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“Nunca debiste enamorarte de mí, Hajime. Siendo hijo de dioses, solo podría romper tu corazón”.
Iwaizumi Hajime todavía podía recordar el día en que escuchó esas palabras por primera vez. El joven que se alzaba ante él tenía dibujada en su rostro una brillante sonrisa y sus ojos almendrados brillaban con un deje de misterio y melancolía que no guardaban ninguna relación con su aparente risueña expresión; sin embargo, llamó su atención desde el primer momento, su presencia atrayéndole como si de un imán se tratara.
Hajime conoció a Oikawa Tooru en su primer año de preparatoria. Acababa de mudarse a Miyagi junto a sus padres. Era la séptima ciudad en la que aterrizaban en los últimos seis meses, pues su trabajo les obligaba a ir de un sitio para otro. No obstante, Iwaizumi no estaba mal con ello; por lo general, no se consideraba una persona demasiado apegada, por lo que nunca tenía demasiada gente a la que decir adiós. O eso fue lo que creyó hasta que sus pies pisaron Miyagi.
Tooru nada tenía que ver con las personas que había conocido con anterioridad: la mitad de las veces se perdía en sus propios pensamientos y cuando no lo hacía, un aura de soledad tendía a rodearle. La primera vez que le vio, Hajime pensó que, si pudiera clasificar a alguien con un sentimiento, la tristeza sin duda le pertenecería a él; tenía los ojos clavados en el cielo, uno que ese día, cubierto de nubes grisáceas, lucía como un tormentoso mar infinito. No entendió el porque de esa sombría expresión y la curiosidad le abordó. No obstante, dos días después, Oikawa Tooru desapareció durante seis meses.
Cuando sucedió, el otoño acababa de llamar a la puerta. Hajime pensó en Tooru durante dos días, la inquietud de su repentina desaparición siendo rápidamente substituida por indiferencia; después de todo, él era igual. Pensó que, quizás, sus padres se habían mudado y que ambos compartían un estilo de vida similar y pronto se olvidó de él; al fin y al cabo, estaba convencido que poco tardarían sus propios padres en cambiar de destino nuevamente. Para sorpresa de todos, no fue así. Sus progenitores prometieron permanecer en Miyagi hasta que terminara la preparatoria, afirmando que, siendo unos años tan cruciales, no tener cierta estabilidad podría influir negativamente en sus estudios. Fue, sin duda alguna, una buena noticia; pero para él, que había aprendido a no establecer vínculos afectivos más allá de la mera cordialidad, no tuvo mayor relevancia.
Los meses pasaron con tranquilidad y se descubrió a si mismo amando esa monótona cotidianidad. Para alguien que había crecido yendo de un sitio para el otro en cortos plazos de tiempo, permanecer más de tres semanas en un mismo lugar era cuanto menos renovador. Para cuando la primavera llegó, nada había cambiado demasiado, pero el regreso de Oikawa Tooru desbarató toda esa calma que había construido durante esos meses. Lucía diferente, y aunque esa tristeza que había discernido con anterioridad en los ojos del contrario permanecía ahí, no quedaba nada de esa aura de soledad que había llamado la atención de Hajime la primera vez. El joven de cabello castaño estaba confundido, creyó y sus destinos no iban a volver a toparse, pero, contra todo pronóstico, el chico de almendrados ojos estaba ahí de nuevo. Le sorprendió y es que, después de todo, habían sido nada más y nada menos que seis largos meses.
“Iwaizumi, ¿verdad?” fue lo primero que le dijo una mañana, tres días después de su regreso, al tiempo que ambos cruzaban el umbral de la puerta de su clase.
El nombrado se sobresaltó, pues no le había oído llegar y para cuando sus ojos se clavaron en los del contrario, se le escapó un latido. Era bello, eso fue lo primero que pensó, como nadie que hubiera visto con anterioridad; sin embargo, trató de recordar si había lucido así de bello cuando llegó a la preparatoria seis meses atrás. No fue capaz de hacer memoria, dado que apenas y habían compartido tiempo juntos, pero, definitivamente, no parecía la misma persona.
El de cabello castaño asintió escuetamente y culpó a sus escasas habilidades de socialización; no obstante, el contrario no pareció molesto por la brevedad de su respuesta e insistió:
“Eres el nuevo, ¿no es así?” Iwaizumi frunció el ceño. ¿Está bromeando acaso?, pensó escrutando al contrario con la mirada.
No entendía su actitud, tampoco porque le estaba diciendo eso como si esa brecha de tiempo entre la primera vez que se habían visto y ese preciso instante no hubiese existido.
“Lo era hace seis meses” respondió con brusquedad, dando por finalizada la conversación.
Iwaizumi vio como la comprensión golpeaba a Oikawa, al tiempo que la sonrisa desaparecía de su rostro. Por alguna razón, se sintió culpable e hizo amago de volver a hablar; sin embargo, el joven asintió y se alejó de él. Le vio tomar asiento en el mismo sitio en el que le había visto la primera vez y se sintió extraño. Una opresión se instaló en su pecho con rapidez y sentirse así le molestó. Decidió que en el descanso se disculparía, ignorando que ese simple gesto sería el comienzo de algo mucho mayor; completamente ajeno a que, ese joven de mirada triste y personalidad extraña, se convertiría en la persona más importante de su vida.
Antes de que pudiera darse cuenta, ellos habían empezado a pasar tiempo juntos en los descansos. Algo que, posteriormente, derivó a verse fuera de la preparatoria. Oikawa fue el primer y verdadero amigo de Iwaizumi; ellos eran completamente diferentes, pero, por alguna extraña razón, congeniaban. Disfrutaban de la compañía del otro e Iwaizumi terminó por atesorar todos y cada uno de los instantes que pasaban juntos a sabiendas que, en cualquier momento, podrían desaparecer; no por una mudanza, si no porque sentía que Oikawa escondía mucho más de lo que aparentaba. No obstante, si había algo que realmente le inquietara al mayor de ambos, no era otra cosa que esa tristeza permanente bailando en los castaños orbes del contrario; una tristeza que no hacía más que aumentar con el paso de los días.
A Hajime le preocupaba y es que, aunque tratara de negárselo a sí mismo, Oikawa Tooru había empezado a calar hondo en él. Era la primera vez que entablaba una relación tan cercana con alguien, pero, de cierta forma, Iwaizumi sentía que iba más allá; no entendía muy bien que estaba sucediendo con él, pero si sabía que no le gustaba cuando discutían porque su pecho dolía. Y tampoco le gustaba verle triste, porque su pecho dolía también. Sin embargo, cuando Tooru sonreía, cuando las comisuras de esos rosados labios que tan bien sabía reconocer se elevaban en un genuino gesto, el mayor de ambos sentía como la calidez embriagaba cada resquicio de su ser. No comprendía que eran esos sentimientos que habían empezado a crecer a pasos agigantados en su mente y corazón, pero de alguna forma estaba más que dispuesto a atesorar todos y cada uno de ellos.
La noche que daba fin a las vacaciones de verano, Hajime descubrió el origen de esa tristeza. Habían salido a disfrutar del último día de la feria de verano típica de Miyagi y habían terminado comiendo manzanas caramelizadas bajo un árbol, la compañía del contrario siendo todo lo que necesitaban. Cuando Tooru empezó a hablar, sus palabras le hicieron creer que estaba bromeando, pero para cuando esa aura solitaria que había llamado la atención de Iwaizumi en un primer lugar apareció, la seriedad se apoderó de su ser.
“Crees en los dioses, ¿Iwa?” Tooru preguntó con suavidad, empleando ese tonto apodo que había decidido adjudicarle semanas atrás.
Hajime frunció el ceño y observó al de almendrados orbes. Oikawa no le miraba y el de castaño cabello se deleitó con su perfil: la suave brisa, pero algo fría dada la inminente llegada del otoño, que corría esa noche meneaba el lacio cabello del contrario; sus mejillas, arreboladas por la diversión previa se asemejaban a la manzana, a medio comer, que Tooru sostenía en sus manos; sus pómulos, finos y delicados como si de una pieza de mármol tallada a mano se tratara y sus labios, rosados y carnosos, le tuvieron pensando en que si la belleza tuviera una clara personificación, definitivamente sería Oikawa Tooru.
“¿En los dioses?” cuestionó confundido, obligándose a apartar los ojos de ese hipnótico perfil.
“Sí” respondió el menor, que había dejado la manzana caramelizada a un lado para poder rodear sus piernas con sus brazos; como si necesitara algo de confort para poder seguir manteniendo esa conversación.
“No realmente” dijo Iwaizumi escuetamente, al tiempo que observaba todos y cada uno de los movimientos del contrario, tratando de hallar una respuesta en su lenguaje corporal.
Permanecieron unos minutos en silencio y para cuando Tooru habló de nuevo, el corazón de Hajime se detuvo.
“Mañana me iré” dijo sin más.
“¿Qué?” inquirió, la incredulidad latente en su voz. “¿Qu-qué estás…? ¿Dónde? ¿Y… por qué?”.
“Seis meses” continuó, apoyando su rostro en sus rodillas mientras sus ojos se clavaban en Hajime, que, sin poder creer lo que estaba escuchando, sentía a su corazón latir con fuerza. “¿Dónde? Realmente no lo sé… ¿Y el por qué? Porque soy hijo de dioses, Hajime”.
“¿Cómo?” no entendía nada y sentía que su cabeza había empezado a rodar. ¿Era eso real? ¿Tooru estaba tratando de tomarle el pelo?
“Mis antepasados son hijos de Zeus y Deméter y, por ende, también lo soy yo” añadió. “¿Conoces el mito de Perséfone, ¿Iwa?”.
El nombrado tenía la boca seca y las palabras no podían salir de sus labios, por ello, se limitó a asentir levemente, sus ojos nunca alejándose del menor.
“Pues como ella, debo regresar al inframundo cada seis meses y permanecer ahí otros seis. Yo… simplemente desaparezco el primer día de otoño y cuando regreso, es como si ese período de tiempo no hubieran sido más que veinticuatro horas” explicó en un hilo de voz, sintiendo como su corazón pesaba mientras veía el brillo en los ojos de Hajime desvanecerse. “Lamento contártelo un día antes, pero… no me vi capaz de hacerlo antes porque… este tiempo contigo me ha hecho muy feliz”.
Cuando Tooru sonrió, Hajime sintió que algo dentro de su pecho se rompía. Quizás su corazón, fue lo que pensó. Sin poder evitarlo, sus ojos se llenaron de lágrimas; unas que no pudo contener cuando Oikawa se acercó a él y dejó un suave beso en su mejilla. No entendía el porqué de esas lágrimas, las palabras del de almendrados ojos sintiéndose demasiado irreales. Sin embargo, cuando Oikawa siguió hablando, supo que nada de eso era mentira y que, realmente, iba a desaparecer al día siguiente dejándole con miles de incógnitas y el corazón roto.
“Nunca debiste enamorarte de mí, Hajime. Siendo hijo de dioses, solo podría romper tu corazón”.
Iwaizumi no entendió el peso de las últimas palabras de Tooru hasta al día siguiente, cuando descubrió que, definitivamente, ese joven que había entrado en su vida para ponerla patas arriba, ya no estaba.
Seis meses pasaron. Seis meses más en los que Hajime no tuvo ni una sola noticia sobre Oikawa Tooru. En esos seis meses, el joven de castaño cabello entendió que eso que sentía por el menor, y que no había hecho más que fortalecerse en su pecho desde su partida, era amor. Le tomó seis meses aceptar, atesorar y decidir que, cuando Tooru regresara, le entregaría todos esos sentimientos desinteresadamente. Dispuesto a aceptar esa rara situación porque le quería y porque el tiempo que habían pasado juntos era mucho más valioso que el que estaban separados.
Por ello, cuando la mañana del primer día de primavera se encontraron bajo el árbol de cerezo que se hallaba en la entrada de la preparatoria a la que asistían, Iwaizumi casi corrió a su encuentro. Sentía que su corazón latía con fiereza dentro de su pecho y que sus manos temblaban por la emoción reprimida. Anhelaba tocarle, para corroborar que efectivamente había regresado y que no era otra de las miles de alucinaciones que había tenido desde su partida. Cuando Tooru le tuvo delante, también contuvo el aliento; para él no habían sido más que veinticuatro horas, sin embargo, las lágrimas escaparon a sus ojos antes de que pudiera siquiera evitarlo.
“Iwa” susurró.
No entendía que sucedía, ni siquiera porque lloraba, pero realmente se sentía aliviado de estar junto a él de nuevo. Iwaizumi sonrió levemente y tomando una de sus manos, limpió sus lágrimas con la otra.
“Bienvenido” sonrió el mayor.
Tooru soltó una leve risita, las lágrimas nunca deteniendo su descenso por esas pálidas mejillas que tanto había añorado.
“Te he echado de menos” añadió Hajime, decidiendo que ese era el momento de confesar lo que sentía, pues no sabía cuando tendría el valor de hacerlo de nuevo. “Y… te quiero Tooru, no me importa nada sobre tu desapareciendo seis meses yo… quiero pasar todo el tiempo que pueda junto a ti”.
Iwaizumi discernió como esa tristeza que siempre había caracterizado los ojos de Tooru, desaparecía por completo tras sus palabras y supo, en ese preciso instante, que iban a estar bien. Que no importaba cuan frío fuera el invierno separados, pues la calidez del reencuentro y el tiempo que pasaran juntos, sería capaz de cubrir con creces la distancia. Porque ningún otoño ni ningún invierno serían capaces de marchitar el amor que estaba floreciendo dentro de sus pechos como la más bella de las primaveras.
“¿Estaremos bien?” Oikawa dudó, sus dedos entrelazándose con los del contrario.
“Ya lo creo que sí” y con una suave sonrisa, Iwaizumi acercó su rostro al del contrario, dispuesto a sellar ese momento en una promesa silenciosa.
