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No pudo evitar sonreír al tener el libro en sus manos, no era uno de los temas del cual más le gustaba leer, pero no podía negar que le tenía un cariño extra a esa pequeña edición de bolsillo. Se lo había regalado Harry, y si bien a ella no le había gustado, se sintió muy bien al recibirlo, pues su hermana simplemente quemaba las cosas que no le gustaban… pero por algún designio divino, ese libro había llegado a él.
Ya de por si había sido un libro de segunda mano, pero John había sabido cuidarlo, era muy cuidadoso con las pocas cosas que siempre había tenido, así que aun podían abrirse sus hojas sin que ninguna de ellas se perdiera. Fue casi una casualidad que volviera a encontrarlo cuando tres días después de instalarse definitivamente en el 221B de Baker Street.
Cualquiera que medianamente lo conociera, pensaría que se había vuelto completamente loco al estar tan gustoso de compartir piso con ese extraño hombre; pero apenas lo conoció, sintió una poderosa fuerza que lo arrastro… no podía simplemente hacerle frente, y solo llegaría a saber la razón de esa manera, aunque hasta esos momentos ni se había molestado de averiguarlo.
Bajó hacia la sala, con su edición de ‘El vampiro Lestat' en sus manos. Sabía que Sherlock podría decir algo completamente humillante y desdeñoso, otra vez, por sus gustos literarios… pero él simplemente lo ignoraría, una vez más.
Apenas se sentó en su sofá, sintió la mirada gris puesta sobre si, así que simplemente espero que cayera sobre él el comentario mordaz. Pero extrañamente Sherlock solo lo observo durante unos segundos antes de volver su cabeza hacia el techo del departamento, tan lánguidamente como solo él podía yacer sobre el sillón de la sala.
John no dijo ante el detalle del silencio de su compañero, y aun mas lo agradeció internamente; en verdad no quería que hubiese ninguna clase de desavenencia entre ellos. No tenía ganas de enojarse por la falta de tacto del aquel hombre, para tener que acabar saliendo el frio de la tarde, a helarse hasta los huesos gratuitamente, solo porque no tenía donde más ir.
—Extraña la elección de tu literatura para esta tarde de aburrimiento, John.
John cerró los ojos, no… definitivamente no tenía tanta suerte. Suspiro sonoramente dejando el libro en su regazo, después de todo o había llegado a pasar de la primera página.
—Es un libro que me gusta mucho, quizás sea lo único que mi hermana me haya regalado nunca… —John supo reconocer esa mirada en el detective. ‘sentimientos'. —Ella apenas era un adolescente cuando lo editaron.
—Aun así… es extraño. Muy extraño… —Sherlock murmuró sin dejar de ver el techo de manera insistente.
—¿No crees en los vampiros? —John sonrió de lado al preguntar, apenas había llegado a la parte en la que Lestat se describía a sí mismo; pero antes de que el detective le contestara, se apresuró a interrumpirlo. —Claro que no lo haces… desde cuando una mente tan analítica creería en algo cuya presencia y existencia no se puede probar. Cierto… lo siento. —Acabó por decir, negando suavemente.
Sherlock solo lo observó, tratando de leer a John hasta lo más profundo que le fuera posible.
—¿Tu lo haces? —preguntó con aire petulante el detective, sentándose de golpe erguido sobre el sillón.
—Bueno, no necesariamente… Pero el mundo es extremadamente grande para que solo haya humanos simplemente. Puede haber muchas más cosas, y nosotros jamás nos enteraremos.
—¿Y eso?
—No sé… tal vez sea verdad eso de no poder revelar su existencia a los humanos.
Sherlock frunció sus labios, pensando en ello. No era raro que sonara completamente racional y totalmente acertado.
—El humano en sí, es sumamente inteligente… pero la masa es torpe y temerosa. —John asintió a tales palabras.
Si la noticia de que los vampiros realmente existían, se corriera en el mundo, ya muchos de ellos estrían siendo cazados; por temor, por poder, o por dios sabe que más…
—Además, la idea de los vampiros siempre despertara algo más que simple temor… —John buscó los ojos de su compañero, pero se vio poderosamente desviado hacia su boca, la cual dibujaba una perfecta sonrisa en sus labios carnosos. —Deseo… no solo por llegar a conocer algo que no es del todo humano. — Acabó, aun sin poder apartar sus ojos de Sherlock.
—Lo extremadamente raro, lo extraño y único, siempre será atrayente… seductor. ¿No lo crees así, John?
Las palabras sonaron fuertes en los oídos de John, tanto que parecieron venir desde dentro de su cabeza. Negó, apenas un poco, tratando de alejar esa sensación de invasión de sí.
“¡Mírame, John!”
El rubio se estremeció por completo, los labios de su compañero no se habían movido ni un solo milímetro; pero él estaba seguro que había oído su voz. Esa voz grave, y casi sensual para cualquiera que la oyera.
Fijó sus ojos en los grises sin poder evitar hacerlo. Se sentía perdido, aun mas desnudo y expuesto, de lo que generalmente Sherlock lograba hacerlo sentir.
“¿Te sientes seducido, John?… Pues apenas me conociste, supiste que yo era ‘alguien' especial. Y tal vez, pueda decirse que no soy del todo un humano.”
John se sintió embriagado, Sherlock se había acercado a él, a un palmo de su nariz. Podía sentir el aliento cálido golpear la piel de su rostro. Parpadeó de manera nerviosa, sintiendo que su cuerpo no respondía como él hubiese querido. Tembló, pero sin que su razón fuese el frio o algún tipo de temor. ¿Desde cuándo, Sherlock tenía ese tipo de poder sobre él?
Giró su rostro, tratando de alejarse. Cerró sus ojos intentando serenar su corazón, el cual se había acelerado en algún momento sin que él se diera cuenta. Cuando volvió su mirada, Sherlock aún estaba estirado al descuido sobre el sillón. Buscó con la mirada algún cambio en la sala, algo que le dijera que la conversación que había tenido con el detective no fue solo imaginación suya… pero, ¿Qué habían estado hablando?
Miró sus manos sobre su regazo, aferradas al libro que… ese que…
—¿Sucede algo, John?
Sus ojos se volvieron hacia el hombre que era su compañero de piso, sus ojos ni siquiera puestos él.
—¿Tú sabes que hice con mi libro, Sherlock?
—¿No es ese que tienes en las manos? Bajaste con el de tu habitación, no sé a qué te refieres, John.
El rubio lo observó bien, no recordaba cual era el libro… pero definitivamente no era ese el que él tenía.
—Sí, tienes razón… tal vez deba irme a dormir. Creo que necesito un poco de descanso.
—Es muy temprano para que te duermas, John… Estoy seguro de que debe haber algo más en que utilizar tu tiempo, de manera más satisfactoria. —Sherlock fijó sus ojos en el doctor, sonriéndole mientras este se ponía de pie de su sillón.
John sintió un leve estremecimiento en todo su cuerpo, pero se obligó a sonreír débilmente hacia su compañero. Tenía razón, se convertiría en un oso si seguía durmiendo como lo venía haciendo, además, ahora ya no tenía la necesidad de buscar apoyo en su bastón, debía de hacer algo más.
—Sí, tienes razón… creo que saldré a dar una vuelta.
—Está bien. Trae leche y china cuando vuelvas.
El rubio bufó, eran increíbles los aires que tenía el detective para pedirle ciertas cosas.
—Ok. De seguro no tardare mucho.
—Llévate mi billetera, así no tendrás que volver cuando tu tarjeta no pase.
John lo consideró unos segundos, y sería algo beneficioso que por una vez no tuviera que pelearse con las cajas de Tesco, y que Sherlock pagara algo para variar. Se giró para tomar la billetera, revisando antes si en verdad tenía suficiente dinero para lo que necesitaba pagar y salió.
Sherlock sonrió luego que oyó la puerta principal cerrarse, y se dejó relajar sobre el sillón con un hondo suspiro. Había estado demasiado cerca, se había dejado llevar por la sensación que venía albergando dentro de su pecho desde que conoció al rubio doctor.
Apenas se movió un poco, sacando de debajo suyo el libro que John había ‘perdido'. Leyó con detenimiento la dedicatoria en la primera página y el año en que, efectivamente, Harry Watson se lo había regalado a su hermano.
No quería hacerlo, pero sería mejor que escondiera el libro. Si John llegaba a sacar una vez más el tema de los vampiros, quizás no tuviera otra vez la entereza de detenerse antes de cometer un error.
No podía permitirse perder los estribos, la compañía de John le parecía lo más fascinante que jamás vivió, y no estaba dispuesto a perderla. Y si bien reconocía que el doctor no era alguien a quien se lo pudiera tomar a la ligera, Sherlock se había prometido mantener su naturaleza fuera del conocimiento de su compañero, el mayor tiempo posible.
Continuará.
