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El cielo está despejado.
Todo lo que ve Mikey es un azul brillante y vivaz, así que arquea el cuello un poco más para contemplarlo mejor. La voz del entrenador se escucha como un eco lejano, como si les estuviera hablando a través de un cristal. Mikey tiene que prestar mucha atención para quedarse con cada palabra que dice, pero la mitad de su cabeza sigue en el cielo que está por encima de él.
A su izquierda, Draken luce tan estoico que cualquiera podría tomarlo por una estatua. Mikey tiene que esforzarse en escuchar su respiración, sólo para comprobar que, efectivamente, su amigo está vivo. Por el contrario, a su derecha, Takemichi es incapaz de estarse quieto. Mikey puede sentir sin problemas el tintineo de los pies de Takemichi, que se balancean sobre el pasto del campo. Está seguro de que Baji, un puesto más hacia la derecha, está a punto de perder la paciencia y llamarle la atención. Baji también luce estoico pero, a diferencia de Draken, tiene una expresión severa y la respiración tan honda que Mikey casi puede ver cómo inhala y exhala el aire.
En general, el ambiente se acerca más a la expresión de Baji, está cargado de expectativa e ilusión de un puñado de adolescentes, locos por echarse al campo a jugar al béisbol. Mikey vuelve a echar otro vistazo al campo de Toman y recuerda la primera vez que tuvo una pelota de béisbol entre las manos. Tenía cuatro años, así que realmente no lo recuerda tan vívidamente, pero hay una fotografía suya sosteniendo una pelota de béisbol, vestido con una camiseta de los Yomiuri Giants, en compañía de su hermano mayor. Según Shinichiro, todavía tiene esa fotografía, se la llevó consigo después de graduarse, cuando se mudó de casa al cumplir dieciocho años.
A Shinichiro le gusta decir que fue él quien le lavó el cerebro a Mikey para que se enamorara del béisbol; y aunque su hermano lo dice en broma, la verdad es que lleva algo de razón. Mikey supo que esto era lo que quería hacer la primera vez que sostuvo un bate, pero fue Shinichiro quien abonó el camino. Si Mikey entró a Toman, fue siguiendo la estela de su hermano, porque quería jugar en el mismo equipo que él.
Es ese largo camino el que lo llevó hasta este momento, a estar formado junto al resto del equipo, a punto de escuchar al entrenador repartir los nuevos números del equipo. Cada nuevo curso, después de que se gradúen los de tercer año, los números de las camisetas vuelven a repartirse entre los miembros del equipo que quedan. Mikey siente el peso de ser ahora quien ocupe el puesto de los senpai. Hasta ahora ha mantenido su puesto en el equipo gracias a su talento, pero ahora tiene un peso sobre los hombros que antes no estaba allí. Ahora ya no tiene a nadie por encima de él a quien acudir, ahora los chicos de primer año irán a buscar su consejo.
Mikey siente cómo se le encoge el pecho, pero no se detiene mucho a pensar en ello porque escucha cómo el resto del equipo aplaude cuando el entrenador llama a Baji. Mikey parpadea y se centra en el momento presente, mientras contempla cómo el entrenador le deja a Baji la camiseta número dos. Su amigo está sonriendo con la misma expresión de suficiencia que Mikey conoce de memoria y que, dependiendo del contexto, hasta consigue sacarlo de quicio. Baji muestra la camiseta en su dirección y la de Draken, mientras forma la otra fila junto a Pah-chin, quien tiene la camiseta con el número uno. Mikey sonríe y aplaude, conteniendo la tentación de gastarle una broma a sus dos amigos.
El equipo vuelve a estremecerse a vítores y aplausos cuando el entrenador le entrega a Draken la camiseta con el número tres. Draken lo mira de soslayo, un intercambio breve que da tiempo para que Mikey le dé una palmada en la espalda, instándolo a acercarse al entrenador. Mikey aplaude casi al final, mientras Draken inspecciona la camiseta.
Mikey todavía está mirando las expresiones de Draken y Baji cuando el entrenador lo llama por su nombre completo. Se queda pasmado un instante, mientras vuelve la vista hacia el entrenador. Mikey sabe que hay gente aplaudiendo a su alrededor, puede sentirlo por las vibraciones que le hacen cosquillas en el cuerpo, pero el sonido no le llega a los oídos. Está demasiado ocupado contemplando la camiseta que sostiene el entrenador.
Es la camiseta número cuatro. Mikey sabe que en teoría es sólo un número y que no tiene importancia, pero es la misma camiseta que Shinichiro ocupó en su época de estudiante. A su hermano le encantaba el número porque también iba a acorde con el orden de bateo.
—Pensé que te ibas a quedar ahí pasmado, Mikey.
Baji le muestra todos los dientes cuando Mikey se acerca al resto del grupo, con su nueva camiseta colgándole del hombro. Mikey tiene ganas de darle un codazo para que deje de fastidiar, pero decide callar porque justo el entrenador está dando el típico discurso de superación. Lleva tanto tiempo jugando al béisbol, desde la escuela primaria, que Mikey se conoce más o menos todos los discursos. Todos los entrenadores hablan sobre el trabajo en equipo, sobre llenar las expectativas y sobre el fruto del trabajo duro. En cuanto el entrenador menciona el estadio de Koshien, todos en el equipo se estremecen.
El año pasado, se quedaron a las puertas del torneo de verano. Mikey lo recuerda con amargura, el último partido de clasificación fue largo y tedioso. Se fueron a tiempos extra y Mikey todavía tiene la impresión de que pudo hacer más.
—Mikey-kun…
—¿Mhm…? —Mikey siente el suave roce de la mano de Takemichi sobre el hombro y se voltea hacia él. Son prácticamente los últimos que quedan en el campo de entrenamiento, con la excepción de Draken y Baji, quienes están acercándose a las gradas. Mikey ladea el rostro hacia Takemichi, quien lo está mirando con esa sonrisa genuina que siempre lo desarma, sin importar el contexto en el que estén.
Mikey recuerda con claridad la primera vez que vio a Takemichi. Tenía once años y su equipo estaba jugando contra el de Takemichi. Mikey dio un batazo fuerte, que conectó directo hacia el jardín central. En ese momento Mikey estaba seguro de que sería un imparable, de que harían dos carreras sin mayor esfuerzo. Pero entonces vio cómo un muchacho se abalanzó sobre la pelota, con tanta fuerza que rodó por el suelo, raspándose el rostro y parte del brazo derecho. Mikey nunca olvidará su impresión al ver la mano levantada con la pelota perfectamente encajada en el guante.
—Felicidades por la nueva camiseta —le dice Takemichi, agitando la suya en el aire con gesto triunfal—. Era la de Shinichiro-kun, ¿cierto?
—La misma —Mikey se encoge de hombros y detiene el paso de pronto. Takemichi hace lo mismo que él y los dos se quedan al borde del campo. Mikey siente cómo la pregunta le brota de la garganta, haciéndole cosquillas en la punta de la lengua. Lleva pensando en ello desde que recibió la camiseta de manos del entrenador, pero ahora que está a solas con Takemichi, siente cómo se materializa sin esfuerzo—. ¿Tú crees que el entrenador también esté pensando en mí como el cuarto bateador?
La interrogante flota en el aire y Mikey vuelve a fijarse en el cielo, que sigue intensamente azul, pero tiene nubarrones amarillentos que anticipan el atardecer. Mikey vuelve a sentir el peso de la camiseta sobre el hombro.
—¿Y por qué no, Mikey-kun? No hay nadie que batee mejor que tú en todo el equipo.
La afirmación de Takemichi arrasa con las dudas de Mikey de un soplido. Mikey parpadea varias veces y lo mira de nuevo, con los labios entreabiertos, sintiéndose impotente porque no encuentra cómo contradecirlo. Una parte de él quiere decirle a Takemichi que él no ha hecho lo suficiente para merecerse semejante puesto. El cuarto bateador es, en teoría, quien tiene el mejor promedio de bateo. Es el jugador que, incluso en las peores circunstancias, es capaz de anotar carreras para su equipo. Mikey hasta ahora ha sido el segundo bateador, un puesto en el que se siente cómodo porque sólo depende de su propio talento.
—¿Tienes dudas, Mikey-kun?
A veces le gustaría no ser tan transparente, o que Takemichi no pudiera leerlo con tanta facilidad. Cuando Takemichi le pone la mano sobre la espalda, Mikey se siente liviano, como si todos sus problemas hubieran dejado de tener importancia. Sonríe a medias y arruga la nariz, ladeando el rostro hacia Takemichi.
—¿Tú no tienes dudas sobre mí, Takemicchi? —Mikey usa siempre ese mote cariñoso para referirse a él. Cuando se conocieron, lo decía sólo por fastidiarlo, porque no podía creer que un mocoso de apariencia tan endeble fuera capaz de detener sus jugadas. Pero después, cuando fueron haciéndose amigos, Mikey tomó el mote por cariño, como una forma cómplice para llamarlo. Todavía le fastidia cuando Draken o Baji lo llaman así, porque sigue creyendo que es algo entre ellos, pero procura no decir nada por temor a que sus amigos se metan con él. Baji una vez le dijo que era demasiado “territorial” y desde entonces Mikey aprieta los labios y se traga el enfado.
—Claro que no, Mikey-kun. Eres increíble. Eres el mejor jugador que he conocido.
La frase de Takemichi es como un soplo de aire fresco. Es simple y algo trillada, pero justo lo que Mikey necesita oír en ese momento. Mikey entreabre los labios y se ríe, con una alegría salvaje burbujeándole en el pecho. De pronto vuelve a ser el Mikey que se para sobre la caja de bateo, balanceando el bate entre las manos, midiendo distancias y calculando el ángulo con que debe golpear la pelota. Es el Mikey que no tiene por qué vivir bajo la sombra de Shinichiro, quien está listo para desarrollar todo su potencial.
—Eres un adulador, Takemicchi…
—¡Claro que no! Yo sólo estoy diciendo la verd… —Takemicchi no termina la frase, porque Mikey se lo impide de la única forma que la euforia del momento se lo permite. Mikey se impulsa hacia adelante y planta los labios encima de los de Takemichi, exprimiéndolos como si estuviera comiéndose una fruta de temporada. Es un beso rápido y muy intenso, como toda su relación. Mikey lleva persiguiendo los labios de Takemichi desde que se conocen, hace más de cinco años atrás.
—No importa, así me gustas más. —Mikey acaricia la barbilla de Takemichi, mientras mira cómo éste se sonroja hasta la punta de la nariz. Este es uno de los momentos en los que le gustaría ser más elocuente, pero las palabras no le alcanzan para todo lo que quiere decirle. Las confesiones que tiene para Takemichi las lleva tatuadas en el pecho y en sus sueños, cuando sí es capaz de desmembrar, una a una, todas las cosas que él le provoca.
—Mikey-kun…
—¡Oigan! ¿Se van a quedar ahí todo el rato? ¡Mikey! ¡Takemichi!
—¡Le diré al entrenador que les quite esas camisetas!
Mikey chasquea la lengua cuando escucha las voces de Draken y Baji. La magia del momento se rompe y lo único que puede hacer al respecto es alzar el brazo y regalarles un gesto obsceno a sus amigos. Eso le vale más palabrotas por parte de Baji y una carcajada por parte de Draken. El griterío le da fuerzas a Mikey para recalibrar la situación y tomar a Takemichi de la mano, tirando de él con fuerza para alcanzar a Draken y Baji, quienes los esperan desde las gradas.
El beso que le robó a Takemichi todavía le quema los labios y Mikey se ríe con todos los dientes mientras recuerda su travesura.
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Mikey está convencido de que Takemichi lleva una semana sin hablar de otra cosa que no sea Chifuyu. Aunque Mikey lleva oyendo sobre Chifuyu desde hace tiempo, pues es el vecino de Takemichi, reconoce que éste tiene razón cuando dice que es un gran jugador. Incluso Baji, quien le pone peros a absolutamente todo y que siempre tiene algo que decir sobre las jugadas de los demás, se queda callado cuando Chifuyu conecta un lanzamiento desde el montículo.
Mikey sabe que Chifuyu es una buena adición al equipo, pero el problema es que quiere que Takemichi deje de hablar de él. Sigue pensando en ello mientras está en la habitación que Takemichi comparte con Draken, quien está sentado en el escritorio, esforzándose por estudiar para el próximo examen de literatura. Mikey sabe que también tendría que estudiar, en especial porque la profesora le dio hace varios días la advertencia que ningún estudiante quiere escuchar: si no sube las notas, hablará con el entrenador. Pero le resulta imposible concentrarse cuando Takemichi está recostado en la cama con el teléfono entre las manos desde hace seis minutos y dieciocho segundos, porque está hablando con Chifuyu. Mikey observa todo muy cerca de él, sentado de piernas cruzadas en el suelo.
—¿Chifuyu-san no tiene que estudiar también? —pregunta Mikey con la nariz arrugada y el ceño fruncido, pronunciando el honorífico de malos modos. Takemichi no parece tomar en cuenta su tono de voz, pero Draken sí que responde con un resoplido, indicándole a Mikey que sí les está prestando atención.
—¡Chifuyu-kun saca muy buenas notas! —exclama Takemichi, posando los ojos en Mikey, quien se arrepiente de haber dicho nada. Chifuyu no sólo es buen pitcher, sino que además es buen estudiante. Una joya. Le pedirá a Baji que se encargue de él para que Takemichi no tenga que hacerlo—. Pero le estaba dando indicaciones para los autobuses. Él sí regresa a casa después de los entrenamientos.
Mikey frunce el ceño otra vez cuando lo escucha, pues recuerda que a él le tomó meses convencer a Takemichi de que se quedara en los dormitorios. La casa de Takemichi queda lo bastante cerca de la escuela para que él pueda ir y regresar todos los días, pero Mikey usó sus tácticas de convencimiento para conseguir su objetivo.
—Espero que Chifuyu no te dé ideas y decidas dejar los dormitorios… —Mikey alza las cejas y mira fijamente a Takemichi. Usa el tono de voz más serio que encuentra, pues quiere dejarle en claro que está hablando seriamente. Takemichi lo mira con los ojos muy abiertos, mientras el teléfono se le resbala de las manos, cayendo sobre el colchón.
—¡Sabes que no, Mikey-kun! —asegura Takemichi, haciendo un gesto de disculpa con torpeza.
Mikey pronuncia la sonrisa y decide que no tiene caso seguir discutiendo sobre Chifuyu cuando hay cosas mejores qué hacer. Además, por lo que sabe, Chifuyu es un pitcher talentoso y el entrenador no ha presentado indicios de que quiera colocarlo en otra posición importante. En las prácticas, Takemichi sigue ocupando su puesto en la segunda base y Mikey siempre juega como campocorto. Juntos, son invencibles.
—Takemicchi no podría dejar los dormitorios, poque ahora ya sabe que lo perseguirías hasta arrastrarlo de regreso a Toman. —Draken zanja la discusión sin siquiera voltearse hacia ellos. Mikey se siente especialmente expuesto cuando lo único que ve es la ancha espalda de Draken, quien ni siquiera parece interesado en encararlos para saber que tiene la razón. Escucha el carraspeo nervioso de Takemichi después de semejante confesión y a Mikey no le queda más remedio que encogerse de hombros, aceptando la realidad.
—No tengo que hacer eso, porque Takemicchi no dejará los dormitorios… —Mikey habla con voz más melosa de la cuenta y se recuesta en el borde de la cama, extendiendo una mano hasta alcanzar una de las piernas de Takemichi. Éste se remueve ante el contacto y suelta una risa nerviosa que a Mikey le oprime el pecho.
—¡Mikey-kun…!
—Les advierto que si empiezan a hacer perversiones, los echaré fuera —dice Draken, quien sigue todavía en la misma posición de antes—. De verdad tengo que estudiar. De hecho, Mikey también tendría que hacerlo.
—Eres un aguafiestas, Kenchin… —concluye Mikey, mientras se pone de pie. Antes de que Takemichi pueda intervenir en la conversación, Mikey tira de él con fuerza, sacándolo de la cama. Sin soltar a Takemichi, Mikey busca los zapatos que están en la entra del dormitorio. Mikey puede sentir con claridad cómo la mano de Takemichi se entrelaza con la suya a cada paso que da—. En ese caso, te dejaremos solo. ¡Procura estudiar mucho, luego tendrás que explicármelo todo!
—Oi, yo no dije que…
—¡Nos vemos, Kenchin!
Cuando Mikey cierra la puerta, está riéndose a carcajadas, mientras Takemichi trastabilla a su lado.
—Mikey-kun…
—Shh… —antes de que Takemichi pueda contradecirlo, Mikey detiene el paso y le coloca el dedo índice sobre los labios. Takemichi abre mucho los ojos, mientras Mikey se deleita en cómo las mejillas están sonrojadas, de la misma forma en que se ponen cuando Takemichi está dando vueltas a la cancha de béisbol—. ¿Tú también vas a ser un aguafiestas, Takemicchi?
—No, no es eso, Mikey-kun, es que…
—Acompáñame a la caja de bateo —le pide con una sonrisa—. Quiero practicar un poco. Después estudiaré, te lo prometo. Sacaré la nota más alta de la clase y entonces tendrás que darme un premio.
Mikey le regala un guiño a Takemichi mientras éste vuelve a sonrojarse, como si estuviera anticipando qué puede desear él como un premio por sus buenas notas. Mikey tiene algunas ideas para despertar la imaginación de Takemichi, pero ninguno de los dos dice nada mientras salen de los dormitorios, Mikey se conforma con escuchar la respiración de Takemichi a su lado. Aunque Draken le diga siempre que es un dramático y que Baji se ría de él diciendo que es un romántico empedernido, el sonido de la respiración de Takemichi consigue calmarlo incluso cuando está muy ansioso. Es un tono rítmico que le recuerda que, además del béisbol, hay un mundo esperándolo fuera de la cancha, un partido que merece la pena jugar.
Cuando llegan a la caja de bateo, Mikey nota cómo la mayoría de las miradas se dirigen hacia él. Ese día no tienen un entrenamiento formal, pero siempre hay miembros del equipo practicando porque nadie quiere perder la titularidad, o que el entrenador insinúe que no están esforzándose lo suficiente. Es una presión tácita que todos ejercen sobre todos los demás.
Es Mitsuya quien le acerca un bate a Mikey, saludándolo con una sonrisa. Mikey también reconoce al otro chico de primer año, Shiba, que también conoce a Mitsuya desde antes de entrar a Toman. El primer día bromeó diciendo si este año todos habían decidido adoptar un novato y a él nadie le había dicho.
Mikey se dice a sí mismo que puede hacer diez bateos consecutivos y luego tomarse un descanso para hidratarse, antes de volver a empezar. Pero cuando toma el bate, es complicado saber cuándo es buen momento para detenerse. Cada vez que sostiene el bate entre las manos, Mikey se siente poderoso. Es una sensación que no puede describir con palabras y, hasta ahora, no hay sentimiento alguno que se le compare. Cuando la pelota conecta con el bate, Mikey puede saber si es un buen o mal golpe, o qué tan lejos llegará. Es como si el béisbol tuviera un lenguaje secreto, que sólo él puede escuchar al momento de batear.
—Por lo que veo alguien está tomándose muy en serio eso del cuarto bateador, ¿eh?
Mikey interrumpe la práctica cuando escucha la voz cantarina de Baji a su espalda. En cuanto se voltea, se encuentra con la sonrisa burlona de su amigo y también con la expresión severa de Pah-chin, quizás previendo que Mikey se enfadará por semejante comentario.
—Muy en serio, sobre todo si el catcher no hace bien su trabajo. ¿Quién más tendrá que salvar el partido?
Mikey se encoge de hombros con una sonrisa maliciosa, mientras que Baji le devuelve una mueca de disgusto.
—Tú te lo buscaste. —Pah-chin también hace una mueca, aunque es evidente que apenas está conteniendo una carcajada.
Mikey aprovecha la intervención de Baji para buscar con qué hidratarse, pero la búsqueda no dura más que un instante porque Takemichi acude a él, con una botella de agua fría en las manos. Cuando Takemichi le sonríe, Mikey siente las rodillas flojas y es como si todo el cansancio se le notara en los músculos. El roce cálido de Takemichi cuando le alcanza la botella le recuerda a Mikey que tiene diecisiete años y que, además del béisbol, hay una sola cosa que consigue volverlo absolutamente loco.
—Esto no cuenta como un premio, Takemicchi. Pero no está mal —le advierte, mientras da un largo sorbo a la botella. El agua fría le refresca la garganta y Mikey está tentado a echársela también en la cara, pero se contiene porque volverá a sentir sed. Cuando mira a Takemichi de nuevo, éste tiene de nuevo el rostro sonrojado. Mikey pronuncia la sonrisa, porque sabe que, aunque estén en la caja de bateo, el rubor las mejillas de Takemichi no tiene nada que ver con los entrenamientos.
Mikey es caprichoso. Mikey es infantil. Mikey es un poco egoísta. Ha oído eso decenas de veces, de parte de sus amigos cercanos, como Draken, y también de algunos de sus compañeros de clase. A Mikey no le molesta que la gente hable de él, pero sí que le gusta pensar que todas esas descripciones de su persona convergen en un solo punto cuando se trata de Takemichi. Tenerlo cerca siempre es un capricho. Comportarse infantil junto a él es su mayor entretenimiento. Y Mikey siempre es egoísta cuando se trata de Takemichi.
—¿Quieres que cuente los bateos, Mikey-kun? —pregunta Takemichi, acercándose a él más de la cuenta. Cuando sus hombros chocan, muy despacio, porque Takemichi siempre tiene cuidado cuando está cerca de él, Mikey pronuncia la sonrisa—. Tampoco deberías excederte, mañana tenemos un entrenamiento formal y luego un partido de práctica.
Mikey se concentra por un instante en el tono y no en el mensaje de Takemichi. Una de las primeras cosas que le gustaron de Takemichi, cuando empezó a conocerlo mejor, fue su tono de voz. Es un tono suave, pero que sabe ser intenso y muy profundo. Mikey está seguro de que podría dormirse escuchando la voz de Takemichi, pues siempre le trae calma. Hay algo muy cálido en la manera en que Takemichi le habla, como si constantemente estuviera cuidando de él, sin importar de qué tema se trate.
Cada vez que está cerca de Takemichi, Mikey se siente arropado y protegido. Ha pensado en decírselo varias veces, pero siempre se arrepiente porque tiene la impresión de que Takemichi se reirá de él. Así que, en lugar de palabras, Mikey se inclina hacia Takemichi y le da un escueto beso en los labios. Es un gesto muy rápido que dura un instante, pero lo suficiente para que se escuchen resoplidos a su alrededor y quejas, sobre todo de parte de Baji, quien siempre es más vocal de la cuenta. Le parece que Takemichi tiene el rostro completamente rojo, pero Mikey sigue aparentando total normalidad y se aleja de él con tranquilidad, regresándole la botella de agua.
—¡Cuenta los bateos, Takemicchi! —exclama Mikey, mientras vuelve a tomar el bate de entre el montón que están apilados cerca de la caja de bateo. Mikey se acomoda los guantes y juega con el bate entre las manos, mientras ignora lo mejor que puede las miradas sorprendidas de todos los presentes. En lo único en que se fija antes de volver a la caja de bateo, es en la expresión sentida de Takemichi, quien continúa con el rostro sonrojado. Mikey sigue pensando en ello cuando se coloca en posición y espera la pelota, listo para dar rienda suelta al resto de la adrenalina que le queda en el cuerpo.
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Pah-chin se lesiona.
El pronóstico es de tres semanas de absoluto reposo y luego empezar a entrenar poco a poco. Mikey sigue escuchando las palabras del entrenador en su cabeza y siente náuseas en la boca del estómago. El ambiente es tan tenso que Mikey ni siquiera tiene humor para meterse con Baji, quien ahora está a cargo de pulir a Chifuyu como nuevo pitcher regular del equipo. Mikey se ve reflejado en el malhumor de Baji, quien está sensible e irascible los últimos días.
Ninguno habla de Pah-chin en voz alta cuando éste se marcha a terapia física, es como un acuerdo tácito entre los chicos de tercer año. Nadie quiere hablar del elefante en la habitación y de los partidos que tienen que afrontar sin un jugador clave. Mikey duerme mal, pero entrena lo mejor que puede, aun si eso implica comerse los nervios que lleva por sí solo.
—Tienes que dejar de hacer eso.
—¿Hacer qué? —Mikey ignora la advertencia de Draken cuando están los dos en los vestuarios. La gran desventaja de que Draken sea tan alto es que Mikey no puede rehuirle tan fácilmente. No importa dónde se mueva, la presencia de Draken se extiende hasta tocarlo. Mikey quisiera medir también dos metros para darle un manotazo y apartarlo del camino sin mucho esfuerzo.
—Estás muy tenso. Tienes que dejar de creer que vas a solucionar todo tú solo. ¿O es que te olvidas que esto es un equipo de béisbol? —Draken acaba por ponerse ropa nueva, dejando el uniforme de prácticas dentro de la mochila—. Sí recuerdas qué significa la palabra equipo, ¿cierto?
Mikey hace un mohín desdeñoso cuando escucha a Draken utilizar se tono paternalista que tanto le molesta. Draken siempre ha tenido la misma actitud desde que se conocen. Como es muy sensato y da consejos coherentes, cree que tiene derecho a opinar en absolutamente todo lo que hace. Lo peor de todo es que Draken suele tener la razón, como ahora. sabe que su amigo lleva las de ganar, porque él se está comiendo la cabeza mientras entrena sin cansancio.
—Puede que seamos un equipo, pero sólo uno puede ser el cuarto bateador.
La frase de Mikey resuena más de la cuenta en el vestidor y luego de que procese lo que él mismo ha dicho, agradece que sólo esté Draken presente. La afirmación suena hiriente y demasiado orgullosa, es por ese tipo de frases que los rivales de Toman dicen sin cansancio que Mikey se lo tiene demasiado creído.
—Bien, si quieres seguir teniendo esa actitud, al menos ponte a pensar un poco en cuánto estás preocupando a la gente a tu alrededor.
Mikey entreabre los labios, pero no dice nada, porque le toma un instante darse cuenta de qué está hablando Draken. Como una premonición, la silueta de Takemichi aparece en el umbral de la puerta. El vestidor sigue vacío a excepción de ellos dos, así que no hay duda de que Takemichi regresó para buscarlos. Mikey siente una opresión en el pecho cuando se encuentra con la mirada de Takemichi y empieza a preguntarse qué tan pesada ha sido su actitud los últimos días.
—¿Draken-kun? ¿Mikey-kun? ¿Todo bien? Me di cuenta de que no estaban con el resto.
Antes de que Mikey pueda responder, Draken se encoge de hombros y se echa la mochila deportiva sobre el hombro izquierdo. Cuando alcanza la puerta, le da un par de palmaditas a Takemichi, para seguir de largo.
—Todo tuyo.
Mikey arruga la nariz y se enfada al darse cuenta de que esto es una especie de encerrona, pero luego se siente culpable por pensar que esta situación es premeditada. Lo nota en la mirada de Takemichi, quien lo está mirando como si Mikey fuera a romperse de un momento a otro. Desde pequeño, Mikey ha sabido cómo defenderse solo. Es el tipo de persona que sabe exactamente cuándo dar el primer golpe, para así no salir lastimado. Hasta el día de hoy, su abuelo se llena de orgullo diciendo que si no tuviera un bate entre las manos, estaría dando clases con él en el dojo. Por eso, Mikey odia que la gente lo mire como lo está haciendo Takemichi.
—Draken exagera, estoy bien.
El espasmo que sacude a Takemichi es la confirmación de que él tampoco está preparado para esta conversación, así que Mikey decide tomar ventaja y volverse hacia su mochila. Tiene las zapatillas y los guantes esparcidos por el piso, así que se conforma con echarlos desordenadamente dentro de la mochila, cuyo interior a estas alturas de seguro rivaliza con un hoyo negro.
—Mikey-kun, sólo me parece que te esfuerzas mucho últimamente.
Antes de que pueda darse cuenta, Takemichi está a tan sólo un par de metros de él y Mikey arruga la nariz, porque no había previsto esto. La mirada cálida de Takemichi es como un golpe repentino que lo deja sin aire. Mikey desvía la mirada y empieza a jugar con el cierre de la mochila, abriéndolo y cerrándolo de manera descuidada.
—Estoy bien, Takemicchi.
—No me gusta cuando mientes, Mikey-kun.
Mikey suelta un respingo cuando lo escucha y contiene el impulso de empujar a Takemichi lejos de allí. Pero no puede hacer eso, porque Takemichi no es Draken ni mucho menos es Baji o Mitsuya. Sus mejores amigos probablemente lo apartarían de un manotazo y, en caso de Mitsuya, lo haría sentirse miserable con una sola frase acertada. Pero Takemichi no es ese tipo de persona, pues Mikey sabe que, incluso si él intentara apartarlo, presa de la frustración, Takemichi regresaría.
Mikey se imagina la hipotética situación en su cabeza y ya tiene idea de cómo terminaría. Él y Takemichi no son más que dos piezas de un gran todo. No pueden pasar demasiado tiempo separados, porque entonces estarían incompletos.
—Te preocupas demasiado, Takemicchi.
Mikey replica en voz baja, con la vista en el piso. Se queda mirando las zapatillas gastadas de Takemichi, con la suela algo raída en un extremo. Mikey lleva repitiéndole hasta el cansancio que necesita zapatillas nuevas, pero no lo ha acompañado a comprarse ninguna porque entre la escuela y las prácticas, apenas tienen tiempo.
—Siempre me preocupo por ti, Mikey-kun. ¿Eso es malo?
A pesar de que la primera impresión que la gente pueda llevarse de Takemichi es su torpeza, Mikey sabe que no puede haber nada más lejos de la verdad. Takemichi es noble, demasiado noble, y por eso la gente suele creer que es estúpido. Pero Takemichi es observador y es precisamente por eso que siempre sabe cómo ganar las discusiones que tiene con Mikey sin mucho esfuerzo. Takemichi sabe exactamente qué está haciendo cuando le pregunta aquello, porque encierra a Mikey en su propia encrucijada.
Sin tener cómo refutar, Mikey inspira hondo y da un par de pasos al frente, hasta alcanzar la mano de Takemichi.
—Voy a besarte, Takemicchi —le susurra al oído, inclinándose hacia él.
—¿Es para que no hablemos, Mikey-kun? —pregunta Takemichi, con una media sonrisa que le provoca un cosquilleo placentero en el estómago—. Porque recordaré esta conversación más tarde.
Mikey se ríe, incapaz de contenerse, y besa a Takemichi con todo el cuerpo. Lo sostiene con firmeza de la cintura, le besa el cuello, el mentón y los labios, mientras le acaricia el cabello. Mikey se estremece cuando siente el aliento de Takemichi hacerle cosquillas en el rostro. Por un instante no importa la lesión de Pah-chin, ni la inexperiencia de Chifuyu, ni sus dudas sobre ser el cuarto bateador. Por unos segundos, Mikey es otro chiquillo de diecisiete años como cualquier otro, que está disfrutando de un momento de placer junto a su novio.
Novio. La palabra que ni él ni Takemichi dicen en voz alta, porque la consideran tácita e innecesaria. ¿Para qué va a hacer falta? Él y Takemichi hablan en besos, miradas y mutuo entendimiento.
—Tendré que hacer que la olvides.
—¡Mikey-kun! —exclama Takemichi con aparente horror, como si de verdad estuviera aterrorizado de sus intenciones. Mikey vuelve a reír y niega con la cabeza, acariciándole los labios con el dedo índice.
—¿Cómo va eso de olvidar esta conversación? —pregunta alzando ambas cejas y también la barbilla, a modo de desafío.
Takemichi tiene el rostro sonrojado, pero es lo bastante valiente, porque niega en silencio con la cabeza. Mikey pronuncia la sonrisa, pues la imagen que tiene ante sí le causa a la vez gracia y ternura.
—Sólo no quiero que te esfuerces más de la cuenta, Mikey-kun. Pah-chin-kun ya está lesionado, no necesitamos a nadie más. Y mucho menos si se trata de ti porque… porque… —Takemichi no termina la frase, es como si de pronto se le hubieran atorado las palabras en la punta de la lengua.
Mikey suspira hondo, mientras observa su mano entrelazada con la de Takemichi. Le gustaría vivir en este instante, detener el tiempo y que los dos se quedaran aquí, aislados por completo del resto del mundo. Quiere prometerle a Takemichi que no se esforzará más de la cuenta, ni que se excederá en los entrenamientos, pero, tal como Takemichi se lo dijo hace unos minutos, no es bueno cuando miente. Mikey aprieta los labios y lo único que puede hacer es besarle la mano a Takemichi, un gesto noble con el que espera transmitir todo lo que siente.
—Mikey-kun…
—Vas a tener que estar siempre detrás de mí para que no me exceda en los horarios de entrenamiento —dice Mikey, esforzándose por sonreír. Sabe que usar el humor en un momento como éste no es la mejor de las ideas, pero de momento es el único escudo que tiene para evitar una discusión más grande. No quiere preocupar a Takemichi. El problema es que tampoco sabe cómo callar esa vocecita en su interior que le dice que tiene que ser mejor o será incapaz de probar su valía.
Los dos Mikey que viven dentro de él, el que quiere hacerle caso a Takemichi y el que teme vivir bajo la sombra de su hermano, luchan constantemente. Es agotador y hay días, como hoy, en los que Mikey siente que las fuerzas lo abandonan.
—¡Si es necesario lo haré, Mikey-kun! —le advierte Takemichi, en un tono tan serio que nadie dudaría de él.
Mikey sabe que cuando Takemichi se compromete con una causa es imposible hacerlo desistir, así que espera que esa promesa suya de manejarle los horarios de entrenamiento sea suficiente para zanjar la discusión. Al menos, por el momento. Mikey no tiene intención de bajar el ritmo como el cuarto bateador, pero tampoco quiere decepcionar a Takemichi. Tal vez, si deja que éste sea quien marque el ritmo de los próximos días, la tensión que siente sobre los hombros disminuirá poco a poco.
—Estudiemos juntos, Takemichi —anuncia Mikey, tirando de él para acercarlo hacia la salida de los vestuarios. Mientras Mikey camina, se da cuenta de que tan sólo se escucha el sonido de sus voces, lo que confirma que son los únicos que quedan. Conociendo a sus amigos, está seguro de que cuando regresen a los dormitorios alguien hará un comentario malintencionado. Apuesta a que Baji será el primero y que luego Draken lo secundará con un gruñido incomprensible—. Así me distraeré con otras cosas y, además, sacaré buenas notas. Porque si fracaso los exámenes no me dejarán jugar. Aunque supongo que eso solucionaría parte del problema, ¿tú qué opinas?
La reacción de Takemichi es justo la que espera, pue sabre mucho los ojos y niega varias veces con la cabeza. Cuando Mikey deja caer la posibilidad de no jugar, en especial por bajas calificaciones, es como si todo lo demás dejara de tener importancia. Takemichi lo mira con mucha intensidad y ahora es él quien marca el paso, de regreso a los dormitorios. Debe estar ansioso por regresar y echar mano de todos los cuadernos y apuntes que tiene por allí, para obligar a Mikey a estudiar.
Él, por supuesto, sigue satisfecho los pasos de Takemichi. Es la primera vez en días que no aguanta las ganas de dedicarse al estudio.
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Faltan cuatro días para el primer partido sin Pah-chin y Mikey no está cumpliendo ninguna de sus promesas. Pero tiene suerte de que sus amigos tengan sus propios problemas y que estén demasiado ocupados como para prestarle demasiada atención. Draken reparte su tiempo entre los exámenes y los entrenamientos. Baji está ocupado por completo con Chifuyu, pues tienen que compenetrarse como una batería para el partido. Mitsuya, en cambio, está empeñado en ayudar a Hakkai con su promedio de bateo y el poco tiempo libre que le queda lo usa para ser buen hermano y un excelente estudiante. Así que Mikey tiene carta libre para excederse más de la cuenta en los entrenamientos sin que nadie lo cuestione abiertamente.
Cuando se queda horas extras en la caja de bateo, ninguno de los de segundo año, ni siquiera Sanzu, se atreve a decirle nada. Los pocos de primero que aguantan a entrenar hasta tan tarde tampoco intentan detenerlo.
La única excepción a la regla es, por supuesto, Takemichi.
Mikey reconoce los pasos, dudosos, que se acercan a su dirección. Entrecierra los ojos cuando escucha la respiración entrecortada de Takemichi. El sonido le confirma que Takemichi vino corriendo a buscarlo, pero Mikey no se voltea hacia él. Mikey se fija y alza la vista hacia el reloj que está colgado en la pared frente a él.
—Mikey-kun, ¿regresamos juntos a la habitación?
La pregunta lo hace sonreír sinceramente, mientras piensa que la gente no se fija de verdad en Takemichi. La primera impresión que suelen tener de él, es que es torpe y más optimista de la cuenta. Sin embargo, Mikey sabe muy bien que Takemichi es observador y muy listo, más de lo que la gente promedio se pueda imaginar. Takemichi sabe perfectamente lo que le está diciendo, lanza la pregunta porque no quiere una confrontación directa con Mikey, quien no está dispuesto a dar su brazo a torcer.
—Todavía no.
Takemichi no responde enseguida, así que Mikey vuelve a batear la pelota con fuerza. Chasquea la lengua, fastidiándose porque el golpe no es exactamente como quiere. Mientras se acomoda el bate entre las manos, siente cómo Takemichi se acerca hacia él.
—A veces me gustaría que dejaras de ser tan terco, Mikey-kun.
Mikey suspira hondo y apoya el bate en el piso, apretando el mango con fuerza con la mano derecha. Cuando Mikey se gira hacia él, Takemichi le está sonriendo. Pero es una sonrisa triste, un gesto que le encoge el estómago y que resuena una vocecita en su interior, una que Mikey hace un esfuerzo por ignorar en su día a día. Es la incómoda vocecita que le recuerda que es capaz de destruir las cosas que más quiere sin siquiera ponerle empeño. Mikey traga en seco y ladea el rostro, pues como pocas veces la presencia de Takemichi no lo reconforta.
—¿En serio me vas a hablar de ser terco?
Lo que en otras circunstancias sonaría gracioso, esta vez el tono sarcástico de Mikey resuena entre los dos como tambores anunciando la guerra. Mikey se siente miserable cuando Takemichi retrocede, como si necesitara de nuevo el espacio entre ambos, antes de pensar cómo continuar la conversación. En este momento, Mikey no tiene el don de la palabra, no sabe cómo materializar todo lo que bulle en su interior, así que prefiere que Takemichi se vaya, aunque estar solo le produzca un resquemor en la punta de la lengua.
A Mikey le pesa la soledad que hay entre los dos, especialmente porque no tiene nadie cerca que vaya a detener sus impulsos. Usualmente una mirada de Draken basta para que Mikey recuerde que, a pesar de lo que cree desde pequeño, en realidad no puede hacer lo que se le viene en gana.
No está muy seguro de cuánto tiempo pasa, pero Mikey se queda con la imagen de Takemichi, con los hombros caídos y la mirada contenida, con un amago de puchero en los labios. Mikey reconoce el sabor amargo en la punta de la lengua y también el cosquilleo incómodo en el resto del cuerpo. Es una sensación familiar a la que abraza como quien vuelve a ver a un viejo conocido. Culpa. Es su culpa. La expresión de Takemichi es gracias a él y Mikey se siente miserable, pero mantiene los labios rectos y sin emitir sonido alguno. El duelo de miradas se prolonga, Mikey puede escuchar las voces del resto de sus compañeros que están fuera de la caja de bateo. Tienen que haber unos cuantos rezagados que, como él, están esforzándose al máximo para el partido que se avecina.
La distancia entre él y Takemichi de pronto parece tan grande como un abismo, un hueco inmenso que los separa, en lugar de unos cuantos metros. Mikey está seguro de que, si Draken estuviera aquí y pudiera leerle la mente, diría que está siendo excesivamente dramático. Pero Draken está lejos, tal vez en su habitación, ocupado con sus propios problemas, lo cual significa que Mikey está solo con sus pensamientos y estos suelen darle muy malos consejos.
—¿Prefieres estar solo, Mikey-kun?
La pregunta de Takemichi ni siquiera suena como un reclamo y eso es justamente lo peor de todo. Takemichi no está buscando una confrontación, al contrario, le está tendiendo la mano para que Mikey cruce ese abismo imaginario que los separa. Mikey sabe que tiene muchas maneras de responder sin que suene tan terrible. Pero hay un resquemor en su interior que se lo impide, el mismo que le valía decenas de regaños por parte de su abuelo y miradas de desdén de su hermana Emma.
—Creí que eso estaba claro, Takemicchi. ¿Qué te hace pensar que necesito compañía? No tienes que cuidar de mí todo el tiempo, ni ser mi sombra porque Draken o Baji te lo hayan pedido, ¿entiendes? —Cuando lo dice, desvía la mirada y cierra los puños alrededor del bate. Lo oprime con fuerza, hasta el punto de sentir un tirón de dolor en las palmas de las manos—. No necesito una niñera, así que…
Mikey no termina la frase ni tampoco se atreve a mirar a Takemichi, porque no quiere ver su expresión. Se queda mirando cómo las manos aprietan el bate, siente el escozor que le causan los guantes y el sudor que le hace cosquillas en la piel. Cuando escucha los pasos de Takemichi alejarse, en absoluto silencio, Mikey siente náuseas.
No lleva ni cinco minutos estando solo, tal y como él mismo lo pidió, y ya se arrepiente.
La única manera que tiene de callar todo lo que hay en su cabeza es practicar hasta el cansancio. Pierde la cuenta de todas las veces que batea, pero tiene la certeza de que cada vez lo hace peor. Suelta un respingo cuando ve que las luces se encienden y apagan, una y otra vez. Del susto deja caer el bate, que cae al suelo haciendo un ruido seco que le cercena los oídos.
No está preparado para ver las siluetas de Baji y Mitsuya en la entrada. Mikey parpadea un instante, acostumbrándose de nuevo a la claridad. Se frota los ojos, mientras escucha cómo Baji murmura algo, quizás alguna grosería, que él no capta del todo. La expresión de Baji le recuerda un poco a la de Draken cuando está enfadado con él, mientras que la de Mitsuya es todavía peor, porque puede leer la decepción en sus ojos. Hay algo en los ojos tristes de Mitsuya que le recuerdan a Shinichiro, así que Mikey tiene que desviar la mirada otra vez.
—¿Qué?
Mikey se siente como un niño pequeño que está a punto de ser castigado. Aprieta mucho los labios, pero contiene un puchero quejumbroso porque sabe que, por mucho que le moleste admitirlo, se merece lo que sea que sus amigos quieran decirle.
—Draken imaginaba que estabas aquí —explica Mitsuya, mientras Baji chasquea la lengua, haciendo una mueca de fastidio que en cualquier otro momento le parecería graciosa—. Pero creo que ahora mismo no tiene paciencia para lidiar contigo.
—Ni tampoco yo, que conste. Pero si estoy aquí es porque Mitsuya es muy blando y alguien tiene que decirte las cosas a la cara.
—¿Qué? —Mitsuya abre mucho los ojos y se gira hacia Baji con gesto ofendido. Baji parece darse cuenta de su error, pues carraspea incómodo y se cruza de brazos, desviando la mirada de su amigo.
—¡Como sea! Si estamos aquí es para arrastrarte hasta tu habitación. Necesitas, no, tienes que descansar y punto. No quiero oír hablar más del asunto, Mikey. —Baji, por supuesto, no tiene piedad cuando habla y se aproxima hacia él, levantando el bate del suelo y colocándolo junto a los demás que están en la cesta, cerca de la caja de bateo.
—¿Ya te cansaste de ser niñera de Chifuyu? —pregunta Mikey, enarcando las cejas. Sabe que se lo está buscando cuando nota cómo cambia la expresión de Baji—. Sí lo llamas Chifuyu, ¿cierto? Matsuno-kun suena muy impropio de ti, siempre fuiste demasiado…
—¿Demasiado qué? —exclama Baji, con la mirada erguida y el ceño fruncido.
—¿No íbamos a volver al dormitorio? —Mitsuya intenta intervenir, pero Mikey ya tiene la palabra que estaba buscando.
—Demasiado confianzudo —dice, con la vista fija en Baji—. Y siempre te gustaron mucho los pitchers. Por eso Kazutora sigue obsesionado contigo y el pobre Chifuyu seguirá por el mismo camino. Mitsuya se salvó de ti porque tiene mejores gustos.
—¡Mikey!
—Draken dijo que harías eso, que querrías desquitarte con nosotros por cómo estás tratando a Takemichi últimamente. —La frase de Baji es lapidaria y Mikey siente la boca seca apenas lo escucha. Empieza a preguntarse cuánto tiempo habrán pasado sus amigos hablando de él durante los últimos días. O sobre lo mal que lleva tratando a Takemichi. Mikey baja los hombros y recuerda la mirada perdida de Takemichi cuando fue a buscarlo esa noche.
Le escuecen las manos al recordarlo, pero también los ojos, sólo que Mikey lleva ensayando toda la vida, así que no cae fácil en las trampas del llanto.
El silencio es pesado e incómodo, Mikey mira a sus amigos y luego se fija en el piso, en cómo tiene la punta de las zapatillas llenas de tierra. Tiene que lavar su uniforme completo o no tendrá ropa para practicar el día de mañana. Se suponía que hoy, después de practicar, él y Takemichi irían a la lavandería juntos, pero ahora eso no es más que un sueño roto.
—Lo siento —dice Mikey en voz baja—. Soy un estúpido.
—Aprecio las disculpas, pero creo que no es con nosotros con quien tienes que disculparte. Ahora ya vámonos, que perdí el autobús de regreso a casa por tus necedades.
Mitsuya le da una palmada en el hombro y sacude el mundo de Mikey de pies a cabeza, porque tiene toda la razón. En realidad, no es con Baji o Mitsuya con quien tiene que disculparse. Ni siquiera con Draken. Tiene que ver a Takemichi a los ojos y pedirle perdón, pero Mikey no sabe exactamente cómo hacerlo. Al menos el tacto suave de Mitsuya sabe cómo conducirlo fuera de la caja de bateo y hacerlo olvidar, por un instante, que no es más que un idiota.
Los tres caminan con pasos lentos por el pasillo, pues Mikey tiene la sensación de que está arrastrando los pies y Mitsuya y Baji no hacen más que seguirle el ritmo por compasión.
—Eso sí, para tu información… —dice Baji de pronto, cuando ya van por la mitad del camino—. Chifuyu no va a obsesionarse conmigo, ¿entendiste? Sólo pasamos tiempo juntos porque a pesar de su increíble talento, está muy verde. Mitsuya ya no me necesita, por eso paso más tiempo con el novato. Eso es todo.
Mikey ladea el rostro hacia Baji y se complace al notar las mejillas ligeramente sonrosadas de su amigo. Pronuncia la sonrisa, en un gesto de malicia que le aplaca el hoyo que siente en el corazón.
—Pero entonces sí admites que lo de Kazutora es obsesión.
—¡Juro que te patearé! ¡A la mierda lo que le prometí a Draken!
Mikey apresura el paso, corriendo por los pasillos vacíos, de camino al dormitorio, mientras no deja de escuchar los insultos de Baji detrás de él.
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Han pasado cuarenta y ocho horas desde el incidente y Mikey sigue sin disculparse con Takemichi. Lleva evitándolo a conciencia, porque no tiene idea cómo hacerlo y también porque se siente demasiado avergonzado por su comportamiento. Además, acercarse a la habitación de Takemichi también supone tener que encontrarse con Draken. No está seguro de que tenga el temple para aventurarse en un terreno tan hostil, así que decide reorganizar su vida lo mejor que puede. Se le hace más difícil e incómodo en los entrenamientos, porque tiene que cruzarse con Takemichi sí o sí. Las miradas silenciosas y las muecas dolorosas se vuelven insoportables, pero Mikey lo consigue al concentrarse en ayudar a Hakkai con su postura de bateo o fingiendo que ayuda a Baji con Chifuyu. Así es más fácil rehuir de la mirada triste de Takemichi y mantener distancia con Draken, hasta decidir cuál es el momento preciso para acercarse sin que haya violencia de por medio.
Le resulta más sencillo cuando no está en los entrenamientos y tiene que asistir a clases. Él y Takemichi no son compañeros de salón, así que no tiene por qué pretender que está huyendo. Mikey llega más temprano que nadie a las clases y se concentra lo mejor que puede, pues después del incidente incómodo con Takemichi se promete a sí mismo que será la mejor versión de sí mismo. Sólo entrena las horas necesarias, revisa las jugadas por las noches y se pone al día con las clases.
El primer partido oficial es el día de mañana y Mikey hace su mayor esfuerzo por escuchar al profesor de inglés. Anota las frases en el cuaderno y resalta con color rojo las páginas que tiene que hacer como tarea durante el fin de semana. Todo será después del partido, porque no les queda más remedio que ganar. Baji está confiado en las habilidades de Chifuyu y sabe que los lanzamientos de Mitsuya son seguros y precisos. Mikey sabe que tienen todo para ganar, pero la ausencia de Pah-chin sigue colándose en medio de los entrenamientos.
—Me asustas cuando tienes la cara tan seria.
Mikey se sobresalta cuando escucha la voz de su hermana. Emma va un curso por debajo de él y por lo general no se entrecruzan en las horas de clase. Al principio, Mikey adoraba meterse con ella y entrar al salón de Emma sólo por fastidiar, pero dejó de hacerlo cuando Emma lo amenazó en medio de un pasillo. Ahora tiene que soportar que su hermana vaya a todos los partidos y organice a la banda del colegio que siempre va a animarlos al estadio. Emma es quien escogió todas las canciones que toca la banda y en especial la que resuena en el campo cuando Mikey se aproxima a batear. Es una canción donde predominan los tambores y trompetas, no tiene nada que ver con la que le ponían a Shinichiro en su época. La melodía de Shinichiro tenía más flautas y clarinetes, como una suave advertencia, mientras que la suya es como el anticipo a una tormenta.
—Tú tienes la misma cara todos los días, pero yo no te digo nada.
—¡Mikey! —la expresión de indignación de Emma es graciosa y justo lo que él esperaba, así que Mikey se sonríe con todos los dientes.
—Tú empezaste.
Emma pone los ojos en blanco, el mismo mohín de fastidio que transforma sus facciones adolescentes en las mejillas de la niña de cuatro años que lo seguía a todos lados. Sin preguntar ni pedir permiso, aprovechándose de que están en medio de un receso entre clases, Emma toma asiento en el puesto vacío que está detrás de Mikey, obligándolo a ladear el cuerpo hacia ella.
—¿Qué quieres, Emma?
Por la forma tan dulce en que le sonríe su hermana, teme que no esté allí por voluntad propia. Puede ser una enviada de Draken, lo cual puede ser muy bueno, porque significa que está sondeando las aguas, pero también puede ser muy malo, porque Emma puede estar allí para insultarlo en nombre de su amigo. El día en que los presentó, Mikey supo que sería su perdición. Cuando los dos están de buenas con él, es una bendición porque cuenta con doble apoyo. Pero si están de malas y se ponen de acuerdo, es peor que todos los círculos del infierno.
—Cuando me preguntes quién es mi hermano favorito, te recordaré este momento. —Emma saca la lengua y hace una mueca de disgusto, mientras que Mikey se encoge de hombros.
Cuando su hermana deja el teléfono sobre el escritorio, a Mikey le toma sólo un instante saber de qué se trata todo esto. Emma es quien más contacto mantiene con Shinichiro, así que normalmente lo busca cuando quiere hacer videollamadas, para que puedan hablar los tres. Por lo general, Mikey lo agradece, porque así no tiene que gestionar él mismo llamadas a la familia, pero ahora tiene el presentimiento de que esto es una encerrona. ¿Draken le habrá dicho algo? Siente un nudo en la garganta de sólo imaginarse hablando con Shinichiro ahora mismo.
—Estamos en un receso, podríamos hablar con…
—¡Siempre te pones nervioso antes de un partido! Además, aunque últimamente ya no me cuentas nada, sé que Pah-chin está lesionado. Todo el mundo habló de ello por días. Aunque escuché que el pitcher novato es muy bueno, ¿cierto? Se lo escuché a Takemichi-kun en estos días. —Emma menciona a Takemichi con una sonrisa y Mikey se pregunta si todo estará en su imaginación. Si esto no es una encerrona y ella sólo está siendo la hermana fastidiosa e increíble que siempre es—. Así que creo que tenemos que hacer esta llamada ahora mismo. Lo llamaremos también después de que Toman gane el partido.
Emma lo dice con tanta naturalidad que Mikey no puede evitar reírse. Estira las piernas hasta tocar el asiento donde está sentada Emma.
—Me encanta tu optimismo.
—Alguno de los dos tiene que tenerlo. —Emma chasquea la lengua y marca el número de Shinichiro. Mikey siente un nudo en la garganta cuando escucha el tono de llamada y pide para sus adentros que Shinichiro esté muy ocupado. Normalmente lo está, pues ser jugador profesional de béisbol significa que tu tiempo personal se ve reducido. Pero, por supuesto, Shinichiro sí contesta. Mikey se hunde un poco más en el asiento, porque sabe que sólo han sido contadas ocasiones en las que Shinichiro no ha respondido una llamada suya o de Emma.
La familia, como Shinichiro siempre le recuerda, está antes que todo.
—¿Ustedes no están en clase? —Shinichiro parece estar, contra todo pronóstico, en su apartamento. Mikey se inclina un poco hacia la pantalla del teléfono, que Emma apoya en la pared de forma vertical, para que ambos puedan ver a Shinichiro con más comodidad.
—¡Estamos en receso! —Emma le regala un guiño a Shinichiro y éste sonríe, en un gesto que tiene reservado solo para ella. Shinichiro tiene una sonrisa para cada uno de ellos. Tiene una risa suave y acompasada para Emma. Una cómplice y retadora para él. Otra de resignación cuando está hablando con el abuelo—. ¿Y tú no tienes entrenamiento, hermano?
—Estaba a punto de salir, pero tengo unos minutos… —Shinichiro relaja la expresión y parece tomar asiento en el sofá. Mikey lo recuerda porque tiene un tapiz espantoso que tanto él como Emma le criticaron un montón cuando lo escogió. Emma incluso se atrevió a decir que eso pasaba por irse a vivir solo, que ahora podía expresar sus malos gustos—. ¿Cómo va todo? Si la memoria no me falla, alguien tiene el primer partido de temporada mañana.
Mikey siente comezón en todo el cuerpo cuando escucha las palabras de su hermano. Por supuesto que Shinichiro, a pesar de lo ocupado que está, recuerda el calendario de la liga escolar.
—La banda ya está preparada para ir… sólo nos falta que el cuarto bateador haga de las suyas, pero yo creo que él lo tiene todo preparado. —Emma se ríe y, antes de que Mikey pueda impedirlo, le desordena el cabello. Mikey tuerce los labios y se siente avergonzado, sobre todo porque Shinichiro también se está riendo.
—El cuarto bateador suena decidido a ganar. —Shinichiro sonríe, buscando la mirada de Mikey, quien se siente atrapado enseguida—. ¿Estás nervioso?
Mikey sabe que podría mentir y decir que no, que por supuesto que no está nervioso. Pero precisamente esa actitud fue la que lo llevó a pelearse con Takemichi. Además, no cree que sea tan bueno mintiendo como para hacerlo frente a Emma y Shinichiro y convencerlos a los dos. No tiene el temple para ello, en especial porque Shinichiro lo conoce mejor que nadie y mentirle a él sería incluso peor que mentirse a sí mismo.
—Sí. —Mikey se siente liberado cuando lo dice. Es como si de pronto dejara de cargar con un peso terrible y éste se evaporara ante sus ojos—. Es mucha presión. Tenemos a Pah-chin lesionado. Nuestros demás pitchers son buenos, pero si no somos capaces de anotar, no servirá de nada.
Mikey quiere aligerarle la carga al equipo. Quiere que Chifuyu y Mitsuya lancen sin miedo, sabiendo que hay alguien que será capaz de anotar puntos para Toman. La mirada calmada de Shinichiro le dice que, a pesar de lo desesperada de su afirmación y de lo infantil que suena, él lo entiende. Saberse comprendido por su hermano, por su mayor héroe, lo hace sentirse mejor casi al instante.
—Pues yo digo que tienen una ventaja —explica Shinichiro, mirando a Mikey con las cejas enarcadas—. A ti siempre se te dio mejor batear bajo presión. Así que no dudo que podrás hacerlo. Y tú también lo sabes, enfoca la tensión en el bate. Lo practicamos antes, ¿recuerdas?
Mikey sonríe a medias, pero claro que lo recuerda. Cuando perdió el torneo infantil lloró durante horas, en especial de camino a casa. Al llegar, Shinichiro le dijo que usara toda esa fuerza que tenía para llorar, en batear. Mikey nunca bateó tan fuerte como aquella vez, maravillando a su hermano, y también a Emma y su abuelo, quienes estaban presentes en ese momento.
Se siente un poco estúpido porque necesitó de la llamada de su hermano mayor para recordar algo que ya sabe. Inspira hondo y se recuesta contra el respaldar de la silla. Draken, Mitsuya y Baji llevan diciéndole lo mismo desde hace días, pero las palabras de Shinichiro le dan un significado diferente. Es como si el consejo cobrara vida propia en los labios de su hermano mayor.
—Te dedicaré mi primera carrera. —Mikey sonríe, sabiéndose liviano. Shinichiro le responde la sonrisa y hace un gesto de victoria con la mano, zanjando la discusión.
Antes de terminar la llamada, Emma le hace prometer a Shinichiro que podrán ir a visitarlo a su apartamento al primer fin de semana libre que tengan los tres. Mikey está seguro de que cuadrar agendas será una pesadilla, pero no dice nada porque Emma parece contenta. Cuando su hermana se levanta, se guarda el teléfono en el bolsillo de la falda y le regala un guiño malicioso.
—Mañana iré a apoyarte, así que más te vale dar un buen espectáculo. Conseguí que las porristas se aprendieran un coro especialmente difícil, así que no puedes dejarme en vergüenza… —Emma se inclina un poco hacia Mikey, quien sigue sentado. Su hermana lo señala de manera amenazante con el dedo índice y Mikey contiene la respiración—. Y, por cierto, Draken no espera unas disculpas de tu parte, pero por allí escuché que tienes que compensarle a Takemichi tu actitud.
Mikey la mira con expresión desencajada, pues entiende que, después de todo, esto sí fue una encerrona. Emma continúa sonriendo, pues evidentemente está disfrutando con la situación.
—Merece que, después del partido, lo lleves a una cita en condiciones. Como bateador eres increíble, Mikey. Como novio… — Emma chasquea los labios de manera muy dramática, mientras Mikey siente un hueco en el estómago al saberse señalado—. Pues dejas algo qué desear.
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Al final, Mikey deja que la cancha hable por él. Al día siguiente, cuando es su turno al bate, escucha las tonadas de la banda musical y piensa en Emma. La última vez que conversó con su hermana, ésta le recordó que había ensayado muchas veces y que más le valía hacer un buen papel. Emma también le pidió que fuera mejor novio, pero Mikey sólo ha hecho caso a medias, porque la única iniciativa que ha tenido desde entonces es intercambiar miradas largas con Takemichi en los vestidores y cuando se están formando antes de que el partido comience.
Es tan sólo una mirada de soslayo, pero le basta para ver cómo los ojos de Takemichi se abren más de la cuenta al verlo. Mikey tiene en la punta de la lengua todas las palabras de disculpas que se le ocurren, pero el clamor del estadio le recuerda que no es el momento. Inspira hondo cuando se inclina en la fila, saludando a sus rivales, mientras vuelve a pensar en Takemichi.
Se recuerda que no tiene por qué hablar con él, pues los dos se entienden sobre el césped sin necesidad de palabras. Mientras Takemichi está resguardando la segunda base y Mikey está cuidando la retaguardia. Ninguno de los dos dice palabra alguna, pero tampoco hace falta. Si la pelota, por algún motivo, escapa del guante de Takemichi, Mikey es lo bastante rápido para bloquearlas. Mikey sostiene la pelota con fuerza contra el guante y la lanza con rapidez hacia Baji, quien impide que el corredor anote ninguna carrera. Cuando intercambia miradas con Takemichi, Mikey escucha con claridad cómo todo el estadio resuena con vítores de júbilo porque el partido continúa sin carreras. Le regala una sonrisa a Takemichi, quien hace un gesto de victoria con las manos, radiante de felicidad. Donde las palabras mueren, el césped les susurra en un idioma mudo que ambos comprenden al mismo tiempo.
Después de que Chifuyu y Baji mantengan a raya a los corredores, es el turno de Mikey de anotar. Desde la banca, mientras se prepara, nota el roce de una mano sobre la espalda y sonríe. Mikey no tiene que voltearse para saber que es la mano de Takemichi, puede sentir la calidez de su cercanía sin problemas. Cuando lo mira de soslayo, Takemichi luce más brillante que nunca y Mikey tiene que contener las ganas de inclinarse más de la cuenta para robarle un beso. Pero el deber lo llama, pues es su turno al bate y tiene que salir al campo.
Sonríe mientras se acomoda los guantes y vuelve a recordar las palabras de Shinichiro. En las peores circunstancias, es cuando se le da mejor el juego. Está convencido de que, si pudiera parafrasearle eso a Draken, su amigo diría que la gente que es afortunada en el juego, es desafortunada en el amor.
Mikey trata de no pensar en la risa imaginaria de Draken mientras balancea el bate entre las manos. Inspira hondo y alza la vista hacia el pitcher, quien está preparándose desde el montículo. Mikey se humedece los labios. Observa la postura del pitcher, la forma en que sostiene las costuras y cómo alarga el brazo para el lanzamiento. Es uno hacia adentro, directo y certero, que tal vez otro bateador no habría podido controlar, pero Mikey ha bateado decenas de pelotas como aquella.
Mikey sabe que ganó esta contienda en cuanto escucha el golpe seco de la pelota contra la madera. Recuerda la primera vez que le robó el bate de madera a Shinichiro para practicar por su cuenta. Su abuelo puso el grito en el cielo, diciendo que era demasiado pequeño para sostener tanto peso, pero a Shinichiro le hizo tanta gracia que acabó convenciéndolo de que podían comprarle uno a Mikey. Mientras corre hacia primera base, Mikey piensa en la risa de su hermano. Mientras se desliza hacia la segunda base, escucha los gritos del estadio y piensa en la primera vez que le prestó a Takemichi su bate de madera. Recuerda la expresión espontánea, cargada de sorpresa, cuando sostuvo el bate en las manos.
“Eres increíble, Mikey-kun”.
Tal vez fue ese preciso momento en que Mikey, con doce años, se enamoró de él.
Mikey se come la tierra cuando se estira para tocar el plato de home y coronar una carrera más para Toman. Cierra los ojos y se queda quieto por un instante, mientras escucha cómo el catcher rival masculla palabrotas contra él. Mikey sonríe extasiado y apenas se pone de pie, sacudiéndose la tierra del uniforme, busca a Takemichi con la mirada. Lo encuentra en la banca, aplaudiendo eufórico junto a Draken.
—¿Quién lo diría? El cuarto bateador nos salvó. —Baji chasquea la lengua, dándole fuertes palmadas en la espalda mientras lo recibe en la banca.
—No me imagino qué habría pasado si hubiera seguido excediéndose en las prácticas. —Mitsuya está sentado en la última banca, con las piernas estiradas y le regala una sonrisa maliciosa. Es ese típico gesto que hace, con mucha frecuencia, cuando sabe que lleva la razón—. Habría sido terrible.
—Me alegra no haber tenido que golpearte para hacerte entender. —Draken se encoge de hombros y finge indiferencia, pero Mikey sabe que su postura rígida, de brazos cruzados, no es más que una pantalla.
—Qué bueno que no tengo enemigos, con ustedes ya tengo suficiente… —Mikey silba y se quita los guantes y el casco, dejándolos sobre la primera banca vacía que encuentra. Siente la boca seca y, como si le hubiera adivinado el pensamiento, es Takemichi quien le acerca una botella de agua. Cuando sus manos se tocan, Mikey siente cómo el frío de la botella le hace cosquillas en los dedos.
—Lo siento. Fui un idiota, Takemicchi, yo sólo…
—Descansa, Mikey-kun. —Takemichi le sonríe, un gesto limpio que acepta todas las disculpas de Mikey que se quedaron a medias—. Lo hiciste increíble.
—Sí, pero…
—Me lo compensarás cuando acabe el partido y me compres una docena de taiyaki, todos para mí… —dice Takemichi apresuradamente, mirándolo con las mejillas sonrojadas. Usa un tono pausado y nervioso, es como si de pronto los últimos días no hubieran existido entre los dos—. O eso dijo Emma-chan.
La sola mención a su hermana es la última pieza del rompecabezas. Mikey alza la vista hacia Takemichi, quien le está sonriendo despreocupadamente. Todavía tiene la botella entre las manos y considera lanzarle el resto de agua que le queda en el rostro, para que escarmiente por tener conversaciones con Emma a sus espaldas. En otras circunstancias lo habría hecho sin culpas, pero ahora se contiene porque el recuerdo de los últimos días todavía le escuece.
—Te compraré dos docenas —advierte Mikey, dedicándole a Takemichi una mirada más maliciosa de la cuenta, mientras balancea la botella entre las manos—. Y tendrás que comerte hasta la última migaja de taiyaki.
—¡Mikey-kun!
Las protestas de Takemichi se diluyen con los cánticos del estadio y con las voces del resto de sus compañeros. Mikey relaja los hombros y se siente dichoso por primera vez en muchos días. Siente todavía las manos frías por la botella de agua y ya no puede evitar la tentación de tocar a Takemichi. Le toca la nuca con la punta de dos dedos y le acaricia el cabello, mientras pronuncia la sonrisa.
Después de las risas con Takemichi, Mikey no necesita de la victoria para sentirse mejor, pero la recibe a manos llenas cuando Toman se lleva el partido por cinco carreras. Aplaude como el resto de sus compañeros y se acerca más de la cuenta a las gradas, donde ve cómo Emma está terminando de dar instrucciones a la banda de música. Su hermana tiene puesto el uniforme del colegio y una gorra que es suya, Mikey recuerda que estaban estudiando una tarde y Emma se apropió de la gorra. No se la ha devuelto desde entonces, pero Mikey no tiene la voluntad para pedírsela, él tiene una extra y a su hermana le viene bien esa gorra que tiene bordado el número cuatro.
—El novato de Baji no lo hizo ni tan mal… —Mikey continúa aplaudiendo, cerca de las gradas, mientras mira de reojo a Baji y Chifuyu. No tiene que preguntarle a Takemichi si está orgulloso de su amigo, puede leerlo en cada centímetro de su rostro—. ¿Vas a felicitar a Chifuyu o te puedo robar un beso?
—Si me lo pones así, Mikey-kun…
—O sea que Matsuno-san te está haciendo dudar… —masculla Mikey, enarcando ambas cejas y mirando a Takemichi de forma desafiante. Su novio ladea el rostro varias veces y Mikey anticipa el puchero que le impregna los labios—. ¡Me quejaré con el entrenador!
Takemichi se deshace en disculpas, mientras Mikey tira de él para acercarlos al resto del equipo, pues tienen que desempacar. Nota la mirada de Draken sobre ellos y Mikey no hace más que alzar la barbilla, como si estuviera retándolo y no al revés. Draken pone los ojos en blanco y le da un suave empujón, mientras le pasa la mochila deportiva, que Mikey toma con ambas manos, como estuviera si recibiendo un bebé. Junto a Takemichi, Mikey sigue la estela del resto del equipo, quien camina fuera de los vestidores, de regreso a los autobuses que los llevarán de regreso a Toman.
A la cabeza van Mitsuya y Hakkai quienes, tal y como se lo hizo saber Baji minutos antes de que empezara el partido, hicieron un espectáculo frente a todos. Baji incluso tuvo la osadía de insinuar que Takemichi y él dejarían de ser populares dentro de poco. Mikey arruga la nariz mientras recuerda las palabras de Baji y por instinto busca la mano de Takemichi, tirando de él con fuerza. Ambos se quedan en la retaguardia, como si estuvieran cuidando al resto del grupo, quien va conversando animadamente, en medio de vítores y aplausos. Mikey quiere seguir retrasando sus pasos, quiere más distancia entre ellos y el resto, pues de pronto está hambriento de Takemichi.
Es como si todo el tiempo que estuvieron separados por fin le estuviera pasando factura.
—Mikey-kun, ¿crees que ahora podríamos…?
—¿Tanta celebración por una victoria ínfima? Habría podido ganarle a ese equipo de cuarta hasta con una pierna rota.
Tanto Mikey como Takemichi se detienen al mismo tiempo. La voz le resuena en los oídos, pero Mikey se queda estático unos segundos más, viendo cómo el resto del equipo sigue avanzando hacia los estacionamientos, sin siquiera enterarse. Mikey distingue la espalda de Baji, quien está muy delante de ellos y luego, con su mejor expresión maliciosa, se gira hacia Kazutora.
—Kazutora-kun, hace tiempo que…
—¿Tú no tenías partido ahora mismo? ¿O es que estás tan confiado últimamente? Te recuerdo que tu boca siempre fue más rápida que tu cerebro. —Mikey sonríe con todos los dientes, a pesar de que sabe que Takemichi estará escandalizado con sus palabras. Kazutora suelta un respingo y se acomoda la gorra que lleva puesta, un gesto simple para decirle que no está dispuesto a ceder terreno—. ¿Qué? Imagino que viniste a preguntar por Pah-chin.
Kazutora chasquea la lengua y, por un instante, parece que la mención de Pah-chin es suficiente para traer de vuelta al chico que practicaba al bate con él en el patio de su casa. Mikey todavía siente la misma acidez en la punta de la lengua cuando recuerda el día en que Kazutora les dijo, a él y Baji antes que a los otros, que no asistiría a la misma escuela que ellos. En ese entonces se pelearon tanto que Mikey se sintió culpable, porque fue Baji quien debió consolarlo a pesar de que su amigo también la estaba pasando mal luego de semejante traición. Hoy Mikey puede ver las cosas bajo otra perspectiva, pero no es el momento para tener una conversación civilizada con Kazutora. Primero tiene que aplastar a su equipo en una derrota justa y después ya podrán irse a tomar okonomiyaki por los viejos tiempos.
—Me dijo que tiene para varias semanas de recuperación —dice Kazutora, con una mueca en los labios—. Él sí responde mis mensajes, así que…
Mikey chasquea la lengua y desvía la mirada hacia Takemichi. No está tan pálido como imaginó, aunque tiene el ceño fruncido y los hombros tensos. Mikey sabe que Takemichi está preparado para tener que ponerse en medio de ser necesario y eso le da un poco de vergüenza. Takemichi no tendría por qué cuidarle todo el tiempo las espaldas, Mikey tiene que empezar a hacerse responsable de sus propias mierdas.
Incluso si esa mierda es Kazutora, con quien todavía lo lima del todo asperezas.
—Tenemos a Mitsuya y a un pitcher novato del que Baji se está encargando muy bien, supongo que lo habrás visto si estuviste viendo el partido… —Mikey sonríe y pasa una mano sobre el hombro de Takemichi—. Pero le mandaré tus saludos, Kazutora. ¿Qué dices? ¿Nos vemos en la final?
Kazutora arruga la nariz, un claro gesto de disgusto que podría convertirse en cualquier momento en algo peor. Mikey está convencido de que si su pelea fuera todavía reciente, Kazutora no habría dudado en escupirle sin culpas. Pero lo único que hace es un asentimiento silencioso y retrocede un par de pasos. Al parecer, la mención de Baji es suficiente para mantenerlo alejado momentáneamente.
—Bateaste increíble —concede Kazutora, echándose las manos en los bolsillos del pantalón. Luego del cumplido, alza la barbilla, mirándolo con ojos desafiantes—. A ver si puedes con mis lanzamientos. Nos vemos en la final, si es que puedes, Mikey.
Mikey está a punto de contestarle pero siente la mano de Takemichi entrelazar la suya y de pronto el mundo vuelve a girar al mismo ritmo que antes. Takemichi lo mira con los ojos muy abiertos, llenos de comprensión, mientras Mikey se desinfla. Al parecer, todo lo que hace falta para que se olvide del necio de Kazutora son los grandes y volubles ojos de Takemichi. Espera que nadie llegue a la misma conclusión que él, porque entonces perderá la oportunidad de sacudir a Kazutora como se merece.
—Takemicchi, escucha…
—Sólo quiero mis dos docenas de taiyaki, Mikey-kun… —le recuerda Takemichi, mostrándole los dientes—. O tendré que decirle a Emma-chan.
—¡Emma es una entrometida! ¡No vas a decirle nada! —exclama Mikey, mientras no se aguanta más y besa a Takemichi en ambas mejillas. Es un gesto tan rápido que la mochila se le resbala de los hombros y el bate de metal rebota contra el piso. Mikey mueve los pies lo más ágil que puede para evitar que le caiga en los pies, mientras sostiene a Takemichi por la cintura, provocando que los dos pierdan el equilibrio.
Mikey todavía se está riendo, sin poder disculparse con Takemichi, cuando empieza a escuchar cómo los demás los están llamando. Escucha a lo lejos la voz de Draken que, con cada vez que pronuncia el nombre de Mikey, suena más y más enfadada. Takemichi intenta zafarse y llamar la atención de Draken, pero Mikey se inclina hacia él, dándole un beso suave en los labios. Los gritos de Draken, junto a los de Baji, se incrementan segundo a segundo.
Mikey, en cambio, no puede más que dar rienda suelta a la felicidad.
