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Dulce despertar

Summary:

junto a los amargos y dolorosos remanentes de una resaca, benkei despierta en una cama conocida, con la sensación más dulce de todas a su izquierda:

el amor

Work Text:

Bajo sus dedos se enrollaban las sábanas, la almohada en el suelo encriptaba en Braille unas cuantas travesuras nocturnas, que ahora no se atrevía a evocar en voz alta.

Sentía espuma en los recuerdos y amargura en su boca, entretejido al sabor agrio de las cervezas que había venido anoche. Sabía que no debía consumir más de seis, que no era bueno para su sistema; además, su tolerancia al alcohol era demasiado baja, y más de una vez, Takeomi se lo había intentado recordar hasta el cansancio.

«No bebas tanto, Benkei» le decía una y otra vez, cada fin de semana.

Pero Benkei no era de los que escuchaban consejos. Y siempre, tarde o temprano, acababa por beber más de la cuenta y embriagarse hasta perder la conciencia.

Aquí estaba ahora. Despertando entre el color blanco, en algún lugar que no reconocía todavía.

Los primeros segundos en los que abría los ojos eran cruciales para su cerebro, la vista le jugó una mala pasada cuando creyó ver una ventana a su derecha; no era más que el lienzo a medio pintar, de un paisaje de colores claros. Celeste y verde para el cielo y el pasto, y unos cuántos adornos de otras tonalidades pasteles que en aquel momento, no distinguió con nitidez. La mente se le hacía neblina y una nebulosa de dolor le envolvía cada músculo.

Estaba entumecido y adolorido, sus piernas ardían como el infierno y un horrible malestar le mordía las entrañas. Recorrió con la mirada el lugar donde estaba, casi no había otra cosa que no fuese el color blanco rodeándolo, salvo unos pocos adornos oscuros que colgaban de las paredes; decoraciones de un trasnochado Halloween que se había vuelto una locura, probablemente, y algunas prendas de ropa.

Reconoció el uniforme negro. El uniforme de Black Dragons, colgado justo detrás de la puerta pálida de la habitación; se asemejaba a un sutil simbolismo.

Una suave punzada nostálgica reemplazó las esquirlas de la resaca en sus huesos.

Black Dragons había sido algo bueno, un pequeño anhelo entre cuatro adolescente sin mucho que perder, pero con una cuantiosa recompensa si ganaban. Una pandilla en un principio, un mero bosquejo de una real pandilla en realidad; un grupejo de chicos que no tenían mucho que ofrecerle a la vida, pero sí mucho que decirle a la sociedad. La idea ilustrada ya, de un cambio radical en la era de delincuentes; un cambio que resultara mejor.

Si le hubiesen preguntado en primer año de secundaria si acaso se habría unido a una pandilla, Arashi Keizo habría dicho una y mil veces que no. Que tal futuro no era para él, que pensaba estudiar y tener un gran trabajo a futuro, contraer matrimonio con una hermosa mujer en cuyos brazos se encontraría refugio y vivir una maravillosa vida promedio, ordinaria entre tantos millones de personas en Japón. Si alguien hubiese predicho que Arashi iba a caer por el camino de los puños cerrados y las peleas nocturnas, se habría carcajeado.

Pero ¿quién lo diría? Al final, acabó por seguir el camino que menos esperaba.

Fue conocer a Shinichiro lo que le cambió la vida, el haberlo encontrado casi muerto; inconsciente sobre un charco de su propia sangre, con un puñado de chicos mayores de edad repartiendo una generosa cantidad de golpizas sobre su cuerpo inmóvil. Keizo no dudó en correr hacia él y defenderlo, a pesar de que aquella noche lluviosa todos sus sentidos le gritaban que se alejara, que ese enfrentamiento no era problema suyo; a pesar de que al principio había pensado en no hacer nada.

Pero su padre no crió a alguien que no ayudaba al necesitado. Y cuando cayó en sí mismo ya estaba corriendo hacia él; lo defendió a cal y canto con todo lo que sus músculos de segundo año de secundaria le permitieron. Ambos acabaron en el hospital esa noche, pero vivos. Y entre ellos se tejió una nueva amistad.

El resto surgió por lógica de la vida misma, esa que ni siquiera se puede percibir. Shinichiro conoció a Takeomi, que a su vez conoció a Wakasa tiempo después; y a los pocos meses de volverse tan cercanos como una hermandad, el propio Shin les presentó la descabellada idea de formar una pandilla. «Una que cambiaría el mundo» prometió, que abriría las puertas a una nueva era para los delincuentes, y que las vidas de los pandilleros cambiarían para siempre. Para bien, porque todo lo que prometía Shinichiro era para bien.

Por desgracia, Sano tenía la mala costumbre de no cumplir sus mejores promesas.

Su muerte fue un azote abismal para Black Dragons. Los cimientos de lo que alguna vez fue una icónica pandilla, y considerada como «la mejor pandilla del país» se destrozaron cuando un chico al que ni siquiera quería dar nombre ahora, asumió el control. Quería pensar que el propio Shinichiro lo habría querido así, que por algo le había confiado BL a aquel jovencito idiota que más tarde acabó por arruinarlo todo; quería llevarse la mejor versión de la historia.

Ah, Shin tampoco había tomado las mejores decisiones en su vida. Quizás algunas veces, pero la mayoría del tiempo sus pequeños planes tendían a fracasar.

Pensar en el viejo Black Dragons perdiéndose entre las cenizas de un sepultado pasado le provocó náuseas. Sintió plomo sobre la cabeza y el sabor metálico en su amargado paladar, se había mordido la lengua sin darse cuenta.

Se percató de que se encontraba descansando sobre una superficie blanda y suave, supo que era una cama. Miró su propio cuerpo; se sintió como un balde de agua fría sobre su cabeza cuando cayó en la cuenta de su total desnudez, y de la única sábana blanca cubriéndole parte de las piernas y la cintura. La sangre se acumuló en sus mejillas al imaginarse las posibilidades por las que podía estar de esa forma.

Era un idiota, pero no tan idiota.

Distinguió también que había ropa enredada en sus tobillos, prendas negras y de otros tantos colores. Estaba lo que parecía una camiseta roja, había un par de pantalones negros a juego —o así lo parecían—, incluso estaban... ¿aquellos eran acaso dos uniformes de Brahman, tal vez?

Sintió la vergüenza envolverse sobre él; se formó en su cerebro una idea de qué había pasado la noche anterior, y con quién.

Suspiró. Tenía que estar soñando, no podía ser real.

Volteó a su izquierda, el dolor le perforó los huesos cuando depositó parte de su peso en el brazo izquierdo. Se encontró con unas cuantas hebras rubias y moradas, ramificándose sobre la almohada pálida bajo la cabeza ajena, extendió los dedos hacia ellas y las rozó con sus yemas. Era suave, su cabello era muy suave.

El olor a manzana se coló por su nariz, Arashi no supo si aquello era el aroma impregnado en las sábanas, o si acaso el chico a su lado era el dueño de tal perfume. Sólo sintió los remanentes de la resaca desaparecer poco a poco de sus fauces.

El cuerpo laxo a su lado se removió ligeramente, Keizo no desvió su atención de él; hasta que vio cómo las sábanas se deslizaban con lentitud al suelo, fuera de la cama. Un par de níveas piernas desnudas se descubrió frente a él, una extremidad entrelazada a la suya propia, la otra estirada completamente sobre el colchón, con más prendas de ropa enredadas en ella. Un par de manos pendían sobre la orilla de la cama, blancas e inertes; él le daba la espalda, se percató de inmediato.

Tuvo una vista privilegiada de las minúsculas huellas moradas sobre el cuello contrario, la palidez en su piel hacía un magistral contraste con las pequeñas galaxias, que llevaba tatuadas desde la nuca hasta el final de la espalda. Benkei supo que aquel trabajo era suyo, sabía que no se habría dejado besar y chupar por nadie más.

Maldición. No recordaba casi nada de anoche, a pesar de que comenzaba a luchar por hacerlo; no quería perderse la memoria de lo que debió haber sido tocarlo y besarlo a él; pese a que aquella sensación, ya la conocía con todas sus letras.

Pero no había recuerdo alguno de anoche, más que las cervezas bebidas y las malas decoraciones de Halloween, cortesía de Senju y Takeomi.

El de cabellos morados y rubios se removió por segunda vez entre la palidez de las sábanas y se dió la vuelta, hasta que su rostro quedó a centímetros del de Benkei. Él se perdió por un segundo en sus ojos lila, en el brillo apenas perceptible que emitían con total naturalidad, como si de una lumínica extremidad más se tratase; extendió nuevamente la mano y le acarició la mejilla esta vez, no pudo evitarlo. La suavidad de su piel lechosa se sintió reconfortante entre tanta marea de alcohol y recuerdos brumosos que no llegaban.

Miró sus labios finos, enrojecidos ligeramente, que formaban una línea recta. Parecían imanes sobre un refrigerador, que lo llamaban a él; clamaban su nombre listos para ser besados por él.

El chico a su izquierda llevaba el cabello suelto y desordenado, un lío de hilillos violáceos y dorados, extendiéndose sobre la almohada como pequeños ríos brillantes. Benkei se relamió los labios al digerir aquella visión; no podía negar el hecho de que aquel chico le atraía. Y mucho.

Wakasa Imaushi parpadeó unas pocas veces, como si intentaba acostumbrarse al blanco que lo rodeaba.

—¿Qué hora es? —fue lo primero que preguntó, con la mano bronceada de Arashi sobre su blanca mejilla. No profirió molestia, si acaso la sintió.

—Ni idea —respondió Benkei, y era cierto. La habitación no tenía ventanas a la vista, y el único reloj despertador estaba sobre la mesita de noche en el lado izquierdo de la cama, donde Wakasa estaba.

El despertador. Aún no había sonado. Y considerando que Waka solía levantarse temprano —y que, Keizo cayó en la cuenta de inmediato, estaba en su habitación— no debían de ser ni las seis de la mañana.

—Anoche fue una locura —suspiró el de cabello rubio y morado, Benkei pensó en una piruleta con patrones espirales al ver con más atención los mechones teñidos de violeta. No le quedaban mal, debía admitir, pero nunca comprendió por qué se había pintado el cabello de ese color.

—Yo no recuerdo casi nada —respondió, las náuseas le taladraron la garganta y tuvo que luchar para no levantarse a toda prisa, todavía sentía el cuerpo como plomo.

Pasaron unos cuantos segundos de silencio, el ambiente era liviano y los brazos de Benkei, se sentían pesados. El cerebro le daba vueltas y todo parecía un brumoso carrusel, hasta que Imaushi habló de nuevo.

—Tuvimos sexo —confesó con naturalidad— y te caiste de la cama durante la noche. Fue difícil volver a acostarte de nuevo, deberías dejar de comer tantos dulces.

Benkei hizo un puchero y fingió haberse sentido herido por aquel comentario al final.

—Creí que así te gustaba.

—Y así me gustas. Pero pesas mucho. La próxima vez te quedarás en el suelo.

No pudo evitar esbozar una pequeña sonrisa, a pesar de que sentía las comisuras ser haladas hacia la almohada nuevamente. El pulgar se deslizó sobre el contorno del labio inferior del contrario, delineando la fina curva, ese labio era ligeramente más grueso que el superior, y solía verse un poco más rojizo. Iba a juego con el rosa arenoso que teñía sus mejillas; se veía como un pequeño animal enternecedor, y bonito.

Wakasa cerró los ojos por un momento, dejándose tocar sin pudor por Arashi.

Así era el efecto que ambos tenían en el otro.

Para Keizo nunca fue difícil dejarse cautivar por las caras bonitas y las personalidades frías, era un gusto en común que compartía con Takeomi. Siempre le habían atraído en demasía los rostros lindos y la belleza sobria de la simpleza —nunca fue fanático de las extravagancias o las caras maquilladas—, ojos brillantes quizás eran parte de su estándar personal, una altura promedio. Complexión normal, rasgos simples y genéricos, y tal vez labios finos que él mismo podía encargarse de enrojecer a besos.

También le cautivaban las personalidades distantes, la poca palabrería y la monotonía en las charlas. Ni siquiera sabía por qué, se suponía que hablar con uno mismo era aburrido cuando había alguien más cerca, con quién charlar; pero por algún azar de la vida, las personas de poco vocabulario solían llamar más su atención. Ser el «charlatán» del grupo no le quedaba mal, y sentía que quien no hablaba, le escucharía.

Wakasa Imaushi cumplía con esa característica. Y de hecho, con la mayoría de sus estándares establecidos.

Nunca habían tenido mucho trato en Black Dragons, después de todo Imaushi siempre fue algo solitario a su manera, distante y con cierta gelidez en la voz, que a Benkei le agradaba. Pero tras la muerte de Shinichiro y la desmantelación de la primera generación de BL, ambos se volvieron inevitablemente más cercanos al otro; las noches en que solía beber en el sofá viendo alguna película yankee con buena acción, se convirtieron en noches de llamadas telefónicas con su amigo, que hablaba muy poco del otro lado del aparato.

Las tardes solitarias de tarea escolar se convirtieron en tardes amigables de beber jugo de arándanos con Imaushi, la escuela de pronto pareció más divertida; y a pesar de estar rodeado de personas con quien hablar, Keizo sintió que por fin estaba haciendo un amigo de verdad en aquellas épocas —además del propio Takeomi—. Wakasa sabía escucharlo, sabía lidiar con él y sus repentinos cambios de humor, como pasar de sentirse eufórico a simplemente estar feliz, pero en tranquilidad; sabía hacerle sentir en paz cuando por algún motivo se enfadaba, sabía exactamente qué decir y cómo decirlo.

Wakasa supo lidiar con él, con cada palmo de él. Y tal vez, aquella fue la razón principal por la que tanto le agradó.

El tiempo hizo de las suyas y la amistad se convirtió en atracción física. Las hormonas jugaron un papel importante cuando dejaron de limitarse a simples llamadas nocturnas y comenzaron a dormir juntos, los suaves roces intencionales bajo el cobertor eran señales sutiles, pero notorias para el otro. Dedos que se acariciaban con el mayor disimulo, piernas entrelazadas con las del otro, suspiros casi en los labios del contrario; jugarretas que también continuaron durante el día, en la escuela, cuando sin quererlo Benkei acariciaba con el dorso algunas hebras rubias y moradas de su amigo, o cuando Imaushi por error  tropezaba y caía sentado sobre su regazo.

Luego, el sonrojo en las mejillas de ambos y la naturalidad de las situaciones posteriores, donde fingían que nada pasaba y todo estaba bien, que sólo eran amigos jugando al coqueteo. Pareció una simple competencia durante algunos años, hasta la noche que el propio Arashi decidió tomar las riendas del asunto y confesar sus sentimientos; la banal atracción de la que se había vuelto víctima, y que le oprimía el pecho con violencia cada vez que observaba a otro chico hablar con Imaushi. Nadie en Black Dragons —y Brahman— desconocía sus preferencias sexuales, así que sabía que tal vez, tenía una mínima rendija de oportunidad.

Sí debía admitir, que realmente le sorprendió cuando Waka le dijo que le correspondía. Y a la mañana siguiente despertó en la habitación del otro, desnudo y con un cuerpo blanco enrollado en el suyo; tal y como esta mañana, salvo por la ácida resaca que debía deshacer con un trago de agua y un baño.

Nunca supo en qué momento fue que aquella atracción física se transformó en algo mucho más profundo y duradero, la metamorfosis de sus sentimientos era algo a lo que no solía prestarle atención. Se quedó con los recuerdos más bonitos de ellos dos, y en el cómo los días pasaron a sentirse efímeros a su lado y las noches de sexo se transformaron también en pijamadas de pareja; donde sólo eran ellos dos, abrazados y unidos, quizás viendo una película, quizás simplemente durmiendo, tal vez haciendo algún desastre en la cocina intentando probar una nueva receta.

Con Waka, todo era bonito.

Supo que había caído enamorado completamente esa mañana, después de dos años de relación, cuando Imaushi besó el pulgar que recorría sus labios. Cada gesto suyo parecía como seda.

—Takeomi se fue a casa ¿verdad? —preguntó Keizo, pensando en cómo Akashi nunca ayudaba a quitar las decoraciones de Halloween. Aunque claro, la fiesta jamás se había hecho en su casa, y Takeomi era de los que se iban a dormir temprano.

—Se fue anoche, Senju y los demás fueron con él —respondió el rubio con mechones morados, que se deshacía bajo su toque.

—¿Estamos solos?

—¿Ves a alguien más aquí?

Veía blanco, cada pared pintada de blanco. Y veía estrellas con cada movimiento que hacía; le dolía todo, cada hueso le ardía como el demonio y cada pequeño movimiento se sentía como ácido en sus venas.

—¿Sabes, Benkei? Anoche no me dejaste satisfecho —habló el rubio de pronto, tras unos cuantos segundos de silencio y caricias sobre su pálida mejilla.

Keizo parpadeó un momento, confundido, intentando nuevamente recordar cómo había terminado la noche, sin mucho éxito. No había nada más que una espesa nube de alcohol y luces multicolores en su memoria.

—Tú me acabaste dentro pero yo ni siquiera llegué al orgasmo —agregó—, y creo que merezco una compensación, ¿o no?.

Diablos, le ardía hasta el alma y las náuseas en su garganta sólo eran amortiguadas por el dolor de tener que levantarse al baño. Ni siquiera se había lavado los dientes, y sentía la boca seca.

Pero no podía decirle que no a Wakasa. No quería.

El de cabello de dos colores acercó su cuerpo al suyo, pegando su pecho desnudo a los músculos trabajados de Arashi, la mano continuaba en su mejilla, el pulgar ahora le acariciaba el contorno del mentón. Imaushi enrolló su brazo pálido alrededor del cuello del más alto, Benkei sintió una pierna atravesarse entre las suyas y una rodilla presionó con suavidad la cara interna del muslo derecho; una ola de calor le abofeteó la razón.

Los dedos del rubio acariciaron su espalda suavemente, su aliento cálido le rozó los labios y por un breve instante, deseó que lo besara. Quizás sería asqueroso después de unos cuantos tragos de alcohol y unas horas de buen sueño, pero no le importó mucho ese detalle ahora.

—¿Me quieres compensar, Benkei? —murmuró sobre su boca, y Keizo respondió con un suspiro.

—¿No te dolerá si lo hacemos muy duro? —lo retó, a sabiendas de lo que él diría. Después de todo, le encantaba que Arashi lo pusiera a prueba.

—Puedes ser suave si quieres —respondió, deslizando la mano libre por el pecho y abdomen firme del de cabello blanco, relamiéndose la mente cuando los dígitos bajaron un poco más allá, a aquella zona que por ahora, sólo él conocía—, pero no nos detendremos hasta que tenga mi orgasmo. ¿Estás de acuerdo?

No podía negarse, no a Wakasa Imaushi.

Le mordió el labio inferior cuando sintió los dedos enrollarse en su propio falo. No le importó nada más, tenían toda la mañana; y si no era así, al menos no sería la primera vez que llegasen tarde a Brahman.

—Hecho.

Acto seguido lo besó, y se perdió en el azúcar de su lengua.