Chapter Text
Durante años, le tuve un extraño amor a las tormentas.
Estaba seguro que de ellas provenían las cosas que a mí me causaban una inminente tranquilidad; el olor a césped húmedo, el sonido de las gotas cayendo al suelo o en mi techo, la tenue luz que entraba desde la ventana, y por supuesto, el poder usar las cobijas de lana que mi madre solía tejerme en aquellas dichosas tardes.
Casi era un hecho que los días de tormenta no prestaba atención a nada que no fuera al exterior, al clima, al ambiente. Mi madre me reprochaba esa actitud, diciendo que no era normal en jovencitos de mi edad tener tanta serenidad cuando se suponía que yo debía saltar por las paredes y ser revoltoso como los demás niños. Tenía razón, no era normal. Tal vez por eso comencé a tomar las tormentas como una parte más de mí, una extensión de mi alma y cuerpo.
Una rebeldía secreta.
Aunque en realidad, lo hacía sin querer, porque no estaba en mis planes ser tan taciturno frente a los ojos de mis padres o del resto, simplemente las tormentas desembocaban esas actitudes en mí, y, en algún punto, llegué a molestarme por eso. Yo no quería estar tranquilo, no quería estar resguardado detrás de un cristal, caliente y protegido del caos ambiental que ocasionaban las tormentas. Mi alma rugía por querer estar en medio de la cúspide de ellas, quería saltar en los charcos de agua y mojarme hasta la cintura de barro, deseaba elevar mis pequeños brazos hasta el cielo y fantasear con que yo era uno con el infinito cielo.
Con el tiempo aprendí que ese sentimiento salvaje de querer ser parte de la naturaleza tenía que guardarlo solo para mi. No dejaba que nadie supiera de mi anhelo hacia lo desconocido, hacia las tormentas y hacia los truenos en los cielos. Sentía que nadie me lo iba a comprender si se lo confesaba; probablemente me mirarían sorprendidos y conmovidos por las tontas y burlas palabras de un pequeño crío, y como yo no quería tal cosa, me convencí en mantener mi amor por ese caos torrencial en secreto. Lo hice mío y lo enraicé como si fuera parte de mi organismo, otro componente de mi ser.
No recuerdo con exactitud cuándo fue que aquel deseo, aquel sueño infantil, se terminó esfumando de mis manos. Tal vez fue cuando mi madre en una tormentosa tarde de Junio se fue de este mundo, o cuando en un abrir y cerrar de ojos la vida me sacudió de maneras radicales y sin escrúpulos, arrebatándome las ganas de seguir aferrado a sensaciones del pasado que ya no significaban lo mismo.
Las tormentas dejaron de tener importancia en mi vida, había desechado todo pensamiento sobre ellas cuando me di cuenta que era absurdo e inalcanzable ese sentimiento de libertad. ¿De qué me servía fantasear con algo que no existía? Había perdido a mi madre y la vida no estaba siendo exactamente justa para mí en esos momentos. Por aquellos días tormentosos y confusos, murieron mis emociones esperanzadoras y mis recuerdos más vivaces. Ya nada tenía sentido si la vida se empecinaba en jugarme todo el tiempo la contraria.
Cuando me mudé a la capital, fue un cambio de aires bastante optimista. Había rentado con la pobre pensión de mi madre un pequeño apartamento a unas cuantas calles de donde se suponía que era mi nuevo trabajo. Estaba cerca de los lugares turísticos y de grandes calles muy transitadas bastante bellas. Sin embargo, la emoción de estar en un lugar nuevo, desconocido y llamativo, tampoco ayudó a devolverme la satisfacción con la vida.
Tuvieron que pasar, por lo menos, unos cinco años para que sintiera estabilidad luego de haber vivido en una montaña rusa por años.
Me había graduado, había conseguido un trabajo para ejercer mis estudios y me habían llegado buenas recomendaciones de otros empleos bien pagados en Italia, Grecia y hasta Alemania, pero decidí quedarme en Francia. Creo que en el fondo sentía que se lo debía a mi madre, ella adoraba este lugar. Los recuerdos, la nostalgia y la culpa pesaron más que cualquier cosa.
Y con el paso del tiempo, comencé a tener una rutina. Trabajaba y estudiaba, caminaba las mismas calles ida y vuelta, compraba un croissant para no tener el estómago vacío durante el día y en las noches, salía a algún bar cercano a tomar un trago y sentarme en el mismo lugar frente al ventanal, simulando que disfrutaba de la gran avenida como si la vida se tratara solamente de eso, de verla mientras pasa frente a tus ojos.
Así fue durante muchísimo tiempo.
No me di cuenta de que esa rutina me estaba perjudicando hasta que un dolor punzante comenzó a atormentarme la jodida espalda cada vez que me sentaba en mi escritorio, entonces ahí me percaté de lo monótona que se había vuelto mi vida. Me fastidió darme cuenta en lo que me había convertido, en que ya no estaba viviendo y que solo me dedicaba a un ritmo insípido y rutinario que no me hacía feliz en lo absoluto. Había olvidado mis pasiones, mis hobbies... lo había olvidado todo.
Entonces comencé a preguntarme: ¿ Qué estaba mal con mi vida, por qué nunca podía sentirme satisfecho con nada? ¿Qué me faltaba?
Hasta que una tarde, decidí cambiar mis planes.
Cada vez que volvía del trabajo por la tarde me encontraba con la misma cafetería en una de las esquinas, cerca de mi departamento. Por lo general estaba bastante llena; las mesas en la vereda cubiertas con sombrillas y despampanantes floreros a sus costados y de paredes crema con el letrero de color verde con el nombre del café. Era muy pintoresco a primera vista, una fachada muy linda.
Solía haber una cola bastante larga para pedir una orden, lo sabía porque cada vez que cruzaba la mirada con la puerta de entrada, las personas se amontonaban hasta llegar a la calle con tal de tener un lugar para comprar allí. Los sábados a la mañana eran los peores, porque los turistas prácticamente colapsaban el lugar. Era imposible caminar por esa vereda.
Por lo general, yo tenía algunos sábados libres; los usaba para ordenar mi casa o para pasarme todo el día adelantando planos para los siguientes proyectos que me encargaba mi jefe. Sin embargo, cuando empezó el verano en París, mi trabajo me dejó totalmente libre de proyectos pesados. Ahora tenía tiempo de sobra. Entonces pensé que sería una buena oportunidad para ir a ese café, ¿por qué no? Si tenía tanta demanda, seguramente se debía a algo muy bueno, ¿no es así?
Hacía mucho tiempo que no me dedicaba una mañana para mi. No era fan de salir de mi departamento más que para lo necesario y por lo general, eso siempre ocurría de noche cuando iba a bares. Y tal vez por eso, me sorprendió verme despertando temprano uno de esos sábados libres que tenía, únicamente para ir a sentarme en la gran rotonda a tomar un café en aquella pintoresca cafetería.
Recuerdo haberme levantado ese día con un humor diferente, quería, después de mucho tiempo, tener un momento tranquilo. Mi trabajo era fascinante, amaba la arquitectura, pero había veces en que olvidaba tanto mi vida personal que mi oficio eclipsaba todos mis otros pasatiempos. Aunque siendo sincero, mi vida personal había dejado de ser prioridad en el momento en que mis días se volvieron grises y monótonos.
No miré al cielo esa mañana, tenía una silenciosa esperanza en que el día estuviese lindo para no tener que salir corriendo en busca de refugio por alguna lluvia inesperada, pero por la radio había oído que las nubes estarían rondando por París hasta la semana que viene y había alerta de lluvias aisladas.
A pesar del humor que me traían las tormentas desde hacía varios años, desistí de ponerme mal. No quería estar mal. Ya no más.
Caminé pensativo el recorrido desde mi casa hasta el lugar, fumando un cigarro y haciendo una catarsis hipócrita sobre lo malo que era pretender tener una vida sana y al mismo tiempo fumar por semana al menos diez cigarros. Con una mano dentro del bolsillo de mi pantalón y una mueca muy cercana a una sonrisa en mi rostro, entré al lugar.
Olía a canela, a madera, a verano.
― Puis-je prendre votre commande? (¿Puedo tomar su orden?)
Una de las jovencitas que atendían la caja preguntó a la persona que estaba a unas dos más de mí. Ella parecía tener un entusiasmo de no creer para ser sábado por la mañana. Recuerdo haber seguido esperando mi turno pacientemente, pero algo estaba mal, algo estaba demorando más de lo normal (me refiero, a comparación a los demás clientes que pasaron antes de mí). Y la verdad, hasta el día de hoy, no sé si fue mi curiosidad ante ese detalle o porque la vida, el destino, o quién sea que manejara los hilos de la vida, yo levanté la cabeza en dirección hacia la caja.
Y lo vi.
Un joven a espaldas, buscando en un pequeño libro de bolsillo que tenía en su mano izquierda algo muy apresurado y bastante avergonzado por demorar tanto. La empleada lo miraba, expectante y algo confundida del por qué el chico de pronto tenía encima un libro y por qué aún no le respondía su simple pregunta.
Seguro, la chica estaba pensando algo como: ¿Por qué demonios acaba de sacar un diccionario Ingles-Frances en medio de la fila, encima de turista, es idiota?
Con total franqueza, yo hubiera pensado lo mismo.
¡Pero qué culpa tenía el pobre muchacho de no saber francés a la perfección! Mi madre solía decirme que la gente era prejuiciosa, mala, decepcionante y que por eso no debía esperar nunca nada de ellos, pero cuando la chica llamó a un hombre que estaba a metros de la situación para quitar de la fila al joven que aún seguía buscando las palabras adecuadas para responder a la orden, supe que mis esperanzas de contrariar las palabras de mi madre habían muerto como el sol en la noche. La gente no tenía remedio, pensé.
Y creo que por eso tuve que intervenir. No me sentía cómodo presenciando un hecho tan reclamante como ese y quedarme en mi lugar sin hacer nada, como si eso fuera algo normal, de todos los días, ¡joder, somos seres humanos! ¿Nadie conocía la compasión acaso? Al parecer, no.
El hombre que había llamado la empleada, sostuvo del brazo al joven y le pidió con señas muy abruptas y para nada amistosas que se alejara de la fila y dejase pasar al siguiente. Y eso bastó para empujarme a actuar. Eso no estaba nada bien.
Mis pies parecían moverse solos, como si tuvieran de pronto vida propia. Mi entrecejo se erguía y la boca me picaba por insultar al hombre que estaba sobrepasando su fuerza con el joven, ¿qué culpa tenía él de todo eso? Dios santo, apenas debía ser un turista inexperto.
Entonces, interrumpí el momento diciendo:― Je peux aider? (¿Puedo ayudar?)
La empleada, que había vuelto a su labor y prosiguió atendiendo a los demás en la fila, me observó llegar e intervenir, pero no objetó nada. El hombre que lo había sacado tampoco. Pero él parecía reacio a escucharme, porque tuve que repetirlo una vez más para ser oído.
Y entonces razoné: lo sacaron por no saber francés, ¿por qué le hablaba entonces en francés? ¡Idiota!
Así que lo volví a intentar, esta vez en inglés, relamiendo mis labios y con la vergüenza calando hondo sobre mi espalda. Había gente viéndonos y mi pronunciación en ese idioma a veces era terriblemente mala.
―Hey, ¿puedo ayudarte?
Sin embargo, el chico tampoco me prestó atención.
¿No hablará inglés tampoco?, surgió mi duda.
La incertidumbre me estaba poniendo un poco nervioso y las ganas de tomarme un café mañanero en la silla que daba justo frente a la calle, se deshicieron por completo. Ahora solo quería que este muchacho, de cabello brillante como el oro, de hombros angostos y de suéter color beige, me prestase atención y ambos saliéramos de esa incómoda situación.
Mi intención no era molestarle, mucho menos ocasionar más problemas, pero quería ayudarle de alguna manera.
―¿Hablas inglés? ―dije, tocando con mis dedos su antebrazo, rozando la manga de su suéter. Él dejó de mirar el libro y levantó la cabeza de forma inesperada, como si le hubieran dicho algo alarmante. Sus facciones se tensaron al instante al verme a su lado.
Y entonces, pude verlo por primera vez a la cara. Su rostro, su semblante juvenil y brillante; unos ojos vivaces con un cariz cálido pero con un toque frenético a la vez, pestañas largas y tupidas como nunca antes había visto en un hombre y, los rasgos más delicados que jamás había tenido la dicha de conocer. Había quedado maravillado. No lo conocía, era un simple extraño al cual intentaba ayudar, pero me había dejado anonadado, desconcertado con tanta exquisita belleza.
El chico, sorprendido por mi interrupción y por la caótica situación, deshizo todo rastro de tensión en su rostro al verme y parpadeó varias veces, ¿tal vez fui imprudente en meterme donde no me llamaron? ¿Me echará de aquí...?
―¿Disculpa? ―su voz, igual que su rostro, me dejó algo abrumado. Ambos eran suaves como una nube en un día de otoño.
―¿Necesitas ayuda? Puedo traducir tu orden en francés a la cajera si lo deseas.
Mis palabras salieron prácticamente solas, sin esfuerzo y sin ninguna intención de por medio. Pero él pareció desconfiar de mi buena voluntad, porque entrecerró los ojos, observándome detenidamente como si yo tuviera un payaso en mi rostro. Lo entendía, éramos extraños, no podía pretender que confiara en mí al instante. Seguro pensó que era un lunático o algo por ese estilo.
Pero entonces, todo lo anterior desapareció en un santiamén y abrió paso a una media sonrisa socarrona en sus labios, mi corazón de inmediato saltó por los nervios y de pronto no supe qué hacer, ni qué decir. Había olvidado hasta dónde estaba parado.
―De acuerdo, pero entonces, por favor déjame comprarte un café a cambio, ¿te parece bien?
Y sin una advertencia previa, me mostró sus perfectos dientes con una sonrisa. Su propuesta realmente yo no lo esperaba. Pensé: Bueno, seré amable con este chico en aprietos para tener una buena acción en mi día y luego volveré a mi vida de croissant por las mañanas y tardes repletas de trabajo hasta la madrugada.
No pensé que el chico tendría una respuesta tan positiva conmigo.
Obviamente acepté su proposición al instante.
Traduje su pedido a la empleada que ahora sonreía alegremente de nuevo y pasados unos cortos cinco minutos, la orden estaba entre mis manos. La vergüenza por alguna razón, había desaparecido. Ahora quedaba incertidumbre, un sentimiento de espontaneidad y algo en mi estómago que picaba a morir, una cosa nueva surgiendo en mi interior que no sabría cómo describir ni siquiera hoy, luego de tanto tiempo conviviendo con ese bicho al recordar ese momento exacto.
―Gracias por ayudarme, no pensé que el francés sería tan complicado. Parece que aún no manejo bien su acento ―Jaemin, ahora sabiendo su nombre (uno precioso, francamente), me comentó aquello mientras tomaba el azúcar de la mesa para echarle dos a su café.
Tenía una actitud ferviente apenas tuve la oportunidad de analizarlo mejor; sonreía al comentar algo cotidiano, te miraba a los ojos al hablarte y se sonrojaba en demasía si algo le daba pena. Era de pocas palabras, pero decía lo justo y necesario. Tenía una respuesta vivaz para todo y me sorprendió escucharle hablar francés un poco más confiado.
Me daba ternura. Pura y deslumbrante ternura.
―No hay de qué. No fue nada.
―¡Sí lo hay! Por un momento temí ser echado de allí sin siquiera pedir disculpas por mi metida de pata ―respondió.
Tenía unos ojos tan bellos bajo la luz de esa sombrilla que nos cubría del sol, que fácilmente me distraía con ellos con sólo mirarlos un par de segundos.
―No fue una metida de pata ―aclaré, moviendo la cuchara en mi café con leche―. No tienes la culpa de no saber a la perfección el idioma, es normal. Ellos tienen la culpa de no saber tener paciencia con los extranjeros en todo caso.
―Sí, tal vez. Aún no conozco a franceses con paciencia ―comentó con cierta gracia.
―Pues ahora me conoces a mí.
No contestó, pero me miró por debajo de sus pestañas y echó al aire una corta risa. Coqueto, eso era. Tomó entonces la taza de café lentamente y dio un pequeño sorbo que bastó para arrugar su entrecejo y alejarlo de su cara, disgustado, tomó un cubo extra de azúcar de la mesa y se lo echó.
Yo... en serio no podía dejar de mirarle.
Recuerdo su atuendo de ese día, llevaba el cabello rubio y dorado como el sol peinado hacia adelante, un suéter color ocre viejo y unos pantalones claros parecidos a los míos que sentaban sus piernas de una forma muy agradable a la vista. Pero lo que más me llamó la atención de todo eso, seguramente fue que en su cuello se hallaba un pequeño collar con el dije de una media luna en tonos plateados.
Mis ojos viajaban al collar cada vez que Jaemin se movía hacia delante y su suéter se ahogaba entre su cuello y clavículas, y dejaba al descubierto la piel donde la cadena se lograba ver un poco mejor. Se me hizo interesante, nunca había visto a un hombre usar cadenas de ese tipo.
En realidad todo él me parecía interesante. Sus sonrisas esporádicas me ponían algo nervioso, la dulce tranquilidad con la que me hablaba mermaba todo el sonido de nuestro alrededor y llegó un punto en donde me llegué a preguntar si realmente estaba conversando con alguien así de encantador. Jaemin me había aturdido mucho ese verano. Hechizado y encantado.
―Y... cuéntame algo sobre ti, después de todo, solo he hablado de mí y de mi poca capacidad de manejar el francés.
Sonreí a medias, no me gustaba mucho hablar sobre mi persona cuando ese tipo de preguntas llegaban. Nunca sabía qué decir, no había tenido una vida interesante y mis gustos eran iguales a los de todo el mundo.
―Yo puedo ayudarte a mejorar tu francés si lo deseas, después de todo el inglés a mí me es muy fácil ―dije con total sinceridad―, pero ojo, ¡hablándolo no sé si sea muy confiable! Mi pronunciación a veces puede ser terrible.
Ambos reímos.
―No quisiera molestarte, recién nos conocemos y sería atrevido de mi parte.
Negué con la cabeza, totalmente en desacuerdo.
―Para nada, me encantaría ayudarte.
Él sonrió y una agradable sensación se instaló en mi pecho. No le conocía, quizá siquiera lo podía volver a ver luego de esa tarde, pero algo dentro de mí me decía que por más que yo intentara negarlo, volvería a ver a Jaemin.
―Y ya no somos desconocidos, ya hemos tomado un café juntos y eso ya te hace mi amigo ―me atreví a decir. Él solo sonrió viéndome desde sus pestañas tupidas.
Terminamos el café luego de una media hora más, el sol aún brillaba resplandeciente sobre el cielo y prometía dar un día glorioso luego de una mañana un poco gris. Sonreí enteramente por dentro, agradecido de que el día acompañase mi estado de ánimo. Quería brillar ese día, estaba espléndido.
Paseamos por unas cuantas calles cerca del café hablando trivialidades y conociéndonos un poco mejor. Caminamos hasta llegar a una peatonal bastante transitada y decidimos dar un paseo hasta el centro de la ciudad, donde estaba la Torre Eiffel.
Al parecer, Jaemin no sabía francés pero amaba al país con mucha pasión. Él había nacido y crecido en las tierras inglesas de un pequeño pueblo, a las afueras de Londres. Nombró muchas ciudades a las cuales le gustaría ir antes de volver a su hogar y mencionó reiteradas veces que hasta ahora, París había sido de sus favoritas entre todas a las que había ido.
¿Podía tener sentido la corazonada que anteriormente tuve? Jaemin parecía ser un chico tranquilo a primera vista, no le conocía y aún así sentía que podía confiar en él. Me había cautivado, y eso nunca me había sucedido antes. Quería seguir hablando con él hasta que miles de soles y lunas pasen por encima de nosotros.
―¿Te gustaría caminar un rato más por la plazoleta, o ya robé mucho de tu tiempo?
Jaemin había parado en frente de un quiosco a comprar cigarros, lucía unas gafas de sol oscuras sobre el puente de su nariz, y estaba mirándome a mí, esperando una respuesta. Lo vi una vez más, no sé por qué, pero quería grabarme en mi cabeza su imagen en ese momento; con la luz del sol pegando de lleno en su rostro, su cabello dorado como el reflejo del sol en el mar, y sus labios expulsando el humo del cigarro que acababa de comprar. Era etéreo por donde lo mirase.
―Sería todo un placer.
🌿 🌿 🌿
―Y... ¿Cuánto tiempo planeas quedarte en París?
Mis labios estaban un poco resecos y con el para nada lindo hábito que llevaba desde hace años de arrancarme la piel muerta, me pasé el resto de la tarde mordiendo mis labios por culpa de haber hablado tanto, y terminaron hinchados de tanto mordisqueo.
―No lo sé, no tengo nada decidido aún. Pero espero que sean varias semanas, me gustaría viajar por las afueras de París también.
Habíamos caminado por fácil unas cuatro horas por toda la peatonal, una y otra vez hasta que nos hartamos de ver los mismos locales. Entonces decidimos irnos al Jardins du trocadéro que orillaba con el Río Sena a unos metros, una bella parte de la capital que adoraba en secreto.
Charlamos de casi todo y de casi nada a la vez. El tiempo era ligero, los cigarrillos se acababan rápido y las risas no paraban cada que una broma era soltada al aire con la intención de volver a oír otra risa que nos hiciera vibrar el pecho. Cada tanto le miraba y la sangre se me congelaba en las venas, no podía ser real alguien como él.
Paseamos por el muelle que rodeaba la Torre Eiffel y Jaemin comentó que le parecía ridículo el precio que los navegantes querían cobrar por un corto viaje de tan solo unos pocos metros, asentí a su opinión y nos decidimos a seguir burlándonos de los turistas ingenuos que pagaban ciegamente a estos barqueros mientras el sol se alineaba para el ocaso.
―¿Qué tendrá de divertido subirse a un bote y pagar tan caro por un paseo tan corto? ―pregunté mirando a la señora subirse al barco. Jaemin estaba al lado mío fumándose un cigarro.
―Tal vez la señora disfrute de ser estafada ―Jaemin sonrió a medias y levantó sus cejas al exhalar el humo de su cigarro.
―Mm, ¿lo crees?
―Claro. Como turista, y como una persona que disfruta de los pequeños placeres, creo que esa señora disfrutó de ser estafada por ese barquero que le cobró esa absurda cantidad para solo un par de vueltas.
Jaemin era elocuente al hablar, no tenía miedo a opinar sobre algo, y ese día me di cuenta que él observaba al mundo con una perspectiva totalmente despreocupada de lo material, era el tipo de persona que vivía las cosas con tal de recordarlas en un futuro como algo grandioso. Él vivía por la anécdota, por la sonrisa nostálgica y por guardar ese momento dentro de su alma.
Jaemin suspiró lento antes de volver a hablar.
―Lamento cortar con la tarde de esta forma, pero ya debo regresar a mí hotel.
¿Tan pronto? Yo no quería que se vaya aún, tenía ganas de estar junto a él toda la noche si fuera posible, quería seguir conociéndole, quería seguir explorándole un poco más. Pero como nada es como uno desearía, Jaemin tenía razón, se estaba poniendo el sol y el cielo con cada minuto que transcurría se volvía más oscuro sobre nosotros.
Jaemin se separó de la barra de metal en donde estaba apoyado, vio una vez más el Río y volteó su mirada hacia mí, con un tenue brillo que revolcó mi corazón de inmediato. Era hermoso, perfecto.
―¿Vives cerca de aquí? ―metió sus manos en los apretados bolsillos de su pantalón.
―No mucho, a unas calles al sur.
Jaemin resopló. Volviéndose una cosa super tímida y avergonzada.
―Sé que parece atrevido de mi parte pedirte esto pero... Olvídalo. No importa, caminemos un rato más si quieres.
―Dilo, no habrá problema ―ninguno, en serio.
Él mordió su labio inferior y mis manos comenzaron a transpirar por la espera. De pronto, ya no me importaba que luego tendría que caminar más para volver a casa, tampoco que la noche me caería encima y no tendría lugar en dónde tomar un bus de regreso.
―Es que... Aún no memorizo las calles de mi hotel, y no sé cómo llegar hasta allá sin tardar más de una hora ―desvió su mirada y trató de sonreírme―, ¡y no bromeo! Ayer estuve hasta las nueve de la noche dando vueltas en círculos sin siquiera darme cuenta...
Reí con gracia al oírle, era tierno.
―¡No te burles! ―se quejó Jaemin. Abrió sus redondos y brillantes ojos a la par que las palabras salían de sus labios―. Lo peor fue que le pregunté a varios franceses en dónde quedaba la calle y todos me miraban extrañados y con las cejas en alto, como diciendo "Este chico es un completo tonto".
Era entendible la verdad. Los franceses tenían una pequeña mala fama con los turistas, y es que ellos se sentían sumamente ofendidos si no eras capaz de pronunciar bien las palabras en su idioma. Al punto de no hacerte caso alguno a tu pregunta, o simplemente reírse en tu cara. Entonces pensé que Jaemin debía de estar harto de ser tratado así desde que llegó a París.
―Los parisinos son gente sensible, si no hablas bien francés, olvídate de que te den una buena atención.
Nos movimos unos metros del Río, yendo camino al centro de nuevo. Jaemin me indicó (o mejor dicho, lo que recordaba) en dónde quedaba su Hotel y entre un silencio de unos cinco segundos y mis manos sudando en los bolsillos de mi pantalón, me ofrecí finalmente en acompañarle hasta allí. Jaemin me sonrió feliz de mi propuesta, y me comentó por lo bajo y con algo de vergüenza en su tono de voz, que eso era lo que quería pedirme desde que dejamos el Río hace unas cuadras atrás.
―¿Eres de París o de otra parte de Francia? Hablas de los parisinos como si fuesen ajenos a ti.
Observador... Jaemin no se perdía ningún detalle.
Mordí mis labios ante su comentario.
Nos detuvimos en una esquina antes de cruzar una avenida, curiosamente, estábamos a solo una calle de distancia del café en donde horas atrás nos habíamos conocido. Sonreí por inercia.
―Crecí en un pueblo a las afueras de París, me mudé aquí hace unos años luego de graduarme. Tal vez me pase que aún no me acostumbro al estilo parisino de las personas de aquí, estoy muy enlazado con las costumbres pueblerinas de París.
―Oh, te comprendo. Me pasa cuando voy a Londres y el estilo londinense al cual estoy acostumbrado en mi pueblo me juega en contra cuando estoy en la capital.
―Vaya, parece que tenemos algo en común ―agregué, sacando mis manos de los bolsillos para pasarlas nerviosamente por mi cabello. Jaemin estaba cerca de mí al caminar, casi rozándonos los brazos, y eso me estaba poniendo ansioso. Joder, quería hacer algo, y no sabía exactamente qué.
Si pudiera poner en palabras la sensación que abrazaba todo mi cuerpo en aquel momento, cuando fue la primera vez que lo acompañé hasta su hotel, diría que se sintió como el inicio de una tormenta. Una de esas como las que me gustaba ver de niño detrás del ventanal de la casa de mamá. Una sensación de inquietud nadando por todos lados, al borde del desastre y del caos, pero manteniendo la tranquilidad y la seguridad de que al final de todo eso, todo iba a estar bien.
Cruzamos las calles riéndonos uno del otro, hablando hasta por los codos de anécdotas suyas como turista recién llegado a París, y yo, contándole mis mejores recuerdos de los pueblos chicos a las afueras de la gran ciudad. En cada movimiento que él daba, yo intentaba ser lo más precavido posible para que él no supiera que estaba completamente anonadado con todo él. Sus sonrisas; la forma de moverse de su pelo cuando sacudía la cabeza al negar o al reírse; los movimientos ligeros y suaves que sus manos hacían cada que contaba algo, hasta la manera lenta y tímida en hablar cuando contaba algo relacionado a su pasado.
La noche había caído entre nosotros, la gente poco a poco iba yéndose de las calles y los autos eran cada vez menos con cada cuadra que caminábamos lejos del centro. Una cercanía surgió y terminamos casi tocándonos al hablar. La que más recuerdo claramente es cuando prendió un cigarro frente a una esquina bastante desolada, no faltaba mucho para llegar a su Hotel y él quiso detenerse a descansar un poco de la caminata. Me confesó que hablar tanto y caminar ligero estaba bien por un rato, pero luego de una hora y media haciéndolo sus pulmones demandaban parar.
Y me dio curiosidad el cómo decía aquello y a la vez, era capaz de encenderse un cigarro para calmar su agitación.
Toda su persona me parecía emocionante, raro y llamativo. Era la imagen viva de todo lo que alguna vez me pareció exótico en mi imaginación, Jaemin resaltaba entre la gente y eso me ponía aún más curioso. La manera más rápida que tengo para describir a Jaemin sería diciendo que él sería el personaje principal en una novela romántica, de esas que las madres solían leer en los 70s a las escondidas de sus esposos, pues este era un galán y cualquier hombre le tendría al menos un poco de envidia.
Al llegar a una cuadra de su Hotel, la sonrisa se fue esfumando de mi rostro. No quería despedirme de él, no cuando en mi cabeza se cruzaban pensamientos para nada atractivos. ¿Lo volvería a ver luego de esa tarde perfecta? ¿Tendría la dicha de volver a cruzarme con él en algún altercado entre él y un parisino que no entienda su pronunciación? Internamente, yo rezaba a los cielos que me concedieran ese deseo.
Quería toparme mil veces más con él.
En ese momento no fui capaz de descifrar lo que estaba por comenzar, tal vez porque era la primera vez que le veía y aún éramos desconocidos entre nosotros, pero fue el principio de mi recuerdo favorito entre todos. Jaemin seguía siendo el recuerdo que más atesoraba en mi vida.
