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Está bien, ya pasó.
Se siente mejor ahora.
Arrastra la cabeza fuera del retrete y apoya la espalda contra las frías baldosas del baño, esperando que eso logre bajarle el mareo residual. Ralentiza la respiración tanto como puede, intentando normalizarla.
Todo está bien ahora. Sea lo que sea que lo hizo sentir mal, ya lo sacó.
Se levanta de su derrotada posición y se lava los dientes antes de salir del baño, encontrando a Yagi en el sofá justo como lo dejó: con el cabello revuelto, las mejillas sonrojadas, la camisa blanca arrugada y abierta, con el pecho recientemente marcado con pequeñas mordidas, el cinturón sobre el respaldo de su viejo sofá de piel sintética y los pantalones desabrochados, el rubio eleva el torso, apoyándose en los codos, para poder verlo fijamente al otro lado de la habitación.
—Lo siento, no sé qué me pasó—. Se cubre el rostro, sonrojado de la vergüenza.
Claro que lo sabe, el idiota de Hizashi lo llevó a almorzar a un sitio desconocido y ahora eso ha arruinado su noche con su… algo.
Contiene un gruñido en la garganta, molesto. Por sí sola, su relación con Yagi ya pende de un hilo: compañeros de trabajo en el día, amantes algunas noches. Shouta idiota, ¿Qué demonios hiciste? ¿Acaso no quieres algo más con ese hombre? ¿En qué mierda en la que pretendes no tener sentimientos reales te metiste?
—¿Estás bien?— Yagi se escucha preocupado.
Por supuesto que lo está, el hombre es un santo que se preocupa hasta de quienes no debería, mientras Shouta no ha hecho nada más que tratarlo terriblemente y cerrar todas las puertas de una relación real antes de que el rubio pudiera tocar a ellas.
Yagi se levanta del sofá y camina, en pocos pasos, hacia él; con esas largas y hermosas piernas, obviamente son menos de los que le tomó a él llegar a donde está. Aún luce desalineado y perfecto, pero Shouta sabe que todo el erotismo en el ambiente se ha perdido y que, al menos esa noche, no va a volver. ¿Cómo podría? Acaba de expulsar su estómago en el escusado hace pocos segundos, con terribles arcadas que de seguro se escucharon por todo su pequeño departamento.
—Estoy bien. Estaré mejor en cuanto…
Pero no puede terminar de hablar, el mareo vuelve de golpe y los espasmos de su estómago, empujando lo que sea que queda hacia afuera, lo obligan a correr al baño de nuevo.
Escucha a su amante gritando su nombre un segundo antes de pegar el rostro en el escusado de nuevo, la sensación sigue y las arcadas vuelven a surgir. Se siente terriblemente humillado de vomitar de nuevo. Con la puerta abierta. Con Yagi seguramente en el marco.
Bueno, esto se acaba de ir al carajo.
Vomita hasta que los músculos finalmente se relajan, esperando que esta vez sí se haya acabado; según su recuento de comida del día, eso fue lo último que debería quedar en su estómago.
Jala la palanca, viendo en el remolino de agua irse su lamentable situación, junto a su dignidad y su ahora inexistente relación.
—Shouta…
—Creo...— lo detiene, antes de que diga algo que le rompa lo poco que aún le queda —Creo que deberías irte a casa— sugiere, sin ser capaz de verlo al rostro.
“Y jamás volver” piensa.
Pero no lo dice. Porque sabe que Yagi lo tomará como sus deseos, en lugar de una sugerencia para librarse de esa asquerosa situación y ese incómodo punto que acaba de arruinarle todo. Y no quiere eso, quiere que si Yagi lo deja sea por decisión propia y no por creer que Shouta quiere alejarlo. Cuando en realidad, todo lo que el pelinegro quiere es que su amante se acurruque con él, le dé suaves caricias en la espalda y le diga que todo estará bien.
Pero no tienen ese tipo de relación. Shouta la limitó a pedir algo meramente físico, aunque sabía que Yagi quería más, mucho más. Así que, sin sentimientos ni responsabilidad afectiva de por medio, ¿Quién querría volver a besarlo luego de verlo vomitar? ¿Volver a escucharlo gemir cuando lo ha escuchado regurgitar? ¿Siquiera volver a verlo luego de presenciarlo en un momento de tanta debilidad?
Suspira.
—No creo que…
Y de nuevo inicia. Su cabeza comienza a darle vueltas, la respiración se le entrecorta y las arcadas vuelven. ¿Acaso no había sacado todo ya?
—Por favor… Vete— logra decir entre espasmos, ahora sólo expulsando bilis.
Una arcada más y termina. La boca le sabe terrible, los ojos le lagrimean y la nariz segrega mucosa. Muy bien, ahora puede asegurar que ese hombre jamás volverá a verlo atractivo.
A través de su visión periférica, ve a Yagi arreglándose los pantalones mientras se aleja de la puerta.
Bien, eso fue todo. Esto se fue al diablo, y sólo hay una persona a quien culpar; va a matar al bastardo de Hizashi por provocarle una maldita infección estomacal en cuanto lo vea.
—¿Crees poder mantenerlo dentro unos minutos?
Yagi vuelve a aparecer a través de la puerta y eso lo desconcierta.
—¿Qué?
—Te llevaré al doctor. No creo que vaya a detenerse por sí solo.
¡Ese hombre merece todo el amor que Shouta tiene y quiere darle y más! ¡Mucho, mucho más! Tanto que a Shouta no le alcanzará una vida para sentir que es suficiente.
—No tienes que…
—No—. Lo interrumpe, antes de que empiece con su barrera emocional de mierda —Pero no voy a dejarte solo con esto. Así que levanta tu trasero.
No vuelve a intentar replicar. Expulsa una vez más, mientras Yagi toma un bote de basura y le coloca una bolsa, que se volverá su soporte en la travesía.
A partir de ese momento, Shouta no vuelve a despegar el rostro del bote en todo el viaje.
Entre asquerosos episodios, Yagi lo sube a su auto hacia el domicilio de su médico personal. Luego de que el hombre les confirma lo que ya sospechaban, van a la farmacia de veinticuatro horas más cercana a surtir su receta. Shouta espera en el auto, intentando mantener todo dentro mientras Yagi se encarga de las compras; está tan derrotado que, cuando regresa con los medicamentos, no puede discutir con su cuidador y su afán de no aceptar su dinero.
El viaje termina en el departamento del rubio, un lugar que jamás creyó que conocería, no en esta vida, no con su relación como era. Así que se encargó de absorber y guardar en su memoria cada pequeño detalle que su condición le permitió.
Yagi lo hizo tomar los medicamentos, antes de cualquier otra cosa, y luego lo mandó a darse una ducha. Le ayudó a ponerse una muda de ropa en la que nadaba su relativamente diminuta figura, en comparación con la del rubio, y le dio un nuevo cepillo de dientes que compró en la farmacia. Lo obligó a acostarse en su enorme cama y lo arropó mientras el enfermo se cubría su enfermo rostro con el antebrazo.
Finalmente Shouta se sentía menos asqueroso, menos enfermo, menos denigrado y más enamorado de él.
—¿Cómo sigues?
Su dulce voz, aunada a los estupefacientes dentro de los medicamentos, terminan por derribar cualquier tipo de barrera involuntaria que existía.
—Mejor. Gracias—. Shouta susurra, aún sin despegar su brazo de su rostro.
—¿Necesitas algo más?
Shouta no responde de inmediato, a pesar de que la idea saltó a su mente en un parpadeo. No sabe si se le permite pedir aquello que siempre ha anhelado.
—¿Puedes recostarte conmigo?— Shouta finalmente baja el brazo al espacio vacío en la gran cama, anhelando una respuesta positiva con la mirada.
Yagi duda un minuto, pero lo hace. Deja caer sus largos miembros sobre el colchón, un poco más rígido de lo usual. Esto es un terreno completamente inexplorado por ambos, nunca comparten espacio sin intenciones sexuales de por medio.
—¿Puedes acariciar mi cabello?— se arriesga a pedir el pelinegro.
Dudoso, Yagi gira sobre su costado y comienza a pasar los dedos a través de la melena azabache enredada hasta desanudarlo, recibiendo un suspiro relajado en respuesta.
Shouta se acomoda sobre su lado derecho, a pocos centímetros del cálido pecho aún cubierto por la arrugada camisa, y cierra los ojos. Permanece inmóvil, esperando dormirse pronto por la comodidad que siempre siente junto al hombre.
—Te quiero— suspira Yagi, probablemente creyendo que ya está dormido.
Puede ver su rostro palidecer cuando ve los ojos negros entreabrirse y parece intentar balbucear una excusa.
—También te quiero— susurra unos segundos después, por fin, las palabras que ha estado guardando con recelo tras casi un año de fingir —Lamento ser un idiota que no supo decirlo desde el principio.
Los desorbitados ojos azules y la palidez en su rostro no tienen precio. Shouta se ríe suavemente de él, más por el placer de saber que él provoca esa reacción que por burla.
—De verdad quiero algo más que sólo sexo contigo, algo con nombre. A pesar del desastre que soy en este momento, ¿Podrías considerarlo cuando me sienta mejor, Yagi?
—...— Yagi abre los labios, parece intentar formular una respuesta a su suplica —Sólo si me llamas por mi nombre.
Shouta se carcajea suavemente. Ama a este hombre.
—Entonces, ¿Considerarías salir conmigo, Toshinori?
