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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 5 of Jubel archivos
Stats:
Published:
2021-10-27
Words:
4,247
Chapters:
1/1
Comments:
3
Kudos:
4
Hits:
187

Sólo para sobrevivir

Summary:

Realizando un trayecto al norte del estado por trabajo, Isobel y Jubal quedan atrapados en una ventisca y tienen un accidente de coche. ¿Qué se verán obligados a hacer para sobrevivir? ONE-SHOT. La serie de TV FBI no me pertenece, y todo eso.

Notes:

Work Text:

La ventisca estaba empeorando, arrojando enormes copos de nieve y ráfagas de viento contra el SUV negro. Hacía la conducción cada vez más difícil. Si seguía así, tal vez tendrían que parar y esperar a que pasara.

Isobel y Jubal se dirigían al norte del estado, por una carretera secundaria, para reunirse con el centro de operaciones que se había establecido allí para coordinar la búsqueda y rescate. Un helicóptero con una docena de diputados y diplomáticos abordo había desaparecido y no se sabía si se había estrellado o qué. La zona era algo inaccesible, pero había sido la presión desde Washington la que había hecho a Rina decidir montar el centro de operaciones allí mismo y, unas horas después, incluso mandarlos a los dos para allá. Era una decisión puramente de cara a la galería. Tanto Jubal como Isobel podían hacer su trabajo mucho mejor desde el JOC del 26 Fed, pero Rina quería que "se viera que se estaba haciendo lo más posible". Isobel estaba enfadada. Había discutido la decisión. No sólo era una pérdida de tiempo en trasladarse, sino que no hacía más que dificultar su trabajo. Rina, en lugar de persuadirla, había tirado de galones y había amenazado con que la despediría si no llegaba allí antes de tres horas.

Y encima, la temprana borrasca de nieve que se suponía se dirigía hacia el oeste, cambió de rumbo repentinamente y se les echó encima en mitad del camino. Los limpiaparabrisas trabajaban a todo meter, y aún así no lograban retirar toda la nieve del cristal. La visibilidad era casi nula.

Mientras Jubal conducía, entre ellos se espesaba un tenso silencio.

—Esto es... esto es... —mascullaba Isobel entre dientes.

Jubal gruñó.

—Si tienes algo que decirme. Dímelo.

Él tampoco estaba de buen humor, precisamente. Había tenido una pelea monumental con Rina por el asunto, pero a solas. No había querido ponerla en evidencia. Desgraciadamente, Isobel no lo sabía y para ella había sido como si Jubal no hubiera querido respaldarla.

—Que vamos a matarnos porque Rina tenga su buena prensa —espetó.

—¿Me puedes decir cómo iba a saber Rina que nos iba a pillar la ventisca si no lo sabía ningún parte meteorológico? —replicó él irritado.

—Sí, eso, defiéndela.

Jubal volvió a gruñir.

—Mira. —Isobel se giró hacia él. No podía callarse más—. Es que no lo entiendo. No sé cómo puedes estar con ella. Es una mujer insufrible.

—¿Disculpa? ¿Te digo yo con quién puedes o no puedes salir tú? —contestó él indignado.

Isobel dudaba mucho que Jubal no supiera que ella no salía con nadie desde hacía muchos meses; desde que Ethan la había dejado. El comentario la hizo sentirse terriblemente humillada. Lo fulminó con una mirada de furia, pero Jubal no quitó la vista de la carretera. Un montón de cosas hirientes e injustas acudieron a la boca de Isobel. Logró callárselas en el último momento. Y de pronto la invadió una profunda tristeza. Volvió a mirar al frente.

—Deberíamos parar —dijo con voz neutra, disimulando el dolor que sentía.

—¿Y qué quieres? —respondió Jubal, airado, todavía molesto por el tono que tenía antes la conversación—. ¿Que pare aquí en medio de ninguna parte?

Le era absolutamente enervante que Isobel le pidiera cuentas por lo que hacía Rina, como si él pudiera hacer algo al respecto. Rina pocas veces tomaba en consideración lo que le decía nadie, ni siquiera él.

De repente, algo se cruzó en la carretera.

—¡Cuidado! —lo alertó Isobel.

Jubal ya lo había visto. Otro momento de su vida se superpuso a lo que veía, como una transparencia. Otra carretera, otro clima, otra curva. Lo cogió por sorpresa lo cristalinamente claro que lo recordó. Esta vez sus reflejos sí funcionaron. Para su desgracia, dar un volantazo no era la mejor opción estando el firme lleno de nieve. Antes de que pudiera reaccionar, perdió el control del coche y se salió de la calzada. Oyó a Isobel gritar a su lado. El vehículo se volcó y empezó a caer pendiente abajo por entre los árboles, dando vueltas de costado. Cosas sueltas volaban por el compartimento. Los airbags saltaron, cegándolo. Aquí va a ser, pensó Jubal confusamente entre el aturdimiento de la multitud de golpes. De improviso, chocaron contra algo que los detuvo, afortunadamente quedando sobre las ruedas. El coche se deslizó hacia abajo unos metros más, girando despacio y deteniéndose finalmente con el morro apuntado hacia arriba de la ladera.

Oh, Dios mío..., pensó Jubal. Nos he matado a los dos. Y todo se volvió oscuro.

Fuera, la ventisca arreció.

·~·~·

El cerebro de Isobel se sentía como si la acabaran de centrifugar. Sin embargo, las sinapsis empezaron a saltar de nuevo en sus neuronas. Al principio no sabía ni dónde estaba. Le dolía todo el cuerpo. Intentó abrir los ojos, y descubrió que la sangre le cegaba el derecho. Probó a mover las manos. Bien. Los pies. Bien. El cuello, brazos y piernas, dolían pero no parecía que hubiera nada roto. Por ahora bie- ¡Jubal!

Quitándose la sangre del ojo con la mano miró a su izquierda. Jubal estaba inánime, la cabeza echada hacia atrás, el cuerpo completamente laxo. Aterrorizada, Isobel buscó pulso en su cuello. Por un momento le pareció que su propio corazón dejó de latir hasta que no localizó las pulsaciones de Jubal. Eran débiles, pero regulares.

—Jubal —lo llamó todavía asustada—. Jubal. Vamos, despierta. ¡Jubal!

Lo zarandeó con cuidado. Él gruñó y empezó a moverse. Isobel respiró por fin, aliviada.

—Isobel... ¿estás bien? —farfulló Jubal.

Algo se estremeció dentro de Isobel porque él no había recuperado el conocimiento del todo, ni siquiera había abierto los ojos, y sus primeras palabras habían sido de preocupación hacia ella.

—Creo que sí. ¿Y tú? —inquirió, examinándolo ansiosa.

Tenía arañazos en la cara, pero parecían superficiales.

Jubal parpadeó e hizo evidentes esfuerzos por enfocar la vista. En cuanto le vio la cara pareció despejarse de golpe.

—Isobel, estás sangrando —dijo alarmado.

Ella se apretó la palma de la mano contra la frente. Su cráneo parecía intacto.

—Creo que es sólo un corte. Pero, ¿qué hay de ti? —preguntó con impaciencia.

Él probó a moverse.

—Aparentemente, todo sigue en su sit- —se interrumpió bruscamente soltando un fuerte gruñido.

—¿¡Qué!? ¿¡Qué!?

—Mi pierna —dijo con la voz tensa, palmeándose el muslo izquierdo.

—¿Rota?

—No lo sé. Esta atrapada.

Jubal tiró de la palanca del asiento y éste se desplazó bruscamente hacia atrás, debido a la inclinación y a su peso. Él pegó un alarido, y luego lo reprimió apretando los dientes.

—¿Éstas bien? —preguntó Isobel controlando apenas su inquietud.

Por toda respuesta, él tiró de la pierna entre gestos de dolor. Pero el asiento no se había movido tanto; Jubal era alto, lo llevaba muy separado del volante. Así que apenas consiguió nada.

Isobel echó un vistazo. El salpicadero y el lateral del coche, hundidos hacia adentro, le aprisionaban la pantorrilla. Había sangre, pero no hemorragia.

Localizó su bolso que por fortuna había terminado en la parte de atrás. Se quitó el cinto y lo alcanzó.

—Pediré ayuda —dijo haciéndose cargo y sacando su móvil.

Pero no logró hacer ninguna llamada.

—No hay cobertura. Dame el tuyo.

Jubal se palpó la cintura.

—No lo tengo —informó con desaliento—. Creo que ha salido despedido.

—Voy a intentar llamarte.

—No hay cobertura —le recordó él.

Isobel se levantó y alumbró con su móvil para buscar. Pero no lo veía por ninguna parte. Hacía mucho frío: la ventanilla trasera derecha había perdido el cristal y un viento helado se colaba inclemente. Mientras, Jubal volvió a intentar liberarse, sin éxito.

—Déjalo —aconsejó ella, preocupada —. Te vas a hacer más daño.

Y continuó buscando.

—Isobel.

—Maldita sea. No lo encuentro —protestó, frustrada.

—Isobel. Tienes que salir de aquí —dijo él con voz sombría.

—¿Qué? No —ni se detuvo para contestar.

—Yo no puedo salir. Ve a buscar ayuda.

—¿Y dejarte aquí solo? Ni hablar.

Jubal la cogió del brazo, obligándola a mirarlo a la cara.

Aún con la poca luz que había, Isobel pudo ver claros signos de dolor en su rostro.

—Isobel, ve a buscar ayuda —insistió con vehemencia.

—No —dijo ella rotundamente.

—¡Isobel, maldita sea! —exclamó exasperado.

—No me importa cómo te pongas, ni lo que grites, Jubal —replicó ella sin levantar la voz pero con una firmeza adamantina—. No voy a dejarte aquí tirado. Punto. —Sus miradas chocaron con violencia—. Están esperándonos, cuando vean que no llegamos y que no contestamos las llamadas, vendrán a buscarnos —argumentó Isobel.

Él dio un gruñido de dolor y frustración. Parecía dispuesto a arrancarse la pierna a mordiscos, como un animal apresado en un cepo.

—¡Está bien! —gritó fuera de sí, y golpeo el volante con el talón de la mano dos veces. Eso pareció calmarlo un poco—. Mierda.

—¿Mejor? —dijo Isobel con frialdad.

—Lo siento —refunfuñó Jubal, avergonzado por el exabrupto.

La mirada de Isobel se suavizó.

—No te preocupes —le cogió el brazo en un cálido gesto de consuelo. No podía dejar que los dos se desmoralizaran—. Concentrémonos en qué sí podemos hacer, ¿de acuerdo? Aquí hace mucho frío —metió medio cuerpo en el compartimento de atrás y rescató sus parkas—. Ten —dijo arropando a Jubal.

—Gracias —murmuró él.

Isobel se puso la suya. Maldijo doce veces que llevaba falda, medias y zapatos de vestir, y añorando su ropa de nieve y sus botas de montaña, que ahora mismo estaban en su apartamento, muertos de risa.

Jubal encendió las luces de cruce y las de emergencia.

—Tal vez alguien nos vea desde la carretera —sonaba un poco mareado.

—Bien pensado —Isobel tembló—. Necesitamos tapar esa ventana o nos congelaremos.

Afuera seguía nevando copiosamente. Miró a su alrededor, buscando con qué. Jubal asintió, recordando algo.

—Tengo... Hay mantas térmicas en la guantera.

—Genial.

—Y bolsas de calor químico también.

—Jubal prevenido vale por dos, ¿eh? —intentó animarlo Isobel.

Sólo obtuvo una sonrisa débil.

—En el maletero hay cinta americana. Tal vez puedas cogerla por el asiento trasero.

—Buena idea.

Arremangándose un poco la falda, Isobel pasó a la parte de atrás. Tuvo que pelearse con el asiento, pero logró abrirlo para acceder al maletero. Se metió dentro a medias y revolvió, buscando.

Atrás, Jubal se impacientaba.

—¿Todo bien?

—¡La encontré! —exclamó, más aliviada que triunfante.

Él ya había sacado una de las mantas térmicas y la había doblado en un cuadro amplio. Se la tendió a Isobel, que selló la ventanilla con ella y la cinta americana lo mejor que pudo. Según volvía al asiento de delante. Jubal giró la llave de contacto, intentando poner el coche en marcha.

—Entre la nieve y la pendiente no vas a poder sacarnos de aquí —observó ella—. Además, dudo que quede mucho de la rueda izquierda.

El motor, contra todo pronóstico, arrancó. Jubal puso punto muerto y lo revolucionó.

—Sólo voy a poner la calefacción —y pulsó los mandos.

Primero entró aire frío, pero enseguida se convirtió en una corriente agradablemente cálida.

—Oooh... —dijo Isobel y lo miró como si hubiera hecho magia.

Él sonrió, halagado.

Desplegando la otra manta térmica, ella los tapó a ambos, extendiéndola sobre el salpicadero y los asientos, para atrapar el calor todo lo posible. Jubal intentó no sentirse demasiado agitado cuando Isobel se reclinó contra su hombro.

·~·~·

La nevada estaba empezando a aflojar un poco. Isobel no se percató del calor que había perdido hasta que empezó a recuperarlo poco a poco. Intentó relajar su cuerpo agarrotado. A su lado, Jubal respiraba hondo con dificultad.

—¿Cómo estás? —se interesó ella.

Activó dos bolsas de calor químico y le entregó una.

—Duele —contestó él con una mueca.

Rebuscando en su bolso, Isobel logró encontrar un antiinflamatorio.

—Toma, te aliviará un poco. Espero.

Jubal se lo estaba tragando, obediente, cuando se oyeron unos arañazos, como de escarbar.

Él levantó una mano.

—¿Has oído eso? —susurró.

Los sonidos se repitieron. Isobel asintió y lo miró con los ojos muy abiertos.

Al ruido se le unió un gruñido feral y más zarpazos.

—¿Hay lobos en estas montañas? —preguntó Isobel en voz baja, con un evidente tono de alarma pero conservando su templanza—. ¿Osos?

—No tengo la menor idea —gruñó Jubal limpiando el vaho de los cristales y retorciendo el cuello para mirar por las ventanillas.

Los arañazos empezaron a oírse por varios sitios alrededor del coche. Isobel miró aterrada el endeble sellado de la ventana de atrás. Si un lobo o un oso empujaban por allí no iban a tener absolutamente ningún problema para entrar.

Echándose por reflejo la mano a la pistola, Jubal pensó frenéticamente. Con un destello de inspiración, apartó la mano del arma... e hizo sonar el claxon. Con todas sus fuerzas. Jubal hizo una pausa. Se oyeron ladridos fuera. Miró a Isobel con una sonrisa suficiente y apretó de nuevo. Y otra vez. Y siguió hasta que oyó que los ladridos y aullidos se alejaban.

Isobel suspiró con desmañado alivio y, sin transición, lo estaba mirando con un abierto aprecio. A Jubal no le resultó fácil manejar cómo eso le aceleró las pulsaciones. Se miraron a los ojos. Y entonces la sonrisa de él flaqueó y desapareció. Bajó la cabeza y tragó con dificultad el nudo que se le había hecho en la garganta.

—Vas a morir aquí por culpa mía —dijo con voz ronca.

Isobel se le cortó por un momento la respiración.

—Voy a sobrevivir gracias a ti —afirmó.

—No deberías haberte quedado...

—Si me hubiera ido habría muerto de frío ahí fuera.

Jubal no tuvo réplica para eso. Ella probablemente tenía razón.

—Antes en la carretera, he debido acelerar —se lamentó—. Pero...

Los ojos de Isobel se entornaron, extrañados.

—Hace años también atropellé algo —continuó él—. Había bebido mucho aquella noche. Rina me había dejado...

Aquello cogió por sorpresa a Isobel, sabía que Jubal y Rina se conocían de antes, pero no sabía que hubieran tenido ya una relación... Aquello podría explicar bastante.

—Iba- Iba tan borracho que al día siguiente no recordaba nada —prosiguió—. Sólo lo supe porque me encontré un golpe en la parte frontal del coche... —su mirada se volvió atormentada— y mucha, mucha sangre. Hoy, cuando se ha cruzado ese ciervo... no sé, mis neuronas han debido conectar por asociación con esa parte aislada de mi memoria y ¡PAM! he recordado lo que pasó aquella noche. Fue un ciervo igual que esta vez, pero mucho más grande, astado. Y entonces no sé qué me ha pasado, pero he reaccionado esquivando. No podía... no podía matarlo "otra vez".

Levantó la cara y la miró por primera vez desde que empezó a hablar. Parecía terriblemente confuso y consternado.

Se tapó la cara con las manos, y exhaló un suspiro tembloroso. Isobel no pudo controlar su impulso y lo abrazó. Por un momento él se quedó muy tenso, pero entonces dejó que ella lo sostuviera.

·~·~·

Cuando se separó un rato después, Jubal parecía sin embargo haberse quitado un gran peso de encima. La miró con ojos tristes.

—Al menos ahora ya sé que no maté a nadie... —dijo con una sonrisa cansada.

A Isobel le dolió el corazón de pensar que Jubal había cargado con esa incertidumbre durante años.

Entonces, el motor emitió una tos lastimera... y se caló. La calefacción por supuesto dejó de funcionar. Jubal intentó arrancarlo de nuevo, pero no fue posible. Miró el cuadro de mandos y tragó saliva.

—No hay combustible.

—Pero el depósito estaba lleno cuando salimos —replicó Isobel.

—Debemos tener una fuga — comprendió él. Se pasó la mano por la cara—. Dios santo, menos mal que no hemos salido ardiendo.

—Dentro de poco tal vez lo estemos echando de menos —bromeó ella.

Jubal se rió débilmente y estudió su rostro. Isobel tuvo que apartar la cara porque la estaba poniendo nerviosa.

—Tenemos que hacer lo posible por conservar el calor que todavía tenemos —dijo con resolución. —Ante la mirada extrañada de Jubal, se quitó la parka—. Déjame sitio —le indicó y le hizo gestos para que se echara hacia delante.

Jubal no entendía qué pretendía hacer, pero le hizo caso, retrepándose tirando del volante. Cuando Isobel se rasgó la raja de la falda ya sí que lo dejó perplejo. Hasta que ella se movió sentándose detrás de él, lo envolvió con su cuerpo, y tapó a ambos con la manta y las parkas. Entonces ya sí lo entendió, pero no supo cómo reaccionar. Se quedó muy quieto hasta que cayó en la cuenta de que, si no se recostaba contra ella, todo el propósito de estar en esa posición sería absurdo. Se relajó. La verdad era que tenerla detrás era una sensación muy agradable. Demasiado incluso, si no le estuviera entrando por momentos aquella debilidad. Se estaba mareando.

—La buena noticia es que ya no me duele la pierna —dijo arrastrando las palabras—. Es curioso. Antes he temido perderla. Ahora me pregunto si siquiera saldré de ésta aunque sea sin ella.

Su tono asustó a Isobel tanto como sus palabras. Su cuerpo estaba mucho más frío de lo que debería.

—Ey, por supuesto que vas a salir de ésta. ¿No eres tú el que siempre tira del pensamiento positivo?

Jubal no contestó, había empezado a tiritar. Isobel, cada vez más preocupada, le puso las bolsas químicas entre las manos. Le frotó los brazos y las piernas, luchando contra la reacción sensual que le provocaba tenerlo tan pegado a ella. La cabeza de él se fue hacia delante, como si se estuviera quedando dormido. Estaba entrando en estado de shock.

—Jubal. Jubal, no te duermas. Vamos.

Le dio unas palmaditas suaves en la cara. La tenía helada. Sacudiendo la cabeza, él hizo un esfuerzo por permanecer despierto.

—Es que se está bien aquí...

—Vamos, habla. Dime algo —le pidió Isobel sin poder disimular del todo su angustia—. Háblame de tus hijos —intentó que se centrara en las cosas importantes de su vida—. Cuéntame algo de ellos —y le frotó los brazos otra vez.

—Está bien —suspiró—. Abigail se ha apuntado este año a teatro. La semana que viene tenían una representación. Va a hacer de mujer pirata. Antes de ayer me enseñó el vestuario. Espero poder acudir. No me gustaría perdérmelo —su voz se apagó.

—Descuida, que me aseguraré de que tengas el día libre. ¿Y qué hay de Tyler? —siguió insistiendo—. ¿Se leyó el libro que te di para él?

—Ah, sí. No te comenté nada... Se lo leyó en menos de una semana. Le he regalado otro libro de Terry Pratchet, a ver si se aficiona más a la lectura. Lee demasiado poco.

Jubal echó la cabeza hacia atrás recostándola contra el hombro izquierdo de Isobel. Durante unos segundos guardó silencio. Antes de que ella pudiera pensar que se había quedado dormido, volvió a hablar.

—Antes... —murmuró—. Antes me has preguntado cómo puedo estar con Rina. —Volvió a hacer una pausa. Isobel lo notó encogerse de hombros—. Me sentía solo. Y ella me buscó. Sí, supongo que es un poco patético.

Isobel, que llevaba años lidiando a duras penas con su propia soledad, lo comprendió perfectamente.

—No, no es patético. Es humano —le dijo ella con empatía.

—Llevo ya muchos años solo. Es difícil socializar cuando trabajas tantas horas y no puedes ir a beber a ninguna parte... Y mi ex-mujer se prometió no hace mucho —suspiró—. Va a casarse otra vez, ¿sabes? Así que, cuando Rina apareció de nuevo en mi vida. Dije, "¿por qué no?". —Estaba divagando—. Pero no creas que no soy consciente de sus defectos. Odio como te trata a veces. Hoy he tenido una discusión con ella. Lo de ir para allá era absurdo, pero no quise discutirlo delante de ti. No quería humillarla. —Isobel le pareció que Jubal llevaba buen rato pensando en voz alta, sin ser consciente de estar haciéndolo—. He intentado convencerla de venir yo solo. Pero a veces no es capaz de ver más allá de sus propios intereses. —Su voz se convirtió en un mero murmullo—. A veces... a veces me pregunto si le importo lo más mínimo.

El interior de Isobel se estremeció. Porque a ella sí le importaba. Muchísimo. No pudo resistirse y le acarició la cara con afecto.

—Estoy muy cansado... —dijo él en un tono apenas audible y ella se dio cuenta de que Jubal estaba volviendo a quedarse dormido.

Lo llamó, le palmeó la cara, lo zarandeó, incluso lo pellizcó, pero para creciente angustia de Isobel, la respuesta de Jubal era cada vez más débil, y él fue sumiéndose lenta pero inexorablemente en la inconsciencia.

Aterrorizada, Isobel valoró optar por probar otra cosa. Vaciló un momento y por fin se atrevió a posarle a Jubal en el cuello un beso suave, sensual. Él se agito levemente. Ella lo repitió.

—Mmm...

Una encendida alegría mezclada con algo de ardor la inundó al descubrir que a eso sí reaccionaba. La animó a seguir adelante. En un impulso, le deslizó las manos por debajo de la camisa y empezó a acariciarle el torso lenta y cálidamente... aunque no se permitió dejarse llevar, a pesar de lo muy tentador que era el tacto de su piel, la firmeza de su carne. Esto no se trataba de lo que ella pudiera desear.

Jubal flotaba en una nube de indefinición cuando notó que alguien lo besaba con ternura en el cuello. Su consciencia apenas lograba aprehender que tenía que ser Isobel quien lo estaba haciendo. Gimió, bajito, poco consciente de sus reacciones. Y entonces ella empezó a acariciarlo bajo la ropa de aquel modo tan íntimo pero cuidadoso, sustrayéndolo poco a poco de la espesa y fría niebla en la que estaba envuelto. Era agradable pero le estaba resultando también incitante. La boca sobre su cuello era minuciosa. La respiración de él se hizo cada vez más pesada.

—¿Isobel? —susurró él, confuso—. ¿Qué estás haciendo?

Ella vaciló un segundo y luego continuó.

—Sssh. Sólo te hago entrar en calor.

Desde luego, en calor estaba entrando. De hecho, estaba consiguiendo bastante más que eso... La mera idea de que Isobel lo estuviera tocando de ese modo ya lo convertía en otra cosa, decididamente más estimulante.

Ella se detuvo de manera repentina.

—A menos que... prefieras que pare, claro —la timidez en su voz aguijoneó a Jubal como una descarga.

De repente se sentía totalmente despejado. Parpadeando, abrió los ojos. Giró la cara y la miró buscando ansioso sus ojos negros. Isobel pareció de pronto muy avergonzada. Empezó a retirar las manos. Despacio, sin dejar de mirarla, Jubal alzó un brazo y le entrelazó los dedos en el pelo para acariciarle la nuca. El hecho de que ella no se apartara y cómo se estremeció bajo su contacto le dio impulso para aspirar a algo más: la atrajo hacia sí y atrapó tentativamente la boca de Isobel con la suya.

Ella intentó no ceder pero la sensación fue tan intensa que sencillamente le fue imposible. Y antes de poder frenarse, estaba respondiendo bastante menos dudosa que él. Ante su ímpetu, Jubal entreabrió los labios. Para su deleite, Isobel aceptó ardorosamente la invitación.

Estaba tan intoxicado con la boca de Isobel, con sus cada vez más ávidas caricias, que Jubal ni siquiera oyó el helicóptero hasta que no lo tuvieron prácticamente encima. Para su propio halago, ella parecía aún más distraída.

Un potente foco de luz los enchufó.

Y la decepción por haber sido interrumpidos fue barrida por una poderosa ola de alivio.

—Nos han encontrado... —suspiró Isobel en voz alta lo que él estaba pensando.

·~·~·

Antes de que llegara nadie, Isobel regresó a su asiento sin mediar palabra y se puso su parka, subiéndose la cremallera hasta la barbilla. Ahora mismo no tenía ni idea de cómo comportarse con él, así que se refugió en su habitual actitud neutra y profesional.

—Isobel —la llamó Jubal—. Gracias —dijo quedamente, con una calidez que no pudo ni quiso reprimir— por salvarme la vida.

Su grave voz logró alcanzarla en el rincón del corazón donde ella se estaba escondiendo, haciéndola temblar por dentro.

—Sólo he hecho lo que había que hacer para sobrevivir, nada más —contestó suavemente Isobel sin mirarlo, para no delatarse.

Los servicios de emergencia ya estaban allí, moviéndose alrededor del coche.

—Por supuesto —admitió Jubal ahogándose en desengaño.

El silencio y la distancia que Isobel demostraba, hicieron a Jubal sentirse avergonzado. Le decían que todo lo que había pasado entre ellos aquella noche -las confesiones, la confianza y... la intimidad- había sido una situación excepcional y que no iba a volver a repetirse. Se sintió como si le estuvieran arrancando una parte del cuerpo, pero se obligó a resignarse. Intentó conformarse con que siempre le quedaría el recuerdo de sus caricias, de aquella boca ardiente sobre la suya.

Ardiente...

Una idea insistente se agitó dentro de él.

—Isobel... —comenzó vacilante—. Si se hubiera tratado de OA o Stu... Si hubiera sido otra persona, ¿habrías... habrías hecho exactamente lo mismo? —concluyó, con un tono cauto pero cargado de anhelo.

Isobel se quedó paralizada. Por una vez maldijo la aguda perspicacia de Jubal. No sabía qué contestar. Jubal se merecía que fuera sincera con él, pero eso suponía que antes tendría que ser sincera consigo misma. Y eso la asustaba profundamente.

Pero tal vez de eso se trataba. De enfrentarse a ello de una vez.

Un bombero se acercó por su lado y le hizo gestos a Isobel de que se apartara del cristal. Se dispuso a romperlo.

Ella se giró y miró a Jubal a los ojos.

—No —respondió llanamente.

El cristal estalló a la vez que la euforia brotó y rugió dentro de él.

~.~.~.~

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