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Language:
Español
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Published:
2021-10-15
Words:
3,191
Chapters:
1/1
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10
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66
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503

El riesgo que tomó fue calculado, pero Gi-hun es malo en matemáticas

Summary:

Y aunque una parte de él lo ha estado reteniendo, encadenándolo para que no cometa una locura, al final su lado impulsivo, el salvaje, su lado libre, para sorpresa de nadie, gana. Después de todo está enamorado, maldita sea, ¿por qué debería de callarse?

Notes:

disclaimer: los personajes no me pertenecen y bla bla bla.
síp, el título lo saqué de ese meme del pájaro xD.
dedicado a mi amix Azul Turquesa y a todxs lxs que shippean Sangihun.
gracias Ale por leer esto y por tu ayuda.
lo siento si esto es medio cringy y/o cursi jaja.

Work Text:

Gi-hun está acostado en el suelo y ruge ansioso, la desesperación recorre cada uno de sus huesos mientras observa las manchas del techo y se pregunta en silencio quién irá a limpiarlas. Su mamá en la cocina hace como que no lo escucha.

Es una de esas mañanas. Una de esas mañanas de juventud tardía en las que Gi-hun se ha levantado con su característico cabello despeinado y con unas enormes ganas de arruinarlo todo: la amistad inquebrantable con alguien, la relación con su familia, el futuro que ya de por sí es incierto… vamos, su vida entera, porque su corazón no ha dejado de latir más rápido de lo usual, y desde hace semanas, meses incluso (él no lleva la cuenta, pero sabe que se sienten como tres eternidades y media), tiene esa sensación de que podría explotar si no abre la boca pronto.

Y aunque una parte de él lo ha estado reteniendo, encadenándolo para que no cometa una locura, al final su lado impulsivo, el salvaje, su lado libre, para sorpresa de nadie, gana. Después de todo está enamorado, maldita sea, ¿por qué debería de callarse?

Excepto que Gi-hun sabe el porqué.

Mira la espalda de su madre, siempre trabajando, siempre ocupada, ni siquiera tiene un solo recuerdo donde la haya visto relajarse, simplemente perdiendo el tiempo y riéndose sin preocupaciones como él suele hacer.

—Mamá, voy a salir. —Le da un rápido y fuerte abrazo y se dirige a la puerta. Ella le responde que llegue temprano, sin embargo Gi-hun no puede prometer nada.

«Ah, mamá, si supieras que tu único hijo está a punto de cometer una locura», piensa nervioso, aunque medio se consuela con la idea de que probablemente su madre viva en un constante estado de resignación, sabiendo que a él le encanta meterse en problemas y a estas alturas los dos ya deberían estar acostumbrados.

Sin embargo, esta vez es distinto. No está hablando de una metida de pata que pueda arreglar después con una estúpida disculpa y una aún más estúpida sonrisa. Esto es más como un «vamos a apostarlo todo y esperemos que gane». Es una situación de la cual tiene 50% de probabilidades de salir victorioso. Y 50% de terminar muerto.

El escenario, según se lo imagina en su hiperactiva cabeza, es el siguiente:

«Oye, Sang-woo, ¿puedo besarte?»

Y su amigo tendrá 2 opciones:

a) Sí

b) No

Y Gi-hun, en cada pregunta de opción múltiple, siempre se deja llevar por la primera. Tal vez Sang-woo es igual. Tal vez hoy es su día de suerte.

En una bicicleta que es demasiado pequeña para alguien de su edad, recorre su vecindario. Un perro negro con collar rojo le ladra, él lo saluda y el can lo persigue durante media cuadra. Observa a un par de comerciantes y fachadas viejas de edificios que han estado ahí desde mucho antes de que él naciera. Todo sabe a hogar, dulce hogar, y sin embargo es consciente de que pronto aquello se irá a la basura. Gi-hun se pregunta qué tanto va a extrañar Sang-woo la cotidianidad de Ssangmun-dong cuando se encuentre tan lejos de casa.

Llega al domicilio de Sang-woo, y su mamá lo recibe con una familiaridad que es el resultado de largos años de amistad, diciéndole que puede pasar, que su hijo está en su habitación.

Gi-hun se queda en el marco de la puerta, observando a Sang-woo estudiando en su escritorio, la mirada fija en un libro que Gi-hun jamás entenderá. El sol entra por la pequeña ventana e ilumina el espacio entero. Los lentes de Sang-woo se han resbalado levemente por el puente de su nariz perfecta y Gi-hun piensa en acomodárselos con urgencia, porque todo lo que gira alrededor de Sang-woo siempre tiene que estar en su lugar.

Luce tan concentrado, el rostro ligeramente fruncido, que ni siquiera ha notado la presencia de su amigo.

—¿Planeas quedarte ahí todo el día? —pregunta sin levantar la mirada, sorprendiendo a Gi-hun que ha sido atrapado en aquel acto llamado «contemplando la belleza de tu mejor amigo un sábado por la mañana».

—Oye, Sang-woo, ya te admitieron en la universidad, ¿por qué sigues estudiando? —Gi-hun se recupera rápido de su momentánea vergüenza y finalmente entra al cuarto, cambiando de tema como un experto. Suena más a una queja que a una pregunta.

—Justamente por eso. No puedo dejar de estudiar si quiero ser el mejor de mi curso. En la universidad todo es más difícil, ¿sabes? —explica pacientemente, hundido entre cuadernos y libros.

Gi-hun asiente y sonríe. Una sonrisa que es mitad orgullo y mitad melancolía. Ahí está su mejor amigo, que pronto irá a la universidad. Y no a cualquiera, sino a la mismísima Universidad Nacional de Seúl. Sí, esa es la clase de logros que uno tiene que presumir en cada reunión familiar. Y a veces, por las noches, si se sumerge demasiado en sus pensamientos, Gi-hun siente cómo sus ojos se humedecen por la emoción. Sabe que Sang-woo se lo ha ganado más que nadie, con todo el esfuerzo y el tiempo, las noches en vela haciendo tarea, sus ojeras, y la maldita inteligencia que aquello conlleva. Lo conoce desde pequeño y verlo cumplir sus metas es reconfortante.

Sin embargo, después la alegría se convierte en una egoísta angustia o en un angustiante egoísmo. Él se irá. Y Gi-hun se queda, porque Gi-hun siempre es al que abandonan.

Pero puede lidiar con eso, en verdad. Tiene otros amigos con los que saldrá a emborracharse y trabajará con su mamá algún tiempo y en un futuro quién sabe, podrá ahorrar el dinero suficiente para inaugurar un negocio de algo divertido, e incluso se conseguirá una novia bonita que vista de rosa y se ría de sus más ridículas bromas.

Y cuando se haya bebido la última gota de soju y llegue a casa después del trabajo, agotado, cuando se pierda en los labios de cereza de una chica que aún no conoce, tal vez ahí pueda dejar de pensar en él.

—¿Qué te sucede? Estás muy callado y viniendo de ti es preocupante —menciona Sang-woo, con un poquito de sorna al final, por primera vez dejando de lado su libro y mirándolo a los ojos.

Gi-hun suelta una carcajada, exagerada.

—¿Qué tiene de raro? Sólo estoy dejando que el orgullo de Ssangmun-dong estudie en paz. No quiero ser el culpable de distraerte y arruinar tu brillante futuro. Uno de los dos tiene que triunfar para que pueda mantener al otro. Y no pienso ser yo —contesta a la defensiva, sin malicia, y un apenas existente puchero.

Sang-woo asiente, pero sigue escudriñándolo, como si leer a su mejor amigo fuera mucho más complicado que una de esas lecturas académicas de él.

—Podemos hacer algo más si quieres, hyung.

Gi-hun niega de inmediato. Aunque en el fondo quiere decir que sí, que salgan, que vayan al parque donde solían jugar hasta el cansancio cuando eran niños, que tomen el tren y se bajen en una estación al azar y se pierdan al mismo tiempo que encuentran un lugar nuevo.

Quiere llevarlo por comida, en su bicicleta, que se aferre a él de la forma en que hacía cuando lo llevaba a la escuela, y quiere hacerlo reír con ganas (que es una tarea complicada, pero Gi-hun ha aprendido a dominarla con el tiempo) tantas veces que ambos pierdan la cuenta antes de que se marche a la maldita universidad. Entonces Sang-woo tendrá algo en lo que pensar, allá, cuando esté lejos de Ssangmun-dong, de sus colores y sabores, de su madre, lejos de Gi-hun.

Sin embargo hoy no es ese día en el que va a invitarlo a algo parecido a una cita. Y quizá ese día no llegue nunca, porque Gi-hun se ha despertado con una misión que necesita llevar a cabo (a pesar de que la confianza que ha sentido en la mañana se ha ido sofocando poco a poco).

Sabe que si no lo hace, que si no le dice eso que le ha estado repitiendo su corazón, entonces se arrepentirá después, y él no es un chico al que le guste quedarse con las ganas. Incluso si eso involucra poner en riesgo su vida. O, lo que es más valioso aún, su amistad.

—Tú sigue con esos libros aburridos tuyos —dice y Sang-woo obedece. Bien, así tiene más tiempo para planear su confesión.

No quiere nada cursi, por supuesto. Nada comprometedor. Quiere algo de lo que pueda salir fácilmente si el resultado no es el esperado.

¿Pero qué? Medita mientras sus ojos recorren la habitación de su amigo. Pulcra, simple y demasiado acogedora.

¿Qué sabe un chico como él de romance? No mucho, en realidad. Seguro que le han gustado chicas antes y ha salido con un par de ellas. Pero no es gran cosa, (ni siquiera le importaba si lo rechazaban o no). Esto, que le guste su mejor amigo, es gran cosa.

Gi-hun rememora las películas que ha visto en el cine, tal vez de ahí pueda sacar un poco de inspiración. Aunque claro, nunca ha visto en la pantalla grande a dos hombres juntos, amándose de la forma en la que él ama a Sang-woo (no es como que vea muchas películas de cualquier manera).

Empieza a hablar en voz alta, sin bastante sentido, sobre las dos o tres cosas que sabe de la industria del cine y esos filmes de acción que le gustan. Es sólo un intento por llenar el silencio que, francamente, le está comenzando a asustar. Sang-woo asiente de vez en cuando y suelta un comentario acertado. Incluso realizando dos tareas a la vez, él tiene la cosa correcta para decir.

Es hasta la hora de la comida que Sang-woo se permite descansar, finalmente. Y Gi-hun piensa que podría confesarle sus sentimientos en este instante. Ambos están solos en su casa, y Sang-woo no tiene el estómago vacío, lo cual es una buena señal. Suele ponerse un poco gruñón cuando está hambriento.

Ah, pero se ve tan tranquilo comiendo, tan ajeno al desastre que está ocurriendo en el cerebro de su mejor amigo. Gi-hun no quiere arruinarlo. No quiere que se atragante con su arroz y se muera en sus brazos. Él nunca ha sido un fanático de las tragedias y el peso de un muerto no es algo que desee en su vida, muchas gracias.

Así que mejor le pregunta otra cosa:

—¿Vendrás a visitarnos, verdad? Cuando estés allá…  

—Haré todo lo posible —responde y Gi-hun sonríe mientras se lleva una verdura cocida a la boca. Él entiende lo que eso significa. No es una promesa. Sang-woo no es del tipo que hace juramentos vacíos. No puede asegurar que tendrá el tiempo (o las ganas) de pasar por el viejo Ssangmun-dong. La universidad es un lugar inexplorado para ambos. Sin embargo, «hará todo lo posible». Eso es suficiente.

Luego de la comida se sientan en el suelo de la habitación y conversan por un largo rato. Bueno, es más como un 73% Gi-hun habla y un 27% Sang-woo responde. Usualmente es de esa manera y Gi-hun recuerda cómo en algún momento alguien le preguntó si no se aburría de pasar tanto tiempo con Sang-woo. La pregunta le había sonado ofensiva, e incluso ahora, no logra encontrarle sentido.

Ellos, el resto de la gente, no lo conocen. No saben que Sang-woo es mucho más que el chico inteligente de la clase. No lo han visto hablar de ese nuevo tema que aprendió en la escuela y lo fascinante que le resultan los números y el espacio. No son testigos de lo competitivo que es y cómo se vuelve aún más serio cuando pierde un juego. No han escuchado las bromas y comentarios sarcásticos que se le ocurren y cómo logra decirlos con una expresión tan impasible que sólo le suma más gracia al asunto.

Y definitivamente no lo han visto haciéndolo todo por las personas y cosas que le importan, la manera en la que ayuda en el negocio de su madre incluso cuando está demasiado exhausto por la escuela, la delicadeza que aplica cuando riega aquella planta que le regalaron, o la preocupación desinteresada con la que pone su suéter caoba sobre los hombros de un tembloroso Gi-hun durante un invierno particularmente frío.  

Pero Gi-hun ha experimentado todo eso. Y Gi-hun supone que es en alguno de esos momentos cotidianos, o en algunas de esas innumerables noches que comparten juntos y hablan de sus sueños y expectativas y se preguntan superficialmente dónde estarán sus respectivos padres, cuando empieza a sentir todo este torbellino de emociones. Algo gradual, que ha tratado de evitar al comienzo y enterrarlo después. Pero se ha vuelto tan pesado y sofocante como para ocultarlo.

Está atardeciendo, el cielo se vuelve de esos colores que tanto le gustan porque lo hacen sentir como si viviera en una pintura al óleo. Es el momento de hablar ahora y no callar para siempre, él lo sabe. Porque algún día «hoy» se convertirá en el pasado al cual querrá mirar con orgullo o bien olvidar con todas sus fuerzas.

Todo depende de Sang-woo.

—¿Te puedo hacer una pregunta?

—Claro, hyung —responde y su voz es tan suave que casi duele.

Gi-hun inhala, profundo. Y si está sudando demasiado bien podría echarle la culpa al verano. Su mente le grita que no lo piense más y sólo lo diga:

—Creo que me gustas.

Las cejas de Sang-woo se mueven y su boca se abre, a punto de decir algo, y luego se cierra de nuevo.

No hay vuelta atrás. Y si Sang-woo quiere dejar de hablarle, y si Sang-woo quiere correr para contarle todo a su familia, si va a encontrarse con la decepción en los ojos de su madre, perfecto, entonces Gi-hun podrá lanzarse por la ventana esperando que nada ni nadie lo atrape.

Ninguno pronuncia palabra alguna. Es la famosa calma antes de la tormenta. Incluso los pájaros allá afuera parecen haber guardado silencio como para darle las condolencias a la dignidad de Gi-hun.

Sang-woo, responde, por fin, luego de un par de segundos que se han sentido más largos de lo que en verdad son:

—¿Qué? ¡Eso ni siquiera es una pregunta!

Ah, así que eso es en lo que se fija. Eso es lo que le importa, por supuesto, que se haya equivocado. Gi-hun se levanta ansioso y comienza a caminar por toda la habitación sin rumbo fijo. Jamás ha experimentado tanta vergüenza, y eso ya es decir mucho, considerando que le encanta hacer el ridículo.

—Está bien, está bien. ¿¡Quieres una pregunta!? ¿Qué tal esto? —Hace una pausa, a propósito, como si estuviera esforzándose por pensar. Trata de parecer firme, pero su voz tiembla—: ¿Nos podemos besar?

Sang-woo cambia su expresión de confusión por una de aterradora compostura. Gi-hun se pregunta si es demasiado tarde para jugar la carta de la estupidez y gritar «¡Es una broma, caíste!»

—¿Por qué?

¿Por qué? ¡Eso no era parte del guion!

Gi-hun trata de justificar su respuesta, pero igual que en la mayoría de sus exámenes, no puede.

—Yo, no lo sé. Sólo por… curiosidad —dice finalmente, y es un idiota, así que sólo se aleja hacia la ventana.

Por supuesto que no iba a corresponderle, ¿qué mierda le hizo creer que sí? Sang-woo es demasiado para él. Demasiado inteligente, bonito e interesante y ahora que lo piensa, ni siquiera son tan compatibles. A él siempre le ha gustado encontrarle forma a las nubes y Sang-woo es más de contemplar las estrellas en una noche silenciosa. Sang-woo es el uno en un millón y Gi-hun el eterno desastre conformista.

Gi-hun se siente incómodo, y sabe que su mejor amigo también, así que sus órganos y la habitación entera se llenan de culpa.

—Lamento esto, Sang-woo. Por favor olvida lo que dije.

Gi-hun se pasa una mano por su cabello, reprime darse una bofetada y contempla la vista de la pequeña ventana. Observa cómo los árboles en la lejanía se alzan, haciendo su mayor esfuerzo por besar el cielo.

Una mano tira de su camisa, lo que provoca que se dé la vuelta.

—No quiero besarte por curiosidad —dice, como si no hubiera quedado ya bastante claro. Y Gi-hun está a punto de responder que lo entiende, y que se marchará y no volverá a molestarlo nunca más, que espera que le vaya bien en la universidad y tenga una linda vida con una bella esposa, hijos, y un maravilloso departamento en la zona más costosa de Seúl.

Pero entonces Sang-woo se acerca. Su mano aún está sosteniendo la tela de su camisa azul. Gi-hun observa cada movimiento sin parpadear.

Y Sang-woo roza sus labios, presiona sólo ligeramente. El cerebro de Gi-hun deja de funcionar, incluso sus ojos permanecen muy, muy abiertos. ¿Acaso está soñando despierto de nuevo?

Sang-woo se separa de él para ver su reacción y antes de que crea que ha hecho algo malo, Gi-hun lo toma del mentón, con delicadeza, y vuelven a besarse, esta vez con menos inseguridad y más vehemencia. Sentir sus labios es lo más parecido a la magia que ha encontrado aquí en la Tierra. Es todo lo que siempre ha anhelado.

Gi-hun podría volverse adicto a esto fácilmente, él lo sabe. El calor de su boca, su humedad, la suavidad de su piel bajo su mano izquierda, y la falta de experiencia de ambos en un beso apasionado.

Una brisa entra, ambos unen todavía más sus cuerpos, como fundiéndose, y desde el radio que reposa en la cocina se alcanza a escuchar la tercera canción más popular de aquel verano.

Sang-woo rodea su cuello y continúa besándolo como si él también hubiera deseado esto por mucho tiempo. Es perfecto. Y es un poco triste saber que pronto se irá, que se perderá entre libros raros y clases universitarias a kilómetros de distancia y cada uno tomará caminos distintos. Ssangmun-dong no será lo mismo sin él. Pero Gi-hun no quiere pensar en eso. No ahora que por fin tiene los labios de Cho Sang-woo sobre los suyos.

Cuando se separan, Gi-hun suelta una carcajada y la enorme sonrisa consecuente queda en su rostro.

—¿Qué? —pregunta Sang-woo, bajando la mirada y frunciendo el ceño. La luz del atardecer se refleja en su cara, acentuando su sonrojo, y es la cosa más encantadora.

—Oh, nada. Es sólo que… —Se gira para observar el paisaje—. El chico más lindo e inteligente de todo Ssangmun-dong me acaba de besar y ni siquiera puedo presumirlo gritándolo por la ventana. ¡Es muy injusto! —Y lo expresa con completa sinceridad, haciendo un puchero porque nadie nunca sabrá que Sang-woo lo ha besado y lo hermoso que se sintió. No hace falta agregar que esta tarde se ha convertido en el mejor de sus secretos, por más que quiera proclamar su amor a los cuatro vientos.

—Eres un idiota —dice, con afecto. Sus manos están en los bolsillos de su pantalón.

—¡Pero soy tu idiota!

Gi-hun se lanza a sus brazos y mientras se besan de nuevo, él hace una apuesta consigo mismo, sobre cuántas veces puede besar a Cho Sang-woo antes de que se marche a la universidad.