Work Text:
Cosas que Jean Kirstein odia de Eren Jaeger:
- Su estúpida cara.
- Lo mucho que le gusta; y la más importante de todas:
- Que ande por ahí con las agujetas sueltas.
Si le dieran un billete por cada vez que Jaeger se tropieza por culpa de sus propias agujetas, Jean podría vivir sin preocupaciones por el resto de la eternidad, siendo la única contra el estrés que le provoca verlo no hacer nada al respecto.
En algún momento fue Jean mismo quien con toda la paciencia del mundo se acercó para advertirle: Hey, tienes las agujetas sueltas. Pero la respuesta que recibió fue increíble: Eren ya se había dado cuenta y no sólo no había hecho nada al respecto, sino que lo ignoró y procedió a arrastrar los pies hasta el otro lado del salón para pedirle la tarea a Armin.
Podría jurar que algo dentro suyo tronó al mismo tiempo que le subía toda la sangre a la cabeza. Sasha y Connie se rieron en el fondo, mientras que Marco le pedía que se tranquilizara y dejara en paz el tema. Al fin y al cabo no era él quien se la pasaba tropezando todo el día.
Excepto que sí eran sus nervios los que se destruían cada vez que caminaba detrás de Eren y tenía que ver las agujetas ensuciarse cuando las pisaba. Era él a quien le dolía la cabeza cada vez que escuchaba el arrastre de sus tenis cuando lo hacían pasar al pizarrón. También era él quien terminaba sosteniéndole el almuerzo para evitar que lo derramara todo en el transcurso de la ventanilla de la cafetería a la mesa. Y por supuesto que era Jean quien tenía que lidiar con él durante las prácticas del equipo de fútbol después de clases y en el camino de vuelta a casa.
Ya lo había sospechado Marco antes: pronto llegaría el punto en el que explotaría.
Ese momento llegó cuando, un día de camino a casa, Eren tropezó por quinta vez.
—Ya. Suficiente.
Eren se reincorporó rápidamente, con cara de no entender nada.
—Estoy así, así de molerte a golpes, Jaeger.
—Pero no hice nada.
—Piri ni hici nidi —remedó Jean exagerando el tono chillón—. ¡Me estás destruyendo los nervios desde que salimos de clases! Aghhh, hasta me está empezando un dolor de cabeza.
—No entiendo qué hice.
—¡Ni siquiera tenemos prisa! No te tardas nada, nada en agacharte para atarte las agujetas. Anda, yo con mucho gusto te espero, a ver…
Una pausa. La expresión de Eren pasó en segundos de confusión a enojo, y se deformó hasta terminar en una mueca de profunda vergüenza. Mientras tanto Jean observaba atento el debate que tenía Eren consigo mismo.
—Déjalas así —concluyó Eren y se dispuso a seguir caminando.
—¿Cómo las vas a dejar así? Casi te caes por pisarte las malditas agujetas por quinta vez desde que salimos de la escuela. Cuando saliste al baño te tropezaste dos veces antes de salir por la puerta y hace dos cuadras se te salió uno de los tenis. ¡No puedes ser tan necio!
—¡Tú eres el necio!
—¿Necio yo? ¿Necio yo? —dijo Jean, señalándose a sí mismo para hacer énfasis—. ¿Quién fue el que se quedó atorado en la máquina expendedora porque no quería dejar sus papas ahí dentro, y eso después de que le dijimos que la máquina no servía?
—¡Oye! ¡Creí que ya habíamos dejado ese tema en paz! —se quejó Eren con las orejas encendidas de la pena. Luego pateó las agujetas de mala gana y prosiguió—: De todos modos, ¿qué te importa? Soy yo el que se cae.
—¡Si me importa! Después soy yo del que te cuelgas cuando te tropiezas. La otra vez te agarraste de mi suéter y lo estiraste todo.
—¡Pero no lo rompí!
—Pues no. No lo rompiste, ¡pero ya no puedo usarlo porque quedó arruinado!
—¡Bueno, bueno! ¡Te compro otro y ya!
—¿Y qué? ¿Me vas a estar comprando un suéter nuevo cada vez que me arruines el que traiga? —cuestionó Jean y señaló el suéter que llevaba ese día, lo había comprado a juego con Sasha y Connie el año pasado como símbolo de su amistad—. Te juro que si me llegas a arruinar este suéter no te la vas a acabar conmigo.
—¡Ni que quisiera colgarme de ti! ¡Siempre estás en mi camino!
—¡Entonces vete tú solo a casa!
—¡Bueno!
Se dieron la espalda y se hizo el silencio.
Jean tuvo que sobarse las sienes para calmar los nervios. Después de contar hasta cien y recordarse todas las razones por las que le gustaba tanto Eren, tomó aire y le dio unas palmaditas en el brazo para llamar su atención.
—Ya, mira, hazte para allá —dijo ya más tranquilo, señalándole el costado del camino. Eren se puso a la defensiva de inmediato —. Que nooo. Nos vamos a hacer a un lado para no estorbar, aquí pasa gente, imbécil.
—Oh, okay —balbuceó Eren, dejándose jalar del brazo sin entender nada una vez más.
—Aquí está bien —asintió Jean y le señaló el calzado—. Ahora sí: amárrate bien las agujetas.
Ambos miraron hacia abajo, a las agujetas llenas de tierra de Eren, quien de pronto comenzó a ponerse sonrojado: empezando en las orejas y extendiéndose por el rostro hasta llegarle al cuello. Jean se sorprendió, y por un momento creyó que era porque seguía sosteniéndole el brazo, así que lo soltó con algo de pena. Pero luego lo escuchó decir algo entre dientes.
—¿Qué dijiste?
Eren lo miró amenazante, aún más avergonzado que antes, pero igualmente repitió lo que había dicho.
—No puedo.
—¿Cómo que no puedes?
—¡No puedo!... No sé cómo… — admitió Eren, con los ojos mojados en lágrimas de pena.
Jean no supo qué decir y esa tarde se fueron a casa en el silencio más incómodo que habían tenido en largo tiempo.
Al día siguiente, aún conmocionado, Jean decidió aclarar las cosas con Eren. Se disculpó por presionarlo tanto y después hizo las preguntas pertinentes. Al parecer se había hecho un hábito en casa de los Jaeger que alguien mayor le atara las agujetas a Eren cada mañana antes de ir a la escuela, ya fuera su hermano mayor o cualquiera de sus padres. Usualmente las dejaban algo flojas para que después pudiera meter y sacar el pie sin problemas, y cuando ninguno estaba disponible para hacerlo, era suficiente con que usara calzado con velcro en lugar de agujetas.
Hasta ahí todo bien, excepto que Eren había llegado a los 17 años sin que nadie le haya enseñado a hacerlo él mismo. La cosa había seguido así hasta que Eren entró a la secundaria y después comenzó a arreglárselas él solo, limitándose a atorar las agujetas hasta la hora del entrenamiento (para el que usaba tacos con velcro). En ese punto ya era pena lo que no lo dejaba pedirle a alguien que le enseñara.
Después de la explicación, se tomaron un momento de silencio.
Jean necesitó de unos minutos para ordenar su cabeza y no hacer una ridiculez como confesarle a Eren que estaba tan, tan enamorado, que lo único que le provocaba enterarse de eso era querer abrazarlo y llenarlo de besos. Mientras tanto, Eren parecía tan avergonzado que no le importaría que se lo tragara la tierra.
—Okay, escucha —dijo Jean y señaló los tenis de Eren, que tenían las agujetas hechas un nudo raro. Eren se tensó, pero no dijo nada—. Por ahora te voy a ayudar yo, y te enseño cuando nos vayamos a casa. Mientras tanto ven conmigo cuando vuelvan a desatarse. ¿Te parece?
Eren lo pensó por un momento. Parecía estar apenado todavía, pero comenzaba a relajar los hombros. Se aseguró de que no hubiera nadie alrededor antes de mirarlo fijamente, con las orejas encendidas en rojo, y asintió lentamente.
Cosas que Jean Kirstein odia de Eren Jaeger:
- Su estúpida cara.
- Lo mucho que le gusta; y la más importante de todas:
- La intensidad de su mirada cuando le ata las agujetas.
