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la tácita obviedad de tus miradas

Summary:

Luka Colucci se fuga de la habitación algunas noches y nadie sabe adónde. Luka Colucci es una pieza musical iniciando con la segunda estrofa. Luka Colucci es el cubo Rubik que Esteban Torres no logra descifrar.

Notes:

En esta historia ignoramos el canon y ellos no son medios hermanos. Ni Esteban es novio de Jana.

Sigo molesta por el final, obvio jajaja. ES QUE EL POTENCIAL QUE TENÍAN, CARAJO, NETLIX, HAZ ALGO.
Pero mientras arreglan su desastre, aquí este one-shot:

Work Text:

La primera vez que lo atrapa mirándolo, es vergonzoso, se arrepiente al instante. Genial, como si el ego de Luka necesitara más razones para expandirse. A este punto puedes ver «Luka Loves Luka» desde la estratosfera.

—¿Qué mirás, chile poblano? ¿Te gusto o qué?

—No, para nada —responde Esteban, de repente tímido, siente el calor recorriendo sus mejillas y se refugia, no por primera ocasión, en unas partituras. Y parece ser suficiente porque entonces Luka retoma su canto, con esa voz de ángel que hace juego con sus ojos de océano purificado y su cabello dorado. Porque sí, su forma de cantar y hasta su apariencia pueden rozar en lo angelical. Su personalidad… no tanto. O quizá sí, quizá tiene la actitud de un ángel rebelde que fue desterrado del paraíso y escupido en esta clase de infierno que es el EWS.

Seis días después le toca a Esteban ser el observado y no va a dejar pasar la oportunidad de devolvérsela.

—¿Qué miras? ¿Te gusto? —No lo piensa mucho, simplemente lo dice. Su tono es ajeno, divertido, ni siquiera él se cree la pregunta.

Luka sonríe de medio lado y resopla.

—Quisieras.

Esteban simplemente rueda los ojos. Esa confianza y seguridad en sí mismo es un poco envidiable. Y al mismo tiempo siente que sólo es una fachada. Chico rico jugando a ser el antagonista de una película adolescente que se escabulle por cigarrillos en una noche semi-estrellada y llora sin decir palabras.

Las siguientes veces ya ni siquiera las cuenta. Esteban no sabe en qué momento comenzaron este juego, el de observar al otro como si el resto de la vía láctea se hubiese extinguido en un parpadeo, el de fingir que no sabes que te están mirando. El de fingir que no te importa, que no te gusta ni te eriza la piel este tácito duelo de miradas.

Es curioso, porque la cosa es que ellos ni siquiera se agradan. No del todo. Al menos no recíprocamente.

Esteban lo ha intentado. O eso cree él. Ha intentado ser su amigo, acercándose sigilosamente como cuando deseas acariciar a un gatito anaranjado sin hogar listo para arañar tu yugular, pero «amistad» parece ser un concepto desconocido para Luka Colucci, a pesar de que presume de su popularidad y de ser un influencer con todas las letras, de sus brunch con celebridades y ropa de diseñador con el sello libre de crueldad animal.

Sin embargo, al final de su glamuroso día siempre regresa a la habitación que comparte más a la fuerza que por gusto, solo. Y se hunde en su teléfono ostentoso para escapar por un rato o dos del mundo real.

Qué vacía debe ser su vida, piensa Esteban, encontrando validación sólo en forma de “likes”, construyéndose una imagen cibernética que sí, es atrapante, aspiracional, pero seguro falsa, agotadora, como si fuese un maniquí humano en un escaparate de la Quinta Avenida: admirado por todos y sin poder moverse.

Cuando lo ve acostado en su cama, con sus audífonos puestos escuchando quién sabe qué, por un momento la culpa lo invade y se pregunta si lo quiere de su lado para sacarle información sobre su madre, o si hay algo más allá de su entendimiento que ha terminado por convertir a un Colucci en su obsesión.

Ha decidido que no le importa mucho la respuesta.

¿Qué es eso que Dixon dijo la otra vez? ¿Lo que Jana también le reclamó?

Sus miradas han dejado de ser un juego de dos y al parecer el resto del mundo no se ha extinguido y, de hecho, se han dado cuenta de que algo sucede.

¿Pero qué sucede, exactamente?

Esteban no tiene la certeza de nada, algo así como el Jon Snow de esta historia. Y aunque sí sabe que la verdad sobre su mamá no la va a encontrar en los orbes azul hielo de Luka, no puede dejar de hacerlo, de buscarlo con la mirada, de tratar de desenterrar por medio de vistazos sus secretos (vamos, que el güey seguro es parte de La Logia). Quiere arrancarle su papel de chico privilegiado para descubrir qué hay debajo de esa tersa piel sin cicatrices visibles.

Luka Colucci se fuga de la habitación algunas noches y nadie sabe adónde. Luka Colucci es una pieza musical iniciando con la segunda estrofa. Luka Colucci es el cubo Rubik que Esteban Torres no logra descifrar.

—Entiendo que sos mi fan más personal, ¿pero podés dejar de seguirme? —pregunta cuando sale del dormitorio. Es una madrugada de viernes, a las 8 am tiene una exposición de Inglés y aquí está él, detrás de Luka.

Y no, ese es el maldito problema. No puede.

—Perdón, lo que pasa es que yo tampoco puedo dormir.

—Ah, buenísimo, dos personas con insomnio. ¿Te unís, entonces? —Cansado, y sin esperar respuesta, comienza a caminar. Esteban le sigue a tres pasos de distancia.

—¿A qué?

—A combatir el crimen de Ciudad Gótica. —Esteban se queda en silencio por un momento. ¿Esto lo convierte en el Robin de su Batman?—. A pasear por ahí, qué sé yo.

—¿Y qué tal si la prefecta nos descubre? —Esteban está hablando lo más bajo que puede. La idea de ser atrapado despierto (de nuevo) después del toque de queda no es precisamente la meta de su vida. Suficientes problemas ya tienen ambos en su historial académico, muchas gracias.

—No sé, poblano, tomá riesgos de vez en cuando, vive el momento, Carpe diem y esas boludeces.

Esteban se ríe, apenas audible. La parte de «y esas boludeces» ha resultado ser un argumento muy convincente. Juntos marchan por los pasillos ligeramente tétricos que le recuerdan a un videojuego de terror que jamás terminó y se sientan en un rincón que de noche no parece el mismo.

Hay muchas preguntas que no se formulan. Desea cuestionarle sobre su mamá desaparecida, cómo era ella como maestra (vamos, seguramente muy buena. Esteban ha visto la habilidad mezclada con talento de Luka). Y al mismo tiempo desea interrogarle sobre la melodía que lleva incrustada en el alma y no se cansa de entonarla, o el álbum que puede escuchar este Colucci completo sin saltarse ni una sola canción.

Y es que quiere conocerlo. No a Luka "Celebridad de Instagram con cuenta verificada" Colucci que hace Lives que siempre son interrumpidos, sino a Luka Colucci, punto final y sin máscaras.

Pero no lo hace. No comparte ninguna de sus dudas y Luka sólo se limita a romper el silencio de vez en cuando.

Es agradable, no obstante. El mismo Luka Colucci es agradable. Podría ser cosa de la madrugada, que en realidad es un vampiro en secreto y por eso anda con una personalidad de la verga durante el día.

O que cuando aparecen la luna y sus estrellas, se transforma cual hombre lobo en un ser menos… arrogante, tres rayas menos de cruel. ¿Sarcástico y presumido? sí, todo el tiempo, pero es mucho más tranquilo, como si en la oscuridad por fin se permitiera quitarse su corona autopuesta.

El martes vuelven a repetirlo, el escurrirse mientras la escuela duerme. En esta ocasión Esteban lleva su celular y comparten sus audífonos viejos que ya no se escuchan tan bien gracias al paso de los años. Luka se ahorra sus comentarios y elige algo producido en Reino Unido, Esteban pone una canción chilena.

Estar con él de día hace que se le acelere el corazón. Estar con él cuando cae la noche provoca que su ritmo cardíaco se calme.

Luka saca una cajetilla de cigarros junto con un encendedor púrpura. Le hace un gesto para ofrecerle uno, pero Esteban niega con la cabeza. No ha fumado las veces suficientes como para tener la confianza de que no se ahogará, y tampoco es que le interese. Sin embargo, mientras es testigo del perfil de Luka, de sus infinitas pestañas, de la manera en la que su cuello se mueve en cámara lenta al exhalar, el humo liberándose de sus finos labios, sus dedos apenas sosteniendo el cigarro… bueno, tiene que admitirlo: a Esteban medio le dan ganas de fumar, pero se las aguanta.

El modo aleatorio hace de las suyas y toca «Lo que no fue no será», la canción que Luka ha cantado en su audición. Esteban sólo alcanzó a escuchar el final, ¡pero vaya final! Por algo la vanidad del argentino estaba justificada.

Cuando lo ve sonreír, entre resignado y triste, se pregunta si debería saltarla.

—Me gustó mucho tu interpretación, Luka —menciona, con su voz suave y sincera, y toca la mano libre de cigarro de Luka.

Luka transforma su gesto en algo un poco más animado, pero que no alcanza a llamarse felicidad.

—Me parece que fuiste el único con buen gusto.

No necesita ser un genio para saber que se refiere a su padre. Desea apoyarlo y no sabe cómo. Tampoco quiere incomodarlo hablando más sobre ello.

Su mano permanece en la de él durante una canción más, hasta que Luka se aparta para sacar otro cigarro.

Esteban aprovecha el cambio de atmósfera para que platiquen sobre la escuela, de los maestros y las materias que imparten, con mayor o menor vocación. Luka se queja un poquito demasiado de Biología, pero logra hacerlo sin insultar a ningún ser humano de por medio.

—Cuando quieras puedo ayudarte a estudiar.

Luka en algún punto deberá de dejar atrás esa mueca de incredulidad soberbia, prisionero de su individualismo, como si no necesitara nunca nada de nadie.

Es la primera clase del día, Luka está sentado en la mesa de al lado, el sol apenas comienza a iluminarlo y hay una manzana sin morder descansando en su escritorio. Ojeras cómplices se posan debajo de dos pares de iris que delatan algo.

Dixon los observa levantando una ceja como si supiese una historia que el mismo Esteban no ha escuchado.

La profesora les habla en otro idioma, literal y metafóricamente, porque Esteban no es capaz de entenderla. Demasiado ocupado pensando en el chico rubio con un arete que le cuelga de la oreja izquierda y siempre tiene algo ingenioso y sanguinario para escupir. Perdido en todos los tipos de sonrisa que le ha ido descubriendo.

Dixon sale de fiesta, Esteban necesita descansar así que rechaza su oferta de hundirse en el alcohol y reguetón del viejo, por más tentadora que suene. Es fin de semana y sólo quedan Luka y él en la habitación. El feroz viento sacude los árboles de afuera y tal vez se aproxime una tormenta.

—Mucha vida social, ¿no, poblanito?

—Lo mismo digo de ti.

Luka sonríe orgulloso, medio satisfecho con la respuesta. Esteban se ha dado cuenta de que en el 47% de sus interacciones recientes, Luka se ahorra su tiro de gracia y le concede a Esteban la última palabra.

—¿Quieres ver una película? —pregunta sin mayor interés.

Luka lo medita durante un minuto, tratando de encontrarle el beneficio, sopesando sus grandísimas opciones para un sábado por la noche, y finalmente llega a una conclusión:

—Bueno, dale, pero no vayas a poner su espectacular cine de arte mexicano protagonizado por esos comediantes de cuarta que ni siquiera ustedes se bancan.

—¿O sea, cómo? ¿Cómo de que no te gustan las películas de Derbez y Omar Chaparro? —Esteban le sigue el juego, sarcástico, con falsa inocencia.

Luego de media hora tratando de elegir qué ver (Esteban aprende que Luka es exigente, con todo: «Esa ya la vi, demasiado hetero, suena somnífera, no tenemos 5 años, a este paso poné Betty, la fea, mejor...») empieza una película ambientada en la Edad Media que tiene como trama secundaria un amor prohibido.

Esteban se muerde la lengua para no hablar durante los primeros quince minutos, ya se imagina la mirada asesina y la amenaza directa que le lanzaría el Colucci.

Excepto que Luka tampoco parece prestarle mucha atención. Ambos están sentados en el sillón, la computadora del argentino yace sobre la mesa de madera, reproduciendo una película que no ha logrado cautivar al público de esta noche.

Luka juega con sus rodillas. Su postura, más que relajada, parece la de alguien exhausto de todo, un globo al que pincharon con un alfiler y se quedó sin aire.

—Cuando era niño me robé unas papitas de la tienda. Me sentí tan culpable mientras las comía que media hora después regresé llorando con la señora y le entregué la bolsa de las papas vacía.

Lo aleatorio del comentario provoca una risa en Luka que se evapora en un instante. Luego lo mira extrañado, frunciendo su entrecejo. Tiene sus manos cruzadas reposando en su abdomen.

—¿Qué te pasa, pelotudo? Dejá ver la película y ahórrate tus confesiones criminales.

Esteban baja la mirada, ya había anticipado una respuesta similar. Sin embargo eso no lo desanima. Es de noche, afuera comienza una intensa lluvia que parece encapsularlos a ambos en la habitación que cohabitan, convirtiendo aquellas paredes en su universo personal.

Luka y él se han ido acercando con el paso de las madrugadas, Esteban lo siente en los huesos. No tiene nada que perder.

—Es tu turno.

—¿De qué? —Su atención ha regresado a la película, o eso simula.

—De compartir un dato al azar sobre ti.

—Ah, ¿qué es esto, poblanito? ¿Terapia grupal? Paso. —Estira su brazo izquierdo y le lanza uno de los cojines a rayas. Golpea directo en el rostro de Esteban, provocando una risa minúscula en el argentino.

La película sigue, le cortan la cabeza a alguien (Esteban no está seguro de si es el hermano del príncipe, o su mejor amigo). Un piano solemne suena de fondo y se mezcla con el sonido de lluvia del mundo real.

—Siempre que me gusta alguien, le dedico exactamente la misma canción. Siempre caen. —Su voz repentina, despreocupada, saca a Esteban de las divagaciones de su mente. Sonríe satisfecho al saber que Luka se une a su Quid pro quo a lo Hannibal Lecter. Aunque tiene que reconocerlo, esta información es mucho más valiosa que su patética historia de las papas robadas.

—Debe de ser una canción que realmente odies. —Luka lo mira como si hubiese dicho la mayor estupidez de la semana.

—Al contrario, me fascina.

Esteban arquea una ceja. Ya sabía el tipo de persona que aparentaba ser el Colucci, luchando constantemente por obtener el puesto de El Más Culero de la Clase, ¿pero dedicar la misma canción a todos? Eso sí es pecado, algo que sólo los hombres sin corazón ni un pedacito de alma harían.

—¿Qué canción es? —pregunta, curioso. Quizá ni siquiera es tan buena. Quizá Luka puede dedicarte la peor canción jamás escrita, y aun así caerías.

—¿Por? ¿Querés que te la cante, que te lleve serenata, con guitarra y toda la cosa?

Un cosquilleo recorre de puntitas su espina dorsal y se instala en su boca.

—Órale, pues vas.

Luka por fin deja de concentrarse en el filme, y sus orbes examinan los de Esteban. Hay algo desafiante en ellos, algo que parece romper en tres, sin permiso ni perdón, la voluntad de Esteban. Los labios de Luka se curvan ligeramente hacia arriba. Y eso, la mirada, la sonrisa, estar ahí, solo con él mientras afuera llueve, es demasiado.

«Carpe diem y esas boludeces», es lo que hace eco en su cabeza antes de decidirse. Y rompe la distancia entre ambos.

El chico con problemas maternales besa al chico con problemas paternales y es tan ridículo como suena. El argentino fanático de The Smiths corresponde al beso del mexicano que escucha Santa Sabina y sus lenguas son una mezcla interesante, exquisita y bizarra, como si Morrissey lanzara un pinche cover de «Azul casi morado».

Pero es mejor de lo que en sus sueños ha saboreado. Luka lo toma de la nuca, lo lleva hasta un cielo que sólo puede existir en otro planeta.

Esteban nunca ha besado a alguien tan presumido, mordaz, costoso. Esteban nunca ha besado a un chico. A Esteban nunca lo han besado tan bien.

Los créditos aparecen en la pantalla (si le preguntaran al mexicano de qué trató, no tendría ni puta idea) y ellos continúan jugando con sus lenguas y labios, haciendo pequeñas interrupciones para recuperar el aliento. Sólo en ese momento Esteban se da cuenta del desmedido anhelo que ambos han estado guardando. ¿Desde cuándo? No conoce la fecha exacta.

«Los ojos de Luka son como el frío». Mentira, eso era lo que solía pensar, erróneamente. Pero ahora que lo tiene entre sus brazos con el cabello despeinado, viéndolo con una intensidad que le provoca un cortocircuito inmediato, Esteban comprueba que su mirada y sus labios son como tocar el sol con ambas manos. O si quiere ser más realista y simple, diría que son como quemarse con un fósforo, incluso la sensación es similar, una secuela tatuada en su piel, casi sin doler, presente en todo su cuerpo.

—Nada mal —realiza una pequeña pausa— para un becado —susurra, todavía haciéndose el orgulloso, pero sonriendo. La boca de Esteban lo busca de nuevo. Dios, a partir de ahora espera poder callarlo de esta manera cada vez que mencione algo clasista o insultante (lo cual, siendo sinceros, sucede con bastante frecuencia).

Luka le muerde el labio inferior, suavemente. La computadora hace rato que ha dejado de emitir sonido alguno, incluso la lluvia se ha calmado.

Y Esteban Torres descubre esa noche que existen 2 cosas que los argentinos saben hacer muy bien: rock (pero eso ya lo conocía de antemano), y besarte con cada partícula de su irreverente alma.