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Dean debió verlo venir. Bueno, tal vez sí lo hizo pero no llegó a pensar que sucedería de esa forma.
Sé sabe que cuando crees que John Winchester esta haciendo algo, debes de creer que está haciendo algo mil veces peor. O tal vez dos mil, solo para estar seguros.
Incluso Sam lo había sugerido pero su padre había alcanzado un nuevo nivel de irritante cuando agregó aquella ridícula clausula al testamento. Él lo sabía, sabía que su hijo mayor no era de los que sentaban cabeza. Chicas desfilaban por su cama, según su padre.
Y claro, los chicos de los que el viejo no sabía. Pero ese era el punto, jamás debía de saber.
Hasta que lo supo.
Entonces, en medio de un pleito legal porque Dean quería ese bendito automóvil, Sam había encontrado la laguna legal perfecta para hacer que su padre se arrepintiera de su decisión. Solo necesitaba convencer a Castiel.
Y eso era fácil. Fácil para Dean porque Castiel lo adoraba, su fiel mejor amigo haría cualquier cosa por él así que sí, el ojiverde estaba sorprendido cuando le contó su plan a su mejor amigo.
—Vamos Cas— insistió cuando salió de su sorpresa —, solo serán un par de cenas. Yo pagaré.
El de ojos azules frunció levemente el ceño, su forma de decir "ese no es el motivo, Dean" así que Dean continuo.
—Podrás pedir lo que sea. Será un bufet de todo lo que puedas comer, beber. Lo que sea Cas, lo tienes —el más alto se puso de pie, comenzaba a desesperarse. Esto era algo con lo que no había contado, de todas las cosas que creyó que serían volátiles o difíciles, esta no lo era... hasta que lo fue—. Solo es para enseñarle al viejo que debe pensarlo antes de joder a su hijo.
—Dean, no estas viendo las cosas como deberías —finalmente habló. El Winchester detuvo sus pasos apresurados justo en medio de la pequeña sala de estar del departamento de Castiel, la voz de su mejor amigo siempre conseguiría toda su atención y, al parecer, jamás habría una excepción para ello.
—¿Y cómo debería verlo, Cas? Él lo sabe, sabe que hay chicos también y tú conoces su postura respecto a esto.
Eso había sido innecesario, sí. Era más de Dean siendo idiota y haciendo lo posible por recordarselo a sí mismo que cualquier otra cosa. Claro que Cas sabía, había recibido el trato "diferente" que John le daba a cualquiera que no fuera un idiota tradicionalista como él.
—Cas, hombre... lo siento, yo no...
—No es nada Dean, lo sé como tú dices —interrumpió, se puso de pie dejando de lado el cojín que sus manos habían estado estrujando con fuerza desde que esa ridícula conversación había comenzado —. Lo haré —sentenció con firmeza, el interrumpido guardó silencio sabiendo que esa mirada significaba "calla Winchester o me arrepentiré y te haré comer mierda"—, pero es el último favor que te hago. Nunca jamás haré otro, ni lo más mínimo.
Dean jamás creyó que esa simple petición lo llevaría a esto.
No puede creer que terminara viendo su reflejo en aquél espejo, mientras lucía un ridículo traje de pingüino y sentía que el cuello abrochado lo estaba asfixiando más a cada segundo que pasaba. Quería hacer eso, quería el auto pero también quería la casa y la pequeña empresa para Sam. Quería que su hermanito ya no tuviera que preocuparse por terminar la universidad.
Quería demasiadas cosas. Pero no quería salir de esa habitación a jurar votos de amor delante de cincuenta invitados cuando aún no le había dicho a su futuro marido que en realidad lo amaba. Había sido un idiota, tardando tanto en darse cuenta. En las similitudes de sus "citas" con su mejor amigo, en que muchas veces eran razones ridículas por las que jamás había una segunda cita.
Mierda, era Dean Winchester. Él no tenía momentos de chicas... y sabía que tan pronto abriera la boca diría algo tan ridículo que avergonzaría hasta a sus descendientes en tres líneas futuras.
Bien, eso era algo que no quería.
—¿Cuánto tiempo seguirás mirándote en ese espejo? —la voz del dueño de sus problemas provino desde el marco de la puerta —No te creía alguien narcisista.
Sus miradas se encontraron en el espejo porque Dean no era tan valiente para voltear por completo, y Castiel sabía cuando debía dar un paso atrás. Siempre daba un paso atrás, siempre que del Winchester se tratara.
Era un tipo de pacto entre ellos, un acuerdo silencioso. Un acuerdo que podía verse en sus miradas, en la forma en que al entrar en la misma habitación se buscaban y al final terminaban intercambiando bromas y sarcasmo entre ellos. Es ese tipo de acuerdo que no puedes alcanzar, que esta más haya del entendimiento.
Los ojos de Dean se movieron casi de forma imperceptible. Devoró desde las pequeñas arrugas que había alrededor de los ojos de Castiel, su nariz y sus mejillas algo manchadas por el leve rastro de una barba que no había sido recortada desde ayer. Sus pómulos -diablos, ni siquiera sabía que decir de ellos-, los labios pálidos y casi desérticos a pesar de todos lo intentos del pelinegro por cuidarlos. Y eso era solamente su rostro.
Podía decir cien cosas más sobre Castiel de forma física pero habían cerca de quinientas cosas que hacía que Cas fuera Cas, su Cas.
Y tenía tanto miedo de arruinarlo, de decir algo que acabaría con todo, que se llevaría una de las mejores cosas que jamás en la vida le había pasado.
Luego regresó a sus ojos. Azul, azul perfecto. Diferentes tonalidades -también podía decir veinte diferencias de ellos que eran hermosas pero no era el momento-, siempre delatando a su poseedor.
—Ahora tú eres quien me esta mirando en el espejo —se las arregló para decir —, me harás un narcisista si me das esa mirada de "quiero llevarte a mi cama" por un minuto más.
Hubo un cambio en la mirada del ojizarco, decisión tal vez, y luego dió un paso dentro —: Charlie me dijo que viniera.
—Que raro, ella es muy romántica como para dejar que el novio vea al novio antes de la boda... —bromeó, haciendo lo posible por empujar los nervios que hacían lo posible por querer elevarse en su estómago para terminar explotando en palabras y promesas de amor desesperado.
—Dean... —el aludido tragó saliva. Aún mirando el espejo, aún temeroso.
—¿Sí, Cas? —graznó, su mano izquierda subió a la orilla del tocador delante suyo para apretarlo con fuerza buscando un punto de apoyo.
—Debes de saber... —se detuvó, solo a un paso de la silla. Miradas pegadas, sentimientos herviendo a vapor. Una explosión con 85% de posibilidad a suceder.
—¿Qué? ¿Ya no te casarás conmigo?
Esa pregunta termino con la paciencia de Castiel, el último paso se evaporo en un segundo y al siguiente, Dean estaba frente a frente. Hipnotizado, asustado al punto de casi temblar. Su garganta apretada y sus labios resecos, ¿había frío? ¿En pleno Junio?
—No es eso Dean, no debes de temer por eso al menos... —su mirada se desvió a los belfos de su acompañante, tenía el rostro un poco hacía abajo ya que Cas había decidido agacharse delante suyo después de haber hecho espacio suficiente entre la silla y el tocador. Dean ya no tenía un punto de apoyo, en cualquier momento sería peso muerto.
Moriría antes de poder casarse, jodidamente irónico.
—Solo creí que debías de saber... —Cas se detuvó para asegurarse de que de nuevo los ojos jade estaban mirando los propios —. La última persona que me miró así, tuvo sexo conmigo.
Eso fue el fin de todo.
Dean rió como nunca, risa nerviosa maquillada con risa real.
Y esa era la anécdota más divertida para contar cuando dos años después, sin presiones de su padre, y solo con sus amigos cercanos, finalmente hizo de Castiel el orgulloso señor Novak-Winchester.
Bien, Dean ahora tenía algo que agradecer a su padre.
