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Rating:
Archive Warning:
Category:
Fandom:
Relationships:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Series:
Part 7 of Jubel archivos
Stats:
Published:
2021-12-10
Words:
5,172
Chapters:
1/1
Kudos:
2
Hits:
233

Otro asunto pendiente

Summary:

Aceptando la sugerencia de tomar como tema de punto de partida la sinopsis publicada del episodio 9 de la cuarta temporada de la serie "Unfinished Business", aún sin emitir, aquí va mi intento de lo que podría ser ese episodio. ONE-SHOT

Notes:

De la página web de la CBS, sinopsis anunciada del episodio S04E09 "Unfinished Business": Después de que Rina resulte gravemente herida mientras se dirige al trabajo con Jubal, el equipo hace el escalofriante descubrimiento de que un vengativo Vargas (David Zayas) orquestó el tiroteo desde detrás de las rejas, y sigue amenazando al resto de su equipo y a sus seres queridos.
Lo de siempre: la serie de tv FBI no es de mi propiedad.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Otro asunto pendiente


Aquella mañana cuando sonó el despertador, Rina y Jubal lo ignoraron. Estaban muy "ocupados" en ese momento como para quitarlo. Debido al, se podría decir que incluso excelente, desempeño que había demostrado Jubal, se habían entretenido más de lo que pretendían y, aunque había sido una manera estupenda de empezar el día, se les hizo bastante tarde.

Por eso habían decidido coger un taxi para ir a trabajar, y por eso ahora Jubal, impaciente, maldecía en silencio el infierno de tráfico en hora punta que tenía Nueva York. No le gustaba ser impuntual. A su lado, Rina sin embargo, parecía no darle demasiada importancia.

Cuando un ciclista se detuvo junto al lado derecho del taxi, donde se sentaba Rina, el cerebro de Jubal apenas lo registró: hay millones de ciclistas en Manhattan.

Lo que le hizo reaccionar fue un familiar movimiento de la mano del ciclista, alcanzando a la parte trasera de la cinturilla de su pantalón.

Sin siquiera pensarlo, Jubal agarró a Rina por la parte posterior de la cabeza y la obligó a agacharse. Justo a tiempo. El ciclista había sacado una Beretta semi 9mm y estaba disparando. La ventanilla estalló en mil pedazos, bañándolos en cristales. El reposacabezas donde había estado Rina hacía menos de medio segundo recibió dos impactos. Actuando por puro instinto, Jubal desenfundó y devolvió el fuego a ciegas. El taxista estaba gritando aterrorizado. El asesino volvió a disparar. Maldiciendo, Jubal desabrochó ambos cinturones de seguridad y empujó frenéticamente a Rina al suelo del taxi, en el espacio entre los asientos. La cubrió con su cuerpo, y disparó hacia la ventanilla a lo loco, mientras más tiros silbaron a su alrededor. Y de pronto cesaron.

Jubal se asomó rápidamente y vio al ciclista derribado en la acera, inmóvil. Parecía que había logrado darle, a pesar de todo...

—¡Llame al 911! —le ordenó al espantado taxista y volvió inmediatamente su atención a Rina—. ¿¡Estás bien!? —preguntó con urgencia.

Para su angustia, Rina solo gruñó entre dientes apretados. Había sangre en su blusa. ¡No!

La mano de Jubal que la había estado acariciando hacía tan sólo un rato, presionó contra el costado de Rina, intentando detener la hemorragia. Ella, con los ojos cargados de miedo, también ejerció presión.

—Aguanta, Rina. ¡Aguanta! —suplicó Jubal.

Las sirenas ya se oían a lo lejos, pero ella empezó a perder fuerza. Y se desmayó.

¡No, por favor! ¡No!

·~·~·

El pitido del monitor de constantes sonaba con un ritmo lúgubre en la penumbra de la habitación. La forma encorvada de Jubal junto a la cama de hospital en la que yacía Rina inconsciente, encogió el corazón de Isobel hasta que le impidió respirar.

¿Dejará alguna vez el destino de cebarse en este hombre bueno?, pensó Isobel, con lágrimas en los ojos.

La condición crítica de Rina también la consternaba profundamente. No se llevaban bien, y a menudo Rina le había hecho pasarlo mal, pero Isobel jamás le había deseado ningún daño, y menos que recibiera un tiro.

La angustia de que Jubal hubiera podido resultar también herido o muerto la volvió a sacudir violentamente, casi tan fuerte como cuando tuvo noticia por primera vez aquella mañana.

Junto a la cama, Jubal negaba con la cabeza, en desesperación.

A Isobel le dolía el pecho. Ni siquiera se atrevía a acercarse a darle consuelo, después de lo tensas que habían estado las cosas entre ellos últimamente.

Aquello era una cobardía. Jubal no se merecía que lo dejara solo en esa situación. Además, había venido hasta allí precisamente para hablar con él. Isobel se recompuso lo mejor que pudo, y se acercó, despacio pero teniendo cuidado de que advirtiera su presencia.

—Jubal —lo llamó suavemente.

Vaciló, pero le posó una mano en el hombro, intentando mostrarle su apoyo—. ¿Cómo está?

—No saben si despertará —respondió Jubal con la voz hueca, sin querer mirar a Isobel—. Y tienen que volver a operarla.

—Lo siento mucho... —murmuró Isobel.

Jubal alzó la cara. Su expresión afligida, confusa y avergonzada -como si le costara manejar tantos sentimientos a la vez- hizo a Isobel sufrir aún más por él. Pero retiró la mano; no podía tocarlo si la estaba mirando.

—¿Podemos salir un momento? —pidió Isobel con suavidad—. Quiero ponerte al día.

Pasándose una mano por la cara para despejarse, y poniéndose en pie, Jubal la siguió al pasillo. Ella lo llevó un poco más allá de los Agentes que guardaban la puerta.

Cuando Isobel vio los arañazos de cristales, los ojos enrojecidos y el dolor en su rostro ceniciento, se sintió empujada por una nueva ansiedad; estuvo a punto de dejarse llevar y abrazarlo. No sin un gran esfuerzo, logró reducirlo a un suave apretón de ánimo en el brazo, por encima del codo. Tragó saliva y se centró.

—No te alteres, pero ha habido otros atentados —le contó con voz queda—. La hermana de Maggie. Ha salido ilesa porque por suerte había un policía fuera de servicio que la ayudó a escapar. Afortunadamente, los Agentes llegaron justo a tiempo con la madre de OA. —Isobel observó cómo los ojos de Jubal se horrorizaban. Decidió darle toda la información sin más rodeos—. Hemos descubierto que Vargas está detrás de todo esto.

Jubal apretó las mandíbulas.

—Ir a por las familias. ¡Bastado malnacido! —masculló él entre dientes, furioso. Y de pronto el pánico lo alcanzó—. Oh, Dios mío. ¡Ty! ¡Abi! —exclamó en susurros—. ¡Sam!

—No te preocupes —se apresuró a tranquilizarlo Isobel, alzando las manos—. Están siendo trasladados a una localización segura en estos momentos.

Jubal exhaló con alivio, pero de repente miró a su alrededor y tuvo todo el aspecto de alguien que podría quebrarse se querer estar en dos sitios a la vez. Isobel intentó calmarlo.

—He ordenado que te avisen cuando lleguen. Te mantendrán informado. Estamos poniendo a salvo a todas las familias del personal del JOC —continuó—. La de OA, Scola... La oficina de campo de Boston se ha ocupado de tu hermano, y la de Indianápolis de la familia de Maggie. Estamos teniendo más problemas para localizar al hermano de Tiffany. Estoy intentando que se haga todo lo discretamente posible, y no estamos tirando de la NYPD; no quiero arriesgarme a tener alguna filtración.

—Haces bien. ¿Y la tuya? —se interesó Jubal.

Isobel no pudo evitar que le conmoviera su preocupación.

—La oficina de Portland ha ido a buscar a mi madre. Mi hermano y su familia están en Europa.

—No deberías confiarte —dijo Jubal, sombrío—. No sabemos cómo de largos son los tentáculos de Vargas. Deberías llamar a Scott.

Isobel lo pensó un momento. Forrester era alguien del que se podía fiar.

—Tienes razón. Lo haré, gracias... He puesto... —Bajó los ojos; de pronto le costaba mirarlo a la cara— más vigilancia aquí. No sea que alguien venga a intentar acabar el trabajo.

—De acuerdo —Jubal asintió. Vaciló un momento y luego tomó aire—. Oye, siento haberte ocultado-

—No —lo interrumpió Isobel. Hablar con Jubal de su relación con Rina, la cual había estado intentando hacer como si no existiera, era una sensación extraña para ella. Enervante y dolorosa. Se obligó a distanciarse—. No tenías por qué. No- —tragó con dificultad un nudo en la garganta— No era asunto mío.

Procuró no sonar fría y distante, sino comprensiva, pero solo consiguió parecer triste y apagada. Su vergüenza empeoró.

Jubal la estudió, con aspecto de estar profundamente contrariado consigo mismo. Isobel no le permitió continuar por ahí.

—Bueno, quería decirte todo esto en persona. Me vuelvo al JOC. Tenemos que encontrar el modo de controlar esta situación.

—Voy contigo —dijo Jubal automáticamente.

—No. Es mejor que te quedes.

—Pero-

—Jubal —lo detuvo con suave firmeza—, quédate con ella... y protégela. —Era vergonzoso el daño que le hizo a Isobel decir aquello—. Además, es obvio que tú también eres un objetivo. Estate alerta. Por favor, cuídate —aquellas últimas palabras sonaron más implicadas de lo que habría querido.

A regañadientes, Jubal accedió, e Isobel se fue antes de que el pandemónium que le bullía dentro terminara por hacerla quedar en evidencia.

·~·~·

Una vez en el JOC, el esfuerzo que necesitó Isobel para centrarse fue francamente abrumador.

La sala estaba medio vacía, al haberse reunido al menos la mitad del personal con sus familias, como OA, Maggie o Elise.

—Veamos —comenzó Isobel—. Sabemos que el perpetrador del ataque a la Subdirectora estaba claramente vinculado a Vargas, pero los ataques no han cesado después de que fuera abatido en el tiroteo, así que sabemos también que hay otros, y probablemente alguien detrás, coordinando.

La gente la miró desanimada. El trabajo de Jubal era mucho más difícil de lo que parecía. No era la primera vez que Isobel se hacía cargo de JOC, ni mucho menos, pero sí la primera tan descorazonadora. ¿Qué habría hecho Jubal en esta situación tan terrible? ¿Hacer un chiste malo? No. Jubal dejaba eso para relajar tensión o para cuando su equipo se sentía frustrado porque se había atascado en un callejón sin salida. Cuando era algo realmente serio, era capaz de motivarlos y dinamizarlos a todos. Pero hoy los presentes estaban simplemente... asustados. Ante todo Isobel necesitaba sacarlos de su estupor.

—Está bien —retomó Isobel—. Sé que ahora mismo, la sombra de Vargas parece poder llegar a todas partes, que sus matones parecen poder aparecer mágicamente debajo de vuestras camas, dentro de vuestros azucareros. —Hubo algunas débiles sonrisas—. Pero no es cierto. Son humanos y en realidad están en desventaja. Nosotros somos más y tenemos muchos más recursos. De acuerdo, eso no deja hacerlos peligrosos, pero determinemos el nivel de amenaza antes de perder los nervios, ¿OK? —Las miradas de los presentes se iluminaron con mayor determinación—. Para empezar, tiremos del hilo, como siempre. ¿Qué más sabemos del hombre que disparó a la Subdirectora?

Cuando Isobel ya los tuvo trabajando a pleno rendimiento siguiendo pistas, reflexionó sobre otro tema que le preocupaba muchísimo, y era de dónde Vargas estaba sacando la información.

¿Habían estado siguiendo a sus objetivos? ¿De quiénes más tendrían direcciones y horarios? ¿Tenía acaso algún informante dentro del Bureau? Si lo averiguaban, tal vez podrían anticiparse al siguiente ataque.

Necesitamos información. Casualmente, y dado que el atacante de Rina había fallecido, la única fuente con la que contaban estaba en el MDC. En un impulso de intuición, Isobel dejó momentáneamente a Scola al cargo del JOC, y se fue a Brooklyn a interrogar a Vargas. Era algo que tenía que hacer en persona.

·~·~·

Un mensaje hizo vibrar su móvil en su cintura y Jubal se despertó con un sobresalto. Agotado, se había quedado dormido sobre un brazo, apoyado en la cama de Rina. Ella seguía inconsciente. Jubal le cogió la mano con delicadeza.

Había estado soñando con manos: la suya propia, recorriendo el deseoso cuerpo de Rina aquella mañana; la mano del ciclista empuñando la pistola; la sangre escurriéndose entre sus dedos; la mano de Rina quedando laxa sobre la suya; la calidez y el indicio de afecto de la de Isobel sobre su hombro, en su brazo...

Se frotó los ojos y miró el mensaje. Era del Agente Kovac: le informaba de que Sam y sus hijos habían llegado sin novedad a la casa segura y que estaban bien.

Jubal salió de la habitación y llamó a Sam. Estaba frenética. Prácticamente los habían secuestrado en plena calle, de camino al colegio, y le habían dado cero información. Para colmo, le habían pedido encarecidamente que esperara a que fuera él quien la llamara. Según sus propias palabras, Sam "estaba al borde de un ataque de nervios". En opinión de Jubal no, ya lo tenía, pero se estaba controlando todo lo que era capaz delante de los niños. Intentando calmarla, decidió limitar la información a que sólo estaban tomando precauciones, callándose el tiroteo y los demás atentados, pero hizo mucho hincapié en que siguieran sin discusión las indicaciones de los Agentes que estaban con ellos. Sam supo que no le estaba contando todo, pero pareció quedarse más conforme tras asegurarse de que él estaba bien. Jubal también habló brevemente con Abi y Ty. Los dos estaban asustados, así que Jubal les encargó que cuidaran de su madre, y el uno del otro; teniendo un objetivo claro, los dos se serenaron bastante.

Al colgar la llamada, Jubal se quedó sin nada que hacer. Volvió adentro de la habitación. Observó a Rina angustiado: se sentía inútil. Debería haber podido protegerla, pero no había sido capaz y ahora su vida pendía prácticamente de débiles esperanzas.

Las paredes de la habitación se encogían lentamente sobre él, asfixiándolo. Se dio cuenta de que se le estaba olvidando respirar. Se sentó, obligándose a tomar aire.

En ese momento entraron un médico, dos auxiliares y un celador. El doctor le informó de que llevaban a Rina a quirófano. Con la eficiencia de movimientos muy repetidos, los auxiliares prepararon a Rina y a la cama para moverlas. No tardaron en llevársela, dejándolo solo.

·~·~·

Al llegar al MDC, Isobel ni siquiera pidió que llevaran a Vargas a una sala de interrogatorios. Fue directamente a su celda, una instalación aislada y sólo para él.

Cuando Vargas la vio, se acercó a la puerta, y sus labios dibujaron una sonrisa desagradable al otro lado de las rejas.

—Agente Especial al Cargo Isobel Castille —la saludó, con irónica cortesía—. Qué agradable sorpresa.

Para Isobel fue evidente que la había estado esperando.

—Vargas. Tres atentados esta mañana —dijo ella sin rodeos—. ¿Qué demonios quiere? —exigió— ¿Qué es lo que pretende?

—Isabel, Isabel... —hispanizó Vargas su nombre con falsa deferencia— ¿De verdad pensabas que te saldrías con la tuya sin que hubiera ninguna clase de... consecuencia?

Ni siquiera se molestaba en negarlo. Aquello encolerizó a Isobel. Pero no podía hacer nada en absoluto: no podía añadir más castigo a su condena, ni había nada que pudiera hacer para amenazarlo.

Vargas interpretó correctamente su expresión.

—Las cosas no son tan fáciles cuando mi mujer y mi hijo ya no están a tu alcance, ¿verdad? —se burló.

Hacía meses que se habían marchado a Colombia; durante un tiempo el FBI los siguió, pero finalmente les perdieron la pista.

—Es usted despreciable —dijo Isobel.

—No fui yo el que empezó a ir a por la familia de los demás —replicó Vargas, afilado y frío.

—No, amenazó con asesinato en masa, directamente. Y su familia no sufrió ningún daño, mientras que en este momento hay una mujer en el hospital, luchando por su vida —espetó Isobel, controlando a duras penas su ira.

Vargas la miró con ojos crueles.

—Todo esto es culpa tuya, Isabelita —aunque Isobel seguía dándole un trato formal, él insistía en su condescendencia—. Consecuencias de tus actos. Además, si hubiera podido encontrar quién te importa a ti, no habría ido tras las familias de con quién trabajas. Pero eres un caso difícil. Tu único hermano y su familia viven muy lejos, tu padre falleció, casi no te hablas con tu madre, estás divorciada, no tienes pareja, ni hijos. —Vargas le dirigió una mirada de fingida conmiseración—. "Y estás tan sola, Isabelita... Sola hasta en Acción de gracias.

A Isobel se le heló la sangre en las venas. Se sintió escaneada, radiografiada de una manera que la dejaba vulnerable y expuesta -eviscerada-, que ponía despiadadamente al descubierto las enormes dimensiones de su soledad y su culpa. Apretó las mandíbulas, revuelta.

Y entonces su mente captó al vuelo una inspiración. "Casi no te hablas con tu madre". Vargas sabía mucho de ella y de su familia, pero no lo sabía todo.

Isobel apenas hablaba con su madre, eso era cierto, pero porque su comunicación con ella, desde hacía ya años era por cartas manuscritas. Una singular costumbre que habían adoptado cuando se habían dado cuenta de que sus discusiones podrían terminar con su relación, ya de por sí tensa y deteriorada. Casi por accidente, habían descubierto que por escrito eran capaces de entenderse mucho mejor. De algún modo, mediante texto se veían obligadas a "escucharse", cosa de lo que no eran capaces de hacer en un intercambio más inmediato, porque eran demasiado diferentes. Escribir a mano, además, le confería a su correspondencia un aspecto mucho más personal que no tenía el correo electrónico, y les ayudaba a reflexionar sus respectivas respuestas antes de escribirlas.

De hecho, entre ellas existía ahora mucha mayor confianza de la que había habido nunca. Era una comunicación extraña, muy peculiar, pero es que la relación de Isobel con su madre, también lo era.

Aileana Castille era una mujer contradictoria. Ella misma era una orgullosa escocesa y además una pacifista convencida. Sin embargo, se había casado con un militar de carrera hijo de padres mexicanos. Quería a sus hijos, pero se llevaba mejor con ellos cuanto más lejos estaban. Isobel sospechaba que la decisión de su hermano Tomás de vivir en Austria y casarse con una mujer vienesa tenía algo que ver con eso.

Que Isobel se hubiera inclinado por el ejército igual que su padre, no debió extrañarle a Aileana, pero no le agradó, precisamente. Y cuando su hija fue admitida en West Point, en lugar de un orgullo, para Aileana fue un gran disgusto. El hecho de que Michael, el padre de sus hijos, muriera en combate poco después de la graduación de Isobel en la Academia, fue un duro golpe para los tres. Intentaron apoyarse mutuamente, pero al final no hacían más que hacerse daño. La decisión de Isobel de entrar en el FBI la distanció de su madre definitivamente. Como dijo Aileana, estaba "harta de tanto deber y compromiso con el país". Se mudó a Oregón, donde ahora vivía feliz en una comuna hippie.

El pedazo de información que le faltaba a Vargas, curiosamente, le aportó mucha a Isobel.

Si alguien hubiera fisgoneado en su vida, habría revisado los sobres que recibía, la habría visto llevar los suyos al buzón. No, la información que Vargas tenía de ella era... la digital disponible.

Tienen un hacker, concluyó internamente, con una sensación exultante.

Aquello era consistente con cómo habían tendido la trampa a Jubal y Rina. Isobel apostaba a que utilizaban sus móviles para pedir taxi o uber... Oh, necesitaba mucho hablar con Ian en ese momento.

—¿Entonces se trata solo de cochina venganza? —inquirió Isobel.

—Yo prefiero considerarlo un castigo —dijo Vargas displicente—. ¿Quién te importa, Isabelita? Es un misterio. —añadió Vargas, metiendo aún más el dedo en la llaga—. ¿Te importa alguien?

Y entonces, Isobel se percató de otra cosa más. Aquella disección a lo vivo que Vargas había hecho de ella sólo demostraba lo muy frustrado que se sentía. No quería hacerle daño de manera directa, pero tampoco podía alcanzar a la gente que Isobel quería. Eso la convertía en intocable. Y lo enfurecía.

Por otro lado, Isobel no quiso pensar siquiera en que, aquella misma mañana, las maquinaciones de Vargas habían puesto en grave peligro a una de las personas más importantes de su vida. Pero pudo aprovechar la angustia que le provocaba eso para seguir fingiendo que las palabras de Vargas la habían destrozado, porque quería que siguiera subestimándola, que siguiera largando.

—Maldito...

Vargas esperó pero ella no dijo nada más.

—Ah, pero... —dejó caer Vargas, ante lo que creía era un obstinado silencio— yo sí sé alguien que te importa.

Lo sabe.

La sangre de Isobel alcanzó el cero absoluto. No, no puede ser, pensó aterrada. ¿Cómo era posible, si era algo que ni siquiera se atrevía a reconocer ante sí misma? ¿Había recibido Rina aquella mañana -tal vez defendiéndolo- una bala dirigida a él?

—Sí... —disfrutó Vargas del pánico en el rostro de Isobel—. Tu equipo —proclamó con una sádica sonrisa pagada de sí misma—. Trenholm, Zidan, Bell. Y, a falta de nadie mejor, Elise Taylor. Elise no es familia tuya, pero estuviste dispuesta a morir con ella, Isabelita —añadió con saña.

Por supuesto que le importaban Maggie, OA y Elise (y, maldición, también Rina de algún modo), pero lo errado de la presunción de Vargas, la dejó de una pieza. Y también le otorgó algo más. Otra certeza: Vargas no es omnisciente, y tampoco tiene un topo en la Oficina del FBI en Nueva York.

Gracias a los cielos, su tremenda sorpresa le permitió estirar la expresión de horror que antes no había logrado controlar.

Vargas la miró con enorme satisfacción, porque pensaba que lo que le había dicho la estaba haciendo sufrir, que era lo que de verdad quería.

—Tal vez llegues a tiempo de despedirte...

—[Malnacido] —escupió Isobel en español.

Giró sobre sus talones y se alejó caminando todo lo rápido que pudo, dejándolo que pensara que había ganado.

Gracias por su cooperación, pensó triunfante, mientras se alejaba.

·~·~·

Cuando Isobel regresó al JOC, Jubal estaba allí. En cuanto él la vio entrar por la puerta, los dos hablaron a la vez, los dos sonando igualmente exasperados.

—¿Qué haces aquí?

—¿Cómo se te ocurre?
Avanzando a zancadas hasta ella, Jubal la cogió por los hombros. Estaba a punto de zarandearla cuando se dio cuenta de pronto de lo que estaba haciendo. Isobel lo miraba con los ojos como platos. La soltó.

—Perdón —dijo Jubal, tenso, bajando sensiblemente el tono de voz aunque su mirada seguía siendo irritada—. ¿Podemos hablar en privado?

Mientras, las personas presentes en el JOC parecían los niños que ven discutir a sus padres.

Los dos se metieron en la sala de juntas y cerraron la puerta, demasiado conscientes se estar siendo observados.

Isobel controló su rostro. Jubal se apoyó las manos en las caderas, en un intento de no gesticular con ellas, como siempre hacía.

—¿Cómo se te ocurre ir hasta Brooklyn sin escolta después de lo que ha pasado esta mañana? —inquirió Jubal, ceñudo.

Todavía le daba un ataque de ansiedad cada vez que recordaba cuando Stuart le había dicho que Isobel se había ido para allá, y había descubierto que se había ido sola.

La genuina preocupación, obvia en su voz y en su cara, le aceleró las pulsaciones a Isobel. Además de eso, ella tenía sus propios miedos. Ambas cosas estaban particularmente exacerbadas desde que esa mañana él había estado a punto de ser acribillado.

—¿No habíamos dicho que te quedarías con Rina? —contraatacó.

—Está en quirófano. En el hospital no hacía nada salvo subirme por las paredes —gruñó Jubal.

—Así que te has venido para acá solo —replicó Isobel, implicando "dijo la sartén al cazo".

Jubal hizo un gruñido sordo con la garganta, para controlar su enfado.

—He venido con Holden, y lo he mandado de vuelta —declaró llanamente.

Eso la puso en su sitio.

—Ah. Oh. De acuerdo...

—¿Y bien? ¿Es que estás buscando que te peguen un tiro? —insistió él entre enfadado y angustiado.

—No le di mayor importancia—se explicó Isobel, pero mucho más comedida—. Andamos muy faltos de personal, y esto no podía esperar...

Jubal reflexionó un segundo sobre ello.

—Eso es cierto —concedió; su expresión se suavizó—. Pero es mucho más importante que sigas sana y salva. Por favor, no vuelvas a correr riesgos así... —le pidió con el corazón encogido y una mirada suplicante que volvió a alterar el pulso de Isobel.

Ella bajó los ojos y carraspeó, forcejeando consigo misma.

—Tienes razón —admitió.

Jubal asintió, dejándolo estar.

·~·~·

El equipo había hecho progresos. La NSA había logrado encontrar el momento de la entrada en el país del asesino que Jubal había abatido esa mañana. La DEA lo tenía relacionado no sólo con el cartel de Durango, sino con otros tres individuos de los que se sospechaba que en ocasiones trabajaban juntos. Un grupo de despiadados sicarios encabezado por un tal Echegaray. Los cuatro habían llegado a Nueva York en vuelos distintos, pero con horas de diferencia. El equipo tenía de ellos pasaportes, sus fotos y varios alias conocidos. Al menos dos de ellos habían sido captados por cámaras urbanas en los otros dos ataques.

Para contar lo que había averiguado de su conversación con Vargas, de naturaleza más delicada, Isobel se llevó a Jubal, Stuart y Tiffany a su despacho.

—Así que creo que tienen, o han tenido, un hacker trabajando para ellos.

Había tenido que contarles lo de su madre para poder explicárselo. Jubal la estudiaba, buscando cómo encajar esa nueva piececita en el rompecabezas que era Isobel. Lo aparcó de momento y se centró en el caso que tenían entre manos.

—Creo... creo que los verdaderos objetivos, aparte de la Subdirectora, son OA, Maggie y Elise, no sus familias —expuso Isobel—. Son ellos los que están en peligro.

Tiffany, Stuart y Jubal se miraron entre ellos.

—¿Por qué? —preguntó Jubal.

—Por cómo buscaba Vargas hacer daño con amenazar sus vidas. Conoce a OA y Maggie porque fueron los que lo detuvieron, y sabía de Elise, naturalmente. Pero, y esto es muy importante, no conoce a nadie más. Los demás sois sólo Agentes sin nombre. —No sabe quién es Jubal, pensó Isobel, solazándose en su alivio. Se dirigió a él—. No sabe que eres mi mano derecha ni una pieza imprescindible de mi equipo. No esperaba que estuvieras en ese taxi esa mañana. El objetivo de ese atentado era Trenholm, nadie más. De haberlo sabido, estoy segura de que te habría mencionado también. O a Stuart a Tiffany —se apresuró a añadir.

—¿Por qué han ido a por las familias de OA y de Maggie, y en cambio a Trenholm la han atacado directamente? —se preguntó Scola.

—Porque querían que los otros ataques se tomaran en serio, porque de hecho tienen a los familiares monitorizados —reflexionó Tiffany—. Las familias son cebos. Estoy de acuerdo con Isobel: los verdaderos objetivos son OA, Maggie y Elise.

—Los móviles —dijo Jubal—. Han hackeado los móviles de los familiares. Nuestros dispositivos trabajan con comunicaciones encriptadas, pero los de ellos, no. Así es cómo los tienen localizados.

Eso tenía sentido.

—Pero, ¿y el de Rina? —preguntó Isobel—. El suyo debería estar encriptado también.

Jubal suspiró.

—Rina tiene un móvil corriente además de el del trabajo. Lo usa para... —se aclaró la garganta— cuestiones personales.

Es decir, para comunicarse con él. Isobel hizo un leve y algo incómodo asentimiento de comprensión.

—¿Tú... tú también tienes uno?

Durante un segundo, se hizo un silencio embarazoso.

—No. Uso una SIM virtual. Así todo va encriptado.

A Isobel se le escapó media sonrisa de reconocimiento. Jubal no era descuidado con esa clase de cosas. Una idea empezó a formarse en su mente.

—¿Dónde está el móvil de Rina?

—Aquí en la oficina, con su bolso y todo lo demás. No he querido dejar sus cosas desatendidas en el hospital —respondió Jubal y sus ojos se abrieron como si también se le estuviera ocurriendo algo.

Los dos se asintieron.

—Hagamos que Ian lo analice —propuso Jubal, como si le hubiera leído la mente.

—Tal vez podamos rastrearlos a la inversa —terminó Isobel, como si leyera la suya.

Stuart y Tiffany levantaron las cejas e intercambiaron una mirada sorprendida ante esa demostración de comunicación sobrenatural.

·~·~·

Se pusieron manos a la obra.

Ian pudo identificar el malware que habían instalado en el móvil de Rina de manera inadvertida, y que presumiblemente estaba en los móviles de la hermana de Maggie, de la familia de OA y de la de Elise. Sabiendo qué comunicaciones rastrear, pensaron en utilizar los móviles para revelar información de los movimientos de quienes creían que eran los objetivos.

Isobel primero quería intentarlo con por Maggie, porque se ponían menos civiles en peligro. Establecer un segundo perímetro más amplio y haciendo que su hermana llamara a sus padres para dejar caer que Maggie iba a ir al 26 Fed, tal vez Ian podría interceptar la comunicación adicional del hackeo y localizarlos. O tal vez los sicarios mordieran el anzuelo e intentarían ir a por Maggie cuando saliera del perímetro de seguridad. Y entonces podrían atraparlos.

Pero OA se negó en redondo. No estaba dispuesto a que Maggie se arriesgara a ponerse a tiro mientras él estaba encerrado en su propio perímetro. Jubal habló con él, Isobel habló con él, Maggie habló con él, pero todo fue inútil. OA llegó a amenazar con presentar su dimisión. A Jubal le entraron ganas de ir personalmente a echarle la bronca. Se les estaba acabando en tiempo, así que intentaron el plan con OA.

Al principio no pareció estar funcionando. Fue necesario que el joven Agente se expusiera más de lo que podría ser prudente. Isobel le ordenó que volviera al perímetro, pero él insistió. Finalmente, Ian rastreó las comunicaciones hasta un almacén vacío cercano, donde tenían dos puestos de francotirador. Scola, Tiffany y los SWATs arrestaron a Echegaray y sus hombres, pero no llegaron a tiempo de evitar el primer disparo. OA habría muerto, de no ser porque afortunadamente habían tomado la precaución de que llevara el chaleco antibalas oculto bajo la camisa.

Maggie no iba a estar contenta. A Jubal le complacía que se iba a ahorrar el sermón a OA. Isobel probablemente tendría una seria charla con el joven acerca de obedecer órdenes, pero además es que le iba a caer el rapapolvo del siglo por parte de Maggie.

·~·~·

Con los sicarios bajo custodia todos pudieron respirar tranquilos. Isobel y Jubal se sentaron en la mesa frente a las pantallas, con un suspiro de alivio. Ella se quedó un momento pensando.

—Me pregunto por qué no les atacaron cuando se reunieron con sus familiares...

—Porque reaccionamos demasiado deprisa para que pudieran poner en marcha su plan. —Jubal se volvió hacia Isobel y la miró con abierta admiración—. Simplemente, los pusiste a todos a salvo antes de que esos bastardos pudieran hacer nada.

Las pulsaciones de Isobel se descontrolaron una vez más. De pronto fue consciente de que haber estado a punto de perderlo la había descolocado completamente. No sabía cómo iba a lidiar con ello a partir de ahora.

—¿Vamos a ver a Vargas y a restregarle por la cara que su gente ha fracasado? —propuso él con aire casual.

—No. No voy a darle la satisfacción de volver a prestarle atención —respondió ella totalmente en serio aunque sabía que él lo había dicho en broma.

—Bien dicho. —Jubal chocó suavemente el hombro con el de Isobel—. Ey. Buen trabajo —dijo sonriente.

Por favor, no me sonrías de ese modo..., se lamentó Isobel, atormentada.

—Ídem —murmuró apartando la cara.

Un silencio incómodo y espeso se extendió entre los dos.

—Debería volver al hospital —musitó Jubal.

Isobel casi le dijo que se fuera y que la dejara tranquila.

—Vamos los dos. Quiero saber qué noticias hay de Rina.

El agradecimiento en los ojos de Jubal fue manifiesto. Y tal vez algo más.

Ni me mires así...

·~·~·

—¿Estás segura de esto? —dijo Tomás en la pantalla de la videoconferencia.

Isobel asintió con decisión.

—Una vez al año no hace daño. Además —ofreció una sonrisa de ánimo —, ¿no sería estupendo descubrir que podemos reunirnos así todas las semanas y pasar un buen rato juntos? La verdad, os echo mucho de menos.

Su hermano mayor sonrió a su vez con cariño.

Mientras él llamaba a su mujer y a su hija para que también participaran, Isobel suspiró con determinación y pulsó el botón para incorporar a su madre a la sala.

~.~.~.~

Notes:

Nota del autor: Uf. Me ha costado pero ya está. Me he atascado un poco en la resolución del caso, pero espero que sea pasable. Ha sido mucho más difícil que ceñirse a lo conocido o inventar completamente a mi aire, y más teniendo tan poco tiempo, pero ha sido divertido. Me encantaría saber vuestra opinión!

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