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Es principios de enero y la nieve ya empieza poco a poco a conquistar la ciudad con su gélido manto blanco. Lo hace despacio, con un tintineo silencioso pero metódico que Nesta adora y que normalmente observa embelesada desde la calidez de su cuarto, admirando como los copos fallecen uno tras otro contra la superficie del cristal sucio de su ventana. Es una de sus actividades favoritas del invierno; disfrutar de la soledad con la mente en blanco, un chocolate en la mano y los apuntes sobre la mesa.
Sin embargo y a pesar de que ha llevado a cabo su habitual rutina de estudio con minuciosa religiosidad, la musa de la concentración también parece haberla abandonado este año. El chocolate está frío, el subrayador pastel lleva más de media hora abierto sobre el papel y los dedos de las manos le duelen tanto que duda de que sea capaz de escribir algo. Parece que desde que su madre murió, no hay invierno ni nieve en el mundo que pueda acallar las voces de su cabeza.
Porque el año pasado -justo antes de que todo se fuera a la mierda- Nesta disfrutaba mucho del estudio. Todos los días se sentaba con entusiasmo frente al escritorio y memorizaba la lección correspondiente. Organizar temas, ir al día y decidir cuándo, dónde y cómo aprendería aquel puñado de temas le otorgaba la satisfacción de tener al menos una mínima parte de su vida bajo control. A veces Elain y Feyre la acompañaban, y aunque solía quejarse de las risas de Elain y las manchas de pintura que Feyre siempre dejaba por el dormitorio, adoraba con vehemencia todos y cada uno de los momentos que compartían juntas. Elain siempre sabía elegir las palabras correctas para ahuyentar esos pensamientos que por las noches le robaban el sueño, y Feyre siempre estaba ahí, dispuesta a tenderle la mano cuando más lo necesitaba. Eran ellas las que le impulsaban a intentar ser mejor persona, superarse día tras día y salir, no sin mucho esfuerzo, del bucle asfixiante en el que había terminado derivando su vida.
O al menos lo intentó. Lo intentó con toda su energía, lo intentó hasta la saciedad, hasta que no le quedaron más fuerzas. Pero el fatídico cuatro de abril terminó llegando a sus vidas de la misma forma en la que llegan las cosas malas; demasiado pronto y sin previo aviso, y ella no pudo hacer nada excepto sujetar la mano de su madre mientras moría en aquella cama de matrimonio desvalijada.
No pudo hacer nada en ese momento, ni por supuesto en todos los que vinieron después. Ella se quedó allí perdida, sin dirección, ni mapa, ni brújula. Se quedó allí más tiempo que nadie. Observó desde la distancia como sus hermanas superaban poco a poco la muerte de su madre cómo quién supera la pérdida de un primo lejano al que nunca llegaste a conocer muy bien. Se quedó en un segundo plano viendo como Feyre encontraba al amor de su vida, creaba un nuevo grupo de amigos y se preparaba para su examen de admisión universitaria. Contempló como con el tiempo Elain también la dejó atrás, apuntándose como voluntaria en un refugio de animales cercano y congeniando fantásticamente con el novio rico de Feyre, Rhys, y todos sus nuevos compañeros. Y siguió quedándose durante todos los meses consecutivos encerrada en su cuarto y lejos del alcance de todos, apretando la mandíbula y odiando al sol por seguir su curso, al mundo por no parar ni un mísero segundo, a sus hermanas por seguir viviendo mientras ella no podía, y despreciando a la única persona que sí era más débil que ella; su padre.
Pero hoy, por algún extraño motivo, el odio y el desprecio no acuden a ella de inmediato. No tiene ganas de entrar al salón. Puede que sea porque hoy es cinco de enero y está más nostálgica que de costumbre. Cuando eran pequeñas los cinco solían ir a la cabalgata juntos, recoger caramelos hasta que terminaban agotados, cenar con prisas, colocar los zapatos en la ventana y dormir todas apiñadas en la cama de Nesta, emocionadas y sopesando en voz baja los posibles regalos que encontrarían al día siguiente bajo el árbol.
Hoy no hay nadie en casa —excepto su padre que es un fracasado y no se ha levantado del sofá desde que lo abandonó su esposa. Y Nesta, cómo alguna especie de premonición, sabe que si entra en el salón no será capaz de parar. Que está a tan sólo un golpecito de fragmentarse en diez mil pedazos y explotar como una supernova. Eran sus hermanas las que de alguna forma conseguían contenerla, pero ahora los pensamientos que antes le robaban el sueño le roban todo; la razón, la cordura y hasta el sentido de supervivencia. Las voces de su cabeza no descansan ni cuando intenta estudiar, y lo único que desea es hacer sentir a los demás al menos la mitad de miserable de como se siente ella. La línea que antes siempre le marcaba el límite de lo que estaba bien y lo que estaba mal ha ido difuminándose hasta que ha desaparecido del todo, y lo único que ha quedado ha sido un vacío en su cabeza que la devora y le aterra. Porque cuando pierde los estribos todo parece ser válido para atacar. Y las manos le tiemblan, engarrotadas y doloridas de todo el tiempo que lleva apretándolas, al ser consciente de que hoy la barrera que contiene su rabia es más frágil que nunca.
Porque siente como el veneno se forja frío y letal bajo su lengua. Y quema, quema hasta tal punto que si entra en el salón nadie podrá detenerla. Ni su hermana Elain, ni su hermana Feyre, ni su madre, porque ninguna de ellas está a su lado. Se ha quedado sola junto a un padre depresivo al que desea tantas cosas malas que ni siquiera es capaz de verbalizar en voz alta por vergüenza.
Impaciente, revisa las notificaciones del móvil una última vez. Había mandado un par de Whatsapps al grupo de Las valquirias para quedar y desahogarse -un grupo originalmente creado para crossfit que ha ido derivando en un contenedor emocional que ahora usan para todo-, pero nadie parece haberlo leído. Gwyn seguro que está disfrutando de las pocas vacaciones restantes junto a su hermana gemela Catrin, y Emerie… Nesta consulta el reloj; las diez y media de la mañana. Conociendo a la morena, probablemente ni siquiera está despierta.
Frustrada y desesperada, recoge todas las cosas de la mesa y las vuelca de malas formas en el primer bolso vacío que encuentra. Necesita salir de allí inmediatamente o se acabará ahogando entre tantos recuerdos. Ni siquiera se detiene en coger un abrigo o un paraguas antes de abandonar el que hasta hacía un año era su hogar; sólo se concentra en bajar las escaleras y reservar plaza en la biblioteca más cercana a su casa. Es el único sitio, aparte del gimnasio, que está abierto y puede proporcionarle un poco de paz. El deporte y la universidad son las únicas cosas buenas que le quedan tras la muerte de su madre.
Por fin tras una caminata que se le antoja eterna, llega a la puerta de su facultad totalmente congelada. Ha estado veinte minutos andando al descubierto bajo la nevada y ahora tiene el jersey empapado, los dientes castañeando y las botas y el recogido cubierto de cientos de minúsculos cristales de hielo que la enfermarán, aunque no se molesta ni un mínimo en remediarlo. Es mucho más cómodo seguir así, castigarse a sí misma y alimentar a todas esas voces que le recuerdan constantemente lo patética que es. Porque se merece todas y cada una de las cosas malas que le suceden. Así que pasa el código con prisas, saluda al bibliotecario con un seco gesto de cabeza y busca el sitio 430, qué cómo no, está ocupado. Cuando aprenderá la gente a respetar el sitio de los demás y no sentarse dónde les dé la real gana.
Creyendo que ya nada más puede ir a peor, avanza hacia la planta de arriba para buscar su dichoso puesto. Nesta odia la planta de arriba con todas sus fuerzas, pero es consciente de que no puede volver a casa en ese estado. Por lo que se obliga a subir las malditas escaleras. Una por una; primero un pie, luego otro, hasta que por fin avista el rellano. Lo hace porque es cinco de enero y las probabilidades de encontrarse con alguien en la biblioteca son nulas, porque es demasiado patético -incluso para ella- salir huyendo por segunda vez en un margen de media hora, y porque nadie ni nada va a joderle el único rato de estudio que tiene.
Pero se lo plantea. Joder que si se lo plantea cuando termina de colocar el pie en el último escalón y su mirada choca con la suya, como atraídas por un imán, como si él hubiera sabido el momento exacto en el que ella iba a entrar por esa puerta. Y el odio hacia aquella planta se hace un poquito más intenso, más fuerte y más virulento porque ahora está paralizada en mitad de un pasillo quedando como una estrepitosa idiota a ojos de toda la biblioteca y de él, y no sabe qué hacer o cómo reaccionar. Por supuesto que hoy Cassian iba a estar aquí, se lamenta. Ha sido una imbécil por pensar que tendría un solo mísero día de descanso.
El anteriormente mencionado la espera repantigado en la silla, con los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos hechos dos rejillas; observa su estupefacción con un descarado regocijo. Lleva unos vaqueros y un jersey azul que de alguna forma inexplicable resalta cada músculo de su cuerpo a pesar de estar sentado. Y su mirada dorada sigue clavada en la suya, retándola en silencio. Por un segundo, Nesta casi sopesa la opción de no dejarlo ganar —aunque sea ante una cosa tan absurda. Sin embargo, dentro de ella no hay hueco para nada más excepto miseria y orgullo. Aceptar su juego sería dirigirle la palabra por primera vez desde aquella noche, y puede no le quede nada más en su vida, pero de orgullo tiene kilos y kilos almacenados en casa y no piensa librarse por ahora de ninguno.
—Buenos días, Nesta —la saluda Cassian con un tono cantarín nada más llegar a la mesa, ajeno a todo lo que pasa por su mente. Nesta en sus labios suena frágil y bonito, como una caricia o un halago, algo que definitivamente no quiere que se asocie con su persona. Así que frunce los labios y aparta los ojos de los suyos mientras los fija en la estantería del fondo, que es mucho más atractiva y sobre todo más segura—. No esperaba encontrarte por aquí.
Sus palabras no sólo consiguen reflejar la enorme diversión que debe de estar experimentando en estos momentos al hacerla sentir tan desconcertada, si no que además son tan irónicas que por unos instantes casi provocan que salga de su estado catatónico y ponga los ojos en blanco. No obstante -y con muchísimo esfuerzo- la ley del hielo resiste a pesar de percibir la media sonrisa petulante de Cassian que probablemente asoma bajo la mascarilla. Nesta sigue con el rostro impávido incluso mientras espera a que el susodicho evacue su mesa, porque todo está inundado de sus porquerías; papeles y libros desparramados por toda la superficie, bolígrafos y subrayadores, agua, ¿un batido proteico? y hasta un kitkat a medio comer.
Plof, plof, plof. Nesta jura que el ruido de los cachivaches resuena con gran estruendo por toda la biblioteca, y de hecho pronto todos los ojos de los estudiantes están fijos en ellos dos. Los movimientos de Cassian son deliberadamente lentos, aunque no la mira mientras procede con la tarea. Está claro que sabe que está a punto de sacarla de quicio, y por alguna razón inexplicable que escapa de su comprensión, parece hasta disfrutar de ello.
Sólo que hoy no es un buen momento para importunarla. Ni hoy ni nunca, pero especialmente este cinco de enero. Y Cassian no tiene ni la más remota idea de todo lo que siente y esconde la chica con el aspecto más feroz que ha visto nunca.
—Estás empapada —dice de repente, como si no hubiera reparado antes en todo el hielo que la cubre. Como si no se pudiera creer lo que ve, o no fuera hoy una de las peores nevadas de los últimos años. Su mano oscura señala las gotas de agua que comienzan a filtrarse en la moqueta del suelo, y su voz adopta ese deje de preocupación que Nesta tanto odia—. ¿No has traído paraguas?
Ella no hace otra cosa sino mantener su vista baja y los labios cerrados en dos duras líneas. Nota sus ojos examinándola detenidamente, aunque reprime la necesidad de adecentarse y quitarse, al menos, los restos de nieve que se alojan en su recogido. Sigue allí de pie como una imbécil, negándose a dirigirle más que un seco asentimiento de cabeza. Sólo quiere que Cassian termine de evacuar su mesa, poder ella estudiar el tema restante que le falta, y marchar a casa para encerrarse en su cuarto sin tener que realizar ninguna interacción social más. No quiere que nadie le dirija la palabra, ni mucho menos dar explicaciones de sus actos a un desconocido común de Feyre, Rhys y Elain.
Quiere que la dejen tranquila, pero Cassian no parece comprenderlo.
—Nesta, no…
Y también quiere que se calle. Con todas sus fuerzas.
—¿Piensas terminar algún día? —Es todo lo que dice. Sus primeras palabras en toda la mañana.
Por supuesto, Cassian no entiende o no quiere comprender la advertencia—. Sólo quería comprobar que estabas bien —añade con paciencia, como si estuviera acostumbrado a los continuos desplantes de Nesta. Pero la realidad es que no lo está, porque no han compartido más que algunos minutos en un portal y una noche juntos. No se cree su preocupación ni sus genuinas ganas de ayudar. No se cree nada de él—. Me pareció extraño no verte en el cumpleaños de Feyre.
Extraño, Nesta deja escapar la también primera risa de día, aunque está desprovista de cualquier rastro de humor. Nadie la esperaba aquel día. Nadie quería que ella acudiera al cumpleaños de su hermana.
—Parecía triste —insiste—. Estuvo esperándote durante toda la fiesta.
Seguro. La respuesta quema en sus labios, pero la no pronuncia porque a estas alturas no merece la pena defender su inocencia. El veredicto hace mucho tiempo que fue dictado; y ahora ella es la mala hija, la mala hermana y la mala persona. Tampoco hay forma de explicar que prefirió quedarse en su casa rememorando a su antigua familia y odiando a la actual sin parecer una trastornada, por lo que guarda silencio. Es mejor así, siempre lo es.
—Mira —Ahora los ojos de Cassian si están fijos en los suyos, más dorados que nunca. Transmiten muchas cosas -todas buenas y ninguna que se merezca- y a Nesta se le comienza a hacer insoportable la visión. Le duele ver todo lo que ha perdido y nunca llegará a ser por culpa de su forma de ser—, entiendo la situación por la que estás pasando, pero apartar a las personas que se preocupan por ti no es la solución. Feyre aquella noche pensaba que…
—Su culpa —lo interrumpe, porque no quiere escuchar más y porque al menos eso sí que es cierto—. Nadie debería esperar nada de nadie. ¿Puedes terminar de quitar todas tus porquerías de mi mesa, por favor? No me gustaría tener que ir a hablar con el bibliotecario.
Se asegura de verter suficiente veneno en la oración y dedicarle la mirada más mortífera de su colección para borrar la esperanza de esos ojos hazel de Cassian. Ahora que la mira con la mandíbula apretada y la decepción pintada en el rostro, sentimientos con los que se siente mucho más cómoda, nota una breve e ínfima satisfacción creciendo en su interior. Aunque solo dura milésimas. Pero supone que es mejor que nada.
—Te estás equivocando.
—No quiero hablar del tema.
—Elain también lo hacía. Las dos estuvieron esperándote, Nesta. Sabes que ellas siempre están ahí para ti.
Y con esas palabras, ‘‘sabes que ellas siempre están ahí para ti’’ la mecha empieza a arder. Lo hace primero lento, llenando el aire de un leve olor a quemado. Nesta nota como comienza a hacérsele difícil aparentar estar respirando con normalidad. Le duele el pecho y no sabe como detener a la bestia.
—¿Ah, si? ¿Están ahí siempre, Cassian? —escupe con el corazón bombeando a mil—. ¿En qué te basas para decir que están siempre ahí para mí? Porque no me conoces a mí, ni a Elain, ni mucho menos a Feyre porque esté saliendo tres meses con tu amigo del alma. No sabes nada de nuestra situación familiar. Nada. Y nadie te ha pedido ayuda ¿de acuerdo? No necesito tus patéticos consejos, y menos de alguien como tú.
Cassian la mira entre boquiabierto y dolido, los mechones cayéndole desordenadamente por el rostro. Ha pronunciado su discurso en voz alta -demasiado fuerte- y vuelven a ser el centro de atención de todo el edificio, aunque todo eso queda comprimido en un segundo plano cuando en lo único en lo que Nesta puede fijarse es en esos ojos dorados juzgando sus acciones, calificándola de mala persona y reprochándole todas esas cosas que ni Feyre ni Elain se atreven a expresar en voz alta. Y a Nesta se le empiezan a enrojecer las mejillas, consciente de la humillación que está sufriendo, y provocando que le tiemblen las manos.
—Feyre es mi amiga, y tú también Nesta. Quiero veros a las dos felices. ¿No comprendes que si simplemente…
—No intentes hacer eso.
—¿El qué?
Pero Nesta no se molesta ni en contestar a su pregunta, se decanta por la opción más sencilla: ofrecerle lo que él realmente quiere escuchar—. No fui porque no me dio la gana ¿contento? A diferencia de vosotros, tengo muchísimas mejores cosas en las que malgastar mi tiempo. Y ahora si me disculpas…
—No te creo.
—Déjame en p-a-z.
—¿Tener un mínimo de consideración hacia tus seres queridos es malgastar tu tiempo? Porque no parece tu estilo.
Pero la voz de Cassian no suena tan segura como a Nesta le gustaría, y en el fondo se alegra de ello. Se alegra de que dude de ella, de que se plantee hasta que punto Nesta es capaz de detestar a todos y a todo lo que ocurre a su alrededor. Ese titubeo provoca que la mecha cobre más fuerza, y las palabras de Cassian se repiten una y otra vez en bucle en su mente, desconfiando de ella, acusándola, juzgándola y culpándola de algo que ni conoce ni comprende. Es ahí, en ese momento, con la humillación bulliendo con fuerza en sus mejillas, cuando se da cuenta de que es demasiado tarde. Un impulso irreprimible la domina; su brazo se mueve solo hacia la mesa y aparta de un manotazo toda la suciedad que plaga su sitio. El kitkat y una cascada de apuntes caen dramáticamente al suelo mientras el batido se balancea peligrosamente sobre el borde, y todo parece congelarse. Nota como todo el mundo la mira y no sabe qué hacer. Solo quiere desaparecer y que la bebida también se caiga y se rompa en mil pedazos como ella ha hecho tantas veces, y le arruine a Cassian la mañana, el día y el mes.
Nesta suelta furiosamente el bolso sobre la silla y vuelve sobre sus pasos en busca de café y aire y tranquilidad, algo que le ayude a mitigar ese nudo en el pecho que no la deja vivir. Está cansada de tener que estar siempre a la defensiva, de no poder bajar nunca la guardia, de que todo el mundo siempre asuma cosas sobre ella, y que nadie la ayude o le importe lo suficiente como para pararse un minuto a ponerse en su lugar. Se odia. Se odia muchísimo a sí misma, y está sola porque todo el mundo también la odia.
Llega a la parte trasera del edificio a la vez que las primeras lágrimas manan furiosamente. Siempre parece ser lo mismo, la gente intenta ayudarla y ella inconscientemente los aparta de malas formas. La nieve sigue cayendo pesada a su alrededor, y hace tanto frío que no logra encender el cigarro hasta el cuarto intento. Se obliga a no pensar mucho en Cassian y en su absurda necesidad de hacerse el héroe con cosas que incluso desconoce. Por supuesto que se ha ganado que lo trate así, porque… ninguna excusa le parece lo suficiente válida como para justificar su comportamiento. ¿Por que no tenía la mesa libre y estaba tardando más de lo normal en despejarla? ¿Por que le ha dicho lo que todo el mundo piensa a la cara? Nesta es una idiota por llorar ante el más mínimo impedimento en su camino. A estas alturas de la vida debería estar inmunizada ante todo y llorando desconsoladamente en el patio trasero de su facultad.
Al final, el cigarro llega a su fin y ella sigue sintiéndose igual de miserable o más porque no ha parado de pensar ni medio minuto en él. Nesta en el fondo sabe que Cassian es un buen chico y solo desea ayudarla porque odia ver a Feyre mal, o quizás porque Rhys se lo ha pedido. Y sin embargo, se siente como una mierda por haberlo tratado así de mal tras lo atento que estuvo la primera y única noche que Nesta aceptó salir con Feyre y los amigos del pijo de su novio. La cuidó cuando bebió tanto que no era capaz de hilar una frase de más de tres palabras seguidas. La defendió cuando Rhys le recriminó el mal trago que le había hecho pasar a sus hermanas. Y la acompañó a casa cuando el alcohol dio paso al autodesprecio y quiso degradarse con el primero que cruzara su camino y tuviera peor aspecto que ella.
Cassian no se merece nada de esto, pero una parte de ella -y no pequeña- no consigue arrepentirse del todo. ¿Quién se preocupa por entenderla a ella o no hacerla más sufrir? Lo único que hoy quería era despejarse un rato, abandonar la vivienda donde ha estado pudriéndose durante los últimos meses y conseguir llegar al seis de enero sin perder los estribos. Cassian no tenía el derecho a sacar ese tema, importunarla hasta que contestara, y obligarla a sentarse en un sitio que ni quería ni le pertenecía.
Y ahora presupone que su día está completamente jodido. Sigue teniendo las mejillas mojadas, los ojos rojos por mucho que trate de ocultarlo y un nerviosismo que no parece abandonarla ni al cabo de dos cigarros. Nesta guarda el paquete y el mechero y se sienta en uno de los pocos escalones secos que quedan, e intenta cerrar los ojos y dejar su mente en blanco. Quizás si se concentra lo suficiente pueda imaginarse en otro sitio: quizás en su antiguo hogar preparándose con sus hermanas para ir al centro de la ciudad, en el autobús sentada de la mano junto a su madre, o incluso rellenando una bolsa gigante de caramelos. Pero Nesta no está muy segura de que quiera volver ahí, porque entonces enfrentar la realidad le dolerá mucho más. No existe ninguna magia o artimaña, pacto o engaño que traiga a su familia de vuelta. Y puede que sea hora de ir aceptándolo. Sólo que… duele tantísimo aceptar que lo que tú pensabas que sería para siempre ha acabado reducido en cenizas. Pues, ¿qué queda después de eso?
Unos pasos la sacan de su ensoñación antes de que le dé tiempo a responder, e inmediatamente reconoce a quién le pertenecen. Suenan seguros, aunque distantes; una distancia que por supuesto ha sido ella la encargada de imponer. Se pregunta en silencio si Cassian le reprochará su comportamiento entre gritos, si se mostrará cauteloso y fingirá que nada ha pasado, o si simplemente se limitará a ignorarla. Nesta está muy acostumbrada a que el resto de personas la sepulten a un segundo o incluso tercer plano.
Pero Cassian dista mucho de ser cómo el resto de personas con las que ella se ha cruzado, y las palabras que pronuncia la desarman un poquito más.
—Lo siento —confiesa a sus espaldas. Su voz parece apenada y sincera, a pesar de que no puede verle el rostro, pero Nesta no se gira. Ya se siente lo suficiente mal por hacerlo sentir así; si se diera la vuelta no sabría que hacer. Algo debe de estar fatal en ella; porque no cree que ni así sea capaz de darle la razón en voz alta—. No era mi intención montar todo ese espectáculo.
» Solo quería decirte que te comprendo, y que sé que debajo de esa coraza hay una persona que sufre y que piensa que todo el mundo tiene un complot contra ella. Lo sé porque yo también pasé por ahí durante una época de mi vida y… Bueno, sé que no necesitas mis patéticos consejos, pero creo que deberías probar a empezar a hacer las cosas de otro modo. A abrirte más, escuchar, reír, llorar… No merece la pena pasarse toda la vida estancada en un mismo lugar. Y no podrás hacerlo si no permites que alguien te ayude.
Cassian suspira, dándose por vencido tras cinco minutos de eterno silencio, y antes de que Nesta sea capaz de articular algo, se aleja de ella. Nesta no se atreve a darse la vuelta y detenerlo, no se atreve a arriesgarse a que Cassian la vea en ese estado tan lastimoso, por lo que se queda mirando como caen los copos de nieve uno tras otro. Siempre le ha gustado el invierno y el frío. La relaja, aunque hoy no parece hacer ningún efecto. Su cabeza sigue siendo un enredo de sensaciones y pensamientos caóticos. Quiere estar sola, pero a la vez quiere suplicarle a Cassian que él no la dé también por perdida. Quiere gritarle y culparle de todos sus problemas, pero no tiene ni energía ni ganas.
Se queda allí pensando en las palabras de Cassian, en toda la razón que tiene y en lo mucho que se parecen a lo que ella tantas veces ha pensado. ¿De verdad tan malo sería que comenzara a comportarse de otro modo? Se pregunta. ¿Qué pasaría si por una vez no se guiara por ese instinto nocivo y pensara realmente en lo que a ella le gustaría hacer? Pero la incertidumbre la corroe. Lleva tanto tiempo comportándose así, sintiéndose cómoda en el espiral de toxicidad en el que vive, que piensa que nunca será capaz de salir de ahí. Que ya no distingue ni lo que está bien ni lo que está mal, y que por mucho que lo intente nada bueno saldrá de ella.
Nesta se pone en pie y pisa con fuerza las dos colillas que descansan a sus pies. No se lo piensa demasiado antes de detenerse por unos instantes ante la máquina expendedora, y sube las escaleras todo lo rápido que puede. No quiere cambiar de opinión durante el trayecto. Llega a la planta de arriba asfixiada, con las mejillas rojas y el aliento entrecortado, dejándose caer sin ningún tipo de cuidado en la silla.
La chica llena de nieve -por segunda vez en la mañana- saca los apuntes y una chocolatina nueva del bolso. Coloca Civil III delante suya, junto a sus subrayadores pasteles favoritos, y desliza disimuladamente un kitkat sin abrir al lado de Cassian. No vuelve a levantar la vista durante las próximas tres siguientes horas, quizás por vergüenza o por miedo a ver la ilusión brillando en sus dorados ojos y decepcionarlo de nuevo. No se mueve lo más mínimo, ni incluso cuando Cassian sale afuera a hacer un descanso, o simplemente mira hacia otro lado. Pero lo nota. Nota una extraña calidez brotando de él que la hace sentir bien, y Nesta se aferra a eso. Es suficiente para calmarse y conseguir por fin dejar la mente en blanco.
Solo cuando el reloj marca las dos y media de la tarde, Nesta se permite observarlo desde la distancia. Aprovecha una de las veces en las que su compañero de mesa va al baño, y lo examina con extremada precaución. Casi con miedo, evitando en todo momento utilizar algún adjetivo que implique algo más que atracción física. Cassian es una de esas personas que llaman la atención allí donde pasan, y no sólo porque sea alto, moreno y posea uno ojos tan legibles en los que Nesta se pasaría las horas descifrando, sino porque también posee ese halo de generosidad, de lealtad y calidez que son capaces de devolver las esperanzas a cualquier persona. Y como Nesta todavía no sabe si es digna de él o quiere volver a seguir intentándolo, aprovecha ese descanso para abandonar la biblioteca con total discreción.
Sin embargo, al bajar las escaleras una voz la llama y Nesta no es capaz de controlar los erráticos latidos de su corazón. Puede que sea esta razón -entre un centenar más- por lo que nunca realiza buenas acciones.
La sonrisa que Cassian le dedica le aterra, pero Nesta no puede huir porque antes de que pueda darse cuenta, ya está frente a ella—. Gracias por la chocolatina —le agradece amablemente, y Nesta no sabe qué hacer o qué decir. Hace mucho tiempo que nadie le da las gracias—. ¿Ya te vas?
Una pregunta bastante absurda teniendo en cuenta que lleva los cascos puestos y el bolso a punto de estallar colgado del hombro. Nesta pone la música en pausa -Plastic Hearts de Miley Cyrus suena en ese momento- y le dedica un breve asentimiento.
—Está bien. Espero verte mañana —le dice.
Y con ese fascinante hoyuelo en la mejilla izquierda y un guiño que Nesta no puede quitarse de la cabeza durante todo el día, Cassian se despide de ella. Nesta vuelve a casa un poco más animada. No entra en el salón porque no le apetece hacer sentir mal a nadie, y estudia como nunca. Sólo se da cuenta de la media chocolatina que hay en su bolso envuelta en un papel garabateado cuando recoge todo a la hora de dormir. Aquello le saca la primera sonrisa del año. Nesta se come el kitktat que ya comienza a estar derretido por el calor de sus manos, y apunta en su teléfono los ocho números pintarrajeados que contiene la nota. La guarda casi con religiosidad en su mesilla de noche, pues no es lo único que contiene.
‘‘Felices reyes, Nes’’ reza aquel folio mal doblado, pero Nesta siente que es el primer regalo en años que la remueve por dentro.
