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Llegó a mitad de la noche a su casa. Jiraiya había caminado incluso, pasada la medianoche. Como ninja experimentado que era, sabía que detenerse a descansar era algo básico, pero… sus pasos lo guiaron hasta su casa. Se paró frente a la puerta y la golpeó sin esperanzas. Imaginaba que ella iba a estar durmiendo, así que sólo dio un golpe y esperó un largo rato hasta que dio otro y otro y eventualmente, ella se levantó de la cama. Chouko era una mujer pequeña, pero de carácter, el suficiente como para mandarlo a pasear a él de un solo golpe. Pero en ese momento, la necesitaba más que nunca.
La puerta se abrió y no la vio a ella, desconcertado, asomó su cabeza por la puerta y la llamó cuando sintió el silbido del aire y esquivó rápido un golpe de una… sartén. Él sostenía la muñeca de la mujer que estaba armada con la sartén en una mano y un cucharón de acero en la otra.
—¿Qué haces?
—¿Jiraiya? —dijo aflojando su cuerpo cuando lo distinguió en la oscuridad— ¿qué haces a estas horas aquí? Pensé que era un ladrón.
—¿Los ladrones tocan la puerta? —preguntó con una sonrisa picarona en el rostro y ella acabó por hacer morros y golpearle el brazo con el cucharón.
—Cierra la puerta —pidió y fue a la cocina a guardar sus armas de guerra— ¿quieres algo de té?
—¿No volverás a golpearme con algún otro instrumento de cocina? —Bromeó acompañado de una ligera carcajada.
Ella volteó a verlo lista para regañarlo, pero ahora que lo veía bien, con la luz de la cocina, notaba su mirada triste y oscurecida por la pena. Sacó el aire de su cuerpo y aflojó los hombros, luego, fue a la heladera y sacó unos biscochos rellenos de azuki dulce y los colocó sobre la mesada de la cocina, quedando frente a él.
—¿Sucedió algo? —preguntó ella bajando la voz y esperando que él la mirase de nuevo. Hasta ahora, seguía con la mirada perdida en el mármol de la cocina.
—¿Intentaste hacer ranas? ¿No están un poco deformes? —preguntó levantando la comida y mirándolo de varios ángulos, incluso, a contraluz, logrando que ella hiciera morros por eso. Era muy buena cocinera, de las mejores, aunque cuando se trataba de la panadería y la presentación… podía no ser tan buena.
—Son pingüinos —dijo cruzando los brazos y al ver que se largó a reír por ellos, sacó el plato de ahí, lista para volver a guardarlos.
—Aguarda, seguro están deliciosos —afirmó él antes de probarlo siquiera, sólo porque la conocía bien y sabía de su talento culinario. De lo contrario, ni se habría molestado. Sin embargo, Chouko hasta que no le dio un mordisco, no hizo nada por querer cambiar de opinión— ¿Lo ves? Deliciosos —dijo con la boca llena y volvió a morder el biscocho.
El clima se había vuelto animado, aunque ella sabía que era forzado. Sólo no quería hablar de ello.
—Quizás si dejas de bromear ahora…
—Si dejo de bromear, tendré que hacerle frente a muchas cosas —él bajo la mirada hacia el plato de comida, aunque en realidad, estaba con la vista perdida en algún punto de la mesa. Ojalá todo fuera tan fácil como enfrentar la realidad… ojalá.
La sonrisa tomó protagonismo en el rostro de ella, apretó más la bata de seda contra su cuerpo y caminó hasta él. Veía como las ondas de su cabello se movían con cada paso que daba y la luz iba generar un matiz muy interesante de los tonos purpuras más claros y oscuros. Al tenerla a su lado, alzó la vista y sus manos se deslizaron a la cintura de la mujer. Su talle era perfecto para que sus manos la tomaran y la levantaran como si no pesara nada, pero en esta ocasión, ella se quedó de pie frente a él.
—Viniste aquí porque quieres hablar.
—O quizá, porque quiero olvidar —Jiraiya cerró los ojos y apoyó la cabeza en el generoso busto de ella, entonces, recibió un leve golpecito en la cabeza.
—Pervertido.
—No tengo la culpa de que tengas tan buen cuerpo.
Ella no respondió, aun sin verla podía adivinar qué cara estaba haciendo en ese momento: ya para con los juegos y hablemos en serio. Sí, se imaginó que tendría esa expresión en el rostro, estaba seguro de ello, pero no quiso levantar la mirada y confirmarlo, por el contrario, se mantuvo con los ojos cerrados sintiendo el perfume a lavanda que emanaba su ropa y se mezclaba con el del azuki y el azúcar en la cocina. Los dulces dedos de ella se enredaron en su larga cabellera y fue como un suave arrullo para él. Lo necesitaba, ella le daba ese sosiego que no tenía en otro lado.
—Orochimaru casi mata a Tsunade, Naruto y Shizune —le contó finalmente, sin levantarse, prefería evitar su mirada por ahora.
—¿Están bien? ¿Tú lo estás?
Había una nota de preocupación en su voz. Temía que estuviera herido físicamente, pero la mayor herida de Jiraiya era espiritual, de impotencia por no haber logrado nada con él.
—Lo están, pero… —se guardó las palabras por un momento, poniendo impaciente a la mujer.
—¿Pero?
—Naruto está siguiendo mis pasos. Orochimaru se fue de la aldea y tardé en descubrir que nunca iba a poder traerlo porque su objetivo no era volver. Eso me hirió mucho y siempre fue una culpa que no pude quitarme. Y él está haciendo lo mismo por Sasuke.
De nuevo, la impotencia estaba en su cuerpo. Ese chiquillo estúpido no entendía que no iba a poder hacer cambiar de parecer a Sasuke sólo con sus buenas intenciones. Ellos ya habían tomado caminos diferentes y por mucho que lo quisiera, jamás iban a volver a cruzarse. Lo mejor que podía hacer era dejarlo por lo sano, antes de que se hiciera más doloroso para él.
—Sabes que eso no fue tu culpa, ¿no? No puedes controlar los sentimientos de las personas.
No había nadie que lo supiera mejor que él. Su mejor amigo, su amor imposible, tantas personas en su vida, hasta su ahijado. Todo parecía estar dentro de un ciclo de destrucción y sufrimiento del que nunca saldría.
—¿Te quedarás esta noche? ¿O sólo viniste a insultar mi cocina?
—Por el contrario —dijo hundiendo la nariz en su escote— vine a que me maltrates —alzó la mirada y vio los labios sonrosados, los ojos ámbar que temblaron por la vergüenza un instante y entonces, ella le dio un beso en la frente.
Sólo un misero beso en la frente.
—Vamos a dormir.
—¿Y no habrá mimos? —dijo a punto de hacer un puchero mientras ella intentaba llevarlo a la habitación.
—No —él la jaló del brazo y volvió a tenerla contra su pecho— no quiero que sea tu pena hablando. Si no, que me desees a mí.
Eso le dolió a él. No se había dado cuenta de que podría sonar tan mal y entonces, se sintió un idiota. Chouko lo quería de manera sincera y siempre lo aceptaba sin importar qué le sucediera, aún si él no le contaba todo, nunca le había negado la entrada ni a su casa ni a su corazón. Ahora, se sentía un idiota.
—Lo siento —murmuró apoyando la cabeza en su espalda, cerrando los ojos y apretando los puños. Siempre era un imbécil en lo importante, siempre.
—Estamos bien —la radiante sonrisa que le dio ella no le dejó dudas a nada— tengo sueño. Vamos a dormir.
Él asintió, sujetando su mano, fueron a su cuarto y durmieron junto. Y no supo cómo algo tan sencillo como eso había hecho tanto por él. Apoyó el mentón en el hombro de ella y la pegó a su cuerpo, el perfume y la piel suave lo relajaron al punto que se quedó dormido apenas unos minutos después de acostarse con ella.
En la mañana, arreglaría todo. Esperaba lograr hacerlo. Ella se había convertido en un escape de la realidad, un punto de sosiego que era ajeno a todo: batallas, muertes, decepciones. Pero quería que supiera, que significaba mucho más. Y aunque le iba a costar aceptarlo, se lo haría saber algún día que pudiera hacerla sentir especial.
