Chapter Text
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Así que, todavía queda gente que saluda cuando llega a la parada del autobús. Normalmente, simplemente se limitan a fingir que no ven a nadie y se zambullen en sus móviles a jugar a alguno de esos coloridos e irritantes jueguecitos con los que se aseguran de no pensar nunca en nada importante.
¿Viejo refunfuñón? ¿Yo? Probablemente.
Pero prefiero eso a ser uno de esos chavales con pantalones cagados que le hablan a las muchachas como si fuesen un recipiente para mantener sus pollas en caliente. ¿Qué le pasa a la juventud? Creía que la generación sexista era la mía, y resulta que, en pleno siglo XXI, que se dice pronto, las mujeres tienen que saber defensa personal, no ir nunca solas por la calle (menos aún de noche, por supuesto), vestir como monjas y esconder un buen (e ilegal) spray de pimienta para intentar evitar que algún personaje con una severa carencia de educación y respeto asuma que existen para servir a sus más oscuros placeres.
Las cosas antes no eran mejores, no nos vamos a engañar, pero, iluso de mí, esperaba que eso cambiase con el tiempo. Acabó la dictadura y parecía que la libertad volvía a las calles, pero en lo que vivimos es en una especie de ilusión. Somos como ratones nacidos en jaulas: creemos que somos libres porque nunca hemos conocido la auténtica libertad. Los jóvenes de ahora creen que están súper evolucionados, que son muy modernos y que van a la última, pero el respeto aún escapa a su entendimiento. Para más INRI, ha llegado el Reggeaton. ¿Existirá algo más denigrante que esas letras y esos bailes? Si existe el infierno, seguro que tiene Reggeaton como hilo musical.
Por fin llega el autobús y me pregunto si el que hayan cambiado el número de la línea a la 73 es para recochinearse sobre mi recién adquirida edad. Es oficial, ¿no es cierto? Ya soy parte de la tercera edad. Todo lo que me queda en esta vida es sufrir cada día un poco más de dolores y achaques hasta que llegue el definitivo y Dios decida darme otra misión (espero que más productiva que ésta).
¿Le habré aportado algo al mundo? ¿Sabrá que existo? Dicen que cada una de tus acciones, por pequeña que sea, tiene efecto en el mundo entero, pero tengo la sensación de que la historia permanecería intacta si yo no hubiese existido.
Supongo que no me puedo quejar; al menos aún puedo subir fácilmente los escalones del autobús y limpiarme solo el culo.
—Disculpa, tienes una mancha en el trasero.
O quizás no.
Di media vuelta al notar una pequeña mano tirando de mi brazo nada más subir al autobús, y vi allí a la mujer de antes; la que me había dado las buenas tardes. Así que, ¿de verdad mi culo estaba sucio? Me retorcí todo lo que mi espalda me permitió intentando mirar la trasera de mis pantalones genuinamente asustado por lo que pudiese encontrar ahí. No había notado nada en absoluto. ¿Iba a ser así como el principio del final iba a dar el pistoletazo de salida?
—Creo que se le ha salido la tinta a tu boli —dijo aquella amable mujer probablemente sintiendo el terror que emanaba por mis poros y conteniendo una carcajada que me habría hundido totalmente—. Esas manchas son difíciles de quitar, pero si le das con alcohol insistentemente, al final, desaparecen.
El intento de risa murió finalmente antes de ser liberado y dio lugar a una sincera y hermosa sonrisa.
—Eh… Gracias. No recordaba que tenía el boli ahí.
“Mierda. Así que es la memoria lo que me va a fallar lo primero.”
—No es nada. A mí me pasa constantemente —contestó animadamente mientras sacaba un paquete de pañuelos de su bolso.
—¿Mancharte de tinta? —pregunté sorprendido mientras aceptaba uno de sus pañuelos para poder sentarme sobre él en el autobús y otro para limpiarme las manos.
—No, olvidarme de lo que llevo en los bolsillos. Esta misma mañana me he encontrado uno de esos deliciosos bombones de chocolate negro que llevaba en el bolso desde hacía unos años. ¿Te lo puedes creer?
No me dio tiempo a contestar. Sólo se sentó a mi lado y siguió hablando conmigo como si me conociese de toda la vida.
—¡Hm! Igual estaba caducado. ¿El chocolate caduca? Espero que no, porque me lo he comido al instante…
Reí ligeramente ante su confesión. No sabía si era lo correcto, pero no pareció molestarle.
—Bueno, si muero por eso, al menos será una muerte dulce.
Reí de nuevo y ella rio conmigo. Bonita voz.
—¡Eh! ¡No te lo pierdas! ¡Mira cómo ligan los abuelos!
—¡Iugh! ¡Qué grima!
Genial. Tenían que venir un par de descerebrados a aniquilar el que probablemente iba a ser mi último recuerdo feliz de esta vida. Miré a aquella mujer preocupado: no quería que ella se sintiese como yo; pero ella me miró aún más sonriente y tomó mi mano con sus todavía no demasiado arrugados e inmensamente cálidos dedos.
—No te preocupes. Ya les llegará si tienen suerte. Y estoy segura de que pagarían por llegar a nuestras edades con un aspecto tan atractivo y saludable como el tuyo.
Mis ojos se abrieron de par en par. Escuchaba a los críos reírse, pero, de pronto, no me importaba en absoluto. ¿Aquella radiante mujer creía que yo era atractivo? Era sólo por consolarme, ¿verdad? Sin embargo, el calor invadió mis mejillas como nunca antes lo había hecho.
—Soy Anna —dijo medio riendo mientras me tendía la mano.
—Kristoff —dije tomándola y dándole un suave apretón.
—¿Kristoff? Hasta tu nombre es envidiable. Suena fuerte y varonil, pero es suave y agradable de oír y de decir. Eres un hombre con suerte. Apuesto a que tu mujer disfruta horrores clamándolo a los cuatro vientos.
¡Por el amor de Dios! ¡¿Es que no había ni un resquicio de vergüenza viviendo dentro de aquella mujer?!
—Ehm… Yo no…
—¡Oh! ¡Es mi parada! —dijo levantándose repentina y enérgicamente.
—¿El hospital?
—Sí. Me operaron el hombro hace unas semanas y tengo que hacer rehabilitación.
¿Cómo podía no haber notado que llevaba el brazo en cabestrillo bajo el abrigo hasta ese momento?
—Así que, estaré por aquí de lunes a viernes durante los próximos dos meses —añadió guiñándome un ojo y sacándome de nuevo los colores—. Ha sido un placer, Kristoff.
—Igualmente, Anna —contesté tratando de ocultar mi cara de embobado tras una cordial sonrisa.
Entonces, rebuscó frenéticamente en su bolso hasta sacar un bolígrafo y tres chocolatinas. Me lanzó el boli mientras se alejaba confiando ciegamente en mis reflejos, y les dio dos de las chocolatinas a los dos jovenzuelos que se habían reído de nosotros.
—Necesitáis poner un poco de dulzor en esos corazones.
Y, sin más, se fue dejando a dos adolescentes y a un anciano siguiendo con asombro sus pasos mientras ella devoraba su propia chocolatina.
Puede que sea un gruñón irremediable, pero, por alguna razón, aquel día no volví a quejarme.
