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El hombre de ojos tristes

Summary:

Es un hombre encantador, pero está tan triste, que Mirko tiene ganas de acercarse y quitar todo ese dolor de él. Tal vez se anime algún día.

Notes:

Por si no se notó, necesito hacer espacio en mi PC, por eso estoy dejando todas mis porquerías aquí, mis disculpas por eso :) Solo espero que a alguien le agrade!

Work Text:

Observa al hombre todos los días. Lo ve llegar sin prestar atención a la gente. Con nadie habla, casi no sonríe. Sus ojos son azules, pero no hay luz dentro de ellos. Debe haber habido alguna vez. Pero no más. Así que pasa la fuente y camina a lo largo de la línea de puestos que corren por el camino hasta la cima de la colina.

Mirko lo ve llegar a su puesto, lo espera con una sonrisa y a menudo, tiene preparado el racimo grande de uvas que compra siempre, de color morado oscuro. Selecciona para darle el más perfecto, son la especialidad y es obvio que las disfruta. A menudo también compra otras frutas frescas; tiene modales impecables. Y su italiano también ha mejorado notablemente.

Cuando llegó por primera vez, su acento estaba fuera de lugar. Aunque en los siete meses que lleva en el pueblo, mejoró notablemente. Se nota que es un hombre inteligente y preparado. Rara vez dice algo de más, no cuenta de su vida como los demás que pasan por el mercado. Salvo las bromas habituales, nunca es grosero y siempre habla bien cuando Mirko intenta llamar su atención, conversan en español. La primera sonrisa sincera que le vio, fue cuando le comentó que él sabía un poco de su idioma. Desde entonces el hombre prefiere hablar en su idioma y Mirko se entrena todos los días con textos nuevos para aprender.

De vez en cuando le trae un pequeño puñado de flores, margaritas, un día le mencionó de pasada que son sus favoritas y el serbio se deshace entre sonrojos y agradecimientos mientras las acepta. Dice que de nada, buenos días y sigue su camino. Podría ser un gesto tonto, pero a él le genera alegría.

Se dirige a la parte superior de la carretera y se sienta en el dique bajo, mirando hacia el océano y comiendo lentamente sus uvas. Nunca lo conoce nadie, nunca habla con nadie a su alrededor y rara vez va más lejos. Simplemente mira hacia el océano hasta que el sol hace que el resplandor del agua sea casi insoportable, y luego se da la vuelta y comienza de nuevo por donde vino. Por lo general, recuerda hacer un pequeño saludo o un movimiento con la cabeza cuando pasa. A veces parece tan perdido en sus propios pensamientos que no nota nada a su alrededor, y Mirko se queda el resto del día con la sensación de que algo le falta.

Es un hombre encantador, pero está tan triste, que Mirko tiene ganas de acercarse y quitar todo ese dolor de él. Tal vez se anime algún día.

***

 

Su oportunidad llega un día cualquiera y soleado, el hombre de ojos hermosos se acerca al puesto después de comer sus uvas, una sonrisa afable en su rostro que, como siempre, no alcanza sus ojos. Se para junto al puesto y espera que termine de atender. Mirko se apresura, ansioso por charlar con él.

Resulta que el hombre encantador tiene problemas con un techo en su casa, las vigas antiguas son muy viejas y filtran agua. Debe poner las nuevas pero necesita ayuda con la instalación.

— ¿Conoces a alguien a quien pueda pedirle ayuda? Un contratado, claro.

Mirko sonríe, su oportunidad servida en bandeja.

— Soy su hombre.

El hombre frunció el ceño,

— ¿Y el puesto?

— Mi hermano puede atenderlo por la tarde, usted no se preocupe — Le dice ansioso por trabajar con él y no importa cuanto Darko prefiera quedarse cosechando los árboles, le tocará el puesto esta semana.

— Perfecto, entonces — Dice, la expresión serena vuelve a él. — Aunque si vas a trabajar conmigo, será mejor que me tutees. — Después, en un acto completamente mundano pero que a Mirko le supo a logro desbloqueado, extendió su mano para que la estrechara. — Martín es mi nombre, Martín Berrote.

— Mirko Dragic — Dijo. — Será un placer trabajar contigo.

Martín le contó donde vivía; en la finca grande al otro lado del pueblo, justo al pie de las montañas. Y después de preguntar cuándo podrían empezar, acordaron que mañana mismo.

***

Fue un trabajo duro y pesado, Martín ideó un sistema de subida y bajada mediante sogas pero aún así fue complicado y les tomó cuatro días completos hasta que todo estuvo listo.

A pesar de la cintura desgastada, Mirko disfrutó cada día. Porque Martín resultó ser un poco más charlatán puertas adentro y si bien seguía teniendo la mirada triste, la distracción del trabajo animaba un poco su aura.

Hablan, se cuentan pedacitos de sus vidas, se escuchan, cortan y aseguran madera.

— ¿Unas cervezas para festejar? — Propuso el último día, y Mirko asintió de buena gana. Cualquier cosa para pasar un poco más de tiempo con él.

En estos días, su pequeña fascinación con el hombre solo fue en aumento, y a pesar de haber sido solo días contra años en el mercado, ya estaba pensando en lo triste que sería volver a atender en el puesto en vez de estar en la casa de Martín.

— ¿Tabaco? - Ofreció, dejándose caer con gracia en su propio sillón.

Llevaba una camisa holgada y unos pantalones cargo, la misma ropa que había estado usando todo el día, pero Mirko no podía dejar de admirar lo hermoso que estaba, lo hermoso que era.

— No. Lo dejé.

— Si, yo también. — Contestó Martín, con humor ácido llevándose un cigarrillo a la boca. — Y dime, ¿Cómo termina un hombre de los balcanes en un pueblito perdido de la toscana? Debe haber una historia interesante allí.

Estaban los dos sentados en living de la gran casona, con una botella de cerveza helada entre las manos uno frente al otro. Mirko hace un esfuerzo en mantenerse derecho, a pesar de la diferencia de tamaño, todo él se siente intimidado por la presencia de Martín. Ahora, sin la excusa del trabajo, se siente de repente mucho más íntimo y personal y no sabe qué tan cómodo está con eso. Sobre todo porque se nota que Martín es un hombre brillante y de mundo, un ingeniero de hecho, mientras él lleva toda su vida siendo basura en la sociedad. Aún así, es sincero cuando habla.

— Mi hermano y yo servimos al ejercito durante muchos años, en muchas guerras - Cuenta, sin poder evitar el tono lúgubre del que se tiñen sus palabras cada vez que recuerda. — Salimos hace siete años. Giramos por distintos países y finalmente terminamos aquí y con unos pocos ahorros encima, compramos el campo que trabajamos.

— Y de forma muy eficiente, tengo que decir, las uvas son las mejores que probé en mi vida — Dijo, y Mirko notó la sinceridad en las palabras y agradeció la falta de preguntas sobre la guerra. Por lo general, la gente solía quedarse en esa parte. No Martín.

— Tendrías que haberlo visto cuando lo conseguimos...apenas un pedazo de tierra de mierda. Ahora incluso tenemos gente trabajando allí la tierra con nosotros. — Recordó no sin cierta nostalgia; él y su hermano pusieron toda su dedicación al terreno para que produjera - ¿Y tú? ¿Cómo llegaste aquí? — Preguntó, envalentonarse.

La expresión de Martín se ensombreció, solo un poco. Logró sonreír aunque un suspiro amargo salió de la garganta.

— Lo mismo. La mia fue un tipo de guerra diferente, pero en esencia... — Sintetizó, y desvió los ojos un momento antes de volver a enfocarse.

Fue vago al dar respuesta, aún así Mirko entendió.

— Todas las guerras son dolorosas, y parecen no acabar — Dijo, con conocimiento de causa — Pero todas lo hacen, en algún punto. Estar vivo es una victoria.

Martín no contesta nada, solo alza su botella en un brindis silencioso antes de beber, Mirko lo imita y una corriente recorre su cuerpo cuando ninguno de los dos rompe el contacto visual.

Solo podía imaginarse el tipo de guerra que hablaba Martín, uno sin tanto armamento pero igualmente bélico. No podía evitar preguntarse, quien había sido tan tonto como para no aceptar a Martín.

¿Habrá sido un hombre o una mujer? Los tantos no habían sido aclarados, no con todas las letras al menos, pero Mirko estaba un ochenta porciento seguro de que Martín pateaba para el mismo lado que él, pero la bisexualidad siempre era una opción...

— Dime, Mirko, ¿Qué es lo que hacia un gay en el ejercito? Digo, muchos deben serlo, es cuestión de estadística pero, exactamente...? — Mirko casi escupe la cerveza por la nariz con la desfachatez con la que hablo Martín. Al parecer, los puntos si estaban claros de su lado —Pienso en mi en el ejercito y solo puedo imaginarme metiendome en la carpa de mis compañeros.

Mirko se rió, negando con la cabeza, una risa ronca y natural.

— Allí no puedes ir metiéndote en la carpa de la gente, no se como sera en Argentina, pero en Serbia...cuestión de vida o muerte. No voy a mentir, conseguí algunos encuentros agradables, no muchos. Siempre a boca cerrada y cabeza gacha —Admitió, con un encogimiento de hombros. — Solo cuando salí fui libre, en todos los aspectos. Ademas, la mayoria no estaba como para meterse en su carpa, te lo aseguro — Agregó en broma, solo para restar un poco de seriedad y retomar el tinte cómico que puso antes Martín.

— Me hubiera metido en tu carpa sin dudarlo — Dijo Martín, fuerte y claro antes de hacer fondo con lo que le quedaba de cerveza, casi ahogando allí sus palabras y la sonrisa torcida.

Mirko lo miró estupefacto, sorprendido por el coqueteó y pensando alguna respuesta pero en vano, porque Martín se levantó como si no hubiera dicho nada.

— Se está haciendo tarde, Mirko, sera mejor que vayas. — De pie como estaba, comenzó a rebuscar en el cajón de una cómoda de madera puesta contra la pared. — Toma, esto es por el trabajo hecho.

Le extendió un sobre de madera, abultado en la parte baja. Mirko se levantó del sillón, después de todo fue invitado a retirarse, pero negó con la cabeza al sobre.

— No, esto fue un favor, un agradable favor. Disfrute tu compañía. — Dijo, y agradeció estar viendo directo a su rostro, o se hubiera perdido el suave rubor y el brillo de sorpresa en sus ojos. — Estoy seguro que no será una despedida.

****

Y no lo fue, Mirko volvió el día siguiente, cerca de las cuatro de la tarde cuando los puestos del mercado fueron desarmados. Le gustaría decir que Martín se sorprendió de verlo en el porche de su casa, pero tal vez fue más predecible de lo que pensó.

De cualquier forma, lo invitó a pasar y sirvió vino esta vez, moscato y un poco de soda, perfecto para el calor. Mirko llevó uvas como ofrenda y Martín las puso en una bonita frutera sobre la mesa de la cocina.

— ¿Damos una vuelta?

Los alrededores de la finca eran hermosos y abarcaban varias hectáreas. El pasto prolijamente cortado era de un verde muy sano y subía y bajaba según la elevación del terreno.

Pasaron esa tarde y las siguientes charlando, recorriendo los alrededores de la finca y recolectando nisperos y naranjas, solo compartiendo momentos y compañía.

— ¿Por qué no trabajas de ingeniero? Pude ver que disfrutas mucho.

Martín, que caminaba a su lado con las manos agitando a su costado, solo se encogió de hombros.

— No me hace falta el dinero.

— Puedo verlo — Se rio Mirko. — La sra. Debu piensa que eres una especie de narcotraficante, o alguna cosa así.

Martín se rió, relajado.

— No, no soy narco. Pero nunca supe como tomar buenas decisiones en mi vida, he sido ladrón alguna vez.

Mirko trato de disimular su estopor. ¿Era una broma o una confesión? Por el valor de la propiedad y los tesoros que había visto adentro, no tenía muchas dudas...

— Debes haber sido uno bueno — Le dijo. — En cambio yo, solo he logrado ser uno medio pelo. — Fue el turno de Martín de mirarlo sorprendido, claramente no esperaba. Mirko se encogió de hombros. — Nadie quiere a unos ex militares brutos trabajando para ellos, ¿Sabes? Y teníamos una familia que cuidar. Ahora los mayores fallecieron y los demás son grandes, se las arreglan, aún ayudamos un poco...pero antes dependían de Darko y de mi. Hicimos lo que debíamos hacer y no me avergüenza.

— No, a mi tampoco. — Dijo Martín, soltando el aire. — Aunque mis causas no fueron tan nobles puedo decir que nunca robé a nadie que fuera a extrañar lo que me llevaba.

Mirko le sonrió, amplio, sabía que mostraba dientes plateados además de los blancos pero no importaba, estaba contento. Martín desvió la mirada hacia, y Mirko no pudo saber que pasaba por su mente.

Volvieron sumergidos en un cómodo silencio, cuando el sol comenzaba a caer sobre el horizonte y, justo cuando Mirko pensó que nuevamente sería despedido, Martín se dirigió a la cocina y comenzó a sacar algunos ingredientes de la alacena.

Pronto estuvieron los dos cocinando, en perfecta sincronía a lo largo y ancho de la cocina. Parecía que preparaban para un batallón; pastas, carnes y ensaladas frescas. El ambiente se llenó de olores tentadores.

El vino corría también, Martín se había ido unos cuantos minutos a elegir una botella mientras Mirko lo reemplazó cortando cebollas. En retrospectiva, estaba seguro de que fue una treta para evitar la tarea, no le importó. Sobretodo porque el alcohol que trajo estaba delicioso.

Salieron a cenar al patio. Una mesa blanca con mantel los esperaba afuera. Martín incluso prendió unas velas ya que el sol cada vez estaba más escondido. Sacaron los platos y comieron entre risas y silencios.

Cuando los tenedores fueron reemplazados por las cucharas de postre (nada elaborado esta vez, solo un poco de helado del pote) y iban ya casi finalizando la segunda botella de vino, Mirko se encontró mirando a Martín más de lo socialmente aceptado.

¿Cómo no hacerlo? Si se veía hermoso. Con una camisa holgada, celeste de manga corta y unos pantalones pescadores que se doblaban en los tobillos. Sus ojos brillaban un poco bajo el fuego de las velas y tenía las comisuras de la boca elevadas, mirando a algún punto en las montañas. Su mente se había ido lejos de ahí y Mirko, celoso, se preguntaba cómo hacerla volver. Para su fortuna, Martín sintió la mirada insistente sobre él y volteó a verlo.

—¿Qué? — Preguntó, la sonrisa aún asomaba en sus labios.

— Te ves hermoso. — Contestó Mirko, sin tapujos. Que Martín hiciera con esa información lo que quisiera.

Pasaron unos segundos hasta que por fin contestó.

— No te quedas atrás — Le dijo, con una sonrisa pintada y un guiño de ojos.

Levantaron los platos y Mirko se puso a lavar, como buen invitado, mientras Martín secaba a su lado.

Trato de evitarlo, pero el momento de despedirse llegó.

— La pase muy bien hoy.

— Igual. Me alegra que hayas venido.

Mirko solo asintió, con una media sonrisa en su rostro, antes de inclinarse hacia adelante y besar suavemente la mejilla de Martín.

Dudó un poco antes de echarse hacia atrás. Los ojos de Martín estaban cerrados y sus mejillas se estaban llenando de color. Sin una palabra, se inclinó hacia adelante una vez más y besó a Martín en la boca, sus labios preguntaban gentilmente, y mentalmente suspiró aliviado cuando la boca de Martín se abrió y admitió su entrada tentativa con la lengua, sus brazos subieron para agarrarlo por los brazos, justo debajo del codo.

Los ojos de Mirko también se cerraron mientras se perdía en la sensación de besar, lentamente y con una intensidad cada vez más profunda. Una de las manos de Martín cayó a su cadera, mientras que la otra se enroscó dulcemente alrededor de la parte posterior de su cuello, rascando su nuca. De alguna manera terminaron parados más juntos que cuando habían comenzado, los cuerpos presionados juntos mientras compartían este simple momento

Se separaron después de unos minutos, antes de que el beso alcanzara niveles de excitación más difíciles de manejar, jadeantes y faltos de aire. Era suficiente para una primer noche, más adelante, habría tiempo para llevar esto a otro nivel. Por ahora, llevar esto despacio parecía la mejor opción, si quería que fuera algo más que una noche de subidón.

— Adios, Martín, te veré mañana. — Dijo, con una sonrisa y un último beso en la mejilla, la mano de Martín entre medio de las suyas.

— Chao.

***

 

Ahora los ojos de Martín son ligeros, brillan y tienen chispa. Si alguna vez hubiera sospechado que se llenaban tanto, hubiera actuado antes. Ahora es diez veces más encantador.

Viene por sus uvas esta mañana, como todas desde hace un año ya. A Mirko le gusta pensar que esa noche en que se besaron, Martín encontró en él algo que creyó perdido, y que apenas están comenzando a explorar los límites de su relación. Sigue siendo callado, hay cosas de las que no charla y Mirko sigue siendo la única persona del pueblo con que se relaciona, y Darko ocasionalmente. Tan aislado como lo ha sido desde el primer día que lo vio por primera vez, pero es diferente.

Sube por la calle y se sienta en el dique. Mira por encima del agua y come lentamente sus uvas, saboreando el sabor individual de cada fruta carmesí. No se mueve, no mira a su alrededor. Sus pensamientos están con algo diferente de donde está ahora. Pero diferente a donde habían estado una vez.

Mirko busca quien lo cubra y sube a la cima también, ocupa su lugar en la pared junto al encantador hombre de ojos azules que fue un desconocido una vez. Se sientan en silencio durante mucho tiempo, hasta que se miran el uno al otro y solo miran, casi como si nunca se hubieran visto antes. Entonces Martín sonríe y se inclina para besar a Mirko. Como todos los días, Mirko le devuelve el cariño acariciando su mejilla.

Hablan por un rato, sus cuerpos apretados juntos y su amor es evidente incluso para quienes los ven. Se mueven juntos y reaccionan como uno solo.

Pasan los meses y su relación solo se consolida. Año y medio desde que llegó Martín al pueblo, todo es calma y armonía hasta que ya no lo es, hasta que un tipo con traje de segunda mano y gafas llega montado en un auto rojo. Carga con él una propuesta para Mirko y su hermano que es difícil de rechazar.

Fue una sorpresa que también conociera a Martín.