Work Text:
Si tuviera que enumerar la cosas que más odia, que lo traten de estúpido sería la primera.
Y que usen sus cosas sin permiso estaría en un muy peleado segundo lugar.
―¡Pero ya te pedí perdón! ―grita Marcel en respuesta.
―¡NO QUIERO ME PIDAS PERDÓN! ―Porco abre los ojos grandes y hace gestos con las manos, causándole un poco de risa a su hermano―. ¡¿De qué mierda te reís!?
―¡Es que sos gracioso!
―Pero la puta madre ―toma sus cosas de la mesa y se va a su habitación.
―Dale, no te calentés.
―Me caliento mucho– ¡y voy a estar caliente hasta que dejes de agarrar mis cosas! ―se va a su habitación.
―Sos un exagerado ―masculla Marcel.
Porco jadea, jadea fuerte, indignado y furioso. Deja su computadora en la cama, toma el cargador del celular y se lo lleva.
―¡Le doblaste la puta patita! ¡Ni siquiera cuidás mis cosas!
―¡Es que no entraba en el enchufe! ¡Y sos un exagerado de mierda, no es tan grave!
― ¡Dejen de gritar, carajo! ―se escucha la voz del vecino.
―Te voy a matar mientras dormís ―concluye Porco, yendo a su habitación.
―Hacelo mientras estoy despierto, gil.
Se encierra de un portazo.
―Hiciste temblar las paredes ―agrega Marcel, abriendo la puerta de su hermano.
―¡UGHHHH, MARCEL, DEJAME EN PAZ!
― ¡CÁLLENSE!
No puede vivir así. Literal, porque el vecino los amenazó con que le diría al dueño que hacen quilombo y él los echaría.
No puede vivir así.
Le va a poner llave a su puerta. Lo cual, en teoría, sería simple. La realidad es que no tiene la llave de esa cerradura. Y la otra realidad es que no debería hacerlo porque están alquilando ahí y bla, bla, bla. Lo va a hacer igual.
Se dirige al Easy de la zona. Es un poco mucho ir a semejante lugar solo por una llave, pero luego de que padre lo hubiera hecho pasar vergüenza hace años en la ferretería de la vuelta de su casa, ya no puede ir más.
Entra y recorre los pasillos por una larga hora, pero no encuentra llaves. Se acerca un empleado.
―¿Dónde están las llaves?
―¿De agua? En el pasillo…
―No, no ―habla sobre él―, llaves de cerraduras.
―No vendemos eso, tenés que ir a una cerrajería o una ferretería.
―Ah.
Va a la puta ferretería porque también es una cerrajería y la única en el barrio.
Es cerca de su casa, a pocas cuadras. Es una ferretería chica. Atraviesa la puerta abierta y aunque sus ojos se quieren distraer con todas las cosas que brillan, al final terminan fijo en el ferretero que es por lejos lo mejor de ahí.
Él está apoyado en el mostrador, su mentón sobre su mano mientras mira su celular. Se endereza cuando nota a Porco y sonríe.
―Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
Trata de no mirarlo tanto, pero es imposible, el otro es musculoso y parece alto y es rubio y tiene ojos tan...
―Hola ―devuelve mirando sus ojos y sonríe también―, necesito una llave.
―Ajá ―asiente el ferretero―, ¿una copia?
―No, necesito cerrar con llave una puerta.
Él ríe y por un momento, Porco siente que se está burlando de él, pero no le importa mucho porque tiene una sonrisa perfecta.
―Eso es un poco complicado, necesitaría ver tu cerradura para saber si tengo alguna.
¿Querés venir a mi casa a verla?, piensa, pero no le va a decir eso. Muy desesperado.
―Te paso mi número y me mandame una foto.
Eso le sirve también.
Porco comienza a sacar su teléfono, pero el ferretero ya está anotando su número en una tarjeta. Se estira y cuando él va tomarlo, no puede evitar que sus manos se toquen de forma media rara, como si lo dos lo hubieran hecho a propósito. No es como que le moleste.
―Esperaré tu mensaje ―vuelve a sonreír el ferretero y se le contagia a Porco―. Nos vemos.
―Eso espe– ¡Nos vemos!
Se dirige a la puerta a toda velocidad y puteándose por ser tan bocón. Ah, pero el ferretero se ríe apenas.
―Nos vemos ―repite y le suena a victoria a Porco.
Regresa a casa con un sentimiento de victoria.
―¿Y la llave? ―se burla Marcel cuando lo ve con las manos vacías.
Sentimiento que desaparece en un segundo.
―¡Estoy en eso! ―exclama irritado, encerrándose.
Se tira en su cama solo con el ferretero en la cabeza, nada más, nada menos. Agenda su número, Ferretero BUENO, porque si le pone algo más sugerente, Marcel se lo hará notar por el resto de su vida.
Abre el chat y descubre con decepción que tiene una foto del local, no de él. Suspira.
Hola, escribe mientras piensa con atención qué le pondrá, soy el pibe que pasó hace un rato.
Me llamo Porco, agrega después. La última conexión del ferretero fue hace veinte minutos, seguro tarda un rato en responder. Se levanta de la cama a buscar su computadora. Ya que tiene que esperar, al menos hará un poco de tarea. Qué mierda que es tener que estudiar.
Su teléfono vibra poco después y se tira casi de cabeza. Ve la foto primero, el nombre después y regresa veloz a la foto.
No puede evitar reír apenas en voz alta.
El ferretero cambió la foto, ahora puede ver su cara y parte de su cuerpo y– ah, Porco no quiere que sus pensamientos se vayan por ese lado, pero el ferretero puso una foto donde tiene un súper pancho en la boca. Se lo está poniendo difícil.
Pasa a leer el mensaje.
Hola, sí, soy Reiner.
Oh, se llama Reiner.
Mandame una foto.
Bueno. Eso es inesperado. No por eso menos bienvenido.
Se saca una selfie. No está seguro de para qué la pide, ¿capaz quiere confirmar que es él? No lo piensa tanto. Le manda la foto, una normal. No se esforzó. Sonríe apenas, como, para variar, y se ve su almohada y el marco de la cama, porque está acostado.
Reiner responde de inmediato.
Eh, manda primero y algunos segundos después, agrega, me refería a la cerradura.
Es instantáneo cómo el color sube por el rostro de Porco. Le da una oleada de calor y de vergüenza juntas.
―La puta… ¡La puta madre! ―se pone la almohada sobre la cara―, ¡soy un boludo!
―¡Ya sabemos! ―dice Marcel desde el comedor.
―¡Callate!
Revisa el chat avergonzado, esperando no haber quedado tan pelotudo delante del otro.
Hay otro mensaje.
Pero linda foto, igual.
Listo. Eso es todo, lo tiene en la bolsa. Ahora mismo lo va a invitar a salir.
Ah, no, la puerta primero.
Perfecto, responde Reiner cuando le manda la foto de la cerradura, pasate mañana por el local.
Solo le manda un ok, porque, otra vez, no quiere quedar desesperado. Le sale mejor fingir el punto justo de desinterés para que el otro lo persiga. Eso le agrada más.
Al día siguiente, por la tarde, se dirige a la ferretería. Evita pensar en la foto que le mandó y en que, a pesar de todo, de seguro quedó ridículo. Ya está, eso quedó atrás.
¿Eso quedó atrás?
Abre la puerta y una campanita lo anuncia. Reiner no lo mira, pero es porque no está. Hay una chica, probablemente adolescente, que lo observa sonriendo.
—Ey, yo te conozco… —dice ella, sin saludar y olvidándose de ser cortés—, ¿no sos el que pidió un litro de corriente hace unos meses?
Porco frunce el ceño, avergonzado y molesto.
—Claro que no.
—Y los clavos de goma– ¡sí, sos vos! —la chica suelta una risa y se apoya en el mostrador—. ¿En qué te puedo ayudar? ¿Necesitás yeso para rallar?
—Busco a Reiner —gruñe.
—¿Rei? Salió hace un rato.
Eso es inesperado, pero no tanto como la familiaridad que hay ahí. El sentimiento de ser un boludo comienza a embargarlo de a poco. Y la verdad es que, ¿qué creyó? ¿Que solo porque le pidió el número iba a querer salir con él? Fue demasiado iluso, incluso para Porco.
—Si querés, puedo dejarle tu mensaje —agrega la chica y Porco hace mueca—. O, bueno, no le dejo un carajo.
—No necesito que le dej–
La campanita de la puerta vuelve a sonar y él se gira, encontrándose con Reiner.
—¡Al fin! —dice ella después de suspirar exageradamente—. Nos vemos después, no me esperes despierto.
Rodea el mostrador, se pone de puntas para darle un beso en la mejilla y se va.
Porco permite que sus pensamientos divaguen un momento. Piensa en lo alto que Reiner es, cosa que solo sospechaba antes y ahora confirma, pero que le agrada sin dudar.
—Hola, ah, disculpá a mi prima, es media maleducada —ríe avergonzado, pasando de largo de Porco, y ocupando el lugar detrás del mostrador—. No le agrada la atención al cliente.
Ríe solo de su broma, pero es porque el otro no lo está escuchando, se quedó en la parte de prima.
Están un momento en silencio.
—Entonces… —comienza Reiner y tiene la atención de Porco.
—Eh, si, uh… —titubea un poco hasta qué recuerda cuál es la razón por la que vino– a parte de ver a Reiner—, me dijiste que pase.
—Oh, sí —se pasa una mano por el cabello y sonríe con disculpa—. Ya no se consiguen llaves para ese tipo de cerradura.
—Uh.
—Exacto. Tendrás que comprar una nueva.
—Ugh… —hace una mueca.
Reiner le muestra el amplio (sin sarcasmo) catálogo de cerraduras que ofrecen, todas con exagerados precios que hacen a Porco preguntarse si vale la pena seguir con esto, a pesar de que su cabeza le dice que no llegó hasta acá solo para llegar hasta acá.
—Dame la más barata —concluye, sin terminar de mirar el catálogo. Saca la tarjeta de crédito (“¡Es solo para emergencias, Porco!”) con bastante dolor.
Reiner toma la tarjeta y lo mira cuando el otro no la suelta.
—Perdón —murmura.
—Bueno, perfecto, si querés te aviso cuando llegue, o date una vuelta mañana.
Oh, por supuesto que se va a dar una vuelta mañana.
No debería, pero la realidad es que espera que pase. Cree que lo va a hacer.
Y si seguimos hablando de las cosas que no debería hacer, Reiner tampoco debería seguir pensando en un cliente de esa forma. Aunque le sea imposible.
Hace lo posible por olvidarse de Porco, al menos en horario de trabajo. Recién en la noche, Reiner regresa a esos pensamientos– y no tiene nada que ver con la paja que está a punto de hacerse.
Decide que si Porco pasa mañana, lo va a invitar a salir. Ya está. No más vueltas, ni hacerse la cabeza. Conciso y al grano.
Pero Porco no pasa. Bueno.
Si pasa al día siguiente de hoy, lo va a invitar.
Tampoco va a la ferretería.
—¿Qué carajo te pasa? —cuestiona Gabi el sábado. Está sentada a su lado, preparando el mate.
—No me pasa nada —murmura Reiner, todavía recostado sobre el mostrador, dramáticamente.
—La tía me dijo que estuviste mariconeando estos días, me preguntó si nos peleamos.
—No me pasa nada —repite y Gabi deja el tema, aunque sabe que sí hay algo ahí.
No le quiere contar. Sabe que es una tontería decepcionarse por algo así, pero como no puede evitarlo, al menos sí va a esquivar el sermón de su prima.
Entonces, el fin de semana pasa. Llega el lunes.
—Ah, ¿Porco? —se termina cruzando a Reiner en el centro, cuando está yendo a buscar unas cosas que su hermano compró por internet—. Ya está lista tu cerradura.
—Reiner —dice su nombre como si fuera lo único en su cabeza, seguro porque cuando aparece él, el resto pierde importancia. El otro sonríe y Porco le devuelve la sonrisa antes de pasarse una mano por el cabello disimuladamente—, qué onda, ¿algo nuevo?
—Bueno, sí —ríe—. Tu cerradura.
—Ah, cierto.
—Pasate cuando quieras por el local.
—Dale, perfecto.
Reiner levanta la mano, despidiéndose, y Porco abre la boca para agregar algo más. No le sale nada y el otro ni lo notó, así que regresa a lo que hacía. Esperar a que le den un paquete.
No tiene dudas de que la espera habría sido más agradable con compañía.
Esa noche, Reiner repite una y otra vez la escena en su cabeza, rememorando y analizando cada palabra y gesto de Porco, convenciéndose a sí mismo de que él creyó que fue una casualidad que se encontraran en el centro y de que no estaba desesperado por verlo.
Al día siguiente se levanta temprano. Desayuna, ordena y se prepara para salir.
—¿Una cita? ¿Tan temprano? —Marcel está sentado en la mesa, todavía en pijama y tomando mate.
—No —responde escueto. Ahora no quiere revelar que va a la ferretería, porque de seguro que Marcel se daría cuenta de todo—. Vuelvo más tarde.
Se va veloz para evitar que le pregunte más, pero Marcel ni le da bola.
No diría que camina con ansiedad hacia la ferretería, pero lo hace rápido. Llega en nada. Apenas atraviesa la puerta, los ojos y la sonrisa de Reiner están sobre él.
—Hola —dice él.
—Hola —devuelve Porco. Frunce la nariz por lo poco original y se acerca al mostrador con las manos en los bolsillos—, así que, llegó mi cerradura.
—Así es… —Reiner se agacha por debajo del mostrador—, acá está. Modelo parecido, pero esta tiene…
Porco deja de escucharlo. Le suena a que está en modo atención al cliente y a él le gustaría que estuviera en modo coqueteo.
—Suena, ah, muy interesante todo eso —comenta, solo para que parezca que escuchó.
—¿Te interesa de verdad? —Reiner eleva una ceja divertido.
El otro mira a un costado frunciendo la nariz y después se vuelve, sonriendo de costado.
—Para nada —Reiner ríe apenas y le entrega la caja dentro de una bolsa—. Ahora tengo que descubrir cómo ponerla —dice Porco, mitad broma, mitad verdad.
—Tal vez, te serviría un poco de ayuda —comenta él, mirándolo fijo, esperando que se lo pida a él.
Porco piensa en Marcel, que es bueno haciendo prácticamente de todo, y hace una mueca, porque sería como admitir derrota de alguna forma.
—Nah, puedo hacerlo solo —toma la bolsa y se voltea hacia la puerta—. Gracias por todo, nos vemos.
—Nos vemos —repite Reiner, moviendo apenas la mano y siguiéndolo con la mirada, inseguro de todo el intercambio, especialmente de la mueca de Porco.
Cuando regresa a casa, Marcel está tal y como lo dejó. Lo mira de reojo cuando entra, pero devuelve la atención a su celular de inmediato. Porco aprovecha para entrar veloz a su habitación, escondiendo, por alguna razón, la cerradura.
La saca de la caja y la inspecciona, pero le parece un rompecabezas. Observa la puerta y se pregunta cómo va a sacar la vieja.
—Ahora que lo pienso —Marcel dice desde la mesa del comedor. Porco lo mira y se encuentra con su sonrisa burlona—, ¿no hubiera sido más fácil comprar una traba?
Porco frunce el ceño.
—Ya sabés, esas que clavás a la puerta y cerrás desde adentro —sigue el otro, aguantándose la risa—, ¿cuánto te salió la cerradura?
—¡Cerrá el orto! —exclama Porco y cierra la puerta, amortiguando la risa de su hermano.
Sigue tratando de inspeccionar la cerradura y descubrir cómo ponerla, hasta que se da cuenta. No de eso, sino de que la traba no hubiera servido para cerrar con llave cuando él no estuviera. No fue una mala inversión.
—Che– —Marcel abre apenas la puerta, pero Porco se la cierra en la cara—. ¡Dale, pelotudo!
—¡Tomátela! —devuelve.
—¡Te traje mate! —Lo medita un segundo y abre la puerta—. Idiota.
—Pelotudo.
—¿Y cómo la vas a poner? —pregunta Marcel mientras inspecciona todo—, mirá que yo no sé hacerlo.
Porco hace una mueca, porque si Marcel no puede, mucho menos él.
—¿Por qué no le preguntás al que te la vendió? Capaz no te cobra caro.
Esa– esa es una muy buena idea.
—Veo —responde en cambio.
Si bien le están hablando, poca atención presta.
—Bueno, bueno, una cosa es que no me des bola a mí —dice Gabi, molesta—, y otra es que no le des bola a mi novio cuando trata de sacarte conversación incómodamente.
—La última parte no era necesaria —murmura Falco, avergonzado.
—Perdón, es que… —suspira desconsolado y Gabi rueda los ojos.
—¿Me vas a decir qué te pasa? —insiste ella.
—No me pasa nada.
—Nada bueno —devuelve—. ¿Es por un chico?
Reiner bufa apenas, tratando de fingir que ella no dio en el clavo.
—Siempre es un chico —Gabi le dice a Falco, haciéndolo reír apenas.
—Bueno, sí, puede ser que sea un chico, pero– es una boludés —se excusa el mayor.
—¡Y porqué mierda andás mariconeando por todos lados, entonces! —regaña exasperada.
—Amor —murmura Falco, poniéndole una mano el brazo.
—Perdón, amor —dice ella en voz calma, acariciando la mano del otro. Después gira a Reiner—, ¡mirá lo que me hacés hacer!
La campana de la puerta suena y Falco y Reiner suspiran aliviados.
—Uy, este otra vez —masculla ella. Agarra a Falco de la mano—, nos vamos al depósito.
Reiner va a decirles algo, como, dejen la puerta abierta, pero las palabras se esfuman en cuanto sus ojos caen en Porco, entrando con una expresión irritada.
—¿Todo bien? —espera que la preocupación no se note tanto, pero es inevitable, ya que nunca vino dos veces el mismo día.
—Uh, sí… —el otro se termina de acercar al mostrador y después frunce la nariz mientras sonríe—, bueno, no, porque resulta que poner la cerradura es más complicado de lo que creí.
Reiner ríe apenas y se apoya en el mostrador, reposando su mentón en su mano.
—Entonces, sí necesitás ayuda.
—Puede ser.
Abre la boca para decir que él puede ir ya mismo, pero el flash del intercambio de la mañana regresa a él, invadiéndolo de pensamientos un tanto irracionales, como que Porco ya se dio cuenta de lo que siente, que ya lo rechazó, que ni en pedo querría que se la pusiera.
La cerradura.
—Ah, uh… mi prima podría ir… pero no sé cuándo tenga tiempo —responde casi con dolor.
Porco vuelve a hacer una mueca y no hay forma de que Reiner desaproveche la oportunidad.
—O, sino, puedo ir yo.
—Clar– —le sale de inmediato y hasta lo sorprende un poquito. Capaz lo necesita con urgencia—, bueno, si no te molesta…
—Para nada, estoy, uh, siempre libre —ríe apenas.
Porco también ríe y le dice que le va a avisar cuando él esté libre.
La realidad es que siempre está libre. Lo que necesita para que pueda venir Reiner es que no haya nadie en casa, lo cual no es tan complicado, porque sus padres trabajan todo el día.
El problema es Marcel. Que se la rasca en casa todo. El puto. Día.
Pero esa es una conversación para otra ocasión.
—¿Cuándo vas a ver a los pibes? —pregunta Porco cuando regresa.
—¿Qué pibes?
—No sé, cualquiera.
—Y… no sé… ¿Para?
—Qué te importa —responde mientras tira su campera dentro de su habitación y regresa al comedor a sentarse.
Marcel rueda los ojos—, capaz el viernes salga.
—Bien.
—Pero no sé.
—Mal.
—¿Qué mierda estás planeando? —pregunta, fingiendo que está concentrado en su teléfono.
—No planeo nada —responde a la defensiva.
—¿Vas a traer a alguien?
—No.
—¿Una minita?
—No.
—¿Un minito?
—N-no– la puta madre —masculla cuando titubea. Lo mira de reojo y Marcel ya tiene su mirada fija en él.
—Ah, así que, un chico.
—No es un chico —se trata de excusar rápido—, el ferretero va a poner la cerradura de mierda.
Marcel hace una mueca.
—¿Te caben viejos? Sorpresivo, pero–
—¡No! Pero la puta madre… Dios, por eso no te quería decir.
—Ay, qué maricón, si te estoy jodiendo nomás.
—Te eStoY JoDIeNdO– andá a cagar.
—Bue, re calentón sos.
Llega el viernes. Porco había tentado un poquito su suerte, avisándole a Reiner antes de estar seguro de que Marcel no estaría. Pero bueno. Ya es viernes y, según le avisó, Reiner está en camino.
Revisa su habitación, que esté ordenada o, al menos, presentable. Zafa. Después revisa el resto de la casa y espía un poquito la habitación de Marcel, para asegurarse de que está por irse.
—¿¡Qué carajo estás haciendo!? —pregunta cuando abre la puerta de par en par.
Marcel lo mira apenas sobre su hombro, pero se vuelve a la computadora.
—¡Dijiste que saldrías! —agrega Porco.
—Dije que capaz —responde sin mirarlo.
—Uh, loco… —masculla y cierra la puerta con un poco más de fuerza que la necesaria. Su teléfono vibra, estoy abajo , dice Reiner. Vuelve a abrir la puerta de su hermano—. Más te vale que te quedes toda la tarde ahí.
—Sí, sí…
Cierra la puerta y baja a abrirle al otro.
Está casi del todo seguro de que su hermano se quiere levantar a quien sea que vaya a venir. Nunca está tan atento a los detalles como hoy. Marcel tiene curiosidad de salir y chusmear qué pasa, pero no tiene ganas de aguantarse a Porco rompiendo las pelotas.
Se queda un buen rato jugando en la computadora, con los auriculares, evitando enterarse de qué pasa y que no pasa. Pero por supuesto que todo se va a la mierda cuando llega la hora del mate.
La hora del mate es sagrada.
Sale de su habitación haciendo el mayor ruido posible, pispeando un poquito que no haya nadie, y va a la cocina.
Pero mientras el agua se calienta, y habiendo olvidado su teléfono en la habitación, la curiosidad le gana. Se asoma desde la cocina y lo ve. Es rubio y se nota que es más alto que él o Porco. Está casi seguro de que es el ferretero de la otra cuadra. Bueno, no, seguro que lo es.
—Era más complicado de lo que decías, ¿no? —escucha la voz de su hermano, jodiendo, y después la risa del otro.
—Un poquito —confiesa y los dos ríen y– uy, Porco lo ve.
—Ya vengo —Marcel lo escucha decir mientras se esconde en la cocina—. La puta que te parió.
—Es la hora del mate —se excusa.
—Te voy a meter el mate en el orto.
—Ah, entonces sí era el ferretero, qué bueno que no es el viejo que estaba antes —susurra Marcel y después se ríe, disfrutando de la vergüenza y enojo del otro.
—Sos insoportable, eh —responde Porco mientras regresa a su habitación.
—¿Querés que les cebe? —pregunta, solo para joderlo más.
—¡Volvé a la computadora!
El agua todavía no está, por lo que se queda en su lugar.
Para cuando el ferretero termina, apenas tomó dos mates.
—¿Seguís acá? —Porco hace una mueca, entrando otra vez a la cocina.
—Está bueno, eh, ¿ya te lo chamuyaste? —vuelve a susurrar, pero más que putearlo, el otro hace una mueca.
—Si ni me da bola.
—Seguro que ni lo intentaste.
—¿Y cómo se supone que lo haga?
—Invitalo a tomar alg–
—Perdón —el ferretero aparece, algo avergonzado—, ¿el baño?
Los dos señalan la puerta al final del pasillo.
—Gracias.
En cuanto desaparece, Porco golpea a Marcel en el brazo.
—¡Au!
—¡Más te vale que no haya escuchado! —masculla.
—Te estoy ayudando, hijo de puta —responde, devolviéndole el golpe.
Porco va a pegarle una vez más, pero el otro regresa.
—Bueno, ya está todo —dice.
—Perfecto, uh, ¿cuánto te debo? —le es incómodo a Porco tener ese tipo de intercambios de adulto, pero trata de que no se note mucho.
—Ah, no, nada–
—¿Estás seguro…?
—Podés pagarme con un café —dice el ferretero. Marcel tiene ganas de estrecharle la mano.
—Uh, no tomamos café, no hay —responde.
Hay una pausa incómoda en todo esto. Marcel se pregunta si Porco se cayó de cabeza de chiquito.
—Ah… Bueno…
Y el resto del tiempo, hasta que recoge sus cosas y se va, también es incómodo.
—¡Vos sos un pelotudo! —exclama Marcel cuando Porco regresa de despedir al otro—. ¡Quería que lo invitaras a salir!
—¿Qué mierda sabés vos? —le resta importancia, tal vez en negación por haber perdido su oportunidad.
—¡Sos alto virgo, Porco!
Y puede ser que Marcel tenga razón, porque cuando se acuesta esa noche, se da cuenta de que todo cuadraba para invitar a Reiner a salir.
La mirada de Gabi es fija y pesada en él, probablemente porque otra vez está suspirando decepcionado por Porco. Le pareció que eso no fallaría, invitame un café, está casi seguro de que lo escuchó decir que quería salir con él, pero después de eso…
—O decís qué te pasa o empiezo a romper los vasos de la tía —amenaza Gabi.
Karina se asoma desde la cocina—. ¡No te atrevas! Solo quedan tres vasos.
—Estoy dispuesta a hacerlos mierda —devuelve ella.
Reiner hace una mueca. Los ojos de Gabi siguen pesando. Da una mirada hacia su cocina, pero no ve a su madre atenta.
—Es… es un chico, ¿sí?
La menor golpea la mesa—. ¡Lo sabía!
—¡Gabi! —regaña Karina.
—¡Perdón, tía! —gira a Reiner—. ¿Quién es? ¿Lo conozco?
Él hace una mueca—. Es el que fue el otro día.
—¿El flaquito? Medio pelirrojo… —el otro asiente—, ugh, ese pelotudo– qué mal gusto, tenés, eh, es medio petiso ese.
—En fin —corta Reiner—, fui a ponerle una cerradura hoy y creí que… Ni sé qué flasheé.
—¿Lo invitaste a salir? —hace un gesto de más o menos—, bueno, vos también, Rei.
—Ni siquiera sé sí él…
—¡Pero mandate! —alienta Gabi a su manera—. En el peor de los casos, lo cagamos a piñas, si total es bajito.
Él sonríe apenas, pero no le sube mucho el ánimo.
—¡Pongan la mesa! —dice Karina. Gabi se levanta de inmediato, pero la vibración de su teléfono hace que Reiner se quede en su lugar.
Entonces, tomás café, le escribe Porco. Reiner está a punto de responder un decepcionado sí, pero entonces le llega el siguiente mensaje.
¿Y cerveza?
Se quiere matar porque está llegando tarde. Eso no habría pasado si le hubiera mentido a Marcel, porque en el momento en que le dijo que al final sí pudo invitar a salir a Reiner, pasó el resto de la tarde preguntándole sobre él. No es como si le hubiera molestado, el tema es que se le fue la hora para prepararse.
Lo bueno es que Reiner todavía no llegó. ¿O es malo? Bueno, son solo diez minutos. No es tan grave.
Su teléfono vibra.
Perdón. Uy, la puta madre.
Se me hizo tarde, dice el siguiente mensaje.
—Más te valía —murmura Porco para sí mismo.
¿Ya llegaste? En cinco llego. Está muy tentado de responder te espero en cuatro, pero le parece un poco...
—Espero que no hayas esperado mucho —es el saludo de Reiner. Da una bocanada de aire y sonríe—, ¿llegaste hace mucho?
—Repetiste mucho y– ¿viniste corriendo? —Porco no cabe en su asombro porque ni el colectivo corre.
—Un poquito —confiesa el otro.
—Hace un ratito —él cambia de tema. Mete las manos en sus bolsillos y hace una seña hacia el bar—, ¿querés que entremos?
—Dale.
Se sientan en una mesa chiquita en un rincón, porque a Porco le molesta la música fuerte y la gente encima. Lo malo es que están cerca de los baños.
—Así que —empieza Reiner después de que pidieron las bebidas—, ¿se cayó la cerradura?
—Uh, ¿no? —Porco ríe apenas y lo mira—, ¿debería?
—No, no, obvio que no —ríe también—. No sería ferretero si hiciera malos trabajos.
Ambos vuelven a reír, pero es casi norma general que si dos personas solas ríen tan seguido, es porque es incómodo.
Porco voltea apenas y lo mira de reojo; están sentados uno al lado del otro, porque en esa mesa de mierda no hay lugar para sentarse enfrentados. ¿Por qué eligió esa? Ah, por la privacidad.
Está mirando de reojo a Reiner, están en una cita, pero la duda no desaparece de su cabeza. Ni siquiera dijeron que es una cita, pero a esta altura, le da miedo preguntar y que él otro diga que no.
—Su pedido —la chica que les tomó la orden les trae las cervezas.
—Gracias —dicen al mismo tiempo.
El silencio se restaura.
La puta madre, piensa Porco, decí algo, boludo.
—Entonce–
—¿Está buena? —Reiner habla sobre él y después lo mira apologético—, perdón, te interrumpí.
—¡No, no! —niega con un poco mucha de efusividad—, por favor, seguí, iba a decir una pelotudés.
—Ah, bueno —ríe suave—, preguntaba si está buena tu cerveza.
—Eh, sí, zafa, qué sé yo —se encoge de hombros—. ¿Por?
—Ah —suelta Reiner y se le nota lo contrariado—, es que– como la tomaste tan rápido…
Porco se siente avergonzado porque su vaso ya está por la mitad y espera que el calor que ya siente por el alcohol no se acentúe.
—Es– es un hábito —trata de excusarse—, con mi hermano siempre apostamos quién puede tomar más rápido.
—Suena divertido —Reiner sonríe y Porco lo imita.
—Sí, bueno, cuando estamos en casa- una vez fuimos a un bar —habla emocionado y atropelladamente, capaz porque la cerveza ya hizo efecto y está más relajado—, tomamos como cuatro vasos cada uno y después tuve que llevarnos a casa, porque mi hermano estaba hecho mierda.
—¿Tanto?
—Quebró a una cuadra de casa y fue como, terminó de hacerlo, me miró y dijo ¿hay escabio en casa? —Reiner suelta una risa—. Y yo como, dale, boludo, acabás de dejar todo el guiso que cenamos en la zanja, y él dice, ¡oh! ¿Quedó guiso en casa?
Reiner suelta una carcajada y Porco lo imita aliviado porque su historia no le pareció una mierda.
Tres cervezas después, las risas siguen saliendo, pero son más genuinas que incómodas.
Están a mitad del cuarto vaso cuando se adentran en el primer silencio en una hora. Reiner lo percibe como uno cómodo. La música es agradable, no tan alta en el lugar en que están y la canción que suena le gusta.
—Creo que no lo dije, pero te ves bien hoy —comenta Porco. Está medio recostado en la mesa, mirando a Reiner de costado. Sus ojos están cansados y sus mejillas y nariz rosadas.
—Ah, vine con lo que tenía puesto en el trabajo —ríe apenas y lo mira sonriente—, pero, gracias. Vos también te ves muy bien.
—¿Sí? —se acerca un poco más—, decime más.
Reiner se da cuenta de a dónde va a esto. Lo imita y después sonríe de costado.
—Bueno… me gusta tu cabello también… ¿Sos colorado natural? —le pregunta le sale con auténtica curiosidad y a Porco se le escapa una carcajada.
—No —ríe un poco más—, no, es tintura.
—Parece natural —reafirma, riendo también.
—Gracias —murmura y roza la rodilla del otro con el dorso de la mano, entrecortando su aliento y haciéndole preguntar si fue a adrede o no.
—¿Lo hacés cada mes, o–? —Porco apoya su mano completa en la rodilla ajena, callando a Reiner, que lo mira sorprendido.
—¿Qué decías?
—Que si… —entre el alcohol y los dedos del otro deslizándose por su muslo, Reiner no puede hilar una palabra—, que si el color– ¿Querés que vayamos a otro lado?
Suelta de golpe y casi se arrepiente porque la mano de Porco se detiene en la parte más alta de su muslo, justo al lado de su entrepierna.
—Como quieras —sonríe y Reiner casi se siente a punto de derretirse.
—Tengo muchas ganas de besarte —susurra entonces, acercándose al otro, no pudiendo esconder ni fingir su franqueza.
Porco le da una palmada en la pierna.
—Vámonos.
Recogen sus cosas, pagan en la caja y salen del bar. Apenas dan vuelta a la esquina, encuentran un callejón, lugar al que Porco lo empuja contra la pared y después tira de él, acercándolo a su boca.
Reiner se aferra a sus brazos, clavando un poquito sus dedos y partiendo los labios, recibiendo el jadeo de Porco ahí dentro. Después tira de él y gira sobre la pared, dejándolo en el lugar que él antes ocupaba.
Porco abraza su cuello, tira y se estira también, sintiendo los dedos de Reiner colarse por debajo del borde de su remera, acariciando su cadera y su espalda desnuda con dedos ásperos.
De haber sabido que se sentiría tan bien besarlo, Reiner habría adelantado toda la parte de la cita y lo hubiera traído directo al callejón oscuro.
Los dedos de Porco también se cuelan entre su ropa, buscando casi con desesperación algo de piel. Tironea del cuello de su remera y suelta su boca para caer en el hueco de su cuello, lamiendo y besando, siendo muchísimo más suave y dulce de lo que Reiner jamás habría esperado.
Y llega un punto en el que se tienen que separar, porque no están en la casa de ninguno de los dos.
Ah, pero si estuvieran…
No sabe por cuánto tiempo se besan, pero sí que no le importaría besarlo todavía más.
Reiner lo acompaña hasta su casa, no caminan de la mano, pero casi. Se despiden besándose un rato más pero, otra vez, no es suficiente para Porco.
Cuando entra al departamento, todo está a oscuras exceptuando la televisión del living, donde está Marcel.
—¿Estas son horas de llegar, trola? —lo jode, pero el otro lo ignora.
—¿Qué hora es? —pregunta mientras se saca la campera y la tira en el sillón, donde también se sienta.
—Casi las dos —responde Marcel.
Y dos segundos después, Porco se da cuenta de que lo está mirando fijo.
—¿Qué? —Marcel sonríe y le golpea el brazo—. ¡Au! ¿Qué carajo?
—Tenés los labios hinchados, putita —suelta una risa—, ¿lo tomo como que te fue bien?
Porco sonríe satisfecho.
—Puede ser.
Y si después de la cita tenía dudas de que le gusta a Reiner, los mensajes constantes se lo aseguran.
¿Qué estás usando?, manda Porco. Está sentado otra vez en el sillón de living. Marcel está en su habitación con la puerta abierta y su mamá tiene el día libre, por lo que está dando vueltas por la casa.
Estoy en el trabajo, responde Reiner y está casi seguro de que se rio. ¿Cómo? Solo lo sabe.
O sea que nada.
No hay respuesta por algunos minutos, por lo que se distrae con la película que está puesta, pero después siente la vibración del celular en su estómago.
Voy al baño, dice Reiner, ¿puedo llamarte?
Obvio, responde y se levanta sigiloso, como quién no quiere la cosa, y se mete a su habitación. Ah, es hora de estrenar la cerradura que le salió un huevo.
Cierra la puerta y gira la llave sigiloso, excepto que no gira.
Para ningún lado.
Y cuando abre la puerta, la cerradura se cae.
—¿Qué carajo? —se agacha a levantar y, a la vez, le llega la llamada del otro.
—Hola —susurra Reiner en un tono que, si no estuviera tan contrariado, le encantaría a Porco.
—Hola —devuelve—, che, eh, ¿estás ocupado ahora?
—Tengo algunos minutos —Reiner ríe suave, todavía en modo coqueteo.
—Voy a darme una pasada por la ferretería en un toque —dice.
—Uh, ¿okay? Mirá que está mi prima también.
—Bueno —¿Y eso qué tiene que ver?, piensa al mismo tiempo.
Le parece medio al pedo que Porco vaya, porque Gabi no les va a quitar los ojos de encima y no van a poder hacer nada. Aunque también le da gusto verlo.
Pero no van a poder hacer nada.
—¡Hola! —dice Gabi automáticamente al escuchar la campana de la puerta, interrumpiendo su conversación con Falco. Frunce el ceño cuando ve que es Porco—, uy, este otra vez.
—Sos media desubicada vos, ¿no? —dice Porco, irritado, pero ella lo ignora.
—Vamos al depósito, amor —dice Gabi, tomando al otro chico de la mano y tirando de él.
—Hola —dice Falco apenas antes de ser arrastrado.
Porco se acerca al mostrador y, al estar al alcance de Reiner, este no pierde la oportunidad de estirarse por encima y besarlo. Y Porco lo besa de vuelta y después se separa para volver a acercarse.
—No, pará —dice, cortando el beso de golpe—. Che, mirá, me gustás bastante y tuvimos alta cita, pero–
A Reiner se le corta la respiración hasta que ve que el otro saca la cerradura de la mochila que trae.
—Se me acaba de salir, medio que me cortó el mambo, ¿entendés? —termina de explicar y Reiner suelta una risa.
—Ay– me había olvidado… —Porco levanta una ceja—, la dejé así a propósito.
—¿Para?
—Así me volvías a llamar.
El ingenio de Reiner le gana y le roba una risa, porque verdaderamente nunca se hubiera imaginado algo así.
—Sabías que te pudo haber salido muy mal, ¿no? Capaz llamaba a alguien más —dice, acercándose al mostrador y al otro.
—Te tenía fe —responde Reiner antes de besarlo.
