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Language:
Español
Stats:
Published:
2015-03-09
Completed:
2015-04-02
Words:
7,126
Chapters:
6/6
Kudos:
7
Bookmarks:
2
Hits:
157

Falla estelar

Summary:

Elliot se enfrenta al Alzheimer en la cúspide de su existencia. Está aterrado de olvidar su carrera, las estrellas, y por encima de todo, a John, el amor de su vida.

¿Lo peor? Que él sabe, que sin importar cuánto luche por salir adelante, es consciente que es una lucha a contrarreloj.

[Primer lugar en el concurso Letras Escondidas de LGRase]

Notes:

Oh well, idk que estoy haciendo. Pero tenía esta idea atorada desde hace tiempo y usé el concurso como excusa para utilizarla.

Creo que es uno de los primeros originales que me tomo en serio de hacer, así que espero no joderla mucho :v.

Gracias por leer c: (y comentar idk).

Chapter 1: Enana blanca

Chapter Text

«Las enanas blancas son estrellas que han agotado su combustible nuclear. Calientes cuando se forman. Se van enfriando gradualmente hasta morir».

Ahora que miras hacia atrás después de 42 años de existir, puedes darte cuenta de lo rápido que la vida ha pasado. De cómo has podido lograr todo lo que has deseado gracias a tu esfuerzo y a tu constancia. También a tu orgullo de seguir tus corazonadas, sentimientos y razonamiento.

Es gracias a todo eso, que lograste estudiar la carrera de tu vida: Astrofísica siempre fue tu pasión y gracias a ello lograste conseguir trabajo en una universidad y ser un profesor querido y adorado por todos. Has forjado tu camino con el brillo de las estrellas, permitiendo que iluminen tus dudas y que las constelaciones impulsen tus sueños, ayudándote a navegar por las nebulosas de la existencia.

Y te encuentras ahora en el intermedio del universo que deseas conocer, días divididos en ecuaciones, clases y exploración del universo para intentar encontrar las respuestas a la humanidad. Quieres seguir avanzando, quieres que el camino que las estrellas han iluminado para ti, siga creciendo como lo hace el propio cosmos, hasta el infinito y más allá.

También, gracias a todo el esfuerzo, el tiempo y probablemente tus frases más ñoñas de coqueteo; es como lograste encontrar al amor de tu vida. A John, quién desde hace años te ha acompañado como si él fuera tu satélite y tú el planeta en el que orbita. Sonríes, brevemente, al recordar cuándo se conocieron: fue en la universidad, cuando estabas a medio camino de tercer año y lo miraste fugazmente en el patio, corriendo con una croquera llena de stickers y con la apariencia de un drogadicto desesperado por un cigarrillo.

No lo tomaste en cuenta hasta que semanas después, lo encontraste en un café cercano y viste sus ojos verdes.

“Son como nebulosas” le dijiste con la boca abierta en admiración, una sonrisa después enmascarando tus labios. “Y tu cabello negro es el espacio del universo que los rodea”.

Prácticamente te enamoraste de él al instante. ¿Quién en su sano juicio no lo haría? ¿Con esos ojos verdes que te sonrieron con burla interesada y ese cabello repleto de rulos que clamaba por ser tocado? ¿Quién no se hubiese enamorado de John sino se hubiera detenido a verlo bien?

Siempre dijiste que fuiste el afortunado por encontrarlo y descubrirlo. Y aún más afortunado porque él aceptó tu invitación a un café y a una segunda cita.

Y así fue, años después de un doloroso noviazgo por causa de los odios de terceros hacia su sexualidad, relación y romance, lograste descubrir las maravillas que existían tras esas nebulosas verdes y el espacio que considerabas que era John, se extendió hasta el infinito en maravillas y amor.

Lo amaste prácticamente desde el primer instante. Con la misma intensidad que la luz ama al sol.

Fue él, sin embargo, quién te pidió matrimonio. No tú. John te sorprendió un día, tras una lluvia de meteoritos, con un anillo y con un “¿quieres casarte conmigo?” en una sonrisa llena de estrellas.

Desde ese entonces, están juntos. Son felices. Han formado una vida donde un astrofísico y un escritor de cuentos cuentan historias sobre las galaxias.

Ambos han crecido como una enana blanca, repletos de calor y pasión; así hasta ahora, cuando la vida te ha sonreído a pesar de las dificultades. Sin embargo, tal como una enana blanca, la cúspide del calor comienza a agrietarse cuando tras una serie de contrariedades, has decidido que debes ir al médico. ¿Él problema? Desde hace muchísimo tiempo olvidas cosas, te cuesta coordinar algunas acciones y tienes pequeños problemas que producto de la herencia de tu familia, decides (más por la insistencia de John, que por otra cosa), revisar.

¿Por qué? Porque eres una persona con una memoria de lujo, nunca olvidas nada, siempre has sido alguien orgulloso de tu capacidad para recordarlo todo. Y sientes miedo, miedo de que tus genes decidan traicionarte tan pronto.

Esperar los resultados es una agonía. Los resultados, que esperabas fueran solo rutinarios, enfrían el calor de tu vida y la hacen explotar; morir abruptamente como las enanas blancas y convertirse en un agujero negro de la nada.

Estás enfermo.

Tu mente se está diluyendo entre tus dedos sin que tú ni nadie, puedan hacer nada al respecto.

Elliot, estás condenado.

Condenado a una muerte en vida, donde tus recuerdos van desapareciendo, tu vida destruyendo y tu mente disolviéndose en el ácido cruel y crudo del Alzheimer.


Elliot, estás condenado.

Pero no quieres estarlo, no quieres quedarte quieto y dejarte consumir. Quieres ser como el universo que tanto amas, seguir en constante movimiento, expandiéndote hasta el infinito y que tu piel se llene de estrellas por el esfuerzo y la necesidad de seguir, seguir, seguir, seguir y seguir intentando.

Quieres luchar contra los agujeros negros que han ido poblando tu alma.

Y es por eso, que comienzas a escribir.

Tú no eres un artista (el artista es John); pero llenas tu casa de colores, post-it que vas colocando en todas partes. Para ti mismo. Para darte esperanzas y para intentar luchar antes que tu propia luz explote como las supernovas a las que estudias(te) en el pasado. Todo es importante. Todo. Todo. Todo. Todo. T o d o. Y quieres recordar cada detalle lo máximo que puedas permitirte.

“Té, uno de azúcar, una cucharada de leche. Para John”.

"Eres astrofísico. Estudias teorías de Hawking".

“Café, negro, sin azúcar. Para ti”.

“Dos hermanos. Padres muertos”.

“No tomes bebida. El gas te enferma”.

"Este premio es tuyo. Por el libro de Astrofísica: Nueve universos".

“Jugo de durazno es tu favorito”.

"Bandera del LGBTQ. Es importante. Bajo ella está la razón".

“No olvides a John”.

"Sin hijos. Ninguno quiso ser padre".

“John toma sprite. Dos hielos”.

“Besa a John en la mañana. Eso lo hace feliz”.

“Pantuflas bajo la cama”.

“No olvides a John”.

Aquello te mantiene ocupado durante semanas. Tu universo tornándose en colores y adhesivos de post-it.

John, por supuesto, también quiere ser parte de toda esta nueva creación. Cinco años más risueño que tú, un día, él se presenta con un cuadro y un beso en tus labios. Le sonríes, tocando el metal de los bordes y observas la fotografía que hay dentro.

Un nudo se te forma en tu garganta, los ojos se humedecen de una felicidad repentina y piensas, “Oh John, eres un maldito hijo de puta”. Pasas tu lengua por tus labios ligeramente resecos y vas a hablar, pero antes de siquiera abrir la boca, John te sonríe y te quita el cuadro de las manos.

—Pienso que es hora de que tengamos esto, mi amor —dice él, su voz grave mientras tú, detallas sus cortos rizos castaños oscuros, casi negros, moverse cuando mueve la cabeza en una sonrisa grande, ridícula, que aprieta tu corazón—. La dejaré sobre el velador después. De tú lado, así la ves todas las mañanas.

Saca dos post-it del bolsillo de su chaqueta y los pega en la fotografía, luego te la vuelve a pasar, depositando un beso suave en tu cabellera color miel. Cierras los ojos un instante, apretando la fotografía entre tus manos.

La vuelves a mirar, riéndote un poco. No sabes si de risa, nostalgia, o de dolor.

Es la foto de su boda.

Y ahora, en el sitio donde está John (vestido con ese esmoquin negro que tan loco de amor te volvió en tu juventud); hay dos post-it que dicen “el amor de mi vida” y “John”.

Aprietas los labios para no llorar.

De todas las cosas, de todos los agujeros negros que hay en tu cabeza y tu alma, ruegas, a todo dios, que ninguno se acerque a tus recuerdos de John y de la vida que han vivido juntos.