu de pronto, alzando ambas cejas y dibujando una sonrisa—. Como tú, por ejemplo. Viniste desde Yokohama porque querías volver a jugar con Mitsuya-san, ¿cierto?

Aunque el tono cantarín de Chifuyu no tiene nada que ver con la doble intención que hay en las frases de Peyan o Baji, Hakkai siente la vergüenza en las mejillas. Evita consciente hablar con tanta familiaridad de Mitsuya, pues no quiere dar pie a que nadie se meta con él más de la cuenta. Pero supone que no tiene caso negarlo, menos frente a Chifuyu, luego de haber tenido semejante conversación.

Hakkai suspira y deja el último bocado de fideos de arroz en el plato. Siente la calidez en las mejillas cuando vuelve a pensar en Mitsuya, en la sonrisa que le dedicó un par de días atrás en la cancha de béisbol, cuando practicaban juntos.

—Prometimos que lo ganaríamos todo y que iríamos a Koshien juntos. Por eso regresé a Tokio, no quería faltar a la promesa que le hice a Taka-chan.

Las palabras de Hakkai flotan a su alrededor, oprimiéndole el pecho con fuerza, haciendo el salón de clases un poco más pequeño que hace minutos atrás. El silencio se rompe por la risita de Chifuyu, quien se inclina hacia la izquierda, recostándose contra el marco de la ventana. Chifuyu le está sonriendo, un gesto franco que esta vez no parece tener malas intenciones.

—Aunque estés hablando de béisbol, eso suena un poco romántico —confiesa Chifuyu de pronto.

Hakkai no dice nada pues, a pesar de lo avergonzado que está, es consciente que Chifuyu lleva algo de razón. Es sobre béisbol, pero también sobre el amor, sobre cada palpitación de su corazón cuando piensa en Mitsuya.

 

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Ese sábado Mitsuya pide permiso para irse una hora más temprano y Hakkai decide acompañarlo. Usa la excusa de que Mitsuya lo ayudará con una tarea de matemáticas especialmente difícil y, aunque el entrenador frunce el ceño más de la cuenta, lo deja ir con la promesa de que practicará el bateo cuando regrese. Se siente un poco culpable cuando le da alcance a Mitsuya y éste le pregunta directamente si no está descuidando sus estudios por venir a acompañarlo.

—Sólo será unas horas, Taka-chan. Además, extraño a Mana y Luna.

La mención a sus hermanas surte el efecto esperado, pues Mitsuya chasquea la lengua y le hace un gesto para que lo siga en dirección a la parada de autobús. A pesar de que el sol se eleva encima de sus cabezas, hay un viento frío acariciándoles la piel, como un sutil recordatorio de lo rápido que se acerca el invierno.

A diferencia de la mayoría de los miembros del equipo de béisbol, Mitsuya no usa los dormitorios de Toman. Aunque no vive tan cerca de la escuela como Chifuyu, a quien Hakkai acompañó a casa el pasado fin de semana, Mitsuya vuelve a su casa a diario para estar con su familia. Hakkai recuerda que la madre de Mitsuya sigue trabajando algunas noches, así que Mana y Luna suelen pasar algunas horas a solas mientras su hermano llega de la escuela.

El edificio donde vive Mitsuya sigue justo como lo recuerda. Es el último de una línea de edificios que hay en una calle sin salida, en donde dos de los cinco postes de luz que alumbran el camino siguen sin funcionar. En la entrada del edificio todavía está aquel cartel espantoso que promociona un restaurante de comida que ya estaba cerrado antes de que Hakkai se mudara a Yokohama. Todavía nadie se ha preocupado por arrancarlo de la pared, supone que la imagen desteñida de aquel tipo regordete con bigote es muy graciosa y memorable.

Hakkai ha estado allí muchas veces, así que es un recorrido nostálgico y muy familiar. Cuando escucha el golpeteo de las llaves de Mitsuya contra la puerta, Hakkai tiene la sensación de que, por fin, está de nuevo en casa. En especial cuando la puerta se abre y distingue las voces de Mana y Luna.

—Adivinen quién vino conmigo.

Hakkai no tiene idea cómo conserva el equilibrio cuando las niñas se abalanzan sobre él. Lo abrazan con fuerza, envolviéndolo como si Hakkai fuera un peluche gigante. Las niñas hablan a destiempo, interrumpiéndose la una a la otra para darle la bienvenida. Sus risas acarician los oídos de Hakkai, siendo consciente de que no sólo extrañaba a Mitsuya, sino también a las niñas. Por mucho tiempo, ellas fueron parte invaluable de su rutina.

—Hakkai se quedará un rato, no acaben con él tan pronto. —Hakkai distingue la voz de Mitsuya desde la cocina. Se gira hacia él, pero Mitsuya está de espaldas, con la mitad del cuerpo dentro de la nevera.

—¿Vas a jugar con nosotras? —Luna tira de la mano de Hakkai con fuerza para llamar su atención.

—Por supuesto que sí.

Hakkai queda a merced de la voluntad de Mana y Luna, quienes lo llevan hasta la habitación. Como todos los hermanos realmente comparten la misma habitación, tienen que pasar primero por la parte que está llena de las cosas de Mitsuya. Hakkai reconoce el póster de las Golondrinas de Yakult que está mal colgado en una esquina. Recuerda perfectamente cómo llegó el póster a la pared de Mitsuya, pues fue el mismo Hakkai quien compró la revista en un puesto callejero. Su hermano estaba con él y lo regañó mucho por gastarse sus pocos yenes, pero Hakkai se vio recompensado al ver la expresión de genuina sorpresa de Mitsuya cuando le regaló el póster. También le dio un abrazo como agradecimiento que Hakkai lleva tatuado en la memoria.

Fue justo en ese preciso momento, acunado en los brazos de Mitsuya, que empezó a darse cuenta de que tal vez lo quería como algo más que un amigo. Tal vez Mitsuya no era la reminiscencia de lo que le hubiera gustado como hermano mayor, sino la silueta borrosa que aparecía en sus sueños todas las noches.

—Mana y Luna son inagotables —comenta Mitsuya después de que entre los dos hayan recogido los platos de la cena. Las niñas devoraron su ración de onigiri y tempura, mientras que Hakkai saboreó hasta la última gota de ramen que Mitsuya recalentó para los dos. Hakkai reconoce el tono compasivo que usa Mitsuya para dirigirse a sus hermanas—. Lo siento, Hakkai.

—Pero, ¿qué dices, Taka-chan? —Hakkai le regala una sonrisa con todos los dientes, destilando sinceridad—. Yo también las echaba de menos. Jugaré al té con los peluches todas las veces que venga.

Mitsuya sigue riéndose cuando regresan los dos a la habitación, en teoría para buscar las cosas de Hakkai. Detrás de la cortina que divide la habitación de los Mitsuya, escucha las voces de Mana y Luna, hablando con sus peluches. Hakkai vuelve a mirar el poster con detenimiento, pero ahora desliza la mirada por los muebles, los viejos mangas de Mitsuya y la caja donde todavía guarda retazos de tela.

—¿Todavía le haces ropa a Mana y Luna? —pregunta, con la voz cargada de curiosidad.

—Toman no me deja mucho tiempo libre, pero lo hago siempre que puedo. Hace unos meses tuvieron una obra escolar y mandar a hacerles los trajes era muy costoso, así que le dije a mamá que no se preocupara. La obra era sobre los animales, le hice a Mana un vestido de pez y a Luna uno de conejo —comenta Mitsuya, mientras abre una de las gavetas del escritorio. Cuando se gira a Hakkai, le tiende una fotografía—. No sé cómo, pero lo logré. No es de mis mejores trabajos, pero creo que sigo teniendo el toque.

Hakkai examina la fotografía con detenimiento, maravillándose con las lentejuelas del vestido de Mana y con las detalladas orejas que lleva Luna en la cabeza.

—Por supuesto que sigues teniendo el toque, Taka-chan. ¡Están increíbles!

A Mitsuya le hace gracia su comentario, porque se ríe mientras se acomoda en el cojín que está frente al escritorio. Estira las piernas y se dobla el pantalón para masajearse las pantorrillas. Tiene el cuerpo ligeramente encorvado y Hakkai puede ver cómo el cansancio se le escapa en la expresión.

—Está bien mantener el ritmo, si falla la beca deportiva siempre puedo aplicar a alguna escuela de costura. —Mitsuya se encoge de hombros con un gesto de resignación que a Hakkai le encoge el estómago. Quiere tener el valor de decirle que es increíble, que puede conseguir cualquier cosa si se lo propone y que él estará allí para apoyarlo. Pero siente la vergüenza atenazarle la garganta, incapaz de decirle siquiera que no tiene por qué pensar que no da la talla para una beca deportiva.

—No importa si Chifuyu es quien empieza como pitcher algunos partidos —dice de pronto, sintiendo el cuerpo pesado y las palabras haciéndole cosquillas en la punta de la lengua—. Tú eres… tú también eres increíble, Taka-chan.

Como si fuera el clímax de una película, el silencio inunda la habitación. Hakkai se siente torpe, porque incluso Mana y Luna parecen haberse callado, y él está allí parado en medio de la habitación, con Mitsuya mirándolo sin parpadear. Hakkai desea que esa frase sea suficiente y así no tenga que explicarle a Mitsuya qué significa realmente.

Al cabo de lo que parece una eternidad, Mitsuya sonríe. Es un gesto brillante, que ilumina todo a su paso y que le arranca a Hakkai un fiero sonrojo. Esa es la misma expresión que tiene Mitsuya en todos sus sueños.

—Eres muy blando conmigo, Hakkai —dice Mitsuya, mientras vuelve la vista hacia su teléfono. Por un instante, que no dura más que un parpadeo, le parece que Mitsuya también tiene rubor en las mejillas—. Es tarde. Pensé que era más temprano porque mamá no ha regresado. Faltan todavía dos autobuses, pero es un largo camino, no deberías ir solo.

—Oh… —Hakkai ahoga un suspiro, pues de pronto es consciente que el tiempo es cruel y sigue su curso. Que está a un par de kilómetros de distancia de la escuela y que ya no cumplió la promesa que le hizo al entrenador—. No te preocupes por mí, Taka-chan. Si me voy ahora, estoy a tiempo de…

—Deberías quedarte a dormir —sugiere Mitsuya, soltando aquella bomba con un tono cotidiano. Hakkai tiene que dar las gracias porque Mitsuya ni siquiera lo está mirando, sino que está escribiendo algo en su teléfono—. Le avisaré a Baji, tengo varios mensajes suyos, debe pensar que te tengo secuestrado.

—Pero Taka-chan…

—Puedes ocupar el futón —dice Mitsuya, como si ya estuviera todo decidido. La sonrisa que le regala es firme y Hakkai sabe que discutir con él es una batalla perdida—. Dormiré con Mana y Luna.

Hakkai sabe que no tiene cómo replicar o negarse, así que sólo le queda mirar de reojo el futón de Mitsuya. En este momento, aunque suene mucho más sensato quedarse allí, está dispuesto a lanzarse al frío de la calle y a la completa incertidumbre, que recostarse en un futón que desprende el aroma de Mitsuya.

 

.

 

Cuando Hakkai despierta, tiene dolor de cuello. Está seguro que consiguió conciliar el sueño en plena madrugada, cuando la casa de Mitsuya estaba en absoluto silencio. Mana y Luna son quienes lo despiertan, pues, aunque no estén hablando con él, escucha sus voces del otro lado de la cortina divisoria. Hakkai se desenrolla de las sábanas, aunque eso no consigue apartarlo del aroma de Mitsuya, que lo arrulló toda la noche, atormentándolo hasta que el cansancio pudo más que él.

Se queda quieto, escuchando las voces que vienen desde fuera de la habitación. Reconoce la voz de la madre de Mitsuya, un sonido ahogado que le trae buenos recuerdos. Hakkai recuerda haberse sentido inmerecido de tanto afecto todas las veces que visitó la casa de Mitsuya.

—¡Te va a dar calor cuando vengamos de regreso! —Mana pasa corriendo, seguida de Luna. Ambas niñas corren hacia la puerta, tan enfrascadas en su discusión que ninguna nota que Hakkai tiene los ojos abiertos. Mana lleva un vestido floreado, sin mangas, mientras que Luna tiene un abrigo que parece quedarle muy grande, porque le cubre hasta los dedos de las manos.

—No es cierto, tú te vas a congelar, a esta hora hace frío —sentencia Luna mientras desliza la puerta y las dos niñas desaparecen tras ella.

La puerta queda entreabierta así que Hakkai puede escuchar sin dificultad la conversación entre las hermanas y su madre. Le toma sólo unos segundos descifrar que van a comprar víveres y que Mana no piensa permitir que regresen a casa sin chocolates. Luna, por su parte, quiere una nueva caja de sus galletas favoritas.

—¿Tú quieres algo, Takashi?

—Mhm… —Hakkai puede imaginarse a la perfección el gesto de Mitsuya. Ceño fruncido y expresión pensativa, como si estuviera deliberando. Pero Hakkai sabe que Mitsuya en contadas ocasiones se da caprichos, mucho menos delante de sus hermanas—. Nah. Tomaré del chocolate de Mana y las galletas de Luna. Ellas ya saben compartir.

El escándalo a continuación es ensordecedor. Hakkai aprieta los labios mientras escucha las carcajadas de Mitsuya, que se mezclan con las quejas de sus hermanas y, por último, como un eco lejano, suena la voz de su madre tratando de apaciguarlos a los tres.

—¡Mamá! ¿No le vas a decir nada?

—¡No voy a compartir mis chocolates! ¡Luego querrá llevárselos a la escuela!

—Por supuesto que van a compartir, aunque sea una ración de cada cosa a su hermano. ¡Y ya no quiero más discusiones! —La voz de la madre de Mitsuya suena más firme de la cuenta, pero Hakkai sabe que su voluntad mermará a medida que vayan camino al conbini. Tanto Mana como Luna saben perfectamente cómo salirse con la suya, aunque también es casi seguro que regresen con algo para su hermano mayor.

Hakkai escucha el sonido de las llaves y la puerta, las voces de las niñas acaban por perderse en la lejanía y luego lo único que escucha es el sonido rítmico de lo que parece ser un sartén. Cuando distingue ruidos de cocina, Hakkai se pregunta qué hora es y tiene miedo de mirar su teléfono. Está seguro que debe tener algún mensaje, al menos de Chifuyu o de alguno de sus compañeros de dormitorio.

Incluso con la garganta atenazada de angustia, Hakkai consigue sentarse sobre el futón y buscar con la mirada el teléfono. Su maleta está justo sobre el cojín que tiene Mitsuya cerca del escritorio, pero está seguro que anoche no guardó el teléfono allí. Ver sus cosas otra vez en medio de la habitación de Mitsuya es un golpe de nostalgia que lo deja estático.

—Ya nos hice el desayuno. —Mitsuya aparece de pronto tras la puerta. Tiene puesto una camisa que le queda más grande de la cuenta, pues le deja el hombro izquierdo al descubierto. También lleva el pelo enmarañado y luce adormecido, pero la sonrisa que lleva en los labios es espléndida, como los primeros rayos de sol de la mañana—. Es mejor que vengas ahora antes de que regresen Mana y Luna.

Aunque la invitación de Mitsuya es tentadora, Hakkai se queda sentado en el futón. Hay algo mágico en la postura de Mitsuya, como un recordatorio maravilloso de aquello que late bajo su pecho. A pesar de que le pesan los párpados por la falta de sueño, Hakkai se siente más lúcido que nunca.

—¿Qué pasa? —Mitsuya ladea el rostro y frunce la nariz, haciéndole un gesto para que se acerque. Como Hakkai se queda en la misma posición, de piernas cruzadas en el futón, es Mitsuya quien se acerca hacia él—. ¿Hakkai?

—Estaba pensando… —Hakkai siente la boca seca, en especial cuando Mitsuya se arrodilla justo frente a él—. Pensaba que es bueno estar de regreso.

La risa de Mitsuya enmarca las palabras de Hakkai, quien juega con los bordes del futón, deseando que el nerviosismo se le escurra entre los dedos.

—¿De regreso en Tokio? —Mitsuya extiende una mano hacia él y le da un toque en la rodilla, en un obvio intento porque se levante para ir hacia la cocina—. Creo que estás tan sentimental porque tienes el estómago vacío.

—De regreso contigo —dice de pronto Hakkai, envalentonado por la cercanía de Mitsuya—. Te echaba mucho de menos, Taka-chan.

La confesión le llena de sonrojo las mejillas, pero hace un esfuerzo y consigue mirar a Mitsuya a los ojos. Éste lo observa en silencio, con los ojos muy abiertos y los labios separados, cargando un suspiro que no llega a materializarse. Hakkai tiene ganas de tocarlo y estrecharle las manos con fuerza, besarle los nudillos y perderse en la piel de Mitsuya, como ha soñado tantas veces.

—Yo también te echaba de menos, Hakkai. Te confieso que cuando Yuzuha me dijo lo que pensabas hacer me asusté, porque pensé qué te habría dicho tu familia. O si te habías peleado con tu hermano —dice Mitsuya, rascándose la barbilla con el dedo índice. Hakkai conoce ese gesto bien, sobre todo de las tardes estudiando en esta misma habitación, Mitsuya se rascaba la barbilla cuando estaba rodeado de ideas nuevas para sus bocetos—. Pero estoy feliz de que estés de regreso en Tokio, y que juguemos en el mismo equipo. Sabes que eres muy importante para mí.

—Tú también eres importante para mí, Taka-chan —confiesa Hakkai de pronto, con las palabras grabadas a fuego en la punta de la lengua—. Eres lo más importante.

Hakkai no permite que Mitsuya replique, porque deja que su cuerpo siga hablando por él. Echa los brazos al cuello de Mitsuya con más desesperación que destreza, está seguro que le roza la mejilla con más fiereza de la cuenta. Pero cuando alcanza los labios de Mitsuya, todo parece tener sentido. El palpitar en su pecho se mueve al mismo ritmo que el beso que le da a Mitsuya, entregando en ese gesto los sentimientos que lleva dentro de él. Hakkai mantiene los ojos cerrados, mientras se deleita con el aroma de Mitsuya, tan cerca de él. No sólo lo acaricia con los labios, sino también con las manos, pues hunde los dedos en el pelo enmarañado de Mitsuya, como tantas veces imaginó hacerlo en sueños.

Vuelve a ser consciente de lo que está haciendo cuando escucha un golpe seco contra el piso. Hakkai se echa hacia atrás y lo primero que entra en su campo de visión es el teléfono, que rebota en una de las esquinas del futón. El teléfono vibra un par de veces y alcanza a ver que tiene varias notificaciones, pero no llega a leer de quién se trata. Cuando vuelve la vista hacia Mitsuya, éste tiene los labios entreabiertos y también hay un amago de sonrojo en sus mejillas. Los ojos de Mitsuya brillan de asombro y Hakkai se desinfla, pues se da cuenta de que acaba de echarlo todo a perder. Mitsuya y él son amigos, pero Hakkai lo arruinó todo.

—Hakkai, escúchame…

Pero él niega con la cabeza, pues no quiere oírlo. No puede escuchar lo que Mitsuya va a decirle porque puede adivinarlo por su tono de voz. Hakkai toma el teléfono de un manotazo y se pone de pie, dando las gracias por no haber aceptado ropa de Mitsuya anoche, y que sigue vestido a medias con la ropa escolar.

—Lo siento, Taka-chan —masculla con toda la rapidez que le es posible, echando el teléfono en la mochila y abotonándose con torpeza la camisa—. Ya me voy.

—¿Qué? —Lo peor de todo es que Mitsuya suena genuinamente consternado, aunque eso sólo consigue encogerle más el estómago—. Espera, Hakkai. No puedes irte así, primero escúchame.

—¡De verdad lo siento, Taka-chan! —exclama Hakkai a todo pulmón, echándose la mochila al hombro. Mientras sale de la habitación, no deja de pensar que está dispuesto a echar la puerta de casa de Mitsuya a golpes, de ser necesario.

 

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Cuatro días después, Hakkai sigue sin hablar con Mitsuya. Evitarlo se vuelve un deporte de alto riesgo, pero consigue hacerlo sin despegarse de Chifuyu en las prácticas. Pierde la cuenta de todas las veces que se abre la puerta de su dormitorio y escucha la voz de Peyan o Baji, pensando que en cualquier momento escuchará también la de Mitsuya. Pero Hakkai tiene suerte, porque sus pesadillas nunca se cumplen y Mitsuya se mantiene lejos de su dormitorio.

—¿Vas a quedarte ahí, novato?

Aunque Baji sabe perfectamente que Hakkai está despierto, de todas formas le lanza una almohada. Hakkai se encoge en la cama, aunque sabe que Baji está en lo cierto. No puede quedarse allí, porque ese día tienen su primer partido oficial. En menos de dos horas deben salir de la escuela para ir hasta el estadio de su rival. Está seguro que alguna parte de su cerebro tiene toda la información sobre sus rivales, el orden de bateo que tienen y todos los lanzamientos que hace el pitcher, pero en este momento sólo quiere quedarse un minuto más en cama. No es que tenga sueño, quedarse en cama significa un minuto más en el que no puede cruzarse con Mitsuya ni por accidente.

Todavía recuerda la suerte que tuvo el pasado domingo, cuando la madre de Mitsuya regresó junto a Mana y Luna antes de que Hakkai se hubiera quedado encerrado en aquel apartamento. Le duele evocar la expresión de Mitsuya, que no era más que una mezcla de asombro y frustración. Hakkai sabe que está actuando como un completo cobarde, pero no le importa, pues sabe que no podrá llegar siquiera a primera base si está pensando constantemente en Mitsuya.

—Oi, ¿qué le pasa al novato? ¿Tenemos que echarle agua fría? —la pregunta de Peyan resuena en el dormitorio incluso por encima de las carcajadas de Baji, quien suena divertido por la sugerencia.

—Por eso Mikey dice que tenemos mala fama, tendré que decirle que todas las malas ideas son tuyas.

—¡Eres muy aburrido! Pah habría estado de acuerdo conmigo —replica Peyan con un mohín en los labios, que Hakkai alcanza a ver porque se abre camino entre las sábanas.

A pesar de las amenazas, tanto Baji como Peyan deciden dejarlo en paz cuando Hakkai les promete que tomará un baño rápido y que estará con ellos en poco tiempo. Lo dice tan convencido como puede y la estrategia le funciona, pues cuando sale del baño el dormitorio está vacío. Hakkai todavía tiene el rostro fresco cuando la puerta se abre y él da un sobresalto, causando que se le caiga la gorra al suelo.

Cuenta los cinco segundos exactos que pasan desde que su vista viaja del suelo hacia la puerta, temiendo lo peor. Para su sorpresa, quien está allí es Chifuyu, quien ya tiene el uniforme puesto y lo mira con los ojos brillantes de emoción. Hakkai se siente un poco estúpido porque aquello que se le apretuja en el pecho no es alivio, sino desilusión.

—¿Estás listo? Baji-san me pidió que viniera por ti —comenta Chifuyu, inspeccionando el dormitorio con curiosidad. Tiene una expresión tan severa que Hakkai se pregunta si no se estará tomando demasiado en serio las palabras de Baji. Cuando se echa la mochila al hombro, agita la gorra en dirección a Chifuyu y le regala una sonrisa resuelta.

—Más que listo. ¿Tú no estás nervioso? —pregunta después de cerrar con llave el dormitorio.

A su lado, Chifuyu parece considerar la respuesta. Él será quien comience el partido, a pesar de ser de primer año. En las prácticas ha demostrado de sobra su talento, pero Hakkai sabe que es imposible no sentir la presión. Está seguro que, de estar en su lugar, él estaría muerto de miedo. Chifuyu, en cambio, tiene una expresión serena, aunque Hakkai nota cómo la emoción palpita en sus ojos.

—Baji-san dice que si lo hago mal me hará pagar una ronda de yakisoba para todo el equipo —comenta con una sonrisa nerviosa y, ni bien lo escucha, Hakkai abre los ojos de la sorpresa—. Así que no puedo darme el lujo de perder. Además, Mitsuya-san estará listo para relevarme en cualquier momento. Es genial tener compañeros tan talentosos.

Hakkai siente un hueco en el estómago cuando escucha la mención a Mitsuya, pero no puede contradecir a Chifuyu. Sí que tiene razón, lo mejor del béisbol es que, incluso si tienes un mal día, tienes a alguien detrás que puede remontar por ti.

—Chifuyu, ¿te importa si hablo con Hakkai un momento?

Como un acto macabro de magia, un desvío inesperado del destino, la silueta de Mitsuya se atraviesa en el camino. Hakkai se queda sin aliento, en especial porque lleva varios minutos siguiendo la estela de los pasos de Chifuyu y la voz de Mitsuya acaba de ponerlo en perspectiva de dónde se encuentra. Están en los estacionamientos, a tan sólo un par de metros del autobús, con el resto del equipo preparándose para el viaje.

Hakkai no tiene escapatoria, le queda el doble de claro cuando Chifuyu se despide de él con un toque en el hombro.

De pronto, lo único que queda frente a él es Mitsuya y Hakkai ya no tiene cómo defenderse. Cuatro largos días escabulléndose para que justo el día del partido choque contra la terrible realidad. Hakkai siente cómo le sudan las manos, la mochila le pesa el doble en el hombro y la expresión serena de Mitsuya parece una broma de mal gusto.

—Taka-chan, no sé si ahora… —las palabras se le anudan en la garganta y mira al piso, con las manos más unidas que antes. Hakkai sabe que es un idiota, hoy más que nunca—. No sé si debamos…

—Bueno, considerando que llevo los últimos días tratando de pillarte a solas sin ningún éxito —replica Mitsuya con un deje de reproche que Hakkai no cree habérselo escuchado nunca. Hakkai sólo puede mantener la vista en el piso—. Ni modo, Hakkai, tendremos la conversación ahora mismo. Llevo durmiendo mal desde el domingo y quisiera al menos un aliciente por si el entrenador me llama a jugar.

—No quería, pero… —Hakkai tiene una excusa mal hilada en la punta de la lengua, pero hay algo extraño en la última frase de Mitsuya que lo hace detenerse. Frunce el ceño y alza la vista, encontrándose con la mirada de Mitsuya. Éste suaviza la expresión, Hakkai adivina el amago de sonrisa en los labios y se siente mareado. Empieza a considerar que está alucinando—. ¿Un… aliciente?

Mitsuya tira de su camisa con tanta fuerza que Hakkai se trastabilla. Consigue mantener el equilibrio porque Mitsuya le encaja un beso que le afirma los pies en la tierra. Hakkai se queda con los ojos abiertos por una milésima de segundo, pues apenas procesa lo que está pasando. El aliento de Mitsuya le acaricia el paladar y Hakkai siente cómo le fallan las rodillas, pero las manos de Mitsuya se le aferran a la cintura, impidiendo una tragedia. A Hakkai le vibra el pecho, en especial porque escucha la respiración desesperada de Mitsuya, esa que le hace cosquillas en la piel.

A diferencia de su beso torpe e inoportuno, el beso de Mitsuya es cálido y firme. Mitsuya mueve sus labios como un marinero que sabe exactamente hacia dónde enfilar las velas de su embarcación. Hakkai se siente tan abrumado que, incluso aunque el beso termina, permanece con los ojos cerrados un par de segundos más.

Mitsuya todavía lo está sosteniendo del uniforme cuando Hakkai abre los ojos. El sonrojo de Mitsuya es notorio, pero duda muchísimo que supere el suyo. Hakkai no conseguiría estar más sonrojado incluso si hubiera dado la vuelta a la cancha de béisbol veinte veces.

—Tú también eres lo más importante para mí —dice Mitsuya por fin, con la voz temblándole y los puños tirando con fuerza de la tela de su uniforme—. No puedes decírselo a Mana y Luna, pero lo eres. Si querías besarme, sólo tenías que preguntar.

—¡Taka-chan! —exclama Hakkai, como una queja que se diluye con la risa de Mitsuya.

Por un instante, ninguno de los dos dice nada, pero Hakkai se da cuenta que esa es precisamente la sensación más maravillosa de todas.

Tampoco hace falta que ninguno diga nada. Todo está dicho, lo llevan impreso en el sonrojo de Mitsuya y también en sus propios labios, esos que Hakkai se repasa con el contorno del dedo índice.

—Ahora vamos a ganar ese partido y mañana vendrás a casa a comer. No quiero excusas —sentencia Mitsuya, tirando de él para hacerlo avanzar hacia el autobús.

La felicidad de Hakkai es tan absoluta que tan sólo sigue a Mitsuya, a pesar de que es consciente que todos en el equipo lo están mirando. Está seguro que el entrenador tiene los lentes oscuros más empañados que de costumbre, que Takemichi tiene los ojos desorbitados y que el caramelo que lleva Mikey en los labios está a punto de caérsele de la boca, pues la tiene entreabierta. Chifuyu sólo lo está mirando con una expresión maliciosa, mientras que Draken está haciendo un esfuerzo por mantener una expresión serena, pero no lo consigue.

—Oi, Mitsuya, luego decías que el novato y tú…

—Baji… —Mitsuya se dirige a su amigo justo cuando él y Hakkai están cerca de la puerta del autobús. La sonrisa que le regala es tan amenazante que Hakkai celebra no estar en los zapatos de Baji—. Escúchame bien, una palabra más del asunto y batearé tu trasero hasta Okinawa.

Hakkai alcanza a escuchar la risa de Draken cuando sube el primer escalón del autobús, seguido de las quejas de Baji, una y otra vez, mientras Mitsuya se apresura hacia la última fila. Chasquea los labios y se acomoda en una esquina, tirando de Hakkai para que se acomode a su lado.

—No te queda más remedio que anotar varias carreras para que eso sea de lo que hablen cuando regresemos —le advierte Mitsuya con una sonrisa. Hakkai quiere replicar, pero no lo consigue, pues Mitsuya se escurre en el asiento, acomodándose sobre su hombro sin ningún tipo de disimulo.

Hakkai siente los pálpitos del corazón en la garganta, pues su cuerpo apenas asimila lo que acaba de pasar. Todavía siente el rastro de los labios de Mitsuya sobre los suyos. Lo único que sabe es que se considera el tipo más afortunado del mundo. Cuando busca a tientas la mano de Mitsuya, ya sabe exactamente qué va a decir.

—Te dedicaré mi primera carrera. Lo prometo, Taka-chan.

 

Notes:

Espero seguir escribiendo de esta serie pronto ♥ Muchas gracias por llegar hasta aquí, como siempre todo kudo/comentario es más que bienvenido. Chillo de todo un poco en twitter @mysteryspot por si quieren venir a chillar conmigo ♥

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