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Con radio en mano, Marie Kanker, de 22 años, contempló las grandes olas que se formaban en las solitarias playas de North Stradboke Island desde lo alto de una colina. Eran olas no muy grandes, grandes representaciones de la fiereza del mar en sus mejores momentos. Eran perfectas para tomar la tabla y deslizarse sobre ellas.
"Aquí Cuervo Uno llamando a Águila Uno, aquí Cuervo Uno llamando a Águila Uno, ¿me escuchan?", dijo con voz fuerte y clara, sonriente.
"Fuerte y claro, Cuervo Uno", replicó una voz masculina.
"Hay olas grandes, monstruosas y hermosas listas para ser deslizadas, Muffin. ¿Se avientan?"
"¿Por quién nos tomas, Corazón? ¡Claro que sí! Nos vemos ahí en diez... O en quince, porque debo despertar a los bellos durmientes".
"¡Nos vemos!"
Apagando su radio, Marie se volvió hacia sus amigas Cristina Corso, Sofía Sartor y Rita Egger, quienes aseguraban sus tablas para surfear, y les comentó que sus novios las verían en la playa.
Eran casi las 6 de la mañana de un sábado de verano. Las muchachas habían madrugado con la ilusión de poder disfrutar las costas de aquella isla paradisiaca antes de regresar a Canberra mientras que sus novios se recuperaban de una fuerte resaca tras celebrar el cumpleaños número 22 de uno de ellos. Era la hora perfecta para llegar a una playa tan popular como aquella y poder surfear con calma, o al menos eso pensaba Marie mientras contemplaba el paisaje verde que franqueaba la vereda hacia una de sus entradas secretas. Al estacionar el automóvil cerca de la playa, bajaron del vehículo y empezaron a bajar las cosas. Diez minutos después llegó otro vehículo con cuatro jóvenes a bordo, a quienes las chicas saludaron entre abrazos y besos. Corto tiempo después de asentarse a pocos metros de las orillas, los jóvenes ya estaban listos para salir a enfrentar a las enormes olas que se alzaban victoriosas en medio del mar.
